Malena Escobar O´Neill
En Las corrientes (2025), de Milagros Mumenthaler —directora y guionista de cine argentina—, todo comienza con un gesto que no se explica. Un cuerpo que se arroja al río Ródano. Un impulso sin relato. A partir de ahí, la película no reconstruye causas: se instala en la deriva. Lo que importa no es por qué, sino qué queda flotando después.

Lina vuelve, pero vuelve desplazada de sí misma. Hay una fractura silenciosa que no encuentra palabras ni en la pareja, ni en su hija, ni en el trabajo, ni en la vida cotidiana. Ese silencio no es vacío: es una materia densa que la película decide no nombrar. Mumenthaler trabaja en esa zona donde el lenguaje se vuelve insuficiente y la neurosis solo puede insinuarse a través de gestos, ritmos, repeticiones.
La relación con la madre, presente como la sombra en la que vive, como eco, como estructura, aparece como una incomodidad inconclusa, como una corriente subterránea. No hay grandes escenas de confrontación ni revelaciones, sino una forma de continuidad afectiva que aprieta desde adentro. El diálogo intacto a pesar de los años sin verse, la habitación de la adolescencia también, los peces, de nuevo el vínculo con el agua. Lo materno se organiza más bien en términos atmosféricos: es algo que condiciona la percepción del mundo, que modela la sensibilidad. La hija adulta no se separa del todo; más bien, queda suspendida en una especie de dependencia muda y no resuelta.
En ese sentido, la maternidad, la propia y la heredada, funciona como un dispositivo de encierro. La película sugiere la imposibilidad de reinventarse cuando ese lazo se vuelve cotidianeidad y estructura total de la identidad. Lina no puede narrar lo que le ocurre porque aquello que la atraviesa no es un evento aislado, sino una trama afectiva más antigua, más difusa, casi ancestral.

El agua, entonces, no es solo escenario: es lenguaje. Aparece como amenaza y como refugio, como impulso de disolución y como posibilidad de suspensión. La protagonista le teme, pero también está ligada a ella por una fuerza que no controla. En el inicio, el río es caída. Después, es memoria y terror. Más tarde, es persistencia. La película lo construye como un símbolo ambiguo: vida y muerte, flujo y estancamiento al mismo tiempo. Esa ambigüedad es clave: el agua no limpia, no cura, no resuelve. Simplemente arrastra.
Lo que podría leerse como «crisis» o incluso como un episodio de desborde mental nunca es nombrado como tal. La película evita cualquier diagnóstico. En lugar de explicar, rodea, camina por los bordes. En lugar de clasificar o clarificar, insiste en lo opaco. La mente de Lina no se vuelve objeto de análisis, sino espacio de experiencia: un territorio donde las percepciones se distorsionan, donde el tiempo se vuelve irregular, donde lo cotidiano adquiere una extrañeza casi física.
Mumenthaler plantea una puesta en escena que acompaña ese estado: silencios prolongados, encuadres que aíslan, una paleta dominada por el azul, como si todo estuviera sumergido en una misma temperatura emocional. La narración se vuelve porosa, como si también ella estuviera atravesada por corrientes invisibles.

En ese movimiento, Las corrientes construye una forma particular de lo femenino: no como identidad afirmada, sino como experiencia en fuga. Una subjetividad que no logra estabilizarse, que se desplaza entre roles como madre, hija, profesional, sin encontrar un punto de apoyo.
La película no ofrece salida. Tampoco la busca. Se mantiene fiel a su lógica: dejar que el espectador habite ese estado sin desenlace. Como el agua de río, no conduce a un destino claro. Solo arrastra, rodea, insiste y asfixia. Y en esa insistencia, en esa negativa a nombrar lo que ocurre, aparece su forma más precisa de decir.

