Por Jesús Cárdenas.

Boris Rozas (Argentina) es uno de los poetas más singulares de la poesía española contemporánea. Afincado desde hace décadas en Valladolid, ha construido una trayectoria sólida, reconocible y en constante evolución, donde la experiencia del desarraigo, la música, el cine y la memoria confluyen en una escritura de gran intensidad emocional y depuración expresiva. Autor de más de una veintena de libros, entre los que destacan Ragtime (2012), Annie Hall ya no vive aquí (2019), Lugares a los que volver con el buen tiempo (2022), Rave (2024), Wes Borland aprende a tocar de oído (VI Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez de Coral Gables, 2025) y Después de Bambi (Valparaíso Ediciones, 2026), su obra ha recibido algunos de los galardones más prestigiosos de ambos lados del Atlántico y ha comenzado a proyectarse internacionalmente gracias a la edición bilingüe de After Bambi (Valparaíso USA). Su poesía levanta una cartografía del presente donde conviven la intemperie de las grandes ciudades, la fragilidad de los vínculos humanos y una permanente reflexión sobre la identidad, atravesada por el ritmo de la música y el lenguaje del cine.

 

En apenas tres años has publicado Rave, Wes Borland aprende a tocar de oído y Después de Bambi, tres libros muy distintos entre sí, pero unidos por una misma voluntad de explorar los márgenes de la experiencia contemporánea. A ello se suma una larga lista de reconocimientos —Fuente Vaqueros, León Felipe, Francisco de Aldana, Gonzalo Rojas, Pilar Fernández Labrador, Juan Ramón Jiménez de Coral Gables, America Best Books Awards, entre otros— y la proyección internacional que supone la traducción de tu obra al inglés en Valparaíso USA. Después de tantos años de escritura constante, ¿tienes la sensación de que atraviesas un momento especialmente fértil de tu trayectoria?

Tengo la sensación de ser un autor demasiado prolífico, a decir verdad, lo cual no llego a saber si es bueno o malo literariamente hablando. Si hablamos por percepciones, la vida útil de un libro de poesía no excede de seis meses en la mayoría de los casos, hecho que refuerza la tesis del aprendizaje continuo a través de la escritura, procurando reinventarte con cada proyecto, pero sin perder la esencia de lo que te define. 

Ese equilibrio es delicado porque a veces sientes que tus libros pasan a tal velocidad que no das tiempo al lector o al crítico a posarse con la atención debida en sus páginas. Pero la realidad del sector editorial, especialmente en poesía, es que si no editas no existes. Con esto me temo que contesto a tu pregunta, Jesús. Creo en la continuidad como única arma contra la invisibilidad poética, y eso no es bueno porque te alejas del paradigma que te ha llevado hasta aquí. También es cierto que los premios marcan en mi caso el calendario de lanzamientos, y eso no se puede controlar. Lo malo es que, sin esos posibles premios, la posibilidad real de publicar con cierto margen se reduce de forma exponencial. Eso incluye también llegar a las grandes editoriales. 

Hay algo que distingue tus publicaciones poéticas: partes siempre de la realidad más inmediata, de escenas aparentemente corrientes, de personajes anónimos, de barrios, carreteras o estaciones de servicio, y de pronto esos espacios cotidianos comienzan a dialogar con referentes musicales, cinematográficos y literarios hasta convertirse en escenarios simbólicos. ¿Es una manera consciente de reivindicar que la emoción estética puede surgir con la misma intensidad de una canción de rock, de una película de culto o de un verso de la tradición poética? ¿Qué lugar ocupa hoy la música en tu manera de concebir el ritmo del poema?

Tienes toda la razón y has dado con una de las claves de mi arquitectura personal y poética: el hecho de no perder nunca la capacidad de emocionar y emocionarte con los escenarios sencillos de la vida. De otra forma, tolerar este decorado emocional del día a día se convertiría en algo plano e ingestionable. Sin esa estética minimalista pero potente de la música, la fotografía, el cine, sin eso yo no sería, o al menos no sería lo que soy ahora. La belleza es el ancla de la emoción, la emoción es el artífice del poema. Si algo soy es mi poesía, nada más o nada menos. 

