Por Pablo LLanos.

Lo confieso. No sé qué decir del poemario Agua sin voz, de Ana Meucci. Mientras lo pienso, voy a dar unos datos objetivos. Agua sin voz ha sido publicado por Piezas Azules en septiembre de 2026 y su autora, Ana Meucci, se estrena (y de qué manera) con su primer libro que, además, está ilustrado por ella misma. Y ya. Llego al final de la información básica y sigo dubitativo.

Pero ¿por qué un crítico o un reseñista debe mostrarse convencido de lo que escribe? ¿Acaso no trata de eso la literatura? ¿De dejarte levemente insatisfecho? ¿De hacer que te cuestiones? ¿Acaso no trata de eso la poesía? De dejarte dudando, trastocado, de abandonarte en mitad de un proceso de transformación para que sigas tú solo y llegues a un lugar que no imaginas, quizás convertido en algo que no sabes qué es.

Ana Meucci ha utilizado un lenguaje tan mínimo, cuidado y seleccionado con tanta alevosía que consigue que la lectura se fije en la belleza de unas formas sencillas que, sin embargo, parecen difusas. Unas líneas básicas que consiguen el efecto al que aludía Walter Benjamin respecto al arte. Los poemas de Agua sin voz abren respecto al lector una distancia, una distancia que vibra.

es algo que viaja / tiembla, supura / en los tonos / en los pasos

Afortunadamente, es habitual entre poetas que incluyan ciertas instrucciones de uso en sus obras. Ana Meucci nos proporciona dos. Una de ellas es el primer poema del libro, colocado estratégicamente antes de empezar la primera de las cuatro partes que lo componen. Un poema al que será recomendable volver al finalizar cada una de ellas y comprobar si las palabras están cumpliendo con su tarea.

la tarea es precisa / guardar en un sobre los puntos / donde quedó enlazada la mirada / limpiar el tiempo viejo a las alforjas y erigir un muelle / que sea tempestad / y sea faro / astillero / y fondo de mar

La segunda forma de guiarnos son las citas. A veces, los poetas utilizan las citas para ayudar al lector a entender, para darle claves que en la prosa son más sencillas de incluir dentro del texto. Uno o dos epígrafes dan paso a los poemas de cada parte. Paul Celan, Clarice Lispector, Hugo Mújica, Ocean Vuong, Hanni Ossott, Li-Young Lee, Armando Rojas Guardia. Como bien señala Natalia Litvinova en el prólogo, todos ellos autores con biografías desplazadas. No puede ser, y no es, una coincidencia.

Otras veces, los poetas se apropian de poéticas, de versos ajenos. Hay quien lo llama canon personal y lo incluye en los epígrafes. Ana Meucci los necesita para apuntalar un texto tan líquido, como diques de contención de los poemas. Pero no son apropiaciones a la manera que estamos acostumbrados. Ana Meucci no ha robado versos a esos autores (quizás sí, no lo sé, no lo he notado), se ha apropiado de sus silencios. De los silencios de la poesía de Hugo Mújica, de Ocean Vuong y de Celan. Esos mismos silencios están en «Agua sin voz»; solo hay que leerlos con atención. En ocasiones, como decía el también arquitecto Hiroshi Nakamura: «Uno solo percibe el silencio cuando esperaba ruido».

se enfría el silencio / bajo los pies / respiro su inmovilidad /
y me abro / su terrumbre / alimenta

Entre las muchas cosas que Ana Meucci hace caer del lado del silencio están las preguntas. Los poemas nos ofrecen respuestas a preguntas que no nos deja ver, escondidas en la parte trasera de los ojos o de los espejos:

no son / las ranuras de la infancia / tampoco la lluvia / o las ventanas en la lluvia /
es algo / que respira / entre la ribera de algún sueño / y el temblor de la memoria

Quizás de ahí mi dificultad para reseñar. ¿Se pueden reseñar los silencios? ¿Es posible describir una bandada de estorninos por el estornino que falta? No sé si es posible definir una isla por todo lo que no es isla: ¿las mareas, los supervivientes del naufragio que no llegaron a su costa? Nunca he sabido qué contestar cuando me preguntan: ¿Qué te llevarías a una isla desierta? Quizás un poemario silencioso.

Ana Meucci, no arquitecta y arquitecta de formación, ha construido un poemario con materiales sensibles: una lírica contenida y, a la vez, orgánica y fluida para adentrarse en la corriente poética del silencio. Y hay algo que logra, algo difícil de transmitir con otras palabras que no sean las que ha utilizado con meticulosidad. Logra unos silencios tan nítidos y resonantes que quien lee se siente tan pequeño junto a ellos que pareciera que fuera posible caminar entre las palabras del poema, recorriendo sus espacios como si fueran avenidas. Y así, avanzar admirando la textura rugosa de la palabra roca o pasar la mano por la superficie lechosa de sedimento. Caminar de una palabra a otra, como quien va de casa en casa con un manojo de llaves desconocidas e ir probando si abre alguna puerta de significado. Comprobar, de vez en cuando, que te puedes colar por la ventana abierta de ojo y caer hacia dentro y que en su interior te encuentres muelle. Algo así. Hay palabras hogar como hay palabras cárcel y palabras hospital y palabras oficina de correos. La cuestión es que Ana Meucci tiene la llave y nos pide que la acompañemos hasta la palabra hogar. Llegaremos sin problemas si es que al cruzar un paso de cebra no nos arrolla un silencio. Dice Litvinova en el prólogo (otro dato objetivo que había elidido) que leer estos poemas produce algo parecido a una suave alucinación. Pues eso.

(Pido disculpas por el exceso verbal del párrafo anterior. Si alguien ha leído ya Agua sin voz y espera que esta sea una de esas reseñas que, contagiada por el estilo del libro, lo imita, sin duda, no ha llegado al texto de sus expectativas.)

No sé cómo he llegado hasta aquí y tampoco sé de dónde partí. Si hay algo importante que la autora deja en silencio en un poemario sobre el tránsito es el destino y el origen. No sabemos qué se transforma en qué. No sabemos quién parte de qué sitio y llega a dónde. Tampoco qué es lo que se degrada y en qué tipo de ruina se convierte. Solo intuimos el proceso.

El desplazamiento, la transición de una forma de vida a otra, la evolución, la crisálida, la mutación, la degradación, la degeneración de la materia, el enruinamiento. Todos esos procesos laten en los poemas. Quizás por esta desorientación, las certezas antes de abrir el libro mutan a dudas después de la lectura. Ni siquiera sabemos si la transformación es para bien, como en la evolución o la crisálida, o para mal, como en la degradación, la ruina, el desplazamiento. Un poemario cuyos muelles son los extremos de la vida, terminales de llegada o de salida. Quien llega a él sabe que está de paso.

nos arrastra / sobre un océano dormido / mientras soñamos otra lanza, otra lluvia / otro muelle / otro azul