Por: Mauricio A. Rodríguez Hernández.

Ficha técnica:

Título: Bajo terapia

Dramaturgia: Matías Del Federico.

Dirección: Rodrigo Durán Valverde.

Elenco: Mario Chacón, Michelle Jones, Fabricio Fernández, Paulina Bernini, Pablo González y Yael Salazar.

Producción: Teatro Espressivo y La Media Docena.

Género: Comedia dramática / comedia negra.

Lugar de presentación: Auditorio Humboldt, Rohrmoser, San José, Costa Rica.

Temporada especial: Del 21 al 23 de agosto de 2026.

Público recomendado: Mayores de 15 años.

Hay algo profundamente inquietante en una carcajada. A veces reímos porque algo nos parece gracioso. Otras, porque necesitamos desesperadamente no pensar en aquello que tenemos delante. La risa puede ser una forma de placer, pero también un mecanismo de defensa. Puede ocultar el miedo, la vergüenza, la culpa. Puede funcionar como una cortina que se levanta sobre el escenario justo cuando debajo de ella comienza a formarse una tragedia.

Bajo terapia, la exitosa comedia dramática del argentino Matías Del Federico, dirigida en Costa Rica por Rodrigo Durán Valverde y coproducida por Teatro Espressivo y La Media Docena, comprende muy bien esa naturaleza ambigua de la risa. Lo que parece comenzar como una divertida reunión de tres parejas alrededor de los problemas habituales de la vida sentimental termina convirtiéndose en algo mucho más incómodo: un ejercicio sobre las máscaras con las que los seres humanos construimos nuestra supuesta normalidad.

La obra no empieza preguntando qué está mal en una pareja. Empieza preguntando qué estamos dispuestos a ocultar para que nadie descubra que algo está mal. Y esa diferencia es fundamental.

Una terapia sin terapeuta.

La premisa posee una sencillez casi experimental: tres parejas llegan a una sesión de terapia, pero la terapeuta no está presente. En su lugar ha dejado una serie de sobres con instrucciones que los participantes deberán abrir y seguir.

La ausencia de la terapeuta es, desde el principio, más importante de lo que parece.

Porque cuando desaparece la autoridad que dirige la conversación, desaparece también el intermediario que permite a los personajes esconderse detrás de un lenguaje clínico. Ya no existe una figura externa que traduzca el conflicto, determine quién tiene razón o establezca cuándo detenerse.

Quedan ellos. Y quedan los sobres. Los sobres son mucho más que un recurso dramático. Funcionan como una especie de manual de instrucciones para seres humanos incapaces de hablar espontáneamente de aquello que realmente les duele. Representan la estructura que necesitamos para enfrentarnos a nosotros mismos. Abrir un sobre equivale a abrir una puerta, pero también a abrir una herida. Cada consigna libera algo que permanecía contenido. Cada revelación altera el precario equilibrio de las parejas y demuestra que la convivencia cotidiana puede sostenerse sobre silencios cuidadosamente administrados. La terapeuta está ausente, pero su ausencia produce paradójicamente una terapia mucho más brutal. Porque nadie puede esconderse detrás de ella.

Los sobres como válvulas de presión.

Hay una extraordinaria intuición teatral en el mecanismo de los sobres: cada uno funciona como una válvula de presión. Mientras permanecen cerrados, existe la ilusión de control. Cuando se abren, el aire contenido comienza a escapar. Secretos, celos, resentimientos, frustraciones, deseos y reproches emergen con una violencia que inicialmente provoca risa. Y es precisamente allí donde encuentra uno de los recursos más eficaces de la obra: la comedia se convierte en el disfraz de la angustia. El público ríe porque reconoce algo. Reconoce las pequeñas mentiras, las discusiones absurdas, los celos, la necesidad de tener razón, las frases que las parejas se dicen cuando ya no saben cómo hablarse, pero debajo de esa cotidianidad hay otra cosa. Cada pareja construye una fachada de normalidad, una especie de escenografía doméstica detrás de la cual se acumulan sus miserias. La terapia, entonces, no consiste en reparar esa fachada. Consiste en derribarla.

La pareja como escenario.

Desde una perspectiva filosófica, Bajo terapia plantea una pregunta que excede ampliamente las relaciones sentimentales: ¿hasta qué punto nuestra identidad depende de representar un papel ante los demás?