Música y poesía son las dos grandes razones estéticas de mi otro yo, y no puedo entender a la una sin la otra. En todo mi trabajo caminan de la mano, dialogando a su ritmo y a su debido tiempo, con una capacidad de entendimiento que trasciende lo meramente literario y se transforma en un modo de vida. En un hipotético eje de coordenadas existenciales, ambas estaban destinadas a confluir de una forma u otra, siempre lo he sabido. Creo que es algo que distingue para bien mi modo de entender la poesía, o conforma un estilo propio, si quieres decirlo así.

Comenzando la lectura de Después de Bambi por sus páginas finales, me detuve en un poema tan breve como demoledor que dice «El hombre que pretende engañar al tiempo / poniéndose de perfil, / pero no le quedan veranos / con los que atizar / el fuego». Apenas estos versos condensan la conciencia del desgaste, del paso del tiempo y de la imposibilidad de seguir fingiendo que nada cambia. En tu poesía el presente aparece como un territorio donde el individuo mide constantemente sus pérdidas. ¿Crees que escribir consiste en aceptar que el tiempo siempre acaba venciendo, aunque el poema pueda conservar durante un instante aquello que la vida termina borrando?

Escribir es aprender a relacionarte con el mundo, de una forma consciente y lo suficientemente indolora como para ser capaz de sobrellevar el peso de la existencia. La pérdida es sólo uno más de sus vértices. La poesía es uno más de sus refugios. 

Entrar en el territorio del tiempo es afrontar la realidad con una mirada objetiva y vinculante, pero no necesariamente negativa, más bien como un ejercicio de introspección que usa la escritura como elemento catártico. Es una forma de aceptación, en efecto, pero a la vez una salvaguarda para los que la aceptamos como compañera de vida. 

Wes Borland aprende a tocar de oído posee una de las arquitecturas más sugerentes de tu obra. La música, el cine y la literatura entrelazados, pero bajo esa superficie cultural late una reflexión mucho más profunda sobre la herencia, el aprendizaje y la identidad. Pienso especialmente en estos versos: «Wes Borland aprende a marchas forzadas / por varios estados del país, / su padre tocaba blues en la iglesia / con la truncada partitura / de los barrios pobres». El padre, el blues, la precariedad y la transmisión conforman una escena casi fundacional. Me pregunto si este libro nació más desde la intuición que desde un proyecto racional. ¿Confías en que el poema encuentre por sí mismo el camino mientras escribes o acostumbras a construir una arquitectura previa que luego vas llenando de imágenes y resonancias?

Entiendo que soy bastante visceral a la hora de escribir, no tan sistemático, aunque claro está se parte siempre de una idea primera como leit motiv. En el caso de Wes Borland aprende a tocar de oído, como tú bien señalas, retomo la dinámica esbozada en Rave (Olifante, 2024) de la génesis de los procesos de aprendizaje, tanto propios como adquiridos. En efecto, empezar a tocar música o empezar a escribir son actos sagrados y fundacionales. Hacerlo con esa partitura truncada le añade aún más valor al empeño. 

Yo crecí en un barrio de clase trabajadora, con una arquitectura personal compleja, donde tratar de crear se consideraba mayormente una pérdida de tiempo. Luchar contra ese estereotipo heredado creo que es uno de los retos más difíciles de superar. Si esa lucha te ayuda además a entender mejor tu propia realidad, el empeño está más que justificado.

La estructura tripartita de Wes Borland aprende a tocar de oído —«Detrás de nosotros todo está gris», «Paralaje» y «Auge y amparo de las bestias»— parece describir un lento proceso de desplazamiento identitario. Tus personajes viven entre fronteras, como extranjeros incluso allí donde creen haber encontrado un hogar. Es difícil no detenerse en versos como «Provengo del sauce negro de los estados centrales» o «Las ciudades están llenas de locos / con revólveres de espuma». Hay una sensación de extrañamiento que termina convirtiéndose en una forma de pertenencia. ¿Piensas que la condición del extranjero, más que una circunstancia biográfica, constituye una actitud moral desde la que observar el mundo con mayor lucidez?

Cuando uno se siente extranjero a todas horas, como es mi caso, es relativamente fácil encontrarte reflejado en tus propios textos, lo complejo es tratar de conseguir que el lector se identifique con esa sensación de desencanto y de no encaje. Las ciudades me abruman por su velocidad y eficacia despiadada, su despersonalización absoluta. Mantener la suficiente lucidez para no perderse es un asunto de estado para el poeta. 

No sé si soy el extranjero de Camus, pero a veces me siento como tal. 

