Víctor Roque González
Empecemos por aclarar que esta tercera temporada ha escuchado todas las críticas que se le hicieron a la segunda. Mejora el ritmo, mejora la acción, y mejora la tensión, un sello indispensable de la factoría Juego de Tronos. Basta de acusar que bebe demasiado de las conversaciones para «rellenar» capítulos, porque esa es, principalmente, la esencia de Canción de Hielo y Fuego: intercambios afilados entre personajes que poco tienen de positivos y sí mucho negativo; le hace a uno cuestionar hasta qué punto los seguidores de esta serie compartimos la misma fe en el ser humano que la producción de Ryan Condal, porque suelen ser todos horribles, y la única que se salvaba… Bueno… Esta reseña contiene spoilers.

La Casa del Dragón presenta una cadena de personajes bastante más reducida que su serie madre, y yo al menos agradecí esta diferencia desde la primera temporada. No buscaba la próxima Juego de Tronos, no tiene que serlo, pero sus personajes debían estar a la altura, y aunque esto es algo que ha conseguido con creces, no siempre sabe bien qué hacer con ellos: me es imposible no pensar en la trama de Aemond en Harrenhal como un espejo de lo que ya le sucedió a Daemon en la segunda temporada. Vale que quieran establecer una clara comparación entre ambos que culminará en la cuarta (y última) temporada, pero Aemond está bastante desaprovechado en esta entrega, aunque siempre sea un personaje interesante por su imprevisibilidad. Veremos qué sucede tras esa curiosa reunión con su hermano mayor que nos deja el season finale.
Aegon, por su parte, parece haber recuperado algo de dignidad, aunque todo hace presagiar que volverá a las andadas y que el discurso con el que le reprendió Larys de poco sirvió; su dragón, Fuegosolar, vive, y este jinete cree que eso es todo lo que necesita para volver a ser el patético rey que una vez fue. Aun así, es digno de elogio que la serie consiga que aplaudamos la victoria de un personaje tan repulsivo y negativo como Aegon cuando lanza su «dracarys».
Corre el rumor de que originalmente los dos primeros capítulos de esta tercera temporada cerraban la segunda, y que por ello el 2×08 se sintió tan descafeinado a tantos niveles. Y tiene bastante sentido, pues es a partir del tercer episodio que la acción se disipa bastante, para tardar en volver a coger ritmo. Sin embargo, como mencionaba en la introducción, hablar de este universo implica aceptar que la creación de tensión, como en toda buena historia, pasa por desarrollar (y en este caso tensar al límite) las relaciones de los protagonistas. En definitiva, los personajes tienen que hablar, si bien no todos son tan interesantes.

Las conversaciones entre Rhaenyra y Daemon a menudo pivotan sobre lo mismo, y es un recurso que a estas alturas cansa bastante; al menos sus visiones del reinado se alinean en el último capítulo encauzando la guerra a su favor… En principio, porque al fin se suceden las traiciones estilo R. R. Martin que tanto nos gustan, siendo el maltratado Ulf el Blanco junto a su dragón quien decide arrasar con unos y con otros. ¡Bien por Ulf!
Las traiciones de Ladera, como se titula el 3×08, es el mejor episodio de la temporada con diferencia, pero no por sí solo, ya que la tanda de capítulos previos ha ido colocando meticulosamente cada pieza en el tablero, que estalla en la última media hora. Y el elemento desestabilizador de esta entrega: Ormund Hightower, la mejor incorporación de la serie. El primo de Alicent ha sido el encargado de ejercer de antagonista para Rhaenyra, con quien nunca se ha cruzado y con quien ya nunca se cruzará (tristemente, porque este villano daba para rato, acaparando la atención en cada escena). La batalla de Ladera, tomada por las huestes de Ormund en resistencia al reinado de la Targaryen, traía de cabeza a la reina, que no quería sentenciar la vida de inocentes atacando al Hightower con sus dragones. Sus prioridades cambian cuando se entera de que Aegon y su dragón aún viven. Su reinado no ha parado de ser cuestionado, así que decide cortar por lo sano, empezando por la resistencia de Ormund.
