Por Alberto García-Teresa.
Con una cuidadísima edición, abierta por un excelente y extenso prólogo de Andrés Juárez, la editorial Torremozas recupera este peculiar poemario de 1927; una potente singularidad en la poesía coetánea que aúna recreación fantástica con reivindicación feminista. Como complementos, se incluyen ocho poemas de la misma serie no recogidos en el libro, un anexo documental y fotográfico y la deliciosa cubierta original; una sugerente ilustración de Armando Ballester.
Desde el privilegio de su condición aristócrata, Elisabeth Mulder (1904-1987) resultó una mujer que luchó por su independencia. Desde ahí debe leerse también la excepcionalidad de este poemario; como un trabajo excéntrico, de exaltación de lo que está fuera de la común, de lo que escapa de lo normativo. La autora trató de construirse un camino propio que le permitiera desmarcarse de los esperable para su género y su posición económica.
Con esta obra, su primer libro, Mulder se presenta como una autora que se mueve en las coordenadas del simbolismo y del decadentismo con ejes románticos. Entre una atmósfera tétrica y escenarios siniestros, en estas páginas aparecen hechiceras, brujas y vampiras, entre otras mujeres. Los poemas giran en torno a ellas, pero, en la mayoría de las ocasiones, no están presentes en los versos. Los textos se enuncian, generalmente, desde la voz de un hombre que se encuentra totalmente seducido y sometido a una de estas mujeres, bien por amor o bien por deseo sexual. Básicamente, Mulder reinterpreta el tópico de la femme fatale. Las describen, las imploran, constan su devoción. No son pocos los que se dirigen al encuentro con un halo de fatalidad, casi sin voluntad. Sobresale la sensualidad, incluso el erotismo, de las piezas. Sin embargo, escasamente ellas toman la palabra. Sabemos de ellas de manera indirecta pero, sin embargo, siempre son ellas el sujeto que mueve la acción. La posición subordinada y pasiva la ocupan los varones. Ese será una de las más poderosas subversiones de este libro.
A pesar de su diversidad, todas estas mujeres comparten capacidad de poder, astucia e independencia. Su marginalidad o malditismo acrecientan ese poder, pues refuerzan su autonomía. Además, “están en posesión de los atributos de belleza y el conocimiento como fuentes de poder”, nos explica Andrés Juárez. También, llamativamente, el tener ojos verdes a pesar de la diversidad de mujeres que recoge. De hecho, estos ojos constituyen un elemento clave que magnetiza y cautiva.
Así, se plasma una fascinación por lo misterioso para aderezar la vida, como estímulo frente a la rutina. Precisamente, desde ese concepto, la autora (de clase acomodada), se acerca a los arrabales puesto que también se hallan en los claroscuros de la sociedad. En contraste, recoge el anhelo del jardín privado como símbolo del afán de independencia y aparece una lujosa arquitectura decandentista. De igual manera, a pesar de tejer ambientes crepusculares y nocturnos, sugiriendo cierto terror, se puede encontrar odas a la primavera. Con todo, la práctica totalidad de los poemas se construyen con ese esquema, con lo que puede terminar convirtiéndose en algo reiterativo.
En cualquier caso, la lectura de Embrujamiento requiere, no lo obviemos, una resituación del lector, tanto formal como temática, para poder apreciar, desde la «radical historicidad» (que subrayaría Juan Carlos Rodríguez), toda la potencia y transgresión de esta obra. Embrujamiento se trata de un poemario que rompe los estereotipos de la escritura de mujer de su época y, aún hoy, sobresale como una originalísima confrontación con los valores patriarcales y utilitaristas dominantes.

Embrujamiento
Elisabeth Mulder
242 páginas
Torremozas, 2025