Hay un poema especialmente revelador porque funciona casi como una declaración de principios: «A un sonámbulo y a todos / les diría que no busquen / mi alma / en la solapa de estos libros». Esa afirmación cuestiona una idea muy extendida entre los lectores: la de identificar sin matices al poeta con la voz que habla en sus poemas. Sin embargo, tu escritura parece apoyarse precisamente en el desplazamiento, en el personaje, en la máscara, en la ficción emocional. ¿Hasta qué punto desconfías de la poesía entendida como mera confesión autobiográfica? ¿Necesitas inventar otras voces para acercarte con mayor honestidad a aquello que verdaderamente deseas contar?

La poesía evoluciona a la par que el autor, eso es indudable. A veces me cuesta reconocerme en mis primeros poemarios, pero si lo piensas es muy lógico. Cambian la manera de ver el mundo, la forma de explicarlo, el lenguaje formal, el metafórico, los escenarios, las aspiraciones. Pero lo que subyace es el regreso a una sensación cuasi inexplicable que algunos llaman inspiración, aunque yo prefiero hablar de nuevos puntos de partida. 

Claro que todos los libros de poesía tienen algo —mucho— de autobiográfico, pero eso no significa que nuestros denominadores comunes no sean los mismos, y nuestros patrones se vuelvan reconocibles con la costumbre o el paso del tiempo. Sí es cierto que a veces he sentido la necesidad de utilizar otras voces diferentes a la propia (Las mujeres que paseaban perros imaginarios, por ejemplo), pero sólo como vehículo para llegar a las mismas conclusiones y como constatación de unos principios. 

Sí creo en el valor de la honestidad plasmado en la poesía, y en general en el arte y en la vida, algo que se está perdiendo sin duda en nuestro tiempo. No quiero otros influencers que los poetas o verdaderos creadores, y es perentorio que recuperen el puesto que merecen. 

En uno de los poemas escribes: «Es hora de hacer poesía / como hacen el amor los extranjeros, / con crudeza y gestos oscuros de museo». Me parece una de las imágenes más poderosas del libro porque convierte el acto de escribir en una experiencia de desarraigo, de vulnerabilidad y también de riesgo. Poco después afirmas: «El poeta es a todas luces un vientre / de alquiler / donde resguardar los sueños bajo llave». Hay ahí una concepción profundamente ética del poema como espacio de acogida para aquello que no encuentra lugar en ninguna otra parte. ¿Qué responsabilidad tiene hoy el poeta frente a una realidad marcada por la violencia, la velocidad y el ruido permanente? ¿Sigue siendo la poesía un refugio o ha pasado a convertirse, más bien, en un lugar desde el que incomodar la mirada del lector?

Creo que ambos puntos de vista no son excluyentes. Ser refugio y altavoz al mismo tiempo no deja de ser una oportunidad que no se puede dejar pasar, y mi compromiso como poeta en este caso es ineludible. Como he mencionado, los derroteros del mundo no son los deseables, no nos lo ponen fácil a los que creemos en la bondad como bien supremo del hombre, cuesta reconocerse en un entorno tan hostil y desbocado, donde nadie es quien dice ser, donde nadie está donde quiere estar. 

No sé si la poesía es esa arma cargada de futuro del que tanto nos han hablado, pero sí entiendo que necesita estar mucho más presente de lo que está en estos momentos. Por ello, me permito invitar a todos vuestros lectores y seguidores a acercarse a ella sin ningún tipo de complejo. No hace falta entenderlo todo; basta con dejarse acompañar por las palabras y descubrir lo que despiertan en cada uno de nosotros.

Se advierte que la sección «Auge y amparo de las bestias», nacida en Wes Borland aprende a tocar de oído, continúa transformándose. Lo interesante es detectar su evolución desde el motivo hasta el cauce expresivo. Allí donde antes predominaba el versículo, ahora aparece una escritura mucho más próxima a la prosa poética, con un fraseo más narrativo y una sintaxis que parece expandirse para acoger nuevas historias. No da la impresión de que se trate de un mero cambio formal, sino de una consecuencia natural de la evolución de tu mirada. ¿Qué ha cambiado en tu manera de escribir para que el poema necesite ahora ese espacio más amplio? ¿Sientes que determinados asuntos del presente ya no caben en el molde del verso breve y reclaman una sintaxis más abierta, más narrativa y más cinematográfica?

