Ander Ercoreca

¿Aceptarías la inmortalidad a cambio de sacrificar tu capacidad para soñar? Bi Gan, en su tercer largometraje, plantea esta pregunta y la contesta a modo de advertencia, puesto que la sociedad actual ya se ha decantado por la vida eterna a través de las identidades digitales, una mera ilusión de permanencia. Resurrection profundiza en este planteamiento distópico al embarcar al espectador en un viaje onírico compuesto por seis segmentos: un prólogo, cuatro relatos episódicos y un epílogo.

En la película, solo hay unos pocos sujetos llamados Delirantes que todavía sueñan, mientras que los inmortales no entienden por qué estos aceptarían morir. Conceptos como el de los delirantes recuerdan a otros de la ciencia ficción como los replicantes de Blade Runner, pero, en el fondo, Resurrection se aproxima más a obras más recientes como Babylon, de Damien Chazelle. Esta conexión se da gracias a una afirmación muy potente: el cine es la expresión de esos sueños.

Por tanto, esta fantasía distópica relata sus seis segmentos con una estética cambiante articulada por la historia del cine. Cada uno representa cronológicamente algunos de los géneros más conocidos como el cine mudo, la fantasía, el cine negro o el melodrama. Aunque Babylon logra construir una oda a la historia del séptimo arte más consistente y entretenida, Resurrection advierte sobre su decadencia actual.

Vivimos avasallados por un flujo constante de información, por imágenes efímeras orquestadas por los algoritmos y una oferta de entretenimiento continuo sin necesidad de salir del hogar. Los motivos para acudir a las salas de cine cada vez son menores. Vivimos el día anestesiados por estos estímulos constantes que interfieren con nuestro propio mundo interior. Y, al igual que sucede en las sociedades autoritarias, estos Delirantes son perseguidos por quienes preservan el poder porque amenazan su estructura social impuesta.

Bi Gan señala esta desconexión con nuestra imaginación, pero su crítica al entretenimiento vacío es de tal calibre que se ha convertido en el principal error de su largometraje. Pese a su llamativa estética y una estructura narrativa que se sale de los moldes más convencionales, Resurrection falla en seducir al público general y se limita a convertirse en un mensaje para los más cinéfilos.

En cuanto a la propia narrativa, el discurso que propone Bi Gan y sus relatos episódicos son muy intuitivos para entender la pregunta de la película: ¿por qué soñar? No por eso es menos interesante el mundo que plantea. La premisa de los Delirantes y la Gran Otra transmite un universo fascinante, pero Bi Gan apenas lo desarrolla. El problema de concentrar casi todo el metraje en la introspección del delirante y sus sueños es que reduce esa sociedad distópica a un marco conceptual. Aunque se entiende que ese no era el foco de atención de la propuesta, creo que se podría haber sacrificado al menos uno de los relatos episódicos para mostrar el conflicto presente y sus consecuencias sociales.

Sin embargo, su propuesta atrae al espectador a desentrañar el discurso de la película. Resurrection, de forma semejante a la filmografía de David Lynch, induce a una especie de trance al espectador mediante escenas oníricas que generan la sensación de presenciar un sueño. No entraré en los detalles de cada relato, pero prácticamente cada uno de los cinco sentidos del ser humano domina uno de los segmentos que conforman la obra.

En un mundo donde no existe la muerte, el arte ha perdido el sentido. El delirante de la película no representa solo a aquellos que aún se permiten soñar o que están en conexión con su mundo interior. Ese delirante, moribundo y sentenciado a morir, es el propio cine.

Tras finalizar cada relato de los cuatro que conforman el segundo acto de la narrativa, se nos muestra una escultura de cera que se derrite. Sí, se han consumido veinte años de vida del delirante, pero ha experimentado uno de los sentidos. Tras los cuatro actos, el delirante ha alimentado todos sus sentidos a través de distintas experiencias. La estructura narrativa completa su círculo y devuelve el relato al inicio. Al delirante solo le queda la última experiencia de la vida, la muerte.

Los inmortales, aquellos que han dado la espalda a la imaginación, no son más que meros fantasmas que habitan el mundo, pero no lo viven. Tanto sus vivencias como sus sentidos son fútiles. Ya que, como ya he explicado, sin muerte no hay vida que valga la pena apreciar ni arte que crear. El arte, en este caso el cine, es el sustento y la expresión última de la vida.

Por este motivo, Resurrection finaliza con esa secuencia donde se muestra una sala de cine, también hecha de cera, donde innumerables siluetas de personas toman asiento. Cada individuo tiene su propio hilo de imaginación, pero el conjunto de esos hilos parece conformar una telaraña que representa nuestro imaginario compartido donde se comparten arquetipos o simbología que se plasma en la pantalla.

Es decir, cada una de esas personas ha dejado de lado su individualidad y la cultura del yo que promociona la sociedad, esa inmortalidad virtual, para ceder al nosotros, la imaginación, y la experiencia colectiva que implica el cine para transmitir los sueños.

Recuperando la referencia de Babylon, ambas películas tienen un final semejante. Mediante el montaje rítmico, planos cortos e imágenes llamativas, Babylon homenajea la historia del cine; Resurrection opta por un plano fijo y, como ocurría previamente con el delirante, contempla desde la quietud cómo la cera que moldea a esa sala de cine se deforma y desaparece gradualmente junto con el público.

Al final, solo quedan escombros, una sala derruida y una pantalla de cine con el título de la película. Una visión muy pesimista, aunque real en el presente que vivimos. Ese es el futuro del que nos advierte Bi Gan, que defiende el cine como el sueño colectivo, pero lo hace a través de una obra tan hermética como es Resurrection que fracasa al intentar despertar a quienes, quizá desde el desconocimiento, ya han renunciado a soñar.

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