Ainhoa Escarti

El cine español ha tenido siempre mucha suerte teniendo actores que dejaban marca. Y estos ya quedan en el imaginario del cine patrio como marcas de identidad, formas de interpretar, como ejes que giran alrededor. Muchos de estos iconos no han tenido su sitio normalmente en los personajes principales, pero en muchas ocasiones se llevaban la secuencia aunque ellos no tuvieran que ser el centro.

Manolo Solo era de esos actores con la capacidad de hacerte llorar, reír, pasar miedo, tensión y creerte que puede ser cualquier persona en todas las tonalidades de color. Lo que podríamos llamar un animal interpretativo que siempre aportaba peso allá donde aparecía. Recordarle es hacer un viaje por grandes películas del cine español de los últimos 20 años.

Verle actuar es admirar a personas reales, demasiado reales, cargadas de una honestidad tan animal a veces que, aunque fuera secundario, te quedabas en ese personaje. No tenías la sensación de ver a alguien interpretando, no estabas viendo a alguien con sus propios matices, forma de moverse por el mundo e incluso de hablar.

Así, Manolo Solo no puede no ser obligatoriamente historia del cine español. Tardó mucho, demasiado, en lograr un papel protagonista, pese a su gran talento. Probablemente se pensaba en él mismo como el eterno secundario que, pese a que pudiera comerse una escena, no terminaba de ser el protagonista. No fue hace tanto: corría el 2023, él rondaba ya los 60 años cuando por fin llegó la oportunidad. Víctor Erice llevaba 30 años sin dirigir, su regreso prometía historia del cine español, prometía una de esas películas que estarían en todas las nominaciones y que sería un título indispensable de ese año. Porque Erice es leyenda, leyenda viva de una forma de hacer las cosas con personalidad propia, con un lenguaje propio. Entonces confió en él, en el secundario demasiadas veces. Un regreso que se tornaba también primera oportunidad para un Manolo Solo que supo dar vida a un personaje tan complejo como Miguel Garay en esta propuesta de metacine, de cine sobre cine, que logró ser de las propuestas más interesantes de ese 2023. Demostró así que era capaz de asumir un papel estelar y, aun así, robarse escenas para él mismo con la gran generosidad de dar espacio para respirar al resto del reparto, y eso no es algo común. Era un papel que exigía contención, madurez emotiva y la solidez necesaria para sostener el peso dramático de una película de casi tres horas, y que le valió su primera nominación al Goya como protagonista.

A partir de ahí encadenó protagonistas: La desconocida (2023), A la cara (2025) y Una quinta portuguesa (2025), donde volvió a estar nominado.

Su problema no fue su falta de talento, sino de oportunidades dadas. Su apariencia de hombre medio, de esos que pueden ser oveja o lobo según la capa que quieras dotarles, era un caramelo para roles como el de La desconocida (2023), ese cuento envenenado que hace claras reminiscencias a Hard Candy (2005), de David Slade, pero que, a diferencia de este último título, el director deja caer todo el peso en sus dos protagonistas sin mucho más efectismo ni aspaviento. Aquí se podía ver el abanico de posibilidades que presentaba como protagonista con un personaje de dudosa ética y altamente complejo que va desgranándose lentamente a lo largo de la película, que resultaría menos interesante con otro actor que no hubiese dado tanto subtexto a su personaje.

Pero uno de los personajes en los que más brilló y muchos espectadores le conocieron fue en la inquietante y visceral película Tarde para la ira (2016), de Raúl Arévalo. Su personaje, Triana, tiene una forma de existir, prácticamente crea una forma de hablar, de moverse, de ser. Quien ha conocido a ese tipo de persona no piensa que está viendo a alguien interpretando un rol; no es una persona creada para esa película y para ese momento. Aquí reside la grandeza del oficio de actuar: no crean personajes. Hay actores como Manolo Solo que tenían esa capacidad que no todos poseen y que se ve maravillosamente aquí, de crear personas, y eso no es lo mismo que actuar.

Podríamos hacer un listado con todo lo que hizo y resaltar cada una de ellas, como ese paparazzi pasado de todo en la serie Celeste (2024), donde nuevamente capta los grises de un personaje que sabemos que ha vivido todo, poseedor de unos ojos que han tenido que sacar provecho de todo lo que la miseria humana da. Pero, aun así, no es caricatura ni saco de prejuicios: por los detalles incluso podemos adivinar un pasado que hace de esqueleto para lo que nos encontramos. Un personaje que, además, consigue mantenerle el pulso a una Carmen Machi con un papel que parece creado para ella. Podríamos hablar de todos los interesantes personajes secundarios que hacían de las películas en las que estaba algo más real. Tener esa sensación de «estoy mirando a alguien por una mirilla». Porque insisto, ese es otro nivel de actuación. Podría, evidentemente, decir todas las cosas que se han dicho de él póstumamente ahora que ya no está con nosotros y ninguna alcanzaría lo que habría merecido como intérprete.

Porque aquí, en el fondo, existe un problema que vemos durante toda la historia del cine: actores que simplemente merecían más de lo que les dejaron ser y hacer.

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