En efecto, es una consecuencia lógica del desgaste del discurso, y de la necesidad de encauzarlo en otras direcciones cuando tu propia huella se va desvaneciendo. Reinventarse es algo bueno y necesario, creo que te hace evolucionar como persona y como autor, más allá de una estética u otra, y te congracia con esa narrativa personal que te sirvió en su momento como detonante. 

Auge y amparo de las bestias” es una crítica feroz hacia la pérdida de la esencia del ser humano, desnaturalizado por su entorno y su falta de valores. Piel con piel y números primos, no puede tratarse sólo de eso, Jesús, ese vacío se haría insostenible. 

Después de Bambi me parece uno de esos libros que construyen una auténtica geografía emocional del desarraigo. Carreteras secundarias, moteles, fronteras, suburbios, parques de atracciones abandonados, estaciones de servicio o parques zoológicos forman una cartografía donde los personajes parecen desplazarse continuamente sin terminar nunca de llegar a ninguna parte. Bajo esa superficie aparecen cuestiones mucho más profundas: la violencia, la memoria, la paternidad, la precariedad de los afectos y la dificultad de encontrar un lugar al que llamar hogar. Pienso especialmente en «Niños del Zoo», donde escribes: «Hay dos colas para lanzarse / por este desfiladero». Es una imagen brutal el convertir la normalidad en una forma de precipicio colectivo. ¿Crees que el poeta tiene la obligación de mirar de frente esa violencia cotidiana que el discurso público termina naturalizando, o basta con insinuarla para que el lector complete el resto?

Creo que lo profundamente decadente es ponerse de perfil ante la realidad que nos rodea, con esa visión de túnel tan carente de principios y decencia. Por mis estudios de Filología Inglesa, y por muchos de mis referentes poéticos de esos años, Estados Unidos siempre ha sido mi particular locus amoenus en la voz y en la palabra. Sin embargo, actualmente es un constructo absolutamente en decadencia, cínico, megalómano, icono de muchas desigualdades que estamos importando peligrosamente a las sociedades europeas. 

Billy Collins dice en uno de sus poemas que la juventud actual danza con los ojos cerrados, ajena a los aledaños de la muerte. Con esa cotidianeidad tan espeluznante, yo reivindico una nueva clase de empatía hacia los desfavorecidos a través de la sensibilidad única de la poesía, no desde el desarraigo, sino desde la comprensión del fenómeno. En este sentido, Después de Bambi (Valparaíso, 2026) es un intento que nace con esa vocación ineludible, sin complejos, simbolizando además el final de mi trilogía poética norteamericana (Ragtime, Annie Hall ya no vive aquí). 

Llama la atención en Después de Bambi el modo en que construyes personajes. Son figuras quebradas, supervivientes de una época que parece haber extraviado cualquier promesa de futuro. En «Rodeo», por ejemplo, la memoria acaba reducida a una imagen de enorme tensión: «Así como esa trama se contrae / con la voz ante el gatillo, / la ceniza recorre el puente / para dejarse caer / sobre el río». Tus poemas poseen una innegable dimensión narrativa, pero nunca terminan de contar una historia completa. Siempre dejan zonas de sombra donde el lector debe intervenir. ¿Te interesa precisamente esa escritura fragmentaria, donde el silencio resulta tan importante como aquello que finalmente se dice? ¿Hay una influencia consciente del lenguaje cinematográfico en esa forma de construir escenas abiertas?

El cine me fascina y es cierto que condiciona en cierto sentido mi forma de expresión. Valga la comparación, creo que mis personajes sobreviven en un permanente travelling de imágenes y situaciones revestidas de la crudeza necesaria para que el lector afronte los demonios del poeta como suyos. 

Siendo pocos como somos, poetas y espectadores sí que podemos contribuir a una lenta transformación del paradigma. No es una reivindicación de la poesía como arma social, que también, sino más bien una demanda de la atención y sensibilidad que el género se merece. Pasan los años y el papel de la poesía sigue siendo residual, un lujo para unos pocos entendidos, no una forma poco común de resistencia.

En «Gringos» encontramos una de las metáforas más logradas del libro: «Gringos luciérnaga que manejan sus viejos autos / desde lo que les resta del miedo». Me interesa mucho esa imagen porque el automóvil, la carretera y el paisaje norteamericano aparecen constantemente en tu poesía, pero nunca como simples referencias culturales; son espacios donde se ponen en juego la identidad, el miedo y la esperanza. Hay una América muy distinta a la de los grandes mitos cinematográficos: una América periférica, vulnerable, profundamente humana. ¿Qué representa realmente ese imaginario estadounidense en tu escritura? ¿Es un territorio físico que has hecho simbólico o una metáfora de cualquier sociedad contemporánea que vive entre la promesa del sueño y la certeza de su fracaso?

