Luis Fernández Mosquera
Leí de niño una novela sobre los últimos años del filósofo Immanuel Kant y su relación con su criado Martin Lampe que me impresionó mucho (me doy cuenta de que debí de ser un niño bastante poco habitual), en especial por su comienzo, inolvidable:
“El 18 de febrero de 1802, Martin Lampe entró por la puerta de servicio de Kant en Königsberg y con un machete del ejército prusiano hirió repetidas veces al criado Kaufmann en el cuerpo y en la cara.
La escena que encontró la cocinera, mujer acostumbrada a verter sin temor la sangre de toda clase de animales, le causó una terrible conmoción. Kaufmann tenía medio cuerpo recostado boca arriba en la larga mesa de madera donde se preparaban los alimentos. Las piernas pendían inertes y los pies estaban descalzos. Un tajo le había rebanado una oreja, que colgaba de varios hilos sanguinolentos”.
La novela era Recordando a Lampe, de José Luis de Juan, y yo no lo sabía entonces, pero acababa de descubrir el comienzo in extrema res, es decir, por el final de la historia, lo que inmediatamente anula el suspense o, para ser más precisos, lo desplaza, en términos narratológicos, de la historia (el qué pasará, que ya se conoce desde el comienzo) al relato o discurso, es decir, al modo en que el narrador presenta los acontecimientos al oyente o lector (el cómo y el por qué). No se trata, por tanto, de aguardar expectante al final del libro, sino de descubrir qué concatenación de causas y efectos ha llevado al tal Lampe a cometer ese crimen en la casa de su antiguo amo o a los hermanos Vicario a matar a Santiago Nasar, o de disfrutar reconstruyendo el rompecabezas de Pulp Fiction, por citar un ejemplo cinematográfico.
Se me viene este recuerdo a la cabeza en la jornada de descanso del Tour en el departamento de Cantal porque el desenlace de la carrera parece ya conocido desde antes de su comienzo en Barcelona: la quinta victoria del divino Pogacar, muy superior a todos sus rivales, que podemos anunciar casi con la misma seguridad con la que Mariano Rajoy vaticina las victorias de España en el Mundial razonando que, si no encaja más goles de los que anote, solo puede ganar o, en el peor de los casos, empatar. Lo mismo le pasa al Eneas esloveno, huido de la destrucción de Troya en 2022 y 2023 para dominar toda la Europa ciclista y que, en su pax augusta, no pierde por la sencilla razón de que completa el recorrido en menos tiempo que sus rivales.
Quizá no fuera mala cosa, como proponía Julio, aceptarlo desde el principio para no sufrir por el aburrimiento que volvería a provocarnos ver el Tour buscando emocionarnos con la lucha por la clasificación general y para seguir elevando a Pogacar a la altura de los héroes de la mitología clásica, cuyas historias también conocía el público antes de volver a oírlas en boca de los rapsodas, leerlas de la pluma de los poetas o verlas en el teatro. Este acercamiento a los Tours del esloveno lo emparenta aún más con Héctor, con Hércules, con Paris o con Agamenón. Así las cosas, y sabiendo ya que el Aquiles del Adriático vestirá el maillot amarillo en los Campos Elíseos, podríamos dedicarnos efectivamente, como refinados epicúreos, a los más sutiles placeres del día a día de cada etapa preguntándonos cómo se tejerán todas ellas para componer el gran tapiz del Quinto Tour: ¿cuántas ganará?; ¿cuáles al esprín, como la tercera para celebrar la entrada de la carrera en Francia?; ¿en cuáles atacará de lejos, como el jueves en el legendario Tourmalet, cuando aventajó en más de dos minutos a Vinagres?; ¿en cuáles cederá el protagonismo a los buscavidas de las escapadas, atentos para aprovechar cualquier resquicio como los buscadores de oro del cine del Oeste?; ¿se permitirá algún preciosismo neomodernista como un delicado novísimo del ciclismo? ¿Improvisará, en definitiva, como si del hotel de Aurillac donde compartimos hospedaje con su equipo saltara el martes no a la décima etapa del Tour, sino a los escenarios abiertos del festival de teatro callejero de la localidad?
