JOSÉ LUIS MUÑOZ

Confieso una debilidad absoluta por la británica Naomi Watts (Shoreham, 1968), que me gusta en todas sus películas y que muchas veces voy a ver estas porque veo que ella aparece en el reparto. Un amor platónico que hago extensivo a Mónica Belluci, Eva Green, Hellen Mirren o Enma Thompson. Esa mujer de físico frágil y cabeza inteligente acaba de recibir el premio Donostia a toda una carrera que se inicia cuando David Lynch se fijó en ella para protagonizar la muy inquietante Mullholand Drive, una de las mejores películas del director marciano al que tanto echamos de menos los cinéfilos, en su doble papel de Betty Elms y Diane Selwyn. En ese film hipnótico, que no me canso de ver, la Watts desplegaba su extraordinaria sensualidad y ambigüedad sexual ante Laura Harring, la morena del tándem protagónico.

La actriz de belleza sin par y elegancia de otra época, no lo tuvo nada fácil en su vida. Su padre, un técnico de sonido de Pink Floid, los abandonó y su madre hippie se trasladó a Australia en donde transcurrió la vida de esta actriz a salto de mata por el escaso poder adquisitivo de su progenitora. Naomi se considera hija de esos dos países.En Australia empezó a hacer sus pinitos interpretativos en series de televisión y en una película, Flirting, junto a la australiana Nicole Kidman. Con Mullholand Drive ganó en 2001 el premio a la interpretación de la Sociedad Nacional de Críticos de Cine. A ella siguieron la versión norteamericana de la película de terror japonesa The Ring, Ned Kelly, Le Divorce, un film bastante anodino de James Ivory, y la intensa y dramática 21 gramos a la orden del mexicano Alejandro González Iñarritu —volvió a actuar a sus órdenes en Birdman— con la que ganó un premio Bafta.

La Watts pataleaba en la inmensa mano del enamorado King Kong en la versión que hizo del gigantesco gorila Peter Jackson, sin duda su película más comercial. Con peluca morena, que no le sentaba nada bien, interpretó el drama romántico ambientado en Extremo Oriente El velo pintado sobre una novela de William Sommerset Maugham con Edward Norton y quien fuera su pareja, y padre de sus hijos, durante once años Liev Schreiber. Luego la cogió otro de los grandes del cine, David Cronemberg, para Promesas del Este, el violento thriller protagonizado por un mafioso ruso con los rasgos de Viggo Mortensen. Y otro monstruo del Séptimo Arte, el austriaco Michael Haneke, la somete a tortura en la durísima versión norteamericana de Funny Games como mujer de Tim Roth, ambos víctimas de un par de odiosos psicópatas con la cara de Michael Pitt y Brady Corbet, que luego dirigiría The Brutalist. En 2010 se puso a las órdenes de Juan Antonio Bayona para rodar Lo imposible, filme de catástrofes y supervivencia sobre el tsunami que arrasó Tailandia, y un año más tarde a las de Clint Eastwood en J. Edgar, sobre el jefe del FBI, con Leonardo Di Caprio.

Naomi Watts, de físico exquisito, dulce mirada de ojos azules y enormes dotes interpretativas, es una de las grandes actrices del momento y sin duda nos va a regalar memorables interpretaciones todavía cuando se acerca a la barrera de los 60 años; le va a pasar como a Meryl Streep o Hellen Mirren, que va a encontrar papeles a su medida en el cine o los van a fabricar para ella. Es, además, una mujer comprometida con los tiempos que corren. “El odio está creciendo y lo que ocurre en el mundo asusta”, ha dicho, tras recibir el galardón en Donostia. Y cuando Bayona le ha hecho entrega del premio, la reproducción de las farolas modernistas de la Concha de San Sebastián, se ha mostrado muy agradecida con su descubridor David Lynch: lo ha elevado en su honor hacia el cielo, aunque el oscuro creador de Twink Peaks seguro que está en el infierno, fumando.