Por Mila Parente

Hay una idea que circula entre algunos cantantes y que, de entrada, resulta difícil de encajar: que el público pague por escuchar su música, pero no por verles en directo de cerca, y no son precios baratos precisamente. A esto lo llaman No view-audio only (sin vistas-sólo audio). Puede parecer una provocación, una forma de cuestionar el modelo actual de la industria musical o, sencillamente, una consecuencia más de los nuevos hábitos de consumo. Pero la propuesta abre una pregunta incómoda: ¿qué estamos pagando realmente cuando compramos una entrada para un concierto?

Aunque hay que dejar claro que todo este alboroto reciente surgió por la empresa de distribución de entradas Ticketmaster. Este verano, anunciaron la venta para los espectáculos de Bruno Mars en Londres donde había zonas que no se veía, sólo se podía escuchar el show por unos 70 euros. Esto sucede cuando la oferta supera la demanda porque los tickets se agotan en minutos y, de esta forma, es más rentable para las promotoras. Beyoncé ya lo puso en práctica en 2023 cuando situaron a varias personas detrás del escenario por 135 euros. Y, en 2024, Taylor Swift siguió sus pasos de visibilidad reducida para su concierto en Madrid, entre 85 y 170 euros.

El público no esucha solamente una voz, quiere un vínculo

Durante décadas, acudir a un concierto ha significado mucho más que escuchar unas canciones. El público paga por la música, sí, pero también por la presencia del artista, por la interpretación en vivo, por la emoción de compartir un momento irrepetible con miles de personas y, en definitiva, por la experiencia. Un concierto no es un disco reproducido delante de un público. O, al menos, no debería serlo.

Por qué pagar precios cada vez más elevados por una experiencia en la que se elimina uno de los elementos fundamentales: ver a tu artista o grupo favorito físicamente en directo

Por eso sorprende que un cantante se pueda plantear que la presencia física sea algo secundario. Si un artista considera que lo esencial de su trabajo es la música grabada, está en su derecho. Entonces también hay que aceptar que el público pueda preguntarse por qué tiene que pagar precios cada vez más elevados por una experiencia en la que se elimina uno de los elementos fundamentales: ver a su artista o grupo favorito físicamente en directo de cerca.

Hay problema cuando se pretende separar completamente la música del artista. En la cultura popular, esa separación no siempre existe. El público no escucha solamente una voz, también construye un vínculo con quien la interpreta. Cuando compra una entrada, compra la posibilidad de encontrarse con esa persona (o con su versión artística, al menos) y de formar parte de un acontecimiento colectivo.

Escuchar música es consumir una obra, verla en directo es vivirla

Además, el concierto tiene algo que ninguna plataforma digital puede ofrecer: la posibilidad de estar allí. Una canción puede escucharse millones de veces, pero una actuación concreta sucede una sola vez en la vida. Esa fugacidad es concretamente parte de su valor.

Después de todo, escuchar música es consumir una obra y verla en directo es vivirla. Tal vez esa diferencia siga siendo lo que hace que un concierto merezca la pena

Quizás el debate no debería ser si el público está dispuesto a pagar por escuchar sin ver, sino qué tipo de relación queremos construir entre los artistas y quienes sostienen su carrera. La música puede existir sin conciertos, por supuesto. Pero los conciertos no deberían convertirse en un simple producto accesorio ni el público en una cartera que debe pagar por cada parte de la experiencia por separado.

Al final, hay algo bastante sencillo: si una compañía o un cantante no quiere que le veamos, puede ofrecernos su música. Si quiere que paguemos por verle, debe ofrecernos algo que justifique estar allí. El público no tiene por qué aceptar todas las condiciones que marque la industria. También tiene derecho a decidir qué experiencia considera que merece su dinero.

Algunos artistas deberían decidir qué quieren ser: una voz que suena en nuestros auriculares o una presencia que merece que salgamos de casa, hagamos cola y paguemos una entrada

Después de todo, escuchar música es consumir una obra y verla en directo es vivirla. Tal vez esa diferencia siga siendo lo que hace que un concierto merezca la pena. Es una aventura irrepetible: sentir esa adrenalina de que acerque el micrófono a la grada y cantar juntos, chocar las manos, que te guiñe un ojo o que lea tu pancarta en alto para todo el mundo allí reunido y no dormir esa misma noche recordando esos momentos con una sonrisa de oreja a oreja.

Algunos artistas deberían decidir qué quieren ser. Por una parte ser una voz que suena en nuestros auriculares o, por otro lado, una presencia que merece que salgamos de casa, hagamos cola y paguemos una entrada. De hecho, si pretenden cobrar como estrellas del directo pero comportarse como una playlist, el público podría empezar a hacerse una pregunta mucho más incómoda: ¿para qué pagar por ver a alguien que ni siquiera cree que verlo forme parte de su trabajo y no valora la cercanía de sus seguidores?