La pareja es aquí una pequeña sociedad. Tiene reglas. Tiene pactos. Tiene secretos. Tiene rituales. Tiene zonas prohibidas. Y, sobre todo, tiene una imagen pública que preservar.

Los personajes no solamente interpretan ser parejas. Interpretan también la idea de lo que una pareja debería ser.

La obra revela así una paradoja: muchas relaciones sobreviven no necesariamente porque exista armonía, sino porque sus integrantes han aprendido a administrar cuidadosamente aquello que no puede decirse. La normalidad es, en ocasiones, una sofisticada puesta en escena. Se coloca esa representación dentro de otra representación: actores interpretan parejas que, a su vez, representan ante otros personajes la imagen de una pareja normal. El teatro se convierte así en un espejo.

La corneta: cuando la sociedad ordena callar.

Dentro de esta maquinaria dramática aparece otro elemento de enorme potencia simbólica: la corneta. Su sonido tiene algo infantil, absurdo, casi cómico. Pero su función es profundamente autoritaria. Cuando suena, una discusión se interrumpe, la tensión se corta, la posibilidad de llegar a una verdad queda suspendida. Es como si una fuerza externa dijera: hasta aquí; no queremos saber más. La corneta puede interpretarse como un dispositivo conductista. Un estímulo que provoca una respuesta. Un mecanismo de laboratorio aplicado a la intimidad. Pero también funciona como metáfora social. ¿Cuántas veces una familia, una pareja o una comunidad utiliza mecanismos semejantes para evitar llegar al fondo de un conflicto? Una broma, un cambio de tema, una distracción, una copa, un teléfono, una carcajada. La corneta representa esa interrupción brusca mediante la cual la sociedad aprende a anestesiar el dolor antes de resolverlo. Su sonido resulta gracioso. Su significado, no.

La comedia como anestesia.

Aquí reside uno de los mayores méritos de la puesta en escena: comprender que el humor no debilita el drama, sino que puede hacerlo más perturbador. El espectador se ríe. Y precisamente por eso baja la guardia. La comedia genera confianza., nos permite reconocer nuestras propias contradicciones sin sentirnos inmediatamente acusados. Pero, mientras reímos, la obra va modificando lentamente su temperatura emocional. Lo que inicialmente parece una colección de conflictos sentimentales comienza a adquirir una densidad diferente. La risa empieza a incomodarnos. Algo no termina de encajar. Y cuando el espectador finalmente percibe que detrás de determinadas conductas existe una realidad mucho más grave, comprende que algunas carcajadas anteriores tenían una segunda lectura. La comedia había sido una trampa. Una hermosa trampa teatral.

Seis actores frente a las máscaras de la intimidad.

El trabajo actoral constituye uno de los grandes pilares de la producción costarricense. Mario Chacón, Michelle Jones, Fabricio Fernández, Paulina Bernini, Pablo González y Yael Salazar construyen un mecanismo coral en el que ningún personaje puede permanecer aislado demasiado tiempo. La estructura de la obra obliga a escuchar, reaccionar, interrumpir, observar y, sobre todo, sostener una tensión colectiva.

El desafío consiste en evitar que los personajes se conviertan en simples caricaturas de los problemas de pareja. Y el elenco consigue dotarlos de una humanidad reconocible. Particularmente poderosa resulta la interpretación de la esposa deprimida, cuya tristeza no necesita ser subrayada mediante grandes discursos. Su dolor parece alojarse físicamente en el cuerpo. Los silencios adquieren peso. Las pausas parecen decir aquello que las palabras todavía no se atreven a pronunciar.

En ese personaje, la depresión deja de ser un concepto psicológico y se convierte en presencia escénica. El cuerpo parece cargar con aquello que la voz no puede confesar. También destaca el duelo interpretativo entre su esposo y el resto del elenco. La tensión se acumula progresivamente hasta alcanzar momentos en los que la palabra deja de ser conversación y se convierte en confrontación. El mérito está en no precipitar la explosión. La violencia dramática funciona precisamente porque antes existe contención. Y toda tragedia necesita, antes de gritar, aprender a susurrar.

Rodrigo Durán Valverde y la arquitectura del conflicto.

