JOSÉ LUIS MUÑOZ
Menos es más. Ejemplo de minimalismo made in USA la ópera prima de Cole Webley y de a lo que puede llegar ese cine indie fuera de la industria que encontró su voz en el festival de Sundance de Robert Redford. Lo que se puede hacer con un presupuesto mínimo cuando se sabe rodar y cuentas con intérpretes excepcionales, no profesionales, en estado de gracia.
Omaha tiene estructura de road movie. Un viaje por una carretera infinita en el curso del cual el paisaje llano no cambia. El que hace un padre al que acaban de desahuciar (en la primera secuencia de la película, una agente de policía clava en la puerta de la que hasta ahora ha sido su casa la orden oficial) y se lleva a sus dos hijos y al perro a un destino desconocido en su destartalado coche. Un padre que no tiene trabajo, que vive de subsidios, ha perdido a su mujer recientemente y quiere muchísimo a sus dos hijos, aunque no pueda hacerse cargo de ellos.
Omaha aborda el drama de la pobreza que socava las familias. Hay una serie de secuencias, divertidas —ese viejo coche que no arranca y deben empujar padre e hija por una pendiente— en esa road movie, protagonizadas por Ella (Molly Belle Wright) y Charlie (Wyatt Solis), los niños que juegan durante el viaje, vuelan la cometa que les compra el padre en un salar, tienen conversaciones escatológicas —¿Qué prefieres, comerte un escupitajo o pasar la lengua por la taza de un váter?— e ignoran el drama familiar que se cierne sobre ellos, o no lo quieren saber. Ella, la niña de diez años, pregunta al padre (John Magaro) qué le sucede cuando este se encierra en el baño de un motel de carretera, adónde se dirigen, qué sucede para dejar su casa y emprender ese viaje incomprensible. Se mudan a otro estado, a Nebraska, le dice el padre.
El primer síntoma del drama se produce cuando dejan el perro en una protectora de animales. Desgarro emocional de los pequeños al desprenderse de su mascota. Desde ese momento el espectador ya conoce la suerte de esa familia, cuál será el desenlace, aunque ignora en qué momento se producirá y cómo. Los últimos dólares los gasta el padre en esa jornada de zoo en Omaha, porque una mujer, en la cola de una gasolinera, le ha dicho a Ella que si van a esa ciudad no se pierdan su zoológico.
John Maggaro, el protagonista adulto, narra el drama personal a través de las expresiones de su rostro (planos mientras conduce; las luces de los coches reflejándose en su rostro en las escenas nocturnas). El padre apura esos momentos de felicidad con sus hijos sabiendo que son los últimos, juega constantemente con ellos, se compadece de sí mismo y llora a escondidas. Los niños viven en una feliz inocencia en su realidad paralela en ese breve viaje pernoctando en moteles baratos de carretera y alimentándose con comida rápida.
Omaha no es el nombre de una batalla épica de la Segunda Guerra Mundial, es un homenaje a la paternidad (aunque una madre quizá lucharía más por su prole, seguro) y una denuncia de cómo la pobreza destroza familias a pesar de la argamasa del amor. Menos es más en este drama familiar perfectamente orquestado y también muy triste. Cine indie hecho con ocho chavos, mucho talento y una enorme sensibilidad.

