José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) es doctor en Filología Inglesa –su tesis dio lugar al ensayo Un sueño dentro de otro. La poesía en arabesco de Edgar Allan Poe, 2015)– y se ha dedicado profesionalmente a la enseñanza, que ha compaginado con la creación literaria.

Es autor de quince libros de poesía, recogidos en el recién publicado Biografía imperfecta. Poesía 1986-2025 (Renacimiento, 2026), que incluye también el poemario inédito C.V. Por su libro Panorama y perfil (2014) ganó el XXVIII Premio Unicaja de poesía. Fue también ganador del II Premio Lorenzo Gomis (2021) que otorga la revista El Ciervo. Su libro Laberinto (2022) ha sido recientemente traducido al portugués (Labirinto, prefácio e tradução de Manuel Neto dos Santos, Ediçoes Fantasma, Peniche, 2026).

Como narrador, es autor de, entre otros títulos, las novelas que conforman su Trilogía de la Transición (2009-2011; edición reunida en 2018). Ha publicado también diversos libros de cuentos, artículos, ensayo –entre ellos, varios sobre cine, entre los que destacan Cosas que no creeríais. Una vindicación del cine clásico norteamericano (2016) y En familia. Casi un dietario sobre cine español (2023)– y aforismos, así como varias entregas de un diario personal, la última de las cuales ha sido Año sabático o la novela de un ocioso (2024).

Ha sido columnista en diversos periódicos andaluces y crítico literario en el suplemento El Cultural y otras publicaciones. En la actualidad, escribe con regularidad en el periódico digital CaoCultura. Como traductor, ha vertido al castellano obras de Joseph Conrad, Herman Melville, Henry James, Rudyard Kipling, Elizabeth Barrett Browning y Kingsley Amis, entre otros. Como complemento a su labor literaria, ha cultivado también la pintura y el dibujo. Sus ilustraciones han aparecido con regularidad en las revistas Clarín y Calle del Aire. Igualmente, ha ilustrado diversos libros propios y de otros autores. 

 

Según cómo se mire, soy el mismo poeta o soy uno totalmente distinto

Javier Gilabert: José Manuel, es un verdadero honor darte la bienvenida a CulturamasBiografía imperfecta reúne cuatro décadas de producción poética —quince libros publicados entre 1986 y 2025, además del inédito C.V.— en la editorial Renacimiento. Al contemplar de golpe todo este trayecto reunido, ¿cómo dialoga tu mirada de hoy con la voz de aquel poeta que comenzaba a publicar a mediados de los años ochenta?

José Manuel Benítez Ariza: Según cómo se mire, soy el mismo poeta o soy uno totalmente distinto. Algunas convicciones de entonces no me han abandonado –la idea de una cierta transparencia del poema, el ideal “clásico” del poema sujeto a reglas, la convicción de que existe un vínculo natural entre lo vivido y lo que de alguna manera exige ser escrito…–. Pero, a lo largo de los años, esas convicciones se han ido adaptando a ciclos creativos diversos –pienso, por ejemplo, en el que empieza con Cuaderno de Zahara (2001) y abarca al menos tres libros referidos explícitamente a los paisajes de la sierra de Cádiz– y combinándose, además, con la idea de que también es enriquecedor asomarse de vez en cuando a principios poéticos incluso opuestos a los que uno cree profesar: por ejemplo, la experiencia de la vanguardia histórica, muy visible en mi libro más “imaginista”, Panorama y perfil (2014). Ocurre con la poesía lo que con el resto de la propia biografía: se es uno y muchos al mismo tiempo.

 

El título elegido, Biografía imperfecta, sugiere de entrada un ajuste de cuentas con la memoria que rehúye la solemnidad o la hagiografía personal. ¿En qué medida la poesía es para ti una construcción biográfica que asume sus grietas, sus vacíos y sus borrones, a diferencia de la vida documentada o burocrática?

