Marta Delgado
Julie Andrews nació en Walton-on-Thames, cerca de Londres, en 1935, y subió a un escenario por primera vez siendo casi una niña. Cantaba con un registro de soprano que dejaba a los adultos en silencio, y ese detalle marcó el resto de su vida. Mucho antes de ser actriz, Andrews ya era, sobre todo, una voz.
A los 19 años debutó en Broadway con The Boy Friend, y poco después llegó Eliza Doolittle en My Fair Lady, un papel que la convirtió en una de las grandes intérpretes del teatro musical de su generación. Ya entonces se notaba algo que la acompañaría toda su carrera: la voz llevaba el peso, pero detrás había una actriz con oficio, no solo una garganta privilegiada.

El cine tardó en llamarla, y cuando lo hizo, lo hizo a lo grande. En 1964 debutó en la gran pantalla con Mary Poppins y se llevó el Óscar a la mejor actriz en su primera película. Un año después llegó Sonrisas y lágrimas, y con ella, canciones que varias generaciones siguen cantando. Ese salto de Broadway a Hollywood, del teatro al cine, de una audiencia de cientos a una de millones, pudo haberla convertido en una imagen fija: la institutriz perfecta, la novicia que canta en los Alpes. Andrews se resistió a quedarse ahí.
Trabajó con Alfred Hitchcock en Cortina rasgada, exploró papeles más oscuros y, en 1982, protagonizó Victor/Victoria, donde interpretaba a una mujer que se hace pasar por un hombre que, a su vez, se hace pasar por una mujer. Fue un papel arriesgado para la época, con un juego de identidad y género que el Hollywood de entonces manejaba con pinzas, y le valió otra nominación al Óscar. Detrás de la imagen amable que el público le había asignado, Andrews llevaba años demostrando que podía incomodar el molde sin romperlo del todo.
En 1997 llegó el golpe más duro de su carrera, aunque no fue en una pantalla. Se sometió a una operación en las cuerdas vocales para corregir un problema menor y la cirugía salió mal: perdió buena parte de su capacidad para cantar. Para una artista que había construido su nombre sobre esa voz, fue una pérdida que tardó años en asumir en público y de la que habló con una honestidad poco habitual en una estrella de su generación. No volvió a cantar como antes, pero no por ello dejó de trabajar.
En 2001 volvió al cine como la reina Clarisse en Princesa por sorpresa (El diario de la princesa), enseñando modales y aplomo a una adolescente torpe interpretada por Anne Hathaway, en una suerte de traspaso generacional que Disney supo aprovechar muy bien. Empezó a prestar su voz a personajes de animación como la reina Lillian en la saga de Shrek o la criatura Karathen en Aquaman, además de escribir libros infantiles, un oficio que había practicado en paralelo a su carrera de actriz desde los años setenta.
Desde 2020 es la narradora de Los Bridgerton, la voz de Lady Whistledown, la cronista anónima que observa y desestabiliza a la aristocracia londinense de la serie. Es un trabajo que hace sin aparecer nunca en pantalla y que, sin embargo, se ha convertido en una de sus contribuciones más reconocidas de los últimos años. En septiembre de 2026, a los 90 años, ganó por segunda vez consecutiva el premio Emmy a la mejor interpretación de voz por ese papel, convirtiéndose en la persona de mayor edad en lograrlo.

Andrews confirmó lo que muchos ya intuían: no volvería a actuar delante de una cámara. A los 90 años, con una carrera de más de siete décadas, la decisión no sorprendió a nadie, aunque sí dolió. Pero conviene no leerla como un cierre total. Sigue escribiendo, sigue narrando, y la voz que empezó a formarse en un escenario de Londres hace más de ochenta años sigue sonando cada semana en la casa de millones de personas que ven Los Bridgerton sin saber, muchas veces, que esa voz pertenece a la misma mujer que bajó del cielo con un paraguas.
Julie Andrews se retira de la actuación. De la memoria y de los corazones de sus espectadores, nunca se irá.