Cabría pensar que sí, a tenor de la táctica cambiante de ayer, en la que sus mirmidones persiguieron con denuedo a los fugados y los dejaron ir alternativamente; pero la realidad es que, por desgracia, también conocemos todos esos detalles secundarios por las ediciones de 2024 y 2025: Pogacar, cada vez más poderoso y tiránico, ganará al menos cuatro etapas también él a machetazos como Lampe (ya lleva dos, y cedió otra con magnanimidad imperial a su lugarteniente Del Toro recordándonos infaustos dobletes similares del pasado), se impondrá quizás sin buscarlo siquiera en la clasificación de la montaña y aventajará al segundo clasificado en no menos de cinco minutos. En este sentido, poco importa que el martes cediera el maillot amarillo al noruego Torsten Träen, que pagó su intromisión con una caída en la primera etapa de montaña; y, por supuesto, poco podemos esperar de las escapadas, absurdamente multitudinarias como si todos los ciclistas quisieran parodiar La colmena o Manhattan Transfer en las etapas de media montaña y angustiosamente solitarias en los días llanos, donde vuelve a imponerse la moda de las escapadas unipersonales con antihéroes torturados que recuerdan a los personajes de Kafka o de Camus, como el checo Otruba o el francés Veistroffer, que el miércoles se condenó a sí mismo a rodar ciento cincuenta kilómetros en solitario camino de Pau.
Un año más, me temo, hay que buscar el alivio en las evoluciones de la segunda línea de favoritos, por llamarlos de algún modo, muchos de los cuales, tristemente, también flaquean desde el punto de vista literario. El danés Vingegaard, que supuestamente protagoniza el sexto Tour consecutivo de competición directa con Pogacar, parece desvanecerse como un Augusto Pérez a pasos agigantados y ya cuesta realmente aplicarle los epítetos épicos que tan bien le cayeron otros años. Más allá de su tesón, ¿alguien reconoce en este perseguidor de ánimo desmayado al Rey Pescadero, el Arenque de Hillerslev o la Pescadilla de Jutlandia? Más bien da la impresión de que al pasar por el Parque Güell la semana pasada en Barcelona se hubiese contagiado de cierta languidez finisecular y rivalizara en el terreno rubendariano con el propio Pogacar (¡Vingegaard está pálido en su silla de oro!) o de que un paseo por el Barrio Gótico le hubiese precipitado de golpe en los abismos existencialistas de Carmen Laforet o Mercè Rodoreda y le hubiera hundido en un heideggeriano ser-para-la-derrota, hasta el punto de conformarse de manera un tanto hipócrita con el simple hecho de estar vivo.
Quizás esta sea su estrategia para luchar por el II Premio Émile Zola de ciclismo literario, objetivo más a su alcance que con las apreturas y emociones del directo no pudimos presentar debidamente en nuestra controvertida aparición en la retransmisión de la contrarreloj por equipos de Barcelona (entre las críticas recibidas, ¿era necesario compararnos a Julio y a mí por nuestra absurdez con los protagonistas de las novelas de Luis Landero?). Baste decir por el momento que este año, atendiendo a las candidaturas rezagadas de la temporada pasada, el jurado tendrá en cuenta todo el curso ciclista (sabiendo siempre que nada es más importante que el Tour) y que el galardón será patrocinado por Aena, institución como sabemos tan atenta a la promoción de la literatura, y dotado con un millón de libros para el ganador. Enterados de esta novedad, envidiosos del primer ganador y de su maillot amarillo con el estampado de una caricatura de Zola en bicicleta, deseosos de la gloria que este galardón promete al vencedor y conocedores, por supuesto, de la imposibilidad de ganar la clasificación general, los mejores corredores del pelotón han comenzado ya a pelear por este trofeo, con leve ventaja de momento para Remco ibn-Epoel, el Califa de Aalst, que ha presentado una propuesta razonablemente refrescante.
