Por Paloma Rodera

La Térmica Cultural de Ponferrada acoge hasta el 10 de enero de 2027 una amplia exposición dedicada a Eduardo Chillida, en un diálogo especialmente fértil entre materia, vacío y memoria industrial.
Hay exposiciones en las que el edificio funciona como un simple contenedor y otras en las que el espacio transforma por completo nuestra manera de mirar. Pensar con las manos, la muestra dedicada a Eduardo Chillida en La Térmica Cultural de Ponferrada, pertenece con claridad a las segundas. Resulta difícil imaginar un lugar más elocuente para encontrarse con la obra del escultor vasco que la antigua central de Compostilla I: una arquitectura nacida para producir energía y hoy convertida en un territorio desde el que pensar la cultura, la memoria y el futuro de una comarca profundamente marcada por la minería.
La exposición reúne 120 piezas procedentes de Chillida Leku y recorre las principales líneas de investigación del artista mediante esculturas, dibujos, obra gráfica, collages, gravitaciones, estudios de manos, bocetos y material audiovisual. Sin embargo, su mayor virtud no consiste únicamente en la amplitud del conjunto. Lo decisivo es la forma en que las obras ocupan la Sala de Condensadores y entran en conversación con un edificio cuya identidad material no ha sido borrada. Aquí el hierro de Chillida no llega a un espacio neutral. Se encuentra con el acero, la escala y la memoria de una infraestructura industrial que durante décadas estuvo vinculada al carbón de las cuencas del Bierzo y Laciana.
Ese encuentro evita que la exposición se convierta en una sucesión de piezas admirables pero aisladas. En La Térmica, la escultura parece reconocer el lugar. El peso, la resistencia y la oscuridad de los materiales conviven con la altura de las naves, con la luz que atraviesa la antigua arquitectura productiva y con la presencia de unas máquinas ausentes que, de algún modo, todavía determinan el espacio. Chillida no se instala sobre la memoria industrial: trabaja con ella.
El título de la muestra contiene una de las claves fundamentales de su pensamiento. Pensar con las manos no significa oponer el hacer a la reflexión, sino comprender que existe un conocimiento que nace del contacto con la materia. En Chillida, la mano no ejecuta simplemente una idea concebida de antemano. Pregunta, mide, presiona, recorta, dobla y escucha. El artista piensa mientras hace y hace para poder pensar. De ahí que los dibujos de manos presentes en el recorrido no sean estudios accesorios, sino una suerte de autorretrato intelectual: la mano como lugar de percepción y como instrumento de conocimiento.
Esta relación entre pensamiento y materia se vuelve particularmente intensa ante las grandes esculturas. Consejo al espacio XVIII, una pieza de aproximadamente veintidós toneladas, introduce una escala física que obliga al cuerpo del visitante a tomar posición. No se contempla desde fuera como una imagen cerrada; se rodea, se mide con los pasos y se comprende a través de sus tensiones. Como sucede tantas veces en Chillida, la masa no elimina el vacío. Lo construye. El hierro se curva, delimita y abraza un espacio que deja de ser ausencia para convertirse en parte activa de la obra.
La pregunta por el límite atraviesa todo el recorrido. ¿Dónde termina la materia y comienza el espacio? ¿Cómo puede algo tan pesado producir una sensación de apertura? ¿De qué manera la luz transforma una superficie y vuelve inestable aquello que parecía definitivo? Chillida trabajó durante toda su trayectoria en esas fronteras. Sus esculturas no ocupan simplemente un volumen; hacen visible el aire que las rodea. Sus gravitaciones, suspendidas y liberadas del marco, convierten el papel en una materia con espesor, sombra y movimiento. Los collages y dibujos muestran que la investigación espacial no dependía de la monumentalidad: podía concentrarse también en una incisión, en un pliegue o en la distancia mínima entre dos formas.