Aquí la palabra imperfecta tiene, evidentemente, esa connotación de llamada a la modestia y reconocimiento de que ni siquiera un empeño poético sostenido a lo largo de cuarenta años puede aspirar a explicar toda una existencia y mucho menos a solemnizarla; ni siquiera por esa vía, que tanto les gusta a los poetas de inspiración religiosa, de celebrar los presuntos pequeños milagros que trascienden lo cotidiano. Pero mi uso de la palabra imperfecta es otro: el que ese adjetivo tiene en gramática cuando se aplica a un tiempo verbal como, por ejemplo, el pretérito imperfecto, que se refiere a una acción en curso, a un proceso abierto que, a su vez, sirve de marco a otras acciones puntuales. No lo que “he escrito”, sino lo que “escribía” mientras sucedían otras cosas que de alguna manera dialogaban con la escritura.

 

Me parecía de sentido común proponer a Renacimiento la edición de mi poesía completa

La edición de esta obra en la histórica colección Calle del Aire de Renacimiento otorga al volumen una significación especial. Renacimiento ha sido una casa fundamental para el devenir de la poesía española contemporánea y también para la tuya propia. ¿Qué representa culminar esta cartografía de cuatro décadas precisamente en este sello y de la mano de un proyecto editorial con tan profunda raigambre?

Mi tercer libro, Malos pensamientos (1994), que fue el primero que publicaba una editorial propiamente dicha y no una iniciativa individual o una colección institucional, salió en Renacimiento, que es también la editorial que publicó mi último poemario exento hasta la fecha, Laberinto (2022), y la que sacó mi primera antología, Casa en construcción, además de algunos libros en prosa. Ha sido, por así decirlo, la editorial-marco en la que mi obra ha madurado y crecido, aunque, lógicamente, no haya sido la única con la que he trabajado y debo estar contento y agradecido por la acogida que he tenido en otras. Pero me parecía de sentido común proponer a Renacimiento la edición de mi poesía completa; otra cosa era que lo aceptaran y asumieran el proyecto con la generosidad y celeridad con que lo han hecho. Como ves, he tenido suerte.

 

Dentro de este volumen, la gran novedad para los lectores es la inclusión del poemario inédito C.V., jugando con las siglas de curriculum vitae. En contraste con la «biografía imperfecta» que nombra al todo, ¿qué hoja de servicios vital, poética y afectiva se despliega en estas páginas inéditas y qué peso tienen en ella los méritos vividos frente a los libros leídos?

La pregunta es muy perspicaz porque contrapone esa visión de totalidad que supone el conjunto con un puñado de poemas muy circunstanciados con los que, en cierto modo, cierro el círculo, poniendo en valor la vigencia que para mí sigue teniendo el impulso existencial en el que ya se sustentaba mi poesía primera. Hay, entre esos poemas, alguno que se inspira en libros leídos: por ejemplo, el titulado “Al terminar de leer La gallina ciega de Max Aub”, que surgió al constatar que el tiempo al que se refiere ese libro es el de la juventud de mis padres y mi primera infancia. Pero la mayoría soslaya la inspiración, digamos, libresca y quieren presentarse como dictados por la pura cotidianidad bien observada, los lugares vividos, las interacciones con otras personas… Más o menos, el mismo impulso que dictó mis primerísimos poemas, recuperado ahora sin tapujos y con plena conciencia, después de haber recorrido otros caminos. 

 

Lo vivido se olvida sin más si no ponemos algo de nuestra parte para salvarlo

En tu poesía es constante el diálogo con lo cotidiano, con las estampas humildes o los instantes en apariencia invisibles de la realidad. ¿De qué manera consigue la mirada poética transformar la anécdota mínima o el suceso fugaz en una revelación capaz de detener el tiempo?

