Entrevista a André Aciman.
Por Paloma Rodera
El autor de Llámame por tu nombre regresa en Idilio a los territorios que atraviesan toda su literatura: la memoria como ficción, las vidas que no llegamos a vivir, el deseo, los lugares que nos transforman y esa particular forma de nostalgia que comienza incluso antes de haber perdido aquello que amamos.
André Aciman escribe desde un tiempo que nunca termina de coincidir con el presente. Sus personajes recuerdan mientras viven, imaginan lo que podría haber sucedido y vuelven una y otra vez sobre aquello que quizá nunca ocurrió exactamente como lo recuerdan. En su literatura, la memoria no conserva: transforma. Y el deseo parece existir con tanta intensidad en aquello que fue como en aquello que nunca llegó a suceder.
En Idilio, Aciman vuelve a explorar esa frontera incierta entre experiencia e imaginación. Conversamos con él sobre la nostalgia anticipada, las vidas posibles, el amor, las casas que terminan convirtiéndose en personajes y lo que sucede cuando regresamos a aquellos lugares que creíamos esenciales y descubrimos que quizá ya no significan nada.
En sus libros, la memoria nunca parece ser completamente fiable. ¿Hasta qué punto conocemos realmente a las personas que recordamos?
Para empezar, nunca conocemos realmente a nadie. Y tampoco recordamos a las personas tal y como eran, ni exactamente lo que nos hicieron o lo que nosotros les hicimos. Lo camuflamos todo. Lo alteramos todo en la memoria.
De hecho, para mí, imaginación y memoria pueden confundirse con mucha facilidad.
En Idilio hay algo que podría definirse como una especie de “nostalgia anticipada”: echar de menos algo que todavía no ha terminado, ser consciente de que en el futuro añoraremos aquello que estamos viviendo ahora. ¿Por qué le interesa tanto ese sentimiento?
“Nostalgia anticipada” está muy bien dicho. De hecho, he escrito un libro entero sobre ello.
Yo vivo en el presente, pero en realidad no vivo completamente en él. A veces vivo en el futuro y otras veces en el pasado. Sobre todo, me gusta pensar que vivo en una especie de futuro condicional: mientras estoy viviendo un momento, ya estoy anticipando que algún día lo recordaré.
Así que, en cierto sentido, vivo el presente no solo proyectándolo hacia el futuro, sino imaginando ya el momento futuro desde el que volveré la vista atrás para recordar este día.
Sus personajes parecen estar constantemente divididos entre quienes son y quienes podrían haber sido si hubieran tomado otras decisiones. ¿Qué vida termina pesando más: la que realmente vivimos o todas esas vidas posibles?
Si fuera psicólogo, probablemente le diría que la vida que estamos viviendo ahora es la más importante.
Pero como persona literaria, pienso lo contrario. Creo que la vida que deseamos, que esperamos, que fantaseamos, es en realidad la vida en la que verdaderamente vivimos.
Eso no quiere decir que sea la forma más saludable de existir, pero probablemente sea la única manera que conocemos. Creo que casi todo el mundo vive así.
Hay algunas personas capaces de vivir completamente en el presente. Normalmente son estúpidas.
El amor está muy presente en su literatura. Hay distintas maneras de amar, de desear e incluso de no llegar nunca a comprender completamente qué significa amar a alguien. ¿Ha cambiado su forma de escribir sobre el amor con el paso del tiempo?
No creo que haya evolucionado en absoluto. Siempre he sido igual.
Recuerdo que, cuando tenía diez u once años, hubo un momento en que comprendí que yo no era tan querido como mi hermano. Algo debió de suceder aquel día, porque desde entonces nada ha cambiado realmente.
Siempre he pensado que es mejor intentar conocer a alguien, acercarse a esa persona y ser tan honesto como sea posible, pero, al mismo tiempo, mantenerse alerta. Ser cuidadoso. Ser prudente.
En mi literatura, sin embargo, soy un poco diferente. Quiero que los lectores miren positivamente a mis personajes, que los deseen; y también quiero que mis personajes deseen a otras personas sin preocuparse demasiado por las consecuencias.
Yo soy cauteloso, pero mis personajes no lo son. Están dispuestos a asumir muchos más riesgos de los que yo mismo estoy dispuesto a asumir. No significa que yo no haya corrido riesgos, pero mis personajes son muy francos y tienen una capacidad para arriesgarse que yo no siempre tengo.
Los lugares, las casas y los espacios tienen una presencia muy poderosa en su literatura. ¿Qué necesita tener un lugar para convertirse en algo verdaderamente importante dentro de una historia?
Algunos lugares terminan convirtiéndose, por sí mismos, en personajes.
La casa de Llámame por tu nombre, por ejemplo, se ha convertido en un personaje. Las casas de Variaciones Enigma también son importantes; una de ellas incluso ha desaparecido, se ha quemado.
Y en Idilio sucede algo parecido. Hay lugares que una mujer recuerda de pronto, aunque aparentemente no debería poder recordarlos porque nunca ha vivido allí. ¿Por qué los recuerda?
Ese lugar se convierte entonces en un espacio de memoria para ella. Es como una especie de anagrama de algo que ha vivido, pero que no consigue recordar del todo. Y al final se enfada porque descubre que ese hombre sabe algo sobre ella que ni siquiera ella misma conoce.
Cuando regresamos a un lugar en el que fuimos felices —o infelices—, ¿volvemos de alguna manera a ser quienes éramos entonces? ¿Qué relación mantenemos con los espacios que hemos habitado?
Normalmente, cuando vuelves a un lugar, te decepciona.
Puedes conservar recuerdos maravillosos y, de repente, cuando regresas, no encuentras nada. O todo parece banal comparado con aquello que creías que ese lugar contenía.
Entonces empiezas a preguntarte por qué conservabas tantos recuerdos, porque quizá en realidad no había nada allí, o al menos esos recuerdos no eran tan significativos como imaginabas.
Me ha ocurrido muchas veces. He regresado a lugares de mi vida de los que creía conservar recuerdos fantásticos y, al volver, he descubierto que en realidad no eran lugares tan agradables. Ya no significaban absolutamente nada.
Y te preguntas: ¿cómo puede ser? Se suponía que eran importantísimos y ahora son completamente irrelevantes.
A veces hago fotografías de lugares en los que he vivido o a los que he vuelto muchas veces. Espero que algún día esas fotografías me hablen, que me cuenten algo. Pero no lo hacen.
No dicen nada.
Y eso es decepcionante.
Para terminar: ¿qué significa hoy para usted la palabra idilio?
Mi idea de la palabra procede de idyll, como en Idylls of the King, de Tennyson.
Para mí, un idilio es algo imaginario, o quizá el recuerdo de algo que creemos recordar pero de lo que nunca estamos completamente seguros, porque ya lo hemos transformado.
En otras palabras, no es algo que esté necesariamente fijado en un espacio concreto. Está en otra parte.
Y esa idea me encanta.
Me gusta mucho que este libro se titule Idilio. De hecho, ya había pensado en esa palabra para otro de mis textos. Me interesa precisamente porque un idilio no tiene por qué tener un sentido completamente cerrado. Si intentamos obligarlo a tenerlo, quizá deje de funcionar.
Eso es lo que me gusta del título.
Idilio es simplemente una palabra maravillosa.

