Por Jesús Cárdenas.
Daniel Díez Carpintero va construyendo, libro a libro, una trayectoria sin demasiado ruido, aunque cada vez más visible para quienes siguen con atención la evolución del cuento español contemporáneo. Tras la novela Estatura (2023) y los volúmenes de relatos El mosquito de Nueva York —finalista del Premio Setenil en 2017— y Nunca se sacia el ojo de ver (2022), publicados igualmente por Sloper, aparece ahora El riguroso paraguas, una nueva entrega que confirma algunas de las constantes de su universo narrativo y, al mismo tiempo, revela una escritura más contenida, más segura de sus recursos y más interesada en explorar la complejidad moral de sus personajes que en sorprender mediante el artificio argumental. Los siete cuentos que integran el volumen —menos numerosos que en sus libros anteriores, pero de mayor desarrollo— parecen responder a una misma voluntad: conceder espacio al tiempo interior de los personajes para que sean sus vacilaciones, sus recuerdos y sus contradicciones quienes terminen sosteniendo el relato.
El propio autor ha señalado en alguna ocasión que la literatura nace de una reacción física ante la experiencia, de esas emociones que buscan una forma antes incluso de convertirse en pensamiento. Esa idea recorre todo el libro. Sus cuentos avanzan con la cadencia de la memoria, siguiendo el movimiento irregular con que regresan ciertas imágenes, ciertos gestos o determinadas palabras que permanecen adheridas a la conciencia mucho después de que hayan sucedido. Más que la acción, interesa la huella que esta deja; más que el acontecimiento, la forma en que acaba modelando una vida.
Desde las primeras páginas se percibe una confianza absoluta en la capacidad de la narración para iluminar esas zonas inciertas de la existencia en las que la memoria, el deseo, la culpa y la identidad se entrecruzan sin ofrecer respuestas concluyentes. Daniel Díez Carpintero evita el efectismo. Sitúa al lector en escenarios perfectamente reconocibles —un barrio periférico, una vivienda familiar, una residencia, un instituto, un parque, un piso cualquiera— y deja que, poco a poco, emerjan las fracturas invisibles que sostienen a sus personajes. Su literatura no busca lo extraordinario; encuentra lo inquietante precisamente en aquello que parece cotidiano.
«Iris y yo», el relato que abre el volumen, constituye una excelente declaración de intenciones. Lo que en apariencia comienza como el recuerdo de un primer enamoramiento acaba convirtiéndose en una reflexión sobre la imposibilidad de fijar el pasado. Iris no termina de existir como personaje porque solo puede ser reconstruida a través de una memoria incompleta. Cada reencuentro modifica la imagen anterior; cada recuerdo corrige al precedente. La muchacha deja de ser únicamente el objeto de un deseo adolescente para transformarse en una presencia casi espectral, imposible de apresar, que acompaña al narrador mucho después de haber desaparecido de su vida. No importa tanto quién fue Iris como el recuerdo que sigue provocando.
Ese mismo procedimiento atraviesa buena parte del libro. Los personajes parecen condenados a convivir con una herida cuya profundidad apenas alcanzan a comprender. Padres autoritarios, madres resignadas, hijos incapaces de romper definitivamente con el pasado, adolescentes que descubren demasiado pronto la decepción o adultos que sobreviven bajo el peso de decisiones nunca resueltas configuran un paisaje humano donde la violencia rara vez adopta formas espectaculares. Es una violencia íntima, doméstica, casi siempre heredada, que se transmite de una generación a otra mediante silencios, humillaciones y afectos deformados.
Especialmente logrados resultan los relatos que exploran la figura paterna. «Pulmón artificial» y «Bote de renacuajos», desde perspectivas diferentes, convierten la autoridad del padre en el centro de un conflicto que trasciende el ámbito familiar para interrogar la propia construcción de la identidad. En ambos casos el verdadero daño no procede únicamente del maltrato físico o verbal, sino de la dificultad para desprenderse de una educación cimentada sobre el miedo. El pasado permanece conectado al presente como ese pulmón artificial que mantiene vivo un cuerpo incapaz de respirar por sí mismo. La imagen posee una fuerza simbólica que resume uno de los grandes hallazgos del libro: las relaciones familiares sobreviven muchas veces por pura inercia, incluso cuando hace tiempo que dejaron de sostener afectivamente a quienes las habitan.
La memoria reaparece también en «Hacerlo», donde el despertar sexual deja de ser una simple evocación adolescente para convertirse en un ejercicio de revisión moral. El narrador comprende demasiado tarde que los hechos nunca fueron exactamente como creyó vivirlos. El paso del tiempo introduce una distancia ética desde la que resulta posible reconocer la desigualdad afectiva, la cosificación de la mujer y la inmadurez con que aquel muchacho interpretaba el deseo. No hay voluntad ejemplarizante; únicamente la conciencia de que crecer consiste también en aprender a leer de otro modo la propia biografía.
En realidad, todos los relatos parecen responder a una misma pregunta: ¿qué permanece de nosotros cuando el tiempo ha deformado los recuerdos? Daniel Díez Carpintero se instala en ese territorio de incertidumbre donde la memoria deviene en un relato continuamente reescrito. Sus narradores dudan de lo vivido, rectifican, olvidan, exageran o reconstruyen; siempre desgarran. Esa fragilidad convierte el recuerdo en un espacio literario extraordinariamente fértil.
A esa indagación psicológica se suma una prosa que martillea y rehúye cualquier ornamento. Escrita con una aparente naturalidad, posee un ritmo muy trabajado y una notable capacidad para caracterizar personajes mediante detalles mínimos. Los objetos desempeñan un papel decisivo: un bote de renacuajos, un pulmón artificial, unas bolsas de chucherías, un paraguas, unas plantas o determinados espacios domésticos dejan de ser simples elementos decorativos para condensar los conflictos emocionales de cada relato. El símbolo nace discretamente de la historia.
Resulta inevitable advertir ciertas afinidades con una tradición del cuento norteamericano representada por Raymond Carver o Richard Ford, especialmente en la atención prestada a las pequeñas derrotas de la vida cotidiana. Sin embargo, Díez Carpintero se distancia del minimalismo más estricto. Sus relatos poseen una mayor densidad reflexiva y una mirada más insistente sobre los mecanismos de la memoria. Tampoco persiguen el desenlace fulminante. Dejan abiertas las fisuras por las que el lector continúa pensando en los personajes una vez concluida la lectura.
El relato que da título al volumen resume con especial claridad las preocupaciones del conjunto. La protagonista organiza su vida mediante rutinas obsesivas, horarios, listas y pequeños rituales que apenas consiguen contener una profunda sensación de aislamiento. El paraguas deja de ser un objeto cotidiano para convertirse en la imagen de una existencia levantada como refugio frente a un mundo hostil. El humor, presente en varios momentos del libro, hace todavía más reconocible esa inquietud.
El riguroso paraguas confirma así a un narrador que ha encontrado una voz propia dentro del panorama actual del cuento español. Daniel Díez Carpintero escribe sobre la fragilidad sin sentimentalismo, sobre la memoria sin nostalgia y sobre las relaciones familiares sin caer en simplificaciones morales. Sus relatos revelan hasta qué punto la vida cotidiana está hecha de pequeñas grietas que solo la literatura consigue iluminar. Esa capacidad para descubrir la dimensión moral de los gestos más comunes constituye, probablemente, la mayor virtud de un libro que confirma una trayectoria cada vez más sólida y una manera muy personal de entender el arte del cuento.