Cómo lo consigue no lo sabría explicar. Pero el caso es que al menos aspira fundadamente a hacerlo, por eso de que lo vivido se olvida sin más si no ponemos algo de nuestra parte para salvarlo y trascenderlo. También, para reconocerlo: a menudo, la mera predisposición a escribir te hace reparar en lo valioso de ciertas vivencias que, de no haberse cruzado con la escritura, se hubieran borrado sin más de nuestra conciencia. Lo que no veo es que eso detenga el tiempo… En todo caso, depara un fotograma, una foto fija, que uno sabe que pertenece a una secuencia imparable.

 

Hay una extraña paradoja en el hecho de que lo inerte nos “sobreviva”

A lo largo de tu obra reaparece la reflexión sobre los efectos del tiempo en los objetos, los papeles abandonados y las pertenencias que nos sobreviven. ¿Es la poesía un intento de rescatar del olvido esos instantes de vida o, por el contrario, la serena aceptación de su inevitable finitud?

La “poesía de las cosas” ha existido siempre, aunque en gran medida fue el Modernismo el que la reincorporó al discurso poético de nuestro tiempo. Hay una extraña paradoja en el hecho de que lo inerte nos “sobreviva”, hable de quienes fuimos, forme parte del fugaz rastro que dejamos… Frecuentar mercadillos, librerías de viejo, tiendas de antigüedades, incluso esos “puntos limpios” a los que la gente lleva los enseres que desecha, produce una enorme melancolía. Cada uno de esos objetos ocupó un hueco en la vida de alguien, puede que incluso suscitara ilusiones de disfrute, comodidad, permanencia, vida en común con otros, aspiraciones satisfechas… Que la poesía se ocupe de ellos y de sus connotaciones es casi inevitable.

 

Haber sido bibliotecario me ha deparado muchas horas de soledad entre libros

Tu trayectoria profesional ha estado muy vinculada a la docencia, conviviendo a diario con jóvenes lectores y sus particulares universos. ¿Cómo ha nutrido este oficio tu relación con la lectura, con las soledades elegidas y con tu propia escritura poética?

De un modo ambivalente. Por un lado, como he sido profesor de inglés a niveles elementales o medianos, mi docencia se ha mantenido convenientemente alejada de mis intereses literarios, y eso creo que ha sido positivo para preservar mi consideración de la literatura como espacio personal y no como materia que enseñar. Pero por otro, además de profesor de inglés he sido bibliotecario escolar durante veinte años, y eso me ha proporcionado, dentro del instituto, la posibilidad de conocer y administrar, e incluso crear o acrecentar, una biblioteca, de dialogar uno a uno, y no en grupo, con sus usuarios e incluso de alentar en algunos, de manera individual, el interés por ciertas lecturas. Que de mi mano algunos chicos y chicas hayan leído, no sé… a Emily Brontë, a Salinger, a Thomas Paine, a Stevenson –estoy pensando en casos muy concretos– me produce cierta satisfacción –sobre ello hay también un poema en C.V.–. Por otra parte, haber sido bibliotecario me ha deparado muchas horas de soledad entre libros, es decir, el privilegio de haber gozado, dentro del espacio laboral, de aquello que siempre he buscado en mi tiempo libre.

 

Doctor en Filología Inglesa y traductor de maestros como Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Herman Melville, Henry James o Elizabeth Barrett Browning, has frecuentado de cerca la gran tradición anglosajona. ¿De qué modo la concisión, la ironía sostenida o el sentido del ritmo propios de la poesía en lengua inglesa han moldeado la música y la sintaxis de tu propia obra?

Por su propia mecánica como idioma, su peculiar morfología y su propia tradición, el inglés tiene modulaciones expresivas que se han incorporado a su poesía desde sus orígenes y le dan a ésta un valor de creación colectiva que en otros idiomas se nota menos. De ahí la broma, que no recuerdo ahora si he leído en Borges o en algún otro, de considerar que una antología como The Penguin Book of English Verse, que abarca más de mil años de poesía, pudiera deberse a un solo autor… Me gusta esa modulación coral, que no percibo tan claramente en otras tradiciones poéticas; lo que no quiere decir que los poetas ingleses carezcan de voz individual.