La dirección de Rodrigo Durán Valverde apuesta por un ritmo que permite que la comedia respire sin perder de vista el subsuelo dramático que la sostiene. La obra necesita velocidad, pero también necesita pausas. Necesita que el espectador se ría y, segundos después, descubra que quizá no debió reírse. Ese cambio de temperatura es uno de los principales desafíos de Bajo terapia. La dirección entiende que el escenario funciona como una olla de presión: los personajes entran, conversan, chocan, se reconcilian parcialmente, vuelven a enfrentarse y parecen avanzar hacia una resolución, sólo para descubrir que cada respuesta genera una pregunta más incómoda. Los sobres permiten estructurar ese movimiento. La corneta lo interrumpe. Las parejas lo intensifican. Y el público observa cómo la supuesta sesión terapéutica se convierte progresivamente en un interrogatorio involuntario.

El Teatro Humboldt: una caja acústica para la intimidad.

Las presentaciones en el Auditorio Humboldt encuentran un aliado particularmente eficaz en la arquitectura del espacio. La acústica del Teatro Humboldt merece una mención especial. En una obra esencialmente construida sobre el diálogo, la respiración, el silencio y la interrupción, escuchar bien no es un detalle técnico: es parte de la dramaturgia.

La excelente acústica permite que las voces conserven claridad incluso cuando el ritmo de las conversaciones se acelera y cuando varias emociones parecen coexistir simultáneamente en escena.

El espacio, diseñado como parte de la infraestructura moderna del Colegio Humboldt por Rojas Arquitectos, aporta además una cualidad que favorece la obra: una relación cercana entre intérpretes y espectadores. La sala no funciona únicamente como contenedor, se convierte en una especie de cámara de resonancia psicológica, los personajes hablan y el público escucha. Pero, poco a poco, la sensación es que también están hablando con nosotros.

Una escenografía que deja espacio al conflicto.

La puesta en escena no necesita una acumulación de objetos para construir su mundo. Su eficacia reside precisamente en la economía de recursos. Los elementos escenográficos permiten que la atención permanezca sobre los cuerpos y las palabras, que son los verdaderos campos de batalla de la obra. La aparente sencillez del espacio favorece una lectura simbólica: cuando se eliminan los elementos decorativos, queda la estructura desnuda de las relaciones. No hay dónde esconderse. No existe una puerta tras la cual desaparecer emocionalmente. No hay paisaje que distraiga de la confrontación. Todo sucede frente a nosotros. Y eso hace que el escenario termine pareciéndose menos a una consulta psicológica y más a un laboratorio de la condición humana.

La música, la luz y el cambio de temperatura.

La iluminación cumple una función especialmente importante en el tránsito de la comedia hacia el drama. La transformación cromática del espacio acompaña la progresiva pérdida de inocencia de la historia. Los tonos iniciales permiten conservar cierta ligereza, mientras que la aparición de tonalidades más oscuras y rojizas introduce una sensación de amenaza. El rojo, en este contexto, puede leerse como anticipación. No explica lo que sucederá. Pero lo anuncia. Es el color de la sangre, de la alarma, de la violencia, del deseo llevado a su límite. La iluminación parece decirle al espectador aquello que los personajes todavía desconocen: algo está cambiando y ya no será posible regresar completamente al punto de partida.

El giro que convierte la risa en silencio.

Y aquí conviene detenerse. Porque revelar exactamente qué sucede al final sería traicionar uno de los mayores placeres de la experiencia teatral. Pero sí es necesario advertir que Bajo terapia guarda una transformación radical en su último tramo. Lo que parecía una comedia sobre parejas problemáticas adquiere una dimensión mucho más sombría. La obra introduce una revelación que obliga a reinterpretar buena parte de lo que se ha visto anteriormente. Los personajes no son exactamente quienes parecían ser. Las relaciones no son exactamente las relaciones que creíamos observar. Y la propia representación teatral adquiere un significado nuevo. Lo que se había entendido como juego empieza a revelar una arquitectura deliberada. Los actores, en un giro particularmente inteligente, aparecen vinculados a una operación de desenmascaramiento que lleva la representación hasta sus últimas consecuencias: hacerse pasar por parejas se convierte en una estrategia para descubrir una verdad relacionada con la violencia sexual y el abuso. No conviene decir más. Porque parte de la eficacia del desenlace depende precisamente de experimentar ese momento sin conocer previamente todos sus mecanismos. Lo que sí puede decirse es que el final reconfigura la obra, la comedia deja de ser simplemente comedia, la risa adquiere retrospectivamente otro significado. Y el espectador comprende que el verdadero tema nunca fueron solamente los problemas de pareja.

