Ander Ercoreca
Se cumplen 15 años desde la emisión del episodio piloto de Juego de tronos. En 2011 se adaptó la primera de las novelas de la serie Canción de hielo y fuego, la obra de fantasía de George R. R. Martin. La serie dominó el formato televisivo durante más de una década y renovó la cultura popular con el universo de Poniente. Pero, realmente, ¿qué ha supuesto la serie?

Desde 1977, la ciencia ficción, las espadas láser y el espacio exterior acapararon el medio. No fue hasta principios del siglo XXI cuando el éxito de El señor de los anillos demostró a las productoras que la ambición por plasmar en pantalla un imaginario medieval y fantástico era igualmente viable. Esta trilogía impulsó la producción de Juego de tronos, una serie cargada de drama político y familiar, con una creciente tensión provocada por una amenaza futura que traería el invierno a Poniente.
Los showrunners de la serie, David Benioff y D. B. Weiss, dotaron al programa de una ambición narrativa y visual sin precedentes en el formato televisivo. Unas expectativas a la altura de su presupuesto, con capítulos que triplicaban la inversión habitual en televisión. La rentabilidad de la serie se afianzó desde sus primeros episodios, con más de nueve millones de espectadores que se multiplicaban con cada nueva temporada hasta alcanzar los casi cincuenta millones. Asimismo, se disparó el auge de otras grandes producciones de fantasía, aunque ninguna alcanzó un impacto cultural comparable.
Aunque Juego de tronos terminó por consolidar la televisión como competidora directa del cine, quizá su mayor logro fue cambiar la forma de consumir ficción seriada. Ocho años de debate semanal continuo tanto en redes sociales como en conversaciones cotidianas. Durante ese tiempo, para un seguidor de la serie salir a la calle implicaba casi un deporte de riesgo por los spoilers que otros comentaban entusiasmados en las terrazas de los bares. Y, finalmente, las naves espaciales del imaginario colectivo fueron sustituidas por dragones.
Una intriga nacida a partir de una saga literaria todavía inacabada y cuyo desenlace sigue siendo desconocido, porque incluso George R. R. Martin parece tratar de escapar del destino de sus personajes como si de Edipo se tratase. Otras series en emisión hicieron referencias directas a los habitantes de Poniente, como Modern Family, Los Simpson, Rick y Morty o The Big Bang Theory. La cultura popular se alimentó de memes, merchandising e incluso de miles de bebés bautizados en honor a personajes de la serie como Arya, Jon o Daenerys. Sí, los niños y niñas que recibieron el nombre de una futura dictadora ficticia probablemente tendrán conversaciones incómodas con sus padres dentro de algunos años.
La serie no solo proporcionó un despliegue de personajes complejos y cargados de ambigüedad moral, sino que desafió muchos de los roles de género tradicionales a través de figuras como Cersei Lannister, Daenerys Targaryen, Brienne de Tarth, Sansa Stark o Arya Stark. Todas ellas contaban con una notable influencia política y social, además de una importante presencia en el campo de batalla. Fue un soplo de aire fresco comprobar que, al contrario de lo que ocurría en El señor de los anillos, Juego de tronos cumplía sobradamente el Test de Bechdel y demostraba que la fantasía medieval no pertenece únicamente a personajes masculinos.
El destino de los personajes era impredecible. El espectador tenía la sensación de que cualquiera podía morir y de que el término «protagonista» ya no era sinónimo de supervivencia asegurada. Cada acción tenía consecuencias. Escenas como la Boda Roja impactaron profundamente porque cerraban una de las tramas más relevantes y trágicas de la etapa inicial de la serie con la muerte de varios personajes centrales. Durante aquellas primeras temporadas, la narrativa honraba el propio título de la obra: no sobrevivía el personaje más honorable ni el más bondadoso, sino estrategas como Petyr Baelish, «Meñique», autor de uno de los monólogos más memorables de la serie: «El caos no es un foso; el caos es una escalera».
