Horacio Otheguy Riveira.
En 1836, España tuvo elecciones y con ello empezó un álgido periodo de trifulcas parlamentarias entre progresistas moderados, radicales, conservadores y liberales. En ese berenjenal -que en 1874, daría lugar a la breve Primera República- un hombre de letras, poco y nada conocido como dramaturgo, se llevó todas las palmas con El trovador, un melodrama intenso, a tumba abierta, que atacaba sobre un escenario el predominio de dos poderes sociales de gran envergadura: la Iglesia y la aristocracia.
Para poner boca abajo esta cruel situación social, Antonio García Gutiérrez (Chiclana de la Frontera, 1813-Madrid, 1884), traductor de clásicos franceses, autor de novelas, la tarde del estreno tuvo que salir varias veces a saludar junto al elenco.
Fue en el teatro del Príncipe, el 1 de marzo de 1836. En prosa y verso, tiene por asunto la venganza de la gitana Azucena, que deja morir al trovador Manrique a manos del Conde de Luna. Salvo ella, todos ignoran que éstos son hermanos, ambos enfrentados políticamente y aspirantes a la mano de Leonor, quien ama verdaderamente a Manrique y termina envenenándose. Para ocuparse de este macabro asunto sin censura alguna, la acción transcurre en el Aragón del siglo XV.
Como solían hacer los genios del Siglo de Oro, lo más plausible era hablar de las tragedias de hoy ubicándolas en tiempos lejanos. Así las cosas, la obra deja en aprietos a la Iglesia que condenó a la hoguera a la madre de la protagonista, acusada injustamente de hechizar a un niño hasta matarlo, y en los momentos finales pidió a su hija que la vengara.
La pieza, pues, posee dos acciones estrechamente interconectadas, la derivada de la historia de amor y la relacionada con la venganza; drama puro y duro, ambientado con canciones. Su éxito motivó una refundición en verso (1851) de su propio autor. Mereció además una adaptación operística con el título de Il Trovatore de Giuseppe Verdi, estrenada en 1853, con libreto de Salvatore Cammarano. Fue una de las dos óperas de Verdi basadas en dramas de García Gutiérrez: Il trovatore (1853) y Simón Bocanegra (1857).
Romanticismo con el humor de Ensamble Bufo
Dueños de incomparable talento para atravesar dramas históricos con buena música e insólitos toques de humor, la Compañía Ensamble Bufo, sale a flote con una adaptación de irregular interés, pues se resiente la desasosegante trama al chocar estrepitosamente con una comicidad que se percibe fuera de lugar. Sobre todo porque es muy acerada la ruptura de atmósfera dramática. Los intérpretes cantan de maravilla y juegan el melodrama con bien contenido dramatismo, pero en cuanto rompen la cuarta pared y entran en el discurso humorístico se rompe la magia y solo se percibe que un vano esfuerzo por parecer graciosos donde no corresponde.
No obstante, puede salirse al rescate de todo lo bueno, en el gran escenario de la sala principal del Fernán Gómez, acompañados por dos excelentes músicos: el pianista Ramón Gil y la chelista Marina Barba.
Texto: Antonio García Gutiérrez
Dramaturgia: Daniel Llull
Dirección: Hugo Nieto
Dirección musical: Marina Barba
Intérpretes: Daniel Rovalher, Ania Hernández, Andrea Soto, Didier Otaola, Dani Llull
Pianista: Ramón Gil
Chelista: Marina Barba
Iluminación: Felipe Ramos
Sonido y coordinación técnica: Lalo Gandulfo
Escenografía: Mónica Boromello
Vestuario: Helvia G. Jüschik
Jefe de producción: Miguel Asuero García
Producción: Ensamble Producciones SL



