Ainhoa Escarti

En una playa irlandesa a comienzos del siglo XX, hay una caracola de tintes blancos y rosáceos. Está limpia, brilla, es perfecta. Perfectamente irreal es encontrarla en una playa irlandesa. Esos dos mundos, lo posible y lo imposible, lo que debería ser y lo que no, la voluntad y el deseo, son parejas conceptuales inseparables en el universo de David Lean.

Si hay algo en común en todo su amplio y diverso universo son sus personajes metidos en el fango de saber que van a ser infieles o bien a ellos mismos o bien a lo que saben que deben hacer. Ese dilema sacude a Lawrence de Arabia, que no es capaz de decidirse entre quien era antes, el colonialista inglés, y quien se va convirtiendo: ese hombre conectando con su propia naturaleza, la violencia y lo árido del desierto.

Pero no nos confundamos: el conflicto que hace ver a los personajes esa dualidad en ellos no les transforma estrictamente, se asemeja más a una revelación vital donde se descubren a ellos mismos como son más allá del enmascaramiento que le supone su camino anterior.

También podemos verlo en los protagonistas de Breve encuentro, la primera película donde podemos reconocerle fuera de las largas manos de Noël Coward. En este título ya vemos que estos dos desconocidos que acaban enamorándose deben elegirse o mantenerse en su vida. La premisa latente es la misma. Siempre hablamos de fidelidad, pero de una vertiente de ella diferente al discurso normativo; la conversación realmente aparece cuando tratas de serte fiel a ti mismo luchando contra un concepto con toques disruptivos como querer a alguien fuera del matrimonio o ser leal a la patria. Los protagonistas no tienen finales perfectos, se ven sacudidos por una realidad coherente que les da un zarpazo en la faz.

En la obra de David Lean podemos ver siempre el mismo viaje interno sacudido por circunstancias diversas, búsquedas internas aunque también supongan viajes en movimiento. En la ya nombrada Lawrence de Arabia, la epicidad lleva a la par su viaje personal y vital, con el movimiento en el mapa, mientras en otros títulos como El puente sobre el río Kwai nos lleva a ese viaje interno sin salir de lo demoledor y limitado de un campo de concentración.

Así, el bagaje que supone tratar de ser fiel a uno mismo puede suceder en cualquier tipo de lugar. ¿Acaso el coronel Nicholson no es llevado por su perfeccionismo, siendo fiel a sus ideas de deber por encima incluso de su propio deber como soldado? Su testarudez le hace inflexible ante la ruta marcada para él: realizar un puente que todos saben que es ayudar al enemigo. La cuita base de Lean está servida, sobre todo en ese final realizado de forma milimétrica para crear tensión, donde la fidelidad al individuo se trata de mantener hasta casi el final, y el casi es importante.

Mas en Pasaje a la India vemos todo este universo complejo de Lean más maduro y diverso. No hay de forma tan clara como en La hija de Ryan o en Amigos apasionados la sombra de la autofidelidad traumando a los protagonistas; no es tan claro, aquí los grises intervienen en unos personajes perdidos en ellos mismos y lo que en otras películas se ve claro aquí aparece disperso.

Aquí, en una escena calmada, el personaje de Alec Guinness, Godbole, dice una frase que define completamente el espíritu de Pasaje a la India y la transformación de sus personajes por los hechos y decisiones. Así, su frase te desvela el final, te desvela el nudo y la esencia tanto de esa película como, en el fondo, de todas las demás:

«Que todos formamos parte de un patrón que no podemos percibir» («We are all part of a pattern we cannot perceive»).

Con cierto determinismo, el maestro inglés del cine conversa con esa frase con todos sus personajes, con sus versiones de Dickens, con la fabulosa y entrañable La vida manda, con la grandilocuencia de sus producciones más costosas, para contarnos que toda esa lucha de los personajes, todo ese debate interno que les parte, es en realidad ese momento de sabiduría del bueno de Godbole.

Somos patrones determinados a elegir lo que íbamos a elegir y, por ello, normalmente sus personajes son infieles a ellos mismos.

Su búsqueda de la fidelidad auténtica a ellos mismos se convierte en quimera, en ilusión de decisiones que creemos que podemos tomar. En Lean, la búsqueda de uno mismo termina siendo también una ilusión: nunca somos completamente dueños de nuestras elecciones.