EL INCENDIO DE UN INSTANTE
Por Pablo A. García Malmierca.
Tenemos que encontrarnos con el universo a medio camino,
movernos hacia lo que puede llegar a ser de maneras que puedan
dar cuenta de nuestro rol en el devenir diferencial del mundo.
Toda forma de vida real es un encuentro. Y cada encuentro importa/materia.
Karen Bard. Encontrarse con el universo a medio camino.
Toda reseña debe partir de una premisa anterior a la lectura del texto para que pueda ser útil, clarificadora o que por lo menos pueda llegar a tocar el poema de forma tenue. Sin embargo, esta premisa, que en muchas ocasiones se olvida de forma premeditada, solo puede darse si el poema cumple con una de las cualidades fundamentales de la poesía, el “ofrecerse”, y será a partir del ofrecimiento que surja el espacio intermedio entre la palabra y el estremecimiento que provoca la poesía en quien la lee, la toca o la siente. Esta cualidad innata a la poesía se cumple, permítanme la licencia de comenzar casi por el final de Ningún instante es más (Baile del Sol) del poeta zamorano Luis Ramos, en el poema (indispensable) y su anterior (ahogo) aparece o mejor se nos “ofrece” la poética del libro. Para aquellos que conozcan la trayectoria de nuestro poeta, baste decir que estamos ante un libro más introspectivo, más maduro intelectualmente que los anteriores, para los que no lo conozcan se acercarán a su obra en uno de sus libros más completos. Como decía si dejamos que ahogo e indiferencia se ofrezcan comienza a clarificarse ese espacio intermedio.
(ahogo) es la poética del infinitivo, pues si algo define a este libro es el uso premeditado de esta forma verbal desprovista de tiempo, modo y aspecto. Leemos: “Desterrar el vacío (…) Vivir el verbo alzado y libre / que como el aire nunca cesa (…) Aventar el camino”. Frente al vacío, considerado como algo negativo, surge el aire identificado con el verbo, el único capaz de ser motor del camino. Así el verbo es movimiento libre (viento) frente al sustantivo que constriñe y cierra: “Seguir lejos del nombre / evitar su cancela, / negar su providencia”; y aquí me gustaría hacer referencia a otro poeta zamorano Waldo Santos, leemos en (ábrego): “Necesario el ser errante del viento, / su presencia, su fértil rebeldía”, Waldo Santos es el poeta de la rebeldía, que identificaba el viento con la libertad. Enfrentarnos a una poética desasida de tiempo como la del infinitivo acerca nuestra mano a otro de los aspectos que “ofrece” la poética de este libro. Suspendido en el tiempo queda abierto el libro en su último poema (resistencia), se abre con un “AHORA” que fija el centro deíctico temporal de “Ningún instante es más”, es el presente que nos rodea “con la delicadeza de lo humilde”, nos enseña, o mejor aún, nos muestra que contemplar la incertidumbre desde el “alejarse de lo que aún se es” es la única forma de contemplar, el incendio del instante, es el que porta el antídoto contra el olvido. Cierre y apertura, como el uroboros que devora su cola, pues el libro se abre con una cita de Julio Ramón Ribeyro: “Cada instante nos hace otros, no solo porque añade a lo que somos, sino porque determina lo que seremos”. El presente, el ahora determina cómo seremos en un futuro, algo que nos trae a la mente el célebre verso de Rimbaud “Je suis un autre”.
Para que un libro pueda “ofrecerse” debe tener también implícito un movimiento. Hasta ahora hemos marcado el tiempo desde el que partir: el instante, el presente como configurador de lo que se es y lo que se será. Para conocer mejor como se despliega ese movimiento que nos invita a tocar el poema, debemos indagar aún más en la poética del verbo. En (melancolía), primer poema, aparecen dos elementos que se asociarán al infinitivo en primer lugar el incendio “todo en ascuas al abrigo de un verbo”, frente al incendio la melancolía asociada a las dudas que genera “otro claro nuevo al darse”, que inserta un nuevo concepto, el de la claridad asociada al amanecer, tan relacionadas con las poéticas de Claudio Rodríguez y Jorge Guillén. En (deriva) el ofrecimiento de Luis Ramos nos da otra de sus claves más éticas, “hablar desde el amor/ desde lo venidero / que empuja a desasirse, / a alejarse del linaje y del nombre”, la incertidumbre será el motor del presente hacia el futuro, pues como leemos en (impulso) “El instante que importa, / canda el tiempo” y solo el olvido relacionado con la claridad a través del adjetivo “albura” será liberador. Podemos afirmar que estamos ante una “poética del instante”. Este movimiento que nos marca la sucesión de poemas nos lleva a otro concepto fundamental la “nada”. Me demoraré en el poema (anónimo), de nuevo “lejos del nombre” del que se huye por su poder de cierre, se busca “intensa la luz”, en el “adentro / allí, donde no hay nadie”, el poema nos ofrece un concepto sugerente la nada como lugar donde no hay sufrimiento, donde están todas las posibilidades contenidas y como dice el poema “ir hacia la verdad, ofrecerse y dudar”; es fundamental que el motor del ofrecerse, camino hacia la verdad sea la duda, podríamos inferir que esta duda es la indeterminación como motor de vida, en el instante la duda nos conduce a la no identidad, a desposeernos del ego, hacia una nada creadora y dadora de luz.