            Uno de los rasgos, por cierto, de esa modulación coral es su tendencia a recrear la oralidad. Eso en la poesía en castellano, por ejemplo, sólo ocurre en determinadas épocas o en autores aislados; pienso en la singularidad de Cernuda dentro de su generación, o en la absoluta novedad que supuso El mal poema de Manuel Machado. Todo esto, por supuesto, es muy debatible y muy subjetivo por mi parte. En qué medida ha afectado mi obra es arriesgado decirlo. Para un poeta no es en absoluto un mérito que su sentido de la lengua propia esté fatalmente tocado por el influjo de una lengua foránea. Pero sí que he intentado incorporar, en la medida de lo posible, el don de la concisión, la alergia a las abstracciones, un tono conversacional no reñido con la corrección y el alma de la lengua, o la ironía del que sabe precaverse de sus propios excesos, etcétera. No sé si se lo debo a mi frecuentación de la lengua inglesa, pero, si es así, le estoy enormemente agradecido.

 

En pintura sólo soy, y quiero ser, un amateur

Quienes conocen tu labor artística saben que mantienes una estrecha y fiel relación con la pintura y el dibujo, especialmente con la técnica de la acuarela. Tú mismo has comentado la cualidad física y desintoxicante de la pintura frente a la pantalla o el folio. ¿Cómo dialoga el acuarelista que capta la luz y la mancha con el poeta que busca la precisión de la palabra?

En mi caso, pintura y dibujo, por un lado, y escritura, por otro, obedecen a estados mentales totalmente distintos e incluso opuestos, aunque luego puedan coincidir en sus resultados. Para mí la escritura ha sido, durante años, un espacio donde proyectar mi vida interior, o más bien suscitarla y darle forma: mis ideas, incluso aquellas que no llegaba a escribir, surgían frente al folio en blanco o la pantalla. La pintura es todo lo contrario: una especie de suspensión del bulle-bulle interior, en aras de un afán de precisión que sólo concierne al ojo y a la mano. Por eso las encuentro complementarias. En cualquier caso, y para ser sincero, debo decir que, si bien en literatura considero que actúo con cierta conciencia de profesionalidad, en pintura sólo soy, y quiero ser, un amateur.

 

En la acuarela no hay margen para la rectificación pesada o el retoque opaco; exige fluidez, soltura y aceptación del azar de la mancha de agua. ¿Existe una analogía entre esa economía de medios del acuarelista y el verso fluido, sereno y concentrado que caracteriza tu poesía?

En poesía, por supuesto, el azar no es descartable, y los logros que a él debemos son los que nos fuerzan a pensar que existe eso que llaman “inspiración”; pero ya sabes que se dice al respecto: que, cuando llega, debe pillarte trabajando.

 

Al final, todo es diario

Además de poeta, eres narrador –con títulos como tu Trilogía de la Transición o tus libros de cuentos–, ensayista, aforista y autor de dietarios personales cuya entrega más reciente es Año sabático o la novela de un ocioso. ¿Qué frontera separa la anotación del diario, la narrativa breve y el poema en tu labor cotidiana? ¿Nacen todos de la misma disposición receptiva ante el mundo?

Mantuve el diario durante quince años, de 2005 a 2020, lo que supone el periodo de tiempo más largo que he dedicado por seguido a un proyecto, porque desde un primer momento entendí que un diario ininterrumpido es siempre una obra unitaria, aunque luego se publique dividido en varios títulos. Creo que la duración y envergadura de ese empeño ha marcado decisivamente mi manera de concebir mi escritura, que finalmente entiendo, como ya he dicho, como el acto cotidiano por el que el escritor se clarifica ante la pantalla o la hoja en blanco. La ficción narrativa e incluso la poesía son decantaciones especiales de esa manera de concebir la vida interior objetivada en escritura. La predisposición narrativa la reelabora en relato, en secuencia de hechos; que, en mi caso, desde mi perspectiva de escritor principalmente autobiográfico, es siempre reconstrucción de un pasado posible: ése es el sentido del autobiografismo parcial de mi Trilogía de la Transición. La poesía, por su parte, se sustrae al carácter secuencial de los hechos e individualiza momentos y situaciones, aunque siempre en relación a un contexto que el propio poema puede sugerir. Pero la concepción de ambos actos de escritura, como se ve, es claramente diarística. Al final, todo es diario; o, mejor dicho, es consecuencia de la disciplina que se adquiere gracias a la asiduidad que supone escribir un diario.

