APRENDER A HABITAR EL TIEMPO
Por Manuel Toranzo Montero.
La primera vez que supe de Carlos G. Munté fue por la entrevista que le hizo Alejandro Bellido en su podcast El rugido del tigre. Me pareció buena gente. Me sentí identificado con él porque, como yo mismo, Carlos entró en la poesía por la puerta del malditismo, pero pronto descubrió que era una pose. A mi mujer, que escuchó conmigo la entrevista en el coche —sí, es sorprendente que amenizando los viajes de esta guisa no me haya pedido el divorcio—, también le cayó bien. A los pocos días, tenía Las horas terribles (La Isla de Siltolá, 2026) en mi casa.
Horas terribles son las de la abstinencia, los fantasmas del pasado o la autodestrucción. Horas nocturnas en las que la oscuridad amenaza con invadirlo todo. Por eso, solamente elevándonos sobre ellas, aprendemos a habitar el tiempo. Las horas terribles narra el proceso de asumir aquella parte de nuestra historia que no podemos cambiar, pero con la que tenemos que aprender a convivir. Una clave del libro es ese tránsito de sobrevivir a vivir. Para ello, Carlos G. Munté apuesta por una mirada que convierte la propia vida en poema.
Así pues, a pesar del título, estamos hablando de un libro luminoso. Pues la oscuridad no remite al presente, sino al pasado, que funciona como un fondo contra el que se percibe la claridad del ahora. A lo largo del libro, por eso mismo, encontramos una mirada retrospectiva del sujeto poético hacia el hombre que era. En Ser, el sujeto poético reniega de los consejos de los que hablan sin tener en cuenta sus circunstancias y concreta aquel pasado en dos imágenes de estancamiento, de destino abortado: “siempre procuré beber mucho / y pensar poco (…) como un migrante que trepa la valla / pero sigue siempre / en el mismo lugar / como suicida que salta / pero nunca / cae”. El autoanálisis se vuelve más frío en Ahora soy, donde el autor observa a otros hombres que fuman y beben, pero sabe que esa vida, para él, ha terminado: “la doble distancia del que aun sabiéndose cerca / no puede volver”. También notamos el miedo de que, tras el cambio de vida, lo que quede sea la nada, la imposibilidad de reconocerse a sí mismo: “ahora soy ese hombre / que mira a otro hombre en el espejo / y no ve nada”. Es natural la incertidumbre. Esta angustia ante nosotros mismos, ante nuestras posibilidades, recuerda a una afirmación de Nietzsche: “el peor enemigo que puedes encontrarte serás tú mismo; a ti mismo te acechas en las cuevas y en los bosques”. Porque, más allá del imperativo pindariano (“Llega a ser el que eres”) que vertebra toda vida, está el riesgo de no cumplir, de quedarse en la orilla, de convertirnos en un fantasma de nosotros mismos. Lo humano es intentarlo y la propuesta de G. Munté es construir una nueva identidad a partir de sus propias cenizas. No se trata de olvidar al hombre que fuimos, sino de reconocerlo, pues el reconocimiento es el requisito para trascenderlo.
Ese hombre que ya no somos, siempre lo seremos. Es ese lado oscuro de la luna del que se habla en el poema The darkside of the moon. El pasado es lo que fuimos y, en tanto que lo fuimos, nos constituye. Pero sería un error seguir siendo lo que ya no somos. La propuesta de Las horas terribles es volver al pasado para entenderse a uno mismo. Así, de una relación tóxica con la memoria —que se ve en algunos poemas—, se llega a la reconciliación. En “Una luz infinita” se habla del volátil brillo de la vida nocturna (“el voraz destello del último trago / otro de tantos”). Frente a la fugacidad de esta luz encontramos la de lo que permanece: el tiempo presente, cotidiano, del que se habla en Tempus fugit (“ese tiempo diminuto / que disimuladamente / se nos escapa por entre las manos […] es el mismo que pronto / convertirá en polvo/ a catedrales / y jardines”). El tiempo verdaderamente importante no es el de las grandes experiencias, sino el de las pequeñas cosas. El sujeto poético toma clara consciencia de esto con el último poema:
aquí, ahora, trato de no moverme;
quisiera dejar las cosas quietas donde están
que aquello que más estimo no se deslice lentamente
hacia el pasado.
¿Y cuáles son esas cosas? Se concretan fundamentalmente en el amor a la mujer y al hijo. Porque ese amor es el ancla que permite dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro. Así, la paternidad se convierte en tránsito hacia una nueva vida. Sin embargo, tampoco estas horas están exentas de miedo: la vida siempre es una modulación entre luz y oscuridad. En Pesaje el amor al hijo nos revela también el miedo a perderlo:
como quien pisa desnudo un bosque en llamas,
sujetar a un recién nacido;
[…]
y sentir el peso de la vida
y sentir el peso del miedo a la muerte.
Miedo a la muerte no solo del padre, que se perdería el crecimiento del hijo, sino también, y más terrible aún, a la del propio hijo. La luz nunca elimina del todo la oscuridad, pero posibilita una oscuridad distinta. Por eso, hay que vivir desde las horas corrientes. Ese tiempo diminuto es el decisivo. Los lunes, martes, miércoles. Los días normales de los que habla Iribarren en un poema (“Llegan / y se van sin hacer ruido / como buenos / clientes”). La poética de G. Munté se construye a través de esos días. Horas mínimas en que la vida no aparece con grandes revelaciones, sino en la mirada del niño que descubre el mundo, en los libros que nos acompañan o en la mujer que amamos y acaba de salir de la ducha. Así, en Miércoles, el autor dice:
tu cuerpo desnudo
saliendo de la ducha;
agujerea un rayo de luz
las negras nubes que encapotan
el cielo y con delicadeza
te viste de sol.
relamo en mi hocico
las ganas de ti
[…]
a veces, la vida, parece ponerse
de nuestro lado.
Quizá la pista para entender la poética de G. Munté aparezca en Esto no es un poema: “me digo que la inspiración es esto que está pasando y juntando a desgana pobres palabras que no se dejan, saco adelante este poema”. Hay que currarse el poema como se curra la vida, ensuciar la página en blanco con los retazos que nos procura el día a día.
Otro poema que condensa las intenciones del libro es La noche más larga. En un tono más conceptual, el autor dice: “nada hay que encienda más la vida / que sobreponerse a la oscuridad, / nada que la corrompa tanto como rehuir / su claridad”. La luz no vence a la oscuridad, la atraviesa. Decir que las horas terribles no existen es mentir. Siguen formando parte del sujeto, pero ya no gobiernan su tiempo, colmado ahora por las pequeñas cosas. Olvidar los hechos mínimos que constituyen nuestra vida sería renunciar a lo que somos. Este libro habla del triunfo de las horas corrientes sobre las terribles. Lo crucial es el rumor de la vida cotidiana: esas horas luminosas con la mujer, con los hijos, con nosotros mismos. Las horas terribles cuenta cómo un hombre rescata el presente después de haber estado atrapado en un tiempo oscuro. Es la historia del hombre que aprende a habitar el tiempo.

