Al volver a leer Batman: Un mal día, la recopilación publicada en su momento por la extinta editorial ECC y que todavía podemos encontrar en plataformas de cómics descatalogados, nos queda una impresión ambivalente y un tanto paradójica. No todas sus historias alcanzan la misma calidad y difícilmente puede considerarse una obra destinada a ocupar un lugar central en la historia de Batman. Sin embargo, el volumen posee un interés particular ya que transforma a varios de los personajes más conocidos de Gotham y obliga al lector a preguntarse cuánto puede cambiar un personaje antes de dejar de ser reconocible. Es decir, quién establece la identidad de un personaje y quién tiene la postestad de cambiarlo a su antojo.

La edición de ECC reúne ocho especiales estadounidenses dedicados a los «enemigos» más destados de Batman. Hablamos del Acertijo, Dos Caras, el Pingüino, Mr. Frío, Catwoman, Bane, Clayface y Ra’s al Ghul. DC los publicó originalmente como relatos autónomos de 64 páginas y los presentó como nuevas aproximaciones a las motivaciones de estos adversarios. La edición española, aparecida en octubre de 2024, los reunió en un volumen de 544 páginas bien editado. Su título remite a una idea conocida del universo de Batman: basta un mal día para que una persona corriente atraviese la frontera que separa la cordura de la locura o la bondad de la maldad. Pero, a mi juicio, la recopilación permite formular una pregunta más sociológica. ¿Depende una identidad de un acontecimiento individual o de la manera en que otras personas interpretan, recuerdan y reconocen una trayectoria?

Los personajes también tienen una identidad social

La sociología lleva mucho tiempo señalando que la identidad no es una propiedad completamente privada. Necesitamos que otras personas reconozcan quiénes somos. Además, ocupamos posiciones sociales que llevan asociadas determinadas expectativas. Una médica, un profesor, una madre o un juez pueden actuar de diferentes maneras, pero su identidad social depende también de aquello que los demás esperan de esos papeles.

Erving Goffman comparó la interacción social con una representación teatral llevando la explicación de lo que sucede en nuestra sociedad a las representaciones y a la performance relacional. Las personas presentan versiones de sí mismas ante diferentes públicos y procuran que esas representaciones resulten creíbles. Peter Berger y Thomas Luckmann añadieron además que la realidad cotidiana se mantiene mediante conocimientos compartidos lo que establece la existencia de conocimiento compartido que no es individual, sino que la vas más allá de cada uno de nosotros. En este sentido, sabemos aproximadamente quién es quién porque aprendemos categorías, relatos y expectativas que después damos por supuestos. Y aquí está el quid de la cuestión.

¿Qué sucede con los personajes de ficción? Volvamos al recopilatorio que estamos comentando. El Acertijo existe como personaje porque reconocemos su inteligencia, su narcisismo y su necesidad de convertir el crimen en un juego repleto de acertijos y preguntas algunas sumamente enrevesadas. Dos Caras depende de la oposición entre Harvey Dent y su identidad criminal. Una moneda de dos caras que se mueve entre una probalidad del 50/50 o una trampa posible siempre que truquemos la moneda lanzada. Mr. Frío que ha quedado asociado al amor trágico por Nora en una visión sumamente trágica del amor imperdurable. Bane sigue siendo, para muchos lectores, el hombre que rompió a Batman y que es uno de los enemigos más peligrosos del detective. Esos rasgos funcionan como señales de reconocimiento y se convierten en elementos normativos en nuestras mentes.

Ahora bien, un personaje de cómic no depende únicamente del guionista que escribe su historia más reciente. Su identidad se ha formado mediante décadas de cómics, películas, series, videojuegos y conversaciones entre aficionados. Cada nueva versión entra en contacto con esa memoria cultural acumulada. Mostremos algunos ejemplos

El Acertijo y la cárcel de la propia identidad

La historia del Acertijo, escrita por Tom King y dibujada por Mitch Gerads, muestra con especial claridad esta operación. Edward Nygma comprende que sus acertijos y sus reglas, aquello que lo distingue de cualquier otro criminal, también lo hacen previsible. Su identidad constituye simultáneamente un recurso y una limitación. DC presentó el relato como una incursión en la mente del personaje y situó en su centro la existencia de unas reglas que Batman debe descifrar.

El Acertijo se vuelve más peligroso cuando intenta liberarse de las expectativas ligadas a su personaje. Sin embargo, aparece entonces la paradoja central del relato. Es decir, cuanto más se aleja el personaje de sus acertijos, más difícil resulta reconocerlo como el Acertijo. Sin duda alguna, la transformación puede enriquecer al personaje, pero también puede producir la impresión de que se ha utilizado su nombre para contar la historia de otra persona.

Mr. Frío y la revisión del pasado

La entrega dedicada a Mr. Frío realiza una transformación diferente. La interpretación moderna de Victor Fries se ha apoyado en su relación con Nora. Su violencia suele presentarse como la consecuencia extrema de un amor incapaz de aceptar la enfermedad y la pérdida. Un mal día introduce dudas dentro de esa historia. La devoción puede contener también posesividad. La voluntad de proteger a Nora puede ocultar el deseo de conservarla bajo control. De este modo, la historia modifica algo más profundo que el comportamiento presente del personaje: cambia el significado de su pasado.

