Hoy quería hablar de una de sus películas más referentes, ya que encontramos en ella toda la mitología del director, pero ya rodada con cierta madurez estética, como si se hubiera domesticado levemente mientras se estaba buscando.
En sus primeros títulos, como Vivir a tope (1980) o Delicias turcas (1973), vemos su plano sucio, casi desclasificando el patetismo de mirar la vida sin filtros, simplemente con la mirada descarnada de la sucia realidad, vista por ojos de casi documental rancio sin editar. De esta época cabe resaltar las raíces de unos personajes femeninos disruptivos y fuertes que tratan de sobrevivir sin conciencia a las circunstancias. En Vivir a tope lo vemos en su protagonista, esa vendedora ambulante de patatas fritas que basa la supervivencia en su voluptuosidad; su vida se basa en ofrecerse como objeto para lograr una vida menos paupérrima. Hay cierta rebeldía en sus personajes femeninos que no quieren quedarse en el lugar que les ofrecen. Incluso en la peculiar Showgirls (1995) podemos ver ese espíritu, porque, pese a todo, es un producto cien por cien Verhoeven: allí encontramos todas sus filias llevadas a un manierismo extremo.

En Una novia llamada Katy Tippel (1975) nos manda al sucio e infecto siglo XIX, dando voz a una protagonista que va dando tumbos como si se tratara del protagonista de la novela de Voltaire, Cándido. Inspirada, aunque no totalmente fiel, en las memorias de la escritora Neel Doff, donde nos cuenta sus miserias, que son tales que sirven de alimento para dos cosas con las que disfruta Verhoeven: lo peor de la naturaleza humana y la suciedad de la vida (porque no hay otro nombre para la atrocidad de sus vivencias). Así, junto a Katy atravesamos de la peor de las maneras lo que era ser una mujer joven en la miseria.
Así, Katy Tippel se entrega, como el personaje de Voltaire, a la miseria de la vida, con una vehemencia propia de quien aún no ha tocado lo peor de la naturaleza humana, aunque conviva con ella y la padezca. Pese a que cada vivencia le hace aprender y la obliga a enfrentarse a una realidad cada vez más cruel, hay un trasfondo en el personaje que le impide perder la mirada hacia un futuro sin desesperanza. Como Cándido, Katy atraviesa un mundo hostil que parece empeñado en demostrarle que no existe lugar para la inocencia, pero conserva algo de esa mirada que se resiste a aceptar que la vida tenga que ser únicamente aquello que le ha tocado vivir.
Explora de forma cruel la realidad de una época en una especie de visión dickensiana brutalmente sexual, donde la falocracia determina el valor y la supervivencia en una sociedad opresiva que trata de cosificar constantemente a una protagonista que lucha por no ser objeto del abuso. Indispensable para la credibilidad del personaje es la mirada ambigua que paulatinamente se va ennegreciendo de la actriz fetiche del director neerlandés, Monique van de Ven, que ya había sido su protagonista en Delicias turcas (1973). Aquí la sexualidad dista mucho de ser un jugueteo erótico con el que trata de seducir al espectador; con su abierta crueldad, es más una herida en los personajes que un disfrute. En momentos parece que el director lo filmara como una simple función biológica que domina a los hombres, sin más, haciendo del hecho algo casi animal que dista mucho de ser deseable. Porque para Verhoeven el sexo es básico; podríamos decir que su filmografía es realmente freudiana.

Así, Katy Tippel es una superviviente que poco a poco piensas que abandonará su esencia y esa leve inocencia que la hace ser tan ella, esa vehemencia que la lleva de una ruptura a las balas en una manifestación. Sin rumbo, ella vaga hambrienta de una vida mejor que no le pida la carne como pago. Porque su único deseo es ese: ser dejada existir sin hambre y con dignidad. Esa búsqueda del personaje de ser, de existir más allá de sus circunstancias, es una mochila que podemos ver posteriormente en casi toda la obra de Verhoeven, incluso en RoboCop (1987), Elle (2016) o la extraña Benedetta (2021), donde le vemos ser el mismo, con toda su refrescante, pero densa, osadía.
Podría decirse entonces que Katy Tippel (1975) es una de sus mejores películas y que, en relación con su obra posterior, actúa de oráculo de todo lo que el cineasta neerlandés tenía para contarnos a través de sus películas.

