Malena Escobar O´Neill

Durante gran parte del siglo XX, la televisión fue un dispositivo y, al mismo tiempo, un ritual. Se trataba de un aparato físico situado en el centro del hogar y de una experiencia colectiva organizada por horarios fijos. El concepto de «ver televisión» implicaba encender un canal determinado, aceptar una programación previamente definida y compartir ese momento con otros. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la irrupción de las plataformas digitales ha transformado esta lógica, no solo en términos tecnológicos, sino también culturales, narrativos y sociales. Analizar cómo las plataformas han cambiado el concepto de televisión implica revisar las formas de producción, distribución y consumo de contenidos audiovisuales, así como las nuevas prácticas que emergen en torno a ellas.

En primer lugar, una de las transformaciones más evidentes es la ruptura con la lógica de la programación lineal. La televisión tradicional se estructuraba a partir de grillas horarias: cada programa tenía un día y una hora específicos, y la audiencia debía adaptarse a ese calendario. Las plataformas, en cambio, introducen el consumo bajo demanda, donde el usuario decide qué ver, cuándo y cómo. Este cambio desplaza el poder de decisión desde las emisoras hacia los espectadores, que ahora construyen sus propias rutinas de consumo. La noción de «prime time» pierde relevancia frente a una disponibilidad constante, en la que cualquier momento puede convertirse en tiempo de visionado.

Esta transformación no solo modifica los hábitos individuales, sino también la experiencia colectiva. Si antes millones de personas veían el mismo programa en simultáneo, hoy las audiencias se fragmentan. Cada usuario puede estar en un punto distinto de una serie o consumiendo contenidos completamente diferentes. Esto genera una tensión entre la personalización y la pérdida de sincronía social. Sin embargo, nuevas formas de comunidad emergen en redes sociales, donde los espectadores comentan, recomiendan y resignifican los contenidos. La conversación ya no ocurre necesariamente en el living, sino en espacios digitales que amplifican y prolongan la experiencia televisiva.

Otro aspecto central es la transformación de las narrativas. Las plataformas han favorecido la expansión de formatos más flexibles, especialmente las series, que permiten desarrollos complejos y prolongados en el tiempo. A su vez, la posibilidad de ver varios episodios de forma consecutiva —la llamada «maratón»— altera el ritmo de las historias. Los guiones ya no necesitan recordar constantemente lo ocurrido en capítulos anteriores, como sucedía en la televisión tradicional, sino que pueden apostar por estructuras más densas y continuas. Esta nueva forma de consumo también impacta en la relación emocional con las narrativas, intensificando la inmersión y el vínculo con los personajes.

En paralelo, las plataformas han redefinido los criterios de producción y circulación de contenidos. Mientras que la televisión tradicional operaba bajo lógicas más centralizadas y con fuertes restricciones geográficas, las plataformas funcionan en un mercado global. Esto permite que producciones de distintos países alcancen audiencias internacionales, diversificando la oferta cultural. Series y películas que antes quedaban circunscritas a contextos locales hoy pueden convertirse en fenómenos globales. Sin embargo, esta aparente democratización convive con nuevas formas de concentración, ya que un número reducido de grandes plataformas controla buena parte del mercado.

Asimismo, el uso de datos y algoritmos introduce una dimensión inédita en la relación entre productores y audiencias. Las plataformas registran y analizan los hábitos de consumo de los usuarios, lo que les permite personalizar recomendaciones y orientar decisiones de producción. De este modo, el contenido ya no se define únicamente por criterios creativos o editoriales, sino también por patrones de comportamiento medidos en tiempo real. Esta lógica plantea interrogantes sobre la diversidad cultural y la posibilidad de que los algoritmos refuercen preferencias existentes en lugar de ampliarlas.

Por otro lado, el concepto mismo de «televisión» se vuelve difuso. Ya no se trata necesariamente de un aparato específico, sino de un tipo de contenido que puede consumirse en múltiples dispositivos: teléfonos móviles, computadoras, tablets o smart TVs. La experiencia se vuelve más individualizada y portátil, adaptándose a distintos contextos de uso. Ver una serie en el transporte público o en la cama con auriculares es una práctica que contrasta con la imagen tradicional de la familia reunida frente a la pantalla. En este sentido, la televisión deja de ser un lugar físico para convertirse en un flujo de contenidos accesible en cualquier momento y espacio.

Finalmente, este cambio también implica una redefinición del tiempo y la atención. La abundancia de contenidos disponibles genera una lógica de sobreoferta, donde el desafío no es acceder a programas, sino elegir entre ellos. La noción de «zapping» se transforma en la navegación por catálogos digitales, mediada por interfaces diseñadas para captar y retener la atención. Las plataformas compiten no solo entre sí, sino con otras formas de entretenimiento digital, como las redes sociales o los videojuegos, configurando un ecosistema complejo en el que la televisión es solo una parte.

En conclusión, las plataformas han redefinido el concepto de televisión al desplazar su eje desde la programación lineal y el consumo colectivo hacia la personalización, la flexibilidad y la globalización. Este proceso no implica la desaparición de la televisión, sino su transformación en una experiencia híbrida, donde conviven nuevas y viejas prácticas. La televisión ya no es únicamente un medio, sino un conjunto de formas de ver, elegir y relacionarse con los contenidos. Comprender este cambio permite no solo analizar el presente de la cultura audiovisual, sino también anticipar sus posibles futuros.

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