Cuando el hogar deja de ser refugio.

El giro final permite leer retrospectivamente toda la obra desde una problemática mucho más dolorosa: la violencia que puede esconderse detrás de las apariencias de normalidad. La violencia intrafamiliar, el abuso y la violencia sexual no siempre se presentan con la espectacularidad que esperamos. Con frecuencia existen detrás de puertas cerradas, en hogares aparentemente normales, en relaciones que desde afuera parecen ordinarias, en personas que saben perfectamente cómo representar normalidad, ese es quizá el golpe filosófico más duro de Bajo terapia: la normalidad no garantiza la inocencia. Una pareja que sonríe puede estar sufriendo, una persona que parece tranquila puede estar aterrorizada, una conversación cotidiana puede esconder una historia que nadie se atreve a contar. Y una comedia puede estar preparando, silenciosamente, una tragedia.

El teatro como dispositivo para desenmascarar.

La obra termina planteando una idea especialmente poderosa sobre la propia naturaleza del teatro. ¿Qué significa actuar? Significa fingir, pero también significa revelar. El actor finge ser otra persona para permitir que el público vea algo verdadero. En Bajo terapia, esta paradoja alcanza una dimensión narrativa: los personajes representan determinados papeles para poder llegar a una verdad que permanece oculta. La actuación deja de ser una máscara. Se convierte en instrumento de desenmascaramiento. Es una paradoja profundamente teatral: para revelar la verdad puede ser necesario representar una mentira. Y quizás esa sea una de las razones por las que el desenlace resulta tan perturbador. Porque obliga al espectador a reconsiderar la frontera entre realidad y representación.

Una comedia que termina interrogándonos.

Al salir del teatro, Bajo terapia deja una pregunta que resulta mucho más incómoda que cualquier chiste de la primera mitad: ¿Cuántas veces confundimos tranquilidad con normalidad? La obra comienza con parejas intentando resolver sus conflictos. Termina haciendo que el espectador piense en aquellas situaciones en las que el conflicto no es simplemente una discusión sentimental, sino la manifestación visible de una estructura de violencia. Y allí la obra abandona definitivamente el terreno de la comedia convencional. Porque reírse de los pequeños defectos de una pareja es sencillo. Mucho más difícil es reconocer que algunas formas de violencia pueden habitar exactamente el mismo espacio cotidiano en el que creemos estar a salvo.

El silencio después de la última carcajada.

El mayor mérito de Bajo terapia es que no confía exclusivamente en el impacto de su giro final, lo prepara, lo insinúa, lo construye mediante los sobres, las interrupciones, los silencios, las tensiones entre personajes y esa sensación creciente de que debajo de la comedia existe algo que todavía no hemos visto. La obra nos invita primero a reír, después nos obliga a sospechar. Finalmente nos obliga a mirar de nuevo. Y ese es el verdadero poder del teatro: no solamente mostrarnos algo, sino modificar retrospectivamente aquello que creíamos haber visto. Bajo terapia comienza como una reunión de parejas. Termina convirtiéndose en una pregunta sobre la condición humana. Porque quizá todos llevamos un sobre cerrado dentro de nosotros. Una verdad que no queremos abrir, una palabra que no pronunciamos. Una herida que hemos aprendido a esconder detrás de una sonrisa. Y mientras la corneta siga sonando, mientras cambiemos de tema cada vez que el dolor se acerque demasiado, mientras confundamos silencio con paz, podremos seguir representando que todo está bien. Hasta que alguien abra el sobre, y entonces la risa se detenga. El teatro quede en silencio. Y comprendamos, demasiado tarde, que aquello que parecía una comedia sobre las miserias del amor estaba hablando, en realidad, de algo mucho más oscuro: de la violencia que puede esconderse detrás de una puerta cerrada y de las máscaras que una sociedad utiliza para no verla.