Silvia Pérez Molina

A primera vista, Idiotka y Made in EU parecen películas destinadas a no encontrarse. La primera, programada en la sección RAW del festival Atlàntida; la segunda, en Domestic. Una se mueve entre la moda, el reality y la diáspora rusa en Estados Unidos; la otra, entre una fábrica textil búlgara, la pandemia y una comunidad del este de Europa. Pero basta tirar de un hilo —literalmente— para descubrir que ambas están cosidas a una misma pregunta: ¿qué precio tiene vivir en una Europa construida sobre las desigualdades de quienes se sacrifican por ella?

En Made in EU, Iva cose prendas en una fábrica de un pequeño pueblo búlgaro y, al comienzo, una etiqueta bordada anuncia el título de la película. Lo que parece una garantía de procedencia acaba funcionando como una radiografía del continente. Stephan Komandarev ha definido Bulgaria, su país de procedencia, como «la periferia de la periferia», una nación integrada en la Unión Europea pero todavía atravesada por profundas desigualdades económicas.

La pandemia de COVID-19 apenas hace visible una enfermedad anterior. Iva se convierte en culpable del primer brote de su comunidad mientras quienes la rodean descargan sobre ella un miedo que no quieren atribuir a un sistema entero. «Lo que nos contaron del comunismo terminó siendo todo mentira. Pero lo que nos contaron del capitalismo terminó siendo todo verdad», dice el doctor Rusev. No hay nostalgia en la frase, sino decepción: la promesa de Occidente no ha borrado las jerarquías heredadas; simplemente ha cambiado sus nombres.

Idiotka llega desde el otro extremo del mapa, Estados Unidos, y parece hablar otro idioma. Margarita es diseñadora y entra en un reality para conseguir el dinero que tanto necesita su familia. La moda, inicialmente espacio de libertad y creación, acaba revelando la fascinación de la cultura estadounidense por convertir el trauma en espectáculo, frente a una tradición familiar rusa marcada por el silencio y la resistencia, tal como ha explicado Nastasya Popov. La guerra se convierte así en otro elemento estético: una historia que debe emocionar, pero sin incomodar demasiado.

Y ahí las dos películas dejan de parecer tan lejanas. Iva fabrica objetos para Occidente; Margarita fabrica, involuntariamente, una versión de sí misma para Occidente.

También la emigración funciona como un espejismo común. En Made in EU escuchamos: «Te llevarás tus problemas al extranjero contigo, pero allí siempre serás un lacayo. Nada más». En la escena final, Iva encuentra en un guardarropa en Alemania una etiqueta que ella misma había cosido en Bulgaria. La globalización aparece entonces en su forma más sencilla y cruel: nadie puede escapar completamente de aquello que produce.

En Idiotka, durante una de las primeras pruebas del reality, Margarita explica: «Uno de mis abuelos era de Chernivtsi, una ciudad de Ucrania, aunque la mayoría somos judíos, que no eran considerados ni rusos ni ucranianos». La aclaración, aparentemente anecdótica, introduce una historia mucho más compleja que las categorías con las que habitualmente se representa Europa del Este desde Occidente. Popov, hija de inmigrantes rusos, ha señalado precisamente la ausencia de relatos sobre las comunidades postsoviéticas dentro del cine estadounidense.

Quizá por eso sea tan significativo que estas películas estén separadas por RAW y Domestic. Sus formas son distintas, pero debajo de ellas corre el mismo hilo: una Europa del Este que durante décadas ha sido fábrica, periferia, frontera, territorio de emigración y, ahora, también escenario de una guerra que Occidente consume desde sus pantallas.

La costura es solamente el hilo visible. Debajo está Europa. Está la Europa posterior a 1989, que prometió prosperidad y encontró nuevas formas de desigualdad. Está la Europa de la Unión Europea, donde una etiqueta puede servir para ocultar las enormes diferencias entre el lugar donde una prenda se fabrica y el lugar donde se consume. Está la Europa que emigra porque en casa no encuentra oportunidades. Y está también la Europa que, desde fuera, corre el riesgo de convertirse en una colección de imágenes fácilmente consumibles: la rusa, la ucraniana, la pobre, la traumatizada, la excomunista.

Y quizá la pregunta que dejan sea tan sencilla como incómoda: ¿quién fabrica Europa y quién tiene derecho a decidir qué historia cuenta sobre ella?

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