Abundando en una respuesta anterior, vivir en los márgenes de la vida es una sensación que el poeta experimenta en sus propias carnes en algún momento de su periplo literario. Es por ello que no se me hace complicado empatizar con propuestas que se acerquen a la exploración del desarraigo. 

Yo nací en América Latina, esa otra América, y tengo muchos amigos poetas que afrontan con resignación este sentimiento de vulnerabilidad, de complejo históricamente infundado. ¿Quién puede decir que nuestras sociedades modernas no han fracasado de forma estrepitosa? ¿Quién en su sano juicio no hubiera deseado un modelo de convivencia más humanista? No es altruismo o filantropía, es sentido común. No comulgo con el yoísmo como forma de entender la vida, tampoco la literatura. Y lo veo y no dejo de verlo, y eso me preocupa.

Hay un poema especialmente incisivo, «Golden Sauna», donde afirmas: «América, yo no te perdono». Resulta inevitable pensar en el célebre poema de Allen Ginsberg, pero en tu caso esa apelación parece menos generacional y más existencial. El poema cuestiona el dinero, la identidad, el privilegio, la violencia y las falsas promesas del progreso. Incluso cuando el hablante afirma que podría vender su apellido, la ironía deja al descubierto una crítica mucho más amplia al mercado de las identidades contemporáneas. ¿Hasta qué punto sientes que tu poesía dialoga con una realidad política concreta y hasta qué punto prefieres que esas lecturas nazcan únicamente del lector? ¿Debe el poema tomar partido o basta con mostrar las grietas del mundo para que la conciencia haga el resto?

No creo que la misión de un poeta sea tomar una iniciativa ideológica concreta o tratar de dogmatizar, pero también creo firmemente que la poesía es un cauce apropiado para la denuncia que no debe desdeñarse. Un escritor no es ajeno a su tiempo y circunstancias, alzar la voz para denunciar lo no tan obvio es una obligación moral. Ojo, siempre con unos mínimos literarios que deben respetarse, no lo olvidemos. No todo vale en poesía, aunque las formas actuales apunten a lo contrario.

Pero el poder de la palabra es irresistible e inmediato, tanto como tú como lector quieras que sea. Si has llegado hasta aquí, no te quedes en la puerta y explora todas las vertientes del discurso literario, elige la que más te represente y te haga disfrutar. Si es la mía, mejor aún. 

Uno de los poemas que más me ha impresionado es «Larry Mullen». En él aparecen uno de los grandes motivos que recorren toda tu obra: ese permanente deseo de alcanzar un lugar prometido que nunca termina de revelarse. Como una imagen de tu propia poética, escribes: «El fuego pernocta y sobrevive en los restos». Tus personajes viven entre ruinas, pero nunca dejan de conservar una mínima brasa de esperanza. Me pregunto si esa tensión entre devastación y resistencia constituye el verdadero centro de tu poesía. ¿Escribes para documentar la derrota del ser humano o, precisamente, para demostrar que incluso entre los escombros sigue existiendo una posibilidad de salvación?

Sin excesos dramáticos, sí creo en la derrota momentánea como catalizador y acicate para continuar en la senda, en este caso literaria. Ningún poeta vive de la poesía, si me permites la generalización, pero el hecho de llevar más de 20 años escribiendo y publicando, indica de alguna manera que uno ha sabido reinventarse tras la derrota. Eso es bueno, primero porque te ayuda a mejorar, y segundo porque te enaltece como ser humano. 

El día que no sienta ese fuego en mi interior, será el primer día que me plantee seriamente alejarme de la escritura. De momento, sigo sintiendo que mi vida respira más despacio a través de la poesía. De momento, sigo necesitándola más que a casi todas las cosas que me han puesto por delante. 

Para terminar, más allá de sus referencias musicales, cinematográficas o literarias, tus últimos tres libros parecen compartir un hecho que deduzco: no ofrecen respuestas cerradas ni consuelos fáciles; exigen una lectura activa, casi física, y nos sitúan frente a un presente donde conviven la belleza, la violencia, el humor, la melancolía y el desarraigo. Quizá por eso tu poesía resulta tan profundamente contemporánea. Me gustaría concluir preguntándote por el futuro. Después de Rave, Wes Borland aprende a tocar de oído y Después de Bambi, ¿hacia dónde sientes que se dirige ahora tu escritura? ¿Seguirán las huellas de los últimos libros o intuyes que el próximo poemario abrirá un territorio completamente distinto?