Frente a la espectacularidad inmediata que domina buena parte de la cultura visual contemporánea, Pensar con las manos propone otro ritmo. Las obras no reclaman una mirada veloz ni buscan convertirse en fondos reconocibles para una fotografía. Exigen tiempo, desplazamiento y atención. La exposición recuerda que ver no es registrar una imagen, sino establecer una relación. Hay que acercarse y alejarse, observar cómo cambia una pieza desde cada ángulo y aceptar que ninguna perspectiva la agota por completo.
En este sentido, el montaje encuentra en La Térmica un aliado excepcional. La antigua central de Compostilla I comenzó a funcionar en 1949 y convirtió a Ponferrada en un enclave estratégico de la producción y distribución eléctrica española. La central dejó de producir electricidad en 1974; décadas después, su recuperación como centro cultural no pretende fingir que aquel pasado nunca existió. La arquitectura conserva su potencia y permite leer el tránsito desde un modelo energético e industrial hacia otro modo de producir valor para el territorio.
Esa transformación merece ser observada sin ingenuidad. Convertir patrimonio industrial en infraestructura cultural no repara por sí solo las pérdidas económicas, laborales y afectivas asociadas al final de la minería. Tampoco debería reducir el pasado a una escenografía atractiva. El interés de La Térmica Cultural reside precisamente en la posibilidad de hacer visible esa tensión: preservar las huellas de la industria, activar el edificio y construir nuevos relatos sin neutralizar la memoria de quienes vivieron y trabajaron alrededor de ella.
La presencia de Chillida intensifica esta reflexión porque su obra conoce bien la densidad simbólica de los materiales. El hierro nunca es en ella una materia abstracta o intercambiable. Conserva su dureza, su temperatura, su resistencia y también la historia del trabajo que permite transformarlo. En Ponferrada, esa dimensión se amplía. La materia artística y la materia industrial se encuentran en un territorio donde el carbón, el hierro, la energía y el esfuerzo humano forman parte de una memoria todavía cercana.
Pero Pensar con las manos no queda encerrada en una lectura industrial. La exposición permite reconocer también el humanismo de Chillida y su interés por cuestiones como la libertad, la convivencia, la paz o la pertenencia. Su obra parte de una identidad cultural precisa y, al mismo tiempo, se abre a interrogantes universales. Quizá por eso sus esculturas pueden resultar monumentales sin volverse autoritarias: no ofrecen respuestas únicas, sino estructuras para pensar. Delimitan un lugar y dejan espacio para que el otro entre en él.
El documental A Portrait of an Artist, realizado en 1985, completa el recorrido al acercar al visitante al pensamiento y al proceso creativo del escultor. Su inclusión ayuda a comprender la coherencia entre las distintas escalas de la muestra: desde el gesto íntimo de un dibujo hasta el desafío logístico de trasladar una obra de decenas de toneladas. En ambos extremos permanece la misma pregunta por la relación entre cuerpo, materia y espacio.
La exposición supone además una afirmación cultural importante fuera de los circuitos metropolitanos habituales. Llevar un conjunto de esta relevancia a Ponferrada no debería entenderse como una concesión periférica, sino como una forma de reconocer que el territorio puede producir contextos de lectura irrepetibles. Pensar con las manos no sería la misma exposición en una sala blanca convencional. En La Térmica encuentra una resonancia histórica, material y política que modifica la experiencia de cada pieza.
Al salir, permanece la sensación de que el verdadero diálogo no se establece solo entre Chillida y la arquitectura, sino entre dos formas de energía. Una pertenece a la historia de la central, a las toneladas de carbón transformadas en electricidad y distribuidas desde Ponferrada. La otra nace de la capacidad del arte para activar la percepción, devolver significado a los materiales y abrir preguntas allí donde parecía quedar únicamente una ruina. La Térmica Cultural no oculta lo que fue; ensaya, desde esa memoria, aquello que todavía puede llegar a ser.
Pensar con las manos puede visitarse en La Térmica Cultural de Ponferrada hasta el 10 de enero de 2027. La entrada requiere reserva previa de un pase específico a través de la web del centro.