La evolución de Rhaenyra, si bien, por fortuna, mucho más natural que la de Daenerys, no termina de cuajar como creo que la serie pretende. Sí, entendemos por qué acaba por tomar ciertas decisiones ante la soledad que implica su posición, y también que padece de un claro estrés postraumático por la muerte de su hijo mayor en el 3×01. No ha tenido tiempo para el luto, pues en el segundo capítulo se hacía con una Desembarco del Rey desprotegida, y toda la política que ello arrastraba. Pero a pesar de la magnífica interpretación de Emma D’Arcy (todo el reparto está siempre inmenso), que en Las traiciones de Ladera impone y mucho, no puedo dejar de ver a alguien que no se atreve a afrontar lo que la corona conlleva, de manera que intenta aferrarse a sus ideales a toda costa para seguir la estela de Viserys. Y entonces, la noticia de Aegon la hace actuar con ansiedad, casi impulsivamente, pero no contra el propio Aegon, sino que cambia de decisión con respecto a Ormund, lo cual ya podía haber decidido 3 capítulos atrás. Es decir, Rhaenyra en ningún momento es estratega (más allá del divertidísimo momento de los olores con el Hightower), sí impulsiva, una cualidad que echa por tierra a cualquier rey o reina.
Lo curioso, y he aquí que me cueste entender esta evolución, es que La Casa del Dragón –aun tratándose de una tragedia shakespeariana en la que sus personajes no deciden, sino que se ven abocados a– es una producción claramente feminista, con una protagonista a la que parece no tener claro si ensalzar o tachar de reina frustrada y nerviosa para enganchar mejor con la historia de Fuego y Sangre. Tal vez a esto se refería George R. R. Martin, muy enfadado con Ryan Condal, con que estaban tomando pequeñas decisiones que diferían del libro, y que eso arrastraría cambios mayores en un futuro.
De nuevo, Rhaenyra ha sufrido mucho, y todo parece estar en su contra, pero ¿es eso justificación suficiente para verla tan sumamente perdida en su, finalmente, cargo como reina? Porque todo ello nos arrastra a pensar como su Mano, Corlys Velaryon, otro personajazo donde los haya, que, tentado por el hermano de Alicent, Gwayne Hightower, se llega a plantear legitimar a Daeron Targaryen (la baza usurpadora de Ormund) en parte de los Siete Reinos y como «servidor» de la verdadera reina. Todo porque los lugareños jamás aceptarán a una reina en el cargo. Y si La Casa del Dragón se esfuerza tanto por mostrarnos las dudas de Rhaenyra, es normal que no la percibamos como una digna sucesora por mucho que suframos a su lado. Lo dicho, una tragedia que habrá que ver cómo resuelve HBO en la última temporada, aunque tristemente todo parece apuntar a que optarán por convertirla en una tirana a lo Daenerys.
Por supuesto, no podemos irnos sin hablar de la violencia en la ejecución de las muertes de los personajes principales, que sigue siendo la marca de la casa y que resulta en los momentos más memorables.
Esta tercera temporada parece haberle cogido el gusto a ejecutar de manera implacable, certera y seca, un tanto en la línea de la segunda parte de The Last of Us. Si bien la muerte de Jace, aunque impactante, no perduró en mi recuerdo, la de Ser Criston Cole me parece genial, y a pesar de ser un personaje odioso en sus crudas decisiones, previamente se despide con un monólogo honesto que hace de él alguien muy humano, un peón más de una guerra que nadie ganará.
Por último, a excepción de Gwayne Hightower o Daeron, solo un personaje parecía realmente bueno y alejado de las ambiciones del trono: Helaena. Pero la bondad no puede florecer en el universo de George R. R. Martin, y la joven embarazada, encarcelada y aislada por Rhaenyra, toma la decisión que mucho tiempo después repetirá Tommen Baratheon, precipitándose al vacío. Me extraña que abandone a su hija a su suerte, presa de la reina, pero entendemos el sentimiento de Helaena de simplemente querer acabar. Al menos esta muerte sucede fuera de plano, asemejándose la imagen final de la princesa más a una bella pintura que a una tragedia. Una despedida agridulce para el que probablemente sea el personaje más trágico de la serie.
P. D.: ¡Ay, que casi me olvido de resaltar la genialidad que ha sido la banda sonora de Ramin Djawadi esta temporada! Maravillas como la inquietante pieza que acompaña todas las secuencias de Ormund o la espectacular Salt and Sea, Fire and Blood, con unos violines y violonchelos que avanzan in crescendo representando perfectamente el bucle de la guerra. Definitivamente este compositor nunca defrauda, y merece la pena darle una escucha a la score completa.