 

Lo no dicho con frecuencia es tan importante como lo dicho, o más

El cine ocupa un lugar de honor en tu universo ensayístico y reflexivo, con volúmenes como Cosas que no creeríais. Una vindicación del cine clásico norteamericano o En familia. Casi un dietario sobre cine español. En tus poemas es fácil detectar una mirada casi cinematográfica: el encuadre, el corte, el uso del fuera de campo o el desenfoque. ¿Qué le debe tu poética al lenguaje del celuloide y a la educación sentimental de la pantalla grande?

La influencia del quehacer cinematográfico sobre la escritura está sobradamente diagnosticada desde los propios orígenes del cine, por más que muchos de los procedimientos de los que éste se vale procedan directamente de la literatura y, en concreto, de la novela decimonónica, como ya reconoció el propio Griffith. Y, efectivamente, como dices, en un poema pueden ser muy importantes cosas como el uso del fuera de campo: lo no dicho con frecuencia es tan importante como lo dicho, o más. Estamos empapados de esa manera de contar las cosas o presentar los hechos. El que, en mi caso, por mis libros de cine, sea fácil establecer esa correlación no significa que sea un rasgo exclusivo mío. Pero sí, reconozco esa influencia.

 

Lo que de verdad me gustaría mucho ser es un poeta lakista inglés del 1800

A lo largo de estos cuarenta años, la poesía española ha atravesado múltiples modas, capillitas y debates estéticos –de la experiencia a la discontinuidad, de la abstracción al compromiso–. Tú has mantenido una trayectoria singular, al margen de tendencias dogmáticas. ¿Cómo has vivido la evolución del panorama poético peninsular desde la década de los ochenta hasta la actualidad?

Siempre a distancia. Nunca he participado de ninguna bandería literaria. Es posible que en algún momento se me asociara a la llamada “poesía de la experiencia”, aunque no se me suela nombrar entre sus representantes más característicos. Pero creo que mi poesía sigue ya un camino netamente diferenciado al menos desde Los extraños (1998) y, sobre todo, en los libros que tienen como correlato paisajístico la sierra de Cádiz –me hace gracia todo lo que se habla ahora de “liternatura”: yo ya la hacía cuando ni siquiera existía esa etiqueta–, que a su vez dan paso, como ya dije, a mi etapa “imaginista” (Panorama y perfil) y luego a esa especie de trilogía no declarada que forman Arabesco (2018), Realidad (2020) y Laberinto, mucho más conceptuales. Puede que en alguna que otra etapa de ese recorrido haya coincidido con otros poetas de mi tiempo –pienso en la importancia del paisaje en la poesía del gran Antonio Cabrera, por ejemplo–, pero sin que haya habido seguidismo, por mi parte, de ninguna tendencia o grupo en particular. Si me preguntaran a qué escuela quiero que me asignen, diría que lo que de verdad me gustaría mucho ser es un poeta lakista inglés del 1800.

 

He procurado mantenerme lo más lejos posible de todo localismo

Cádiz, la Sierra, la luz del Sur, la provincia y sus mapas afectivos están muy presentes en tu geografía personal. Frente al centralismo cultural, tu obra reivindica una descentralización luminosa de la vivencia. ¿Qué importancia tiene el arraigo a un lugar concreto a la hora de fundar una voz poética de alcance universal?