Hay que reconocerle al belga la originalidad de combinar la tradición británica de fantasía infantil con la fanfarronería de raigambre clásica que tan buenos resultados dio el año pasado a Julian Alaphilippe. Así, lector sin duda de la famosa novela de Lewis Carroll, ha perdido cuatro kilos desde las clásicas de primavera encogiéndose como Alicia para caber en la madriguera del conejo o pasar el Tourmalet con la mínima dignidad que le faltó el año pasado; y tiene además el mérito de haber vencido su natural inclinación a los desayunos pantagruélicos. Al mismo tiempo, inspirándose en el carácter fantasioso de Cyrano de Bergerac al paso por esta coqueta localidad del Périgord, parece decidido a explotar la verbosidad desafiante de duelista que siempre le ha caracterizado y que por poco no le hizo desafiar gallardamente a su compañero Lipowitz. Por ejemplo, ya en la segunda etapa, excusó su derrota en el esprín en cuesta de Montjuic achacándolo a una arriesgada decisión táctica, dejar a sus rivales abrir un pequeño hueco para luego remontarles (curiosa estrategia, sin duda), y declaró con optimismo irredento que quizás podría haber ganado, dando poca importancia en todo caso a que por delante de él acabara el propio Pogacar frenando claramente para no adelantar a Del Toro. Su planteamiento, humildemente, nos parece correcto, pero nos permitimos aconsejarle que tenga cuidado: un verdadero Cyrano debe verdaderamente perseguir la Luna y no simplemente a media docena de rivales que escalen los grandes puertos a mayor velocidad para alcanzar su punto de cocción tragicómica; de lo contrario, corre siempre el peligro de deslizarse por la pendiente de la insustancialidad y convertirse en uno más de los seres livianos y desnortados que pululan sin rumbo ni propósito por las novelas de Eduardo Mendoza.
En realidad, cada vez sospecho más que, si este es el futuro literario de los ciclistas del Tour, muchos podrían optar por el silencio súbito y definitivo que teorizó Vila-Matas en Bartleby y compañía al cuestionarse la “noción misma de literatura” y reflexionar sobre “ciertos creadores [que] aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizá precisamente por eso), no llegan a escribir nunca; o bien escriben uno o dos libros y luego renuncian a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, quedan, un día, literalmente paralizados para siempre”. Este es, según él, el gran mal de la literatura contemporánea y al tiempo la única escapatoria al callejón sin salida de la posmodernidad, y lo mismo parece aplicable al Tour. De hecho, ya hay algunos corredores marcadamente posmodernos que parecen haber hecho suya la reflexión del escritor barcelonés y se van retirando discretamente hacia un juicioso mutismo, como el excampeón Bernal, o abandonando totalmente la carrera, como Uijtdebroeks, novicio entre los quietistas navarros.
Y quizás, a lo peor (o amojor), sea ese también nuestro camino como cronistas si queremos honrar la exigencia de nuestra “conciencia literaria”, porque, verdaderamente, el dominio abrasador de Pogacar, que va recordando menos a Aquiles que a Júpiter Tonante, tiene a veces efectos paralizantes.
Por el momento, en todo caso, poco más se puede decir a la espera de que todo se desarrolle como está previsto en las próximas dos semanas. El comienzo in extrema res es el cocido maragato de las narraciones y, francamente, no es muy adecuado para el verano. Nos hemos comido la carne con un calor sofocante y ahora no nos queda más remedio que esperar aún a la sopa y apurarla antes de poder refrescarnos. ¿Qué grado de calcinación es necesario soportar antes de poder tomar un helado junto al Sena?
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El Tour como ficción 2026 (I). Un coloquio en contrarreloj o el forúnculo de Serrat
La ilustración de la portada, que se reproduce completa a continuación, es obra de Nora Manzano Gómez