Sin embargo, el sujeto poético, aquí altamente subjetivado pese al uso del infinitivo, necesita también un motor para completar su movimiento. Este impulso se explicita en el poema (celebración), el más claudiano del libro. Desglosemos ese espacio que ofrece el poema: “el canto (…) al aire boga libre (…) dándose (…) él es celebración (…) materia en ascuas y a distancia / que se renueva y arde en la memoria”. Este poema es fundamental por varias cuestiones. En primer lugar, ahonda en una cuestión fundamental de cierta poesía que engloba desde Claudio Rodríguez a María Ángeles Pérez López y que hace pertinente la cita de Karen Barad que encabeza esta reseña, muchos poetas configuran el mundo desde su mirada, importa su subjetividad que imponen sobre el objeto que contemplan, algo fácil de observar en la poesía autorreferencial o en el Romanticismo; sin embargo, ¿qué ocurriría si las palabras ya estuvieran inscritas en la materia? Es decir, ¿es el ofrecerse de la materia la base de la palabra posterior? Pues bien, aquí tenemos explicitado ese movimiento, es el incendio de la materia que se refleja en la mirada en el instante de la celebración del encuentro el que otorga el canto movido por el viento (libertad). Por tanto, estamos ante una poética de la apertura (canto) ante lo incierto (el incendio de la materia) que solo puede darse mediante la duda, pues si vemos desde la certidumbre de los sentimientos aplicaremos una mirada unívoca y cerrada, la de los nombres. Y aquí debo introducir otro concepto, también capital en Claudio Rodríguez y que determinados críticos adscribieron a la mística, aunque aquí se trate más de una mística de la materia incendiada. En el poema (cobijo), con un léxico claudiano leemos: “misterio (…) se abre un claro (…) que incendia el tiempo (…) la gracia (…) la luz (…) Pertenecer”, es en el ofrecimiento de la materia donde se alcanza la luz, y solo en el pertenecer, en el habitar el espacio intermedio, se da la identidad; pero con una salvedad, la identidad no es nombre, es verbo como comprobamos en (extrañeza) “un espacio que aún no tiene nombre”.
Hasta ahora hemos explorado el espacio luminoso que nos ofrece Luis Ramos; sin embargo, este libro lo es también de la herida y la ceniza, no olvidemos que está dedicado a dos personas muy cercanas que fallecieron no hace mucho. Solo el “polvo eterniza los instantes”, todo aquello negativo que conlleva la memoria, tal y como aparece en el poema (sesgo). A este concepto se une el de miedo y el de “herida” que ya aparecían en libros de poemas anteriores. La herida aúna vulnerabilidad, ausencia, adversidad y dolor, ya que “…en el rescoldo de la sombra queda / la ceniza y el polvo de otra nube” (dolor), probablemente en referencia a otro de sus libros “Nubes de evolución” dedicado a la memoria de su hermano. Será el propio cuerpo el que suture el miedo en la contemplación del incendio de la materia: “…dolor (…) la vida se alivia (…) salva al miedo (…) y todo en su misterio torna incendio” (oficio).
Y este movimiento nos lleva al poema (indispensable), todo el libro de poemas habita el movimiento entre este poema y (ahogo), pese a estar seguidos en el libro, ofrecen un espacio en el que caben el resto de poemas. En este poema, a pesar de los infinitivos que habitan el libro, tocamos como la subjetividad es la marca de todo este nuevo trabajo de Luis Ramos, pues en lo “íntimo” “se abre el día”, “todo lo indispensable que urge al aire”; ya que “El alborozo de un escalofrío / en la piel inocente que aún espera. / Lo sencillo que llega como de costumbre”. Así el amanecer íntimo e indispensable, ofrece el instante puro y sencillo de lo habitual, ya que el ofrecerse es anterior al mirar, es inmanente, propio de la materia, y será este movimiento el “que lo peor se lleve”, el que acabe con el miedo y el dolor.
Si hay un elemento fundamental en toda la poética de Luis Ramos es su componente ético, que aquí no desaparece, pondré como ejemplo (amparo), “no herir jamás a quien se allega. / Dar calma es abrazar”.
El interés de este libro se sintetiza es su valor poético, ontológico y fenomenológico, nos enseña a mirar, a ofrecernos y a aceptar el ofrecimiento de la materia para conocernos mejor a nosotros mismos. Estamos ante uno de los libros más completos de Luis Ramos, pues une la mayor parte del universo poético que nos ofreció en sus textos anteriores: la mirada, la ética, la claridad, el incendio, el entre como espacio de conocimiento, el miedo, la herida, el dolor. Este Ningún instante es más nos muestra el incendio del instante donde la nada entendida como estado previo al conocimiento inicia el movimiento para contemplar el presente que nos transforma continuamente.
Pablo A. García Malmierca
Aldealengua. 16 de julio de 2026.