Cuando, como es mi caso, el entorno determina en gran medida el contenido y diría que la paleta, la gama tonal de lo que se escribe, el origen geográfico es importante, de eso no puede caber la menor duda. Lo local, se dice, es universal. Pero también, conscientemente, he procurado mantenerme lo más lejos posible de todo localismo. Mi poesía, de hecho, intenta dibujar un mapa personal en el que comparecen diversos escenarios. Se da, además, la circunstancia de que empecé a escribir en una época en la que ciertos focos literarios de la periferia se mostraron extraordinariamente activos, a la vez que los puntos habituales de irradiación literaria –Madrid, Barcelona– atravesaban horas bajas. Nunca ha habido una escuela poética madrileña, por ejemplo, pero sí ha habido focos de irradiación en Asturias, en Valencia o en lo que yo llamo el eje Sevilla-Jerez-Cádiz, uno de los más activos en el periodo del que hablas. 

 

Todos mis poemas remiten por igual al núcleo cordial de asuntos sobre los que me gusta escribir

Llegamos a la pregunta inevitable de nuestra sección, en la que pongo en un aprieto a la persona entrevistada y en tu caso, si me lo permites, rizamos el rizo. Si tuvieras que invitar a un lector que se adentra por primera vez en esta vasta Biografía imperfecta a detenerse en tres poemas clave de toda tu trayectoria para sintetizar tu poética, ¿cuáles señalarías y por qué razones?

En estos casos, como cuando me preguntan por mis poetas preferidos, suelo eludir la cuestión, que considero imposible de responder. Supongo que en mi obra habrá poemas-clave, como dices, pero yo no sabría identificarlos, porque para mí todos mis poemas remiten por igual al núcleo cordial de asuntos sobre los que me gusta escribir. Por eso, para responder a esta pregunta, que sé que es un requisito de estas entrevistas, prefiero remitir al lector a tres poemas de C.V., el libro inédito y más reciente que se incluye en esta compilación que abarca cuarenta años. Esos tres poemas son: “La primera”, que ejemplifica bien el tipo de motivos de inspiración que debo a la sierra gaditana, y con el que tuve la satisfacción de que ganara el premio Lorenzo Gomis, que convoca la revista El Ciervo; “Monsieur le documentaliste”, que debo a mi experiencia como bibliotecario escolar; y “Teoría de Els Encants”, que habla de esa fascinación mía por los cementerios de cosas e ilustra también mi relación con uno de mis escenarios vitales, Barcelona. Los tres poemas, además, se refieren a cuestiones de las que hemos hablado por extenso en esta entrevista. 

 

Me divierte mucho últimamente escribir epigramas

Tras la publicación de un hito como esta poesía reunida de cuatro décadas y el estreno del volumen inédito C.V., ¿en qué proyectos de escritura, traducción o creación artística te encuentras embarcado en este momento?

Preparo el tomo complementario del ya publicado Año sabático o la novela de un ocioso, con el que completaría la edición de mis diarios. Igualmente, preparo una posible edición de mis cuentos completos. Y ando enfrascado en un proyecto de escritura autobiográfica diferenciada de los diarios y que seguramente se articulará en una especie de libro de viajes ma non troppo. No puedo decir más. También me divierte mucho últimamente escribir epigramas, que no sé si llegaré a publicar, aunque ya dan para un libro.

 

Para concluir nuestra charla y honrar la tradición de esta sección en Culturamas, ¿a qué autor o autora te gustaría leer respondiendo a estas mismas preguntas en nuestras páginas?

Me pones en un serio compromiso: hay al menos una docena de nombres que se me vienen a la mente de inmediato. Pero, por cambiar de tercio y satisfacer este requisito, daré el de una poeta muy joven que ha publicado un primer libro muy sorprendente: la onubense Bárbara Grande Gil.

 

 

 

***

Tres poemas de Biografía imperfecta

 

 

LA PRIMERA

Pero aquí, en este prado de Aguas Nuevas,
han dejado caer la angarilla de alambre
con la que cierran el cercado
y una primera oveja
ha señalado con el gesto,
un cabeceo apenas,
seguido de unos pasos titubeantes,
la embocadura del camino.

