Silvia Pérez Molina
Que un alemán se vea atraído por Canarias no es ninguna novedad. Lo hacen millones de turistas cada año buscando exactamente lo mismo: sol, playa y la promesa de una desconexión. Lo extraordinario es que sea precisamente una producción alemana la que termine ofreciendo una de las miradas más melancólicas sobre una isla que lleva décadas viviendo del deseo de otros.Quienes hemos crecido en Canarias estamos acostumbrados a ver nuestra tierra convertida en una postal. El cine rara vez escapa a esa imagen: playas infinitas, hoteles, paisajes volcánicos y un clima eterno puestos al servicio del visitante. Islands, de Jan-Ole Gerster, parece partir de ese imaginario, pero pronto toma Fuerteventura de lienzo y revela otra isla distinta. No la que consumen los turistas, sino la que permanece cuando estos regresan a sus habitaciones o vuelven a casa. Una Fuerteventura silenciosa, casi vacía, donde el paisaje deja de ser un decorado para convertirse en un estado de ánimo.

El complejo turístico emerge en mitad del paisaje volcánico como un espejismo. Un lugar diseñado para vender la promesa de unas vacaciones perfectas mientras quienes trabajan en él parecen vivir suspendidos en un tempo que nunca avanza. Esa contradicción atraviesa toda la película: el mismo espacio que para unos representa la libertad termina convirtiéndose para otros en una forma de inmovilidad.

Tom trabaja impartiendo clases de tenis en dicho hotel. Su vida parece detenida entre dos capítulos que nunca llegan a unirse. Los días se suceden entre clases, alcohol, fiestas y relaciones pasajeras. Mientras conocemos con relativa rapidez los conflictos de la familia británica formada por Dave, Anne y Anton, el propio protagonista permanece como un enigma. ¿Nació en la isla? ¿Tiene familia? ¿Por qué decidió quedarse? Gerster nunca responde. Y quizá esa ausencia de respuestas sea precisamente la mejor definición de Tom. Es como si hubiera terminado ocupando un papel secundario dentro de su propia existencia, siendo espectador de su propia vida a través de quienes pasan fugazmente por el hotel. Cuando Dave y Anne irrumpen en su rutina, Tom parece fascinado no tanto por ellos sino por aquello que representan.

La película insinúa constantemente más de lo que muestra. Tom afirma varias veces que siente haber conocido antes a Anne. Dave comenta que ella ya había estado en las islas años atrás, y la edad de Anton despierta preguntas que nunca llegan a formularse del todo. ¿Existió un vínculo entre ellos? ¿Está Anne queriendo vivir la vida que pudo ser y nunca fue? Gerster convierte el misterio en una herramienta para hablar de la proyección.

Y es precisamente ahí donde Islands encuentra una de sus mayores virtudes. En una época en la que gran parte del cine parece necesitar explicar cada emoción y resolver cada incógnita, Gerster construye una película que confía en el poder de lo que no se dice. Nunca sabemos con certeza qué ocurrió antes de que comenzara la historia, qué une realmente a Tom y Anne o cuál será su destino cuando deciden marcharse. La película tampoco ofrece una resolución cerrada sobre el misterio que vertebra el relato. Pero lejos de resultar frustrante, esos silencios convierten al espectador en un participante activo, obligado a completar los huecos del relato.

La decisión recuerda inevitablemente a una idea que Raúl Serrano defendía al hablar del trabajo actoral: el verdadero conflicto rara vez habita en las palabras pronunciadas. Lo decisivo ocurre en el subtexto, en aquello que los personajes callan porque no pueden o no saben expresar. Islands parece construida sobre esa misma convicción. Cada conversación esconde otra aún más importante. Cada silencio contiene una emoción que nunca llega a verbalizarse. Y, paradójicamente, esa ausencia termina diciendo mucho más que cualquier explicación.

La propia Fuerteventura participa de ese lenguaje silencioso. Una de las escenas más reveladoras llega cuando Anne contempla una playa completamente vacía y comenta que iría allí todos los días: sin gente, solo el canto de las olas. Para quien ha crecido en Canarias, esa frase resulta especialmente reveladora: habla de un turismo invertido. La isla deja de ser el lugar abarrotado que solemos asociar al archipiélago para convertirse en el refugio que incluso los turistas sueñan con encontrar cuando consiguen escapar de sus iguales.

Gerster filma una Canarias profundamente reconocible sin convertirla en un catálogo de postales. Ahí están la música de Las Knarias sonando en el coche, una cerveza Tropical sobre la mesa, un supermercado Hiperdino o la gastronomía local. Son detalles cotidianos que cualquier isleño identifica de inmediato y que cumplen una función mucho más importante de lo que parece. Durante décadas, el cine internacional ha utilizado Canarias para representar cualquier otro lugar del mundo: desiertos africanos, islas exóticas o incluso planetas lejanos. En Islands sucede algo mucho más infrecuente. Fuerteventura interpreta, por fin, su propia esencia. La isla deja de ser un escenario para recuperar su identidad.

Incluso la naturaleza parece comprender antes que los personajes aquello que está a punto de suceder. La inquietud del camello, el viento recorriendo las dunas, el océano golpeando una y otra vez la costa o la inmovilidad de las montañas construyen una atmósfera donde el paisaje parece observar con indiferencia un conflicto profundamente humano. Mientras las personas proyectan deseos, sospechas y frustraciones, la isla permanece. Como si recordara constantemente que los verdaderamente pasajeros son quienes la habitan.

El propio Jan-Ole Gerster explicó en la premiere en Berlín que Islands «trata sobre el escapismo: escapar de uno mismo, de la vida cotidiana, de la realidad, de los problemas del matrimonio o de decisiones vitales que no salieron como se esperaba» [traducido del inglés]. Esa declaración ilumina el recorrido de todos sus personajes. Los turistas llegan buscando una pausa. Dave intenta escapar de un matrimonio agotado. Anne busca un espacio donde respirar. Tom se refugia en una rutina que le permite no enfrentarse a la vida que ha dejado de construir. Sin embargo, la mayor ironía de la película es que ninguno consigue realmente huir. Todos descubren que el equipaje más pesado es el que llevan dentro.

El desenlace resume con elegancia toda la película. Tom llega al aeropuerto dispuesto a comprar un billete. Nunca sabemos cuál será su destino porque la historia termina justo antes de pronunciarlo. Lo importante no es adónde viaja. Lo importante es que, por primera vez, decide ponerse en movimiento.

Islands no habla únicamente de un hombre perdido en una isla. Habla de todos esos lugares cuya identidad acaba construyéndose para satisfacer el deseo de quienes llegan desde fuera. No convierte el turismo en un enemigo —sería una lectura demasiado simple para una realidad mucho más compleja—, pero sí invita a preguntarnos qué ocurre cuando un territorio termina existiendo, sobre todo, para ser contemplado por otros. Porque, al final, la isla no es solo un lugar del que unos llegan y otros se marchan. Es también el espacio interior donde todos, tarde o temprano, nos preguntamos si seguimos viviendo la vida que realmente queríamos.

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