Es cierto. Como poeta, mi deber es convertir la herida en verso de la manera más indolora posible, sin sentar falsas cátedras. Para ello, me gusta involucrar al lector en esa búsqueda común de respuestas ante las preguntas esenciales. Al final, se trata de un diálogo tácito entre el que escribe y el que lee, de conclusiones abiertas, como tú bien señalas. Muchas veces te relacionas con los lectores y te sorprenden con perspectivas que ni siquiera tú te habías planteado. Es una relación profundamente enriquecedora. 

Respecto a la segunda parte de tu pregunta, lo cierto es que no me planteo cuestiones tan amplias, me basta con saber que de momento sigo disfrutando del camino y sus aledaños. Sí me gustaría, sirva como pequeña reivindicación, que los poetas disfrutáramos de más apoyo institucional para cuestiones mayores (Ferias del Libro, Congresos, Encuentros, espacios de lectura…), y de paso que nuestro género fuera mucho menos endogámico y cainita, sirva como autocrítica. Creo que esto último limita mucho nuestras posibilidades como colectivo, y sirve para que determinados círculos no se renueven lo suficiente. 

La falta de apoyo no es sólo un mal de la poesía, conste, pero en lo poético y en determinadas plazas, siento que no somos justamente tratados. Los techos de cristal también existen en el gremio de los poetas, y duelen de igual forma. No se trata de creerte mejor o peor que el resto, sino de tener las mismas posibilidades, buscando tu propio espacio sin tener que perjudicar a los demás. De lo contrario, siempre seremos víspera. 

Un último pensamiento en voz alta, Jesús: los poetas no pretendemos cambiar el mundo de golpe, pero sí hacerlo de mirada en mirada, de lector en lector. Y cuando una mirada cambia, creo que puede empezar a cambiar todo lo restante. Me quedo con eso.

 

Selección de poemas

 

Spider-Man

Ruido social en torno al que apodan
el hombre-araña de Ciudad de Méjico,
estudiante voraz apenas reconvertido
en padre de familia forzoso
ante la ausencia del titular por fallecimiento.
Tierra habitada este regreso,
o hago ya el esfuerzo de permanecer camuflajeado
en forma del otro,
o el otro en esta ausencia
nos lleva por delante a mí y a los míos,
a los tuyos,
a tus barcos y los míos,
al triste pozo de los campos secos por abandono
al superhéroe como metáfora, los contratos
a punto de ser vencidos,
las vidas a plazos
a las que yo solo conozco apenas por el nombre.
Me merezco usar ese traje:
al alba, sumisa la recua con la fortaleza
de los mil bueyes,
tendido el hombre-araña en su red
de hipocampos, definición del mejicano
que no importa de aranceles
sino de efigies,
que enciende la misma vela
un día y otro,
jugando con las cartas marcadas
aún habiéndose muerto de golpe.

 

Niños del Zoo

Hay dos colas para lanzarse
por este desfiladero:
una, la de los huérfanos, tullidos, enfermos,
enfermos mentales, desahuciados, morosos,
aquellos que lo fueron dejando…
Otra, la de los arrepentidos en el metro,
los suicidas,
las niñas violadas, los ladrones,
los que no escogieron,
los artistas…
No seré yo quien te obligue
a habitar la vida,
pero acostúmbrate a la velocidad
y finge encontrarte
en aquel banco
junto a las ausencias. 

 

Lovers go home

En invierno la noche y el amor
son el billete hacia lo perpetuo,
frágil caligrafía
vadeada por hombres
sin patria alguna,
estirpe de miradas
que rodean
lo que no existe y nos invade.
Mi ciudad es silenciosa
sus casas demasiado altas.
Caen los días, se suicidan uno tras otro,
dejando la misma marca
sobre la acera.
Los pinares escondidos
huelen la sangre de los ancianos,
aguardan
el lento declinar de las hojas.
Cuando fuimos en otras vidas
anteriores a esta que nos mece.
Desde mi pie en el estribo
sobresale el tiempo
que conjuga
y de lejos a veces
te menciona.

Lovers go home
el poeta en llamas reaparece,
quizás ya sabiendo
que lo era.