La siguen las demás,
prietas y protegiéndose entre sí,
envueltas en la polvareda
y en el olor cordial que las trasciende
en el silencio denso, pautado de cencerros.

Nosotros, desde el coche detenido
al paso del rebaño,
más que verlo pasar, lo entresoñamos.

Y nos sacan del trance los ladridos de un perro.

 

 

 

MONSIEUR LE DOCUMENTALISTE

                                                                                  A L.M., jeune lecteur, décédé à 17 ans.

Me gustaba jugar con ellos: si acudía

a mi mesa una chica aficionada

a las novelas de vampiros,

yo le recomendaba que leyera Jane Eyre;

si quien venía era el bedel,

abrumado de tantas horas de aburrimiento

en su cubil con vistas a un pasillo,

yo ponía en sus manos León el Africano

y lo hacía viajar a Tombuctú,

a Venecia, a los reinos entre el Níger y el Nilo.

 

Desde mi mesa gobernaba

sus imaginaciones.

 

Y me mostraba comprensivo, en fin,

con el chico aplicado que detestaba la literatura

y acudía una y otra vez

a renovar el préstamo de El árbol de la ciencia,

con el que no podía…

También les sonreía a esos chicos callados

que se pasaban la hora de recreo

leyendo y releyendo la muy baqueteada colección

de Akira y otros mangas.

 

Y pensaba: los gustos literarios,

si es que se les puede llamar así,

no son sino una mera expresión de rarezas,

de irredimibles soledades,

de errados contenciosos

entre la vida y las expectativas

de cada cual.

           

                        Sobre mi mesa

se iban acumulando los libros que llegaban:

muchos, la mayoría, donaciones

de gente que quizá los había leído

y pensaba que no merecía la pena

guardarlos a la espera de otra vez.

Lo divertido era que casi todos esos libros

eran de autores prestigiosos,

premiados, que salían mucho en televisión:

bastaba un par de meses

para que terminaran en mi mesa

y yo los hojeara y les pudiera un sello, les pegara un tejuelo

y les buscara en los estantes

su ubicación por orden alfabético

de autor, según materia…

Era mi modo de enterrarlos.

 

También yo iba enterrándome un poco cada día

en esa inalterable rutina, rota sólo a veces

por algún incidente nimio: un móvil

que sonaba, alguien que incumplía

la norma de permanecer callado…

 

Me imaginaba entonces al otro lado de la mesa

y con la misma edad que alguno de esos chicos.

Y que un hombre cansado, con mirada de présbice,

me ponía en las manos Rayuela, por ejemplo,

o El guardián del centeno

o, como sucedió sólo un poco más tarde,

Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma.

 

Y no hay derecho –digo, me hago este chiste privado–

que alguien pueda cambiarte

la vida de ese modo, y para siempre,

tan sólo con un gesto.

 

 

 

TEORÍA DE ELS ENCANTS

 

Igual que se liquida

la infancia y cuando caes en la cuenta

no queda resto alguno de lo que fueron tus juguetes,

tu ropa, tus cuadernos,

y si encuentras alguno y no te vence

algún tonto reparo, lo desechas sin más,

algo así ocurrirá con esta impedimenta

que acaso juzgas más valiosa:

tus papeles de ahora,

los cuadros que decoran tus paredes,

tus enseres domésticos;

sólo que serán otros quienes dispongan de ellos,

se arroguen el derecho de liquidar tus pertenencias.

 

¿También, digamos, esa mínima

conmoción del espacio que supuso

una risa entre amigos,

acaso eternizada en una foto

que también es papel y, por ello, desecho?

 

Tomo con mano un tanto temblorosa

una que encuentro aquí, en el suelo,

entre libros descabalados,

desportillados marcos y periódicos viejos.

 

Un instante de vida que de algún

modo prefiguraba su extinción,

su lenta combustión de brasa,

este rescoldo que perdura ahora

aquí, en el suelo, esta mañana fría

de marzo en Barcelona, en Los Encantes.