Este mecanismo explica por qué algunas reinterpretaciones provocan tanta resistencia. El lector no recibe simplemente información nueva. Se ve obligado a reconsiderar escenas y relatos anteriores. Lo que había entendido como amor puede aparecer ahora como dominación. Lo que parecía sacrificio puede ser también una forma de egoísmo.

Las identidades dependen de cierta estabilidad biográfica. Necesitamos organizar los acontecimientos del pasado dentro de una historia comprensible. Cuando un dato nuevo modifica retroactivamente toda esa historia, puede producirse una sensación de pérdida. El personaje continúa teniendo el mismo nombre y el mismo aspecto, pero ya no significa exactamente lo mismo.

Bane, Clayface y la obligación contemporánea de representarnos

Bane y Clayface acercan todavía más la recopilación a algunos problemas de la sociedad actual. El especial de Bane presenta, entre otros momentos de su vida, a un personaje envejecido que reproduce una y otra vez su mayor triunfo. Se ha convertido en un luchador que derrota sobre el cuadrilátero a alguien disfrazado de Batman. Su identidad ha quedado aprisionada en un único acontecimiento: haber roto al Murciélago.

Bane representa así un problema frecuente en sociedades que organizan la vida como una carrera de logros. Una profesión, una victoria o un periodo de reconocimiento pueden ocupar tanto espacio que la persona deja de saber quién es cuando esa etapa termina. El deportista retirado, el trabajador que pierde su ocupación o la celebridad que deja de recibir atención se enfrentan a una pregunta parecida: qué queda de una identidad cuando desaparece la situación social que la sostenía.

Clayface plantea el problema contrario. Basil Karlo puede adoptar cualquier rostro, pero esa flexibilidad extrema no le permite construir una identidad estable. Su historia traslada el conflicto a Hollywood, un mundo en el que interpretar personajes y presentar una imagen atractiva de uno mismo forma parte del trabajo.

La situación resulta familiar en una época dominada por redes sociales, digitalización y marcas personales. Cada vez más personas deben producir públicamente una versión reconocible de sí mismas. Se espera que sean originales, adaptables y auténticas al mismo tiempo. Clayface lleva esa exigencia hasta el absurdo: puede ser cualquiera, pero precisamente por ello tiene dificultades para ser alguien.

El lector como guardián del personaje

El rechazo de una reinterpretación suele explicarse diciendo que los aficionados son conservadores o que se identifican demasiado con sus personajes favoritos. Ambas explicaciones contienen algo de verdad, pero resultan insuficientes. Un lector puede identificarse momentáneamente con un personaje, adoptar su perspectiva o sentir empatía por sus problemas. Sin embargo, el vínculo con personajes como Batman o Mr. Frío suele ser más complejo. Los lectores acumulan conocimientos, comparan versiones, recuerdan continuidades y establecen qué rasgos consideran esenciales. La relación no se produce solamente con el personaje, sino también con una historia personal como lector.

Jeffrey A. Brown utilizó el concepto de capital cultural (propuesta por Bourdieu) para estudiar el mundo de los aficionados al cómic. Conocer autores, etapas, continuidades y ediciones permite adquirir reconocimiento dentro de la comunidad. El aficionado no es un consumidor pasivo. Desarrolla una competencia cultural que le permite juzgar qué versiones considera coherentes, innovadoras o ilegítimas. Estas sencillas ideas nos permiten entrever la razón del rechazo o el éxito a una interpretación de un personaje (pensemos, por un momento, qué sucedió con la pelicula de El Joker).

Por otro lado, Pierre Bourdieu mostró que el gusto nunca es una simple preferencia individual. Mediante nuestros gustos expresamos pertenencias, diferencias y formas de entender el mundo. Decir que una versión de Batman es superior a otra también permite presentarse como determinado tipo de lector: veterano, especialista, defensor de una etapa o miembro de una comunidad interpretativa. Las discusiones sobre los personajes se convierten entonces en disputas sobre quién tiene autoridad para definirlos. La editorial posee los derechos, los autores escriben las historias, pero los lectores reclaman cierta participación simbólica porque han incorporado esos relatos a su propia biografía.

Aquí se encuentra el principal interés de Batman: Un mal día. El volumen muestra que los personajes populares deben satisfacer dos exigencias contradictorias. Necesitan cambiar para seguir siendo culturalmente relevantes, pero deben conservar suficientes rasgos para continuar siendo reconocibles. La recopilación ensaya distintas respuestas. Estas historias pueden leerse como versiones exageradas de una tensión cotidiana. La sociedad contemporánea exige adaptación constante: cambiar de trabajo, aprender nuevas competencias, modificar nuestra imagen pública y reconstruir nuestros proyectos personales. Al mismo tiempo, espera que mantengamos una identidad coherente y que sigamos siendo auténticos.

Al leerla, nos preguntamos quién tiene derecho a decidir lo que ese villano es. Será el autor que lo transforma en cada historia, la empresa que lo publica o los lectores que llevan décadas reconociéndolo. Y quizá esa sea la cuestión más sugerente del volumen: ¿Cuánto puede cambiar alguien antes de que los demás dejemos de considerarlo la misma persona?

 

Para saber más:

Berger, P. L., y Luckmann, T. (1966). The Social Construction of Reality. Anchor Books.

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard University Press.

Brown, J. A. (1997). “Comic Book Fandom and Cultural Capital”. The Journal of Popular Culture, 30(4), 13–31.

Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life. Anchor Books.

 

Por Juan R. Coca