Por David Farré /

Hay conciertos que se miden en decibelios, otros en luces y algunos, inevitablemente, en el número de entradas vendidas. El de Siloé en el Festival Porta Ferrada, el 10 de agosto, obliga a utilizar una medida diferente: la capacidad de una banda para hacer que un recinto con más de un tercio de su aforo ocupado parezca, durante buena parte de la noche, mucho más lleno.

No hubo sold out. Tampoco una multitud desbordando el recinto. Pero sí hubo algo que a veces resulta bastante más difícil de fabricar: un público entregado.Siloé salió al escenario sin necesidad de negociar demasiado con la audiencia. Desde los primeros compases de “Terrorismo emocional”“Si me necesitas, llámame” y “Las palabras”, Fito Robles dejó claro por qué su figura resulta fundamental para entender el crecimiento de la banda. Robles no es solamente el rostro y la voz de Siloé. Es, sobre todo, su principal arquitecto emocional: un letrista capaz de convertir experiencias reconocibles en canciones que funcionan tanto en la intimidad como cuando son lanzadas hacia cientos de personas.Y ahí está probablemente la mayor virtud de Siloé: sus canciones tienen algo que contar antes de tener algo que exhibir.En un directo cada vez más dominado por la espectacularidad, Robles consigue que las letras no desaparezcan bajo la producción. Su manera de interpretar, cercana pero también física, permite que canciones como “Reza por m픓Dime” o “La oposición” conserven una dimensión narrativa incluso cuando el espectáculo crece en intensidad.La banda, por su parte, sabe acompañar ese discurso sin convertirlo en una exhibición de músculo musical. El repertorio está construido para crecer. “Génesis” y “Esa estrella” preparan el terreno para uno de los momentos más visuales de la primera parte, el show de batería, que funciona como punto de inflexión y demuestra que Siloé ha entendido algo esencial: un concierto no puede limitarse a reproducir un disco.La puesta en escena tiene intención. Hay cambios de dinámica, momentos de mayor intensidad y una utilización del espacio que convierte a Robles en el centro de una propuesta que busca el impacto sin caer, al menos en sus mejores momentos, en la pirotecnia gratuita.El segundo acto, con “Búfalo” y “Si te pones de mi parte”, mantuvo el pulso antes se permitieran mostrar otra de sus caras: la que mezcla canción de autor, pop, electrónica y pulsión bailable.“Amor infinito”“Nada que se parezca a ti (Remix)” y “Personal Jesus (Remix)” evidenciaron esa voluntad de no quedar atrapados en una única etiqueta. Puede discutirse si algunas de estas fórmulas funcionan con la misma contundencia que las canciones más desnudas, pero forman parte de una concepción escénica coherente: Siloé quiere ser una banda de canciones y, al mismo tiempo, una banda de directo.En la recta final, “Quédate esta noche”“Campo Grande”“Sangre”“Que merezca la pena (AC)” y “Todos los besos” devolvieron el foco a lo esencial: canciones reconocibles, una voz al frente y una audiencia dispuesta a devolver cada verso. El público cantó, acompañó y respondió. Y lo hizo con una intensidad que relativiza bastante la frialdad de las estadísticas.Porque el dato está ahí: Siloé no llenó Porta Ferrada. En un festival de la dimensión del histórico certamen de Sant Feliu de Guíxols, es una circunstancia que merece ser señalada. Pero tampoco sería justo utilizar únicamente ese dato para evaluar una actuación que consiguió generar una atmósfera de cercanía y participación muy superior a la que podría sugerir la cifra de asistencia.También merece reconocimiento la organización del festival. La jornada se desarrolló con solvencia, desde la previa hasta el concierto principal, sin que la producción interfiriera negativamente en la experiencia del público. Antes de Siloé, Extasis y Repion aportaron dos propuestas que contribuyeron a construir musicalmente la velada y evitaron que la jornada quedara reducida a una única actuación.Y esa suma también cuenta.Al final, Siloé ofreció en Porta Ferrada un concierto solido que confirmó que Fito Robles sigue siendo el principal valor diferencial de la banda. Su capacidad como letrista es la que proporciona identidad a un proyecto que podría correr el riesgo de diluirse entre géneros y fórmulas de producción.Cuando Robles canta desde la canción, Siloé convence. Cuando la banda se entrega al espectáculo, Siloé funciona. Cuando ambas cosas coinciden, Siloé tiene algo más difícil de conseguir: personalidad.

Fotos: Txus García