Walter Gonzalves

Por: Walter Gonzalves
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Berlín, agosto de 1936. Mientras el mundo miraba a Jesse Owens correr hacia la gloria, el periódico Der Angriff, dirigido por Joseph Goebbels, encontró una manera de nombrar sin nombrar: escribió que si el equipo estadounidense no hubiera traído «auxiliares negros», los Yankees habrían sido la mayor decepción de los Juegos.

Auxiliares. En alemán, Hilfskräfte. La palabra no fue un descuido: fue una sentencia. No negaba la presencia de esos atletas, pero les negaba la condición plena de sujetos. Los convertía en instrumentos prestados, en apéndices útiles de una gesta que, se entendía, pertenecía a otros. Hannah Arendt lo explicó mejor que nadie: el totalitarismo rara vez necesita el grito. Le basta un lenguaje capaz de transformar personas en funciones.

Esa lógica no murió en 1936. Mutó. Y quizás por eso hoy exige de nosotros un oído más fino que entonces: cuando el racismo se sofistica, cuando se naturaliza hasta volverse inaudible, verlo en vivo es más difícil que reconocerlo a la distancia que da la historia.

Un racismo sin racistas

El sociólogo Eduardo Bonilla-Silva le puso nombre a este fenómeno: «racism without racists«. No hace falta un racista para producir un efecto racista; basta un sistema que reproduzca la desigualdad a través de mecanismos que se presentan a sí mismos como neutrales. La discriminación sobrevive precisamente porque nadie necesita asumirla.

El lenguaje es el mecanismo. Pierre Bourdieu lo llamó poder simbólico: la capacidad de imponer significados y lograr que esos significados se acepten como legítimos, como si fueran simple descripción del mundo. No hace falta declarar a alguien inferior. Alcanza con ubicarlo, discursivamente, un escalón por debajo.

Rajoy y la nación que se disputa en una frase

Cuando Mariano Rajoy señaló la composición «africana» de la selección francesa, no dijo una mentira. Dijo algo peor: introdujo un marco. Y los marcos, a diferencia de los datos, no se discuten, se habitan.

Nombrar el origen racial de un jugador —aunque sea «solo un dato»— opera como una forma de extranjerización simbólica. Stuart Hall lo advirtió: la identidad no preexiste al discurso, se construye en él. Al subrayar el origen, sin decirlo explícitamente, se sugiere que esos jugadores pertenecen a Francia de un modo condicional, revocable.

Achille Mbembe llamó a esto la persistencia de la «razón negra«: un régimen de pensamiento que define al sujeto negro por su utilidad o por su alteridad, nunca por sí mismo. Se lo aplaude por lo que rinde. Se lo desplaza, en el mismo gesto, del centro simbólico de la nación que lo aplaude.

Mendoza: el racismo que no tiene nombre porque nunca se lo puso

Cuando ese mismo discurso aparece en Mendoza, de la mano de su Vice Gobernadora Hebe Casado, adquiere un rasgo propio: la invisibilidad social. Argentina se narró a sí misma, durante más de un siglo, como una nación blanca y europea, borrando sus componentes indígenas y afrodescendientes del relato oficial. Rita Segato describió con precisión el resultado: en América Latina el racismo opera «silencioso, negado, naturalizado». No se proclama. Se desliza.

Vale la pena decirlo con el mismo instrumento de análisis que usamos para Rajoy, porque el caso es prácticamente un espejo. En julio de 2026, tras el triunfo de Francia sobre Paraguay en el Mundial, la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, escribió en X: «Muy bien, Paraguay. El equipo africano, flojo de modales. No lo aguanto a Mbappé«. La frase no fue un exabrupto aislado: cuando arreció la crítica, Casado no retrocedió, sino que redobló el marco, alegando que Argentina fue de los primeros países en abolir la esclavitud y que eso permitió el mestizaje de razas, culturas y religiones, y sosteniendo que quienes se ofenden son, en realidad, quienes consideran inferior el origen africano. Ahí está, otra vez, la operación que describe Bonilla-Silva: no se necesita declarar la inferioridad de nadie, alcanza con invertir la acusación para que el marco racial —»africano» como adjetivo que resta, no que describe— siga intacto. La reacción de la embajada francesa, que declaró a Casado persona non grata por expresiones de carácter racista, funcionó como el contraste que Mendoza rara vez produce puertas adentro: fue una mirada externa la que nombró lo que el discurso local, entrenado en la invisibilidad que describe Segato, prefería seguir llamando «folclore futbolero». El episodio confirma la tesis de fondo: el racismo contemporáneo no necesita gritar su premisa, solo necesita un vocero convencido de que decirla en voz alta —y no corregirla después— es apenas sarcasmo que «las personas inteligentes» saben entender.

Por eso, cuando aquí se remarca el origen racial de un jugador, nadie lo percibe como agresión. Se lo vive como observación neutra, casi como un dato de color —literalmente—. Pero Frantz Fanon ya había señalado que el racismo no necesita declararse para producir sus efectos: alcanza con definir al otro desde afuera, con negarle, aunque sea en el margen del lenguaje, la condición de hombre pleno. La operación es discreta pero constante: se marca la diferencia, se tensiona la pertenencia, se instala la duda. Nadie gritó nada. El daño, sin embargo, quedó hecho.

De Berlín a Mendoza: la misma estructura, otro vocabulario

Ya nadie habla de inferioridad biológica. Se habla de «origen«, de «composición«, de «realidades culturales«. El vocabulario cambió; la arquitectura, no. El otro sigue siendo, en algún nivel del discurso, un auxiliar.

Bonilla-Silva lo resumió con una frase que debería incomodarnos: el mayor obstáculo para enfrentar el racismo contemporáneo es su propia negación. Mendoza, en ese sentido, no es una excepción ni una rareza local. Es el caso paradigmático de una fórmula que funciona en cualquier latitud donde el racismo aprendió a hablar bajito.

El problema, entonces, no es el racismo que grita. Es el que susurra tan bien que ya nadie lo reconoce como tal —ni siquiera quien lo pronuncia. Y ante esto, siempre se debe seguir levantando el puño y la voz en repudio.