La serie también destacó por su escala visual, dando rienda suelta a una epicidad difícilmente comparable. La Batalla de los Bastardos, en la sexta temporada, ofreció una secuencia bélica a la altura de cualquier blockbuster hollywoodiense y supuso un punto de inflexión en la historia de la televisión. Estas escenas de acción y la incertidumbre constante respecto al futuro de los personajes mantenían al espectador al borde del asiento y devolvieron, al igual que Jon Snow, la sensación de estar ante un acontecimiento televisivo global irrepetible. En 2026, incluso la conversación pública alrededor de las series más exitosas desaparece en cuestión de días, consumida por la desmesurada oferta de contenido bajo demanda.
A medida que la historia avanzaba y el final se cernía sobre Desembarco del Rey, la temporada final prometía una epopeya a la altura del fenómeno cultural que había acompañado a los espectadores durante casi una década. Sin embargo, cuanto más crecían el presupuesto y la grandilocuencia de las batallas, más se reducían los arcos de los personajes y la fidelidad a sus psicologías y sistemas de valores. Los personajes comenzaron a parecer caricaturas de sí mismos. Resulta difícil no percibir que David Benioff y D. B. Weiss deseaban concluir cuanto antes la serie, algo que terminó reflejándose en el ritmo atropellado de una última temporada repleta de buenas ideas pero ejecutadas de manera deficiente.
El ejemplo más evidente es el de Daenerys Targaryen. La última descendiente de su casa aspiraba a devolver el honor a su linaje y a liberarse de los pecados de sus antepasados. Sin embargo, incluso cargada de buenas intenciones, el poder y el control que simboliza el Trono de Hierro terminan por corromperla. El trono anulaba cualquier posibilidad de utopía y Jon Snow, entre otros personajes, termina comprendiendo esta realidad al presenciar el descenso a la locura de Daenerys. Algo similar ocurrió con la resolución de la trama de los Caminantes Blancos, que culminó en el tercer episodio de la última temporada. Una de las amenazas más importantes y simbólicas de toda la serie fue resuelta en apenas una hora porque todavía quedaba demasiado contenido por cerrar. Ideas acertadas, sí, pero desarrolladas en una temporada de únicamente seis episodios. Ahora bien, quizá sea mejor no detenerse demasiado en la elección de Bran Stark como rey de los Siete Reinos.
La construcción del mundo de Juego de tronos era inmensa tanto espacial como temporalmente. Esta cronología continúa explorándose a través de sus spin-offs. La casa del dragón transcurre doscientos años antes de los acontecimientos de la serie original y muestra el reinado de los Targaryen y la guerra civil que dividió a la familia de jinetes de dragón. Un siglo después encontramos El caballero de los siete reinos, el más reciente éxito de HBO, que sigue las aventuras de Ser Duncan el Alto y su escudero Egg, ambos personajes mencionados en la serie original. Que este universo continúe expandiéndose no es únicamente una estrategia comercial, sino una prueba de que Poniente ha trascendido el relato que le dio origen.
George R. R. Martin ha creado un universo prácticamente ilimitado. Pese al controvertido desenlace de Juego de tronos, los espectadores siguen deseando explorar nuevos rincones de Poniente. No muchas franquicias consiguen sobrevivir a un final tan polémico. Con sus luces y sus sombras, la serie ha marcado un antes y un después en la historia de la televisión y sus elementos han quedado profundamente arraigados en la cultura popular.
Juego de tronos es uno de los sellos más representativos de HBO y probablemente la plataforma seguirá explotando este universo medieval cargado de fantasía y política durante muchos años más. La serie fue, muy probablemente, el último gran fenómeno televisivo global. Por ello, resulta razonable afirmar que el legado de Juego de tronos continúa vigente quince años después y probablemente seguirá siéndolo mientras HBO sea capaz de reinventar el tono y el formato de sus futuras producciones derivadas, como ya ha sucedido con El caballero de los siete reinos.

