La 34.ª edición de la feria madrileña abre sus puertas en IFEMA con más de ochenta galerías, una atención renovada hacia la performance y el arte sonoro y Esther Ferrer como artista invitada. Su presencia propone una forma de resistencia frente a la velocidad, la acumulación y el consumo inmediato de imágenes.
Por Paloma Rodera Martínez
Una feria de arte es, por definición, un espacio de abundancia. Las obras se suceden, los nombres se acumulan y la mirada salta de un estímulo a otro mientras intenta construir algún tipo de relato entre conversaciones, encuentros y operaciones comerciales. En la inauguración de ESTAMPA 2026, celebrada este 24 de septiembre en el pabellón 5 de IFEMA Madrid, esa saturación característica encontró un contrapunto decisivo: la presencia de Esther Ferrer.
La artista donostiarra, invitada de esta 34.ª edición, no funciona únicamente como figura homenajeada. Su trayectoria y su forma de entender la creación atraviesan conceptualmente la feria y obligan a introducir una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicar verdaderamente a una obra?
Ferrer lleva décadas trabajando con aquello que aparentemente apenas ocupa espacio: el cuerpo, el silencio, la repetición, el azar, los números, una acción mínima prolongada en el tiempo. Frente al imperativo contemporáneo de producir imágenes cada vez más rápidas y espectaculares, su obra sigue defendiendo la atención como práctica artística y también como posición ética.
El tiempo como material
La programación inaugural prolongó esta reflexión mediante la interpretación de Vexations, de Erik Satie, a cargo de Tito Pérez Mora. La composición —una breve partitura concebida para repetirse cientos de veces— desplaza la escucha desde la búsqueda de novedad hacia la experiencia de la duración. La repetición deja entonces de ser redundancia para convertirse en transformación: lo que cambia no es necesariamente la pieza, sino nuestra manera de percibirla.
Ese diálogo entre Satie y Ferrer resulta especialmente pertinente dentro de una feria. Allí donde el mercado necesita objetos distinguibles, autores reconocibles y obras susceptibles de ser adquiridas, la performance y el sonido introducen experiencias difíciles de poseer. ¿Cómo se colecciona un tiempo compartido? ¿Cómo se conserva un gesto? ¿Qué se compra cuando la obra sucede, precisamente, mientras desaparece?
La exposición Esther Ferrer en las colecciones privadas en España, comisariada por Lorena Martínez de Corral, amplía esa interrogación. Reunir piezas procedentes de diferentes colecciones permite comprobar cómo una práctica asociada a lo efímero puede generar también archivos, fotografías, dibujos, objetos y sistemas capaces de permanecer. No se trata de convertir la acción en reliquia, sino de observar las distintas formas mediante las cuales una experiencia continúa produciendo significado.
A esta presencia se suma Escuchar a Esther Ferrer. Influencias de una pionera en el arte sonoro y la performance, el álbum editado por ESTAMPA e IFEMA Madrid y comisariado por Violeta Janeiro y Miguel Álvarez-Fernández. La publicación sitúa la escucha en el centro y recuerda que el legado de Ferrer no debe entenderse como una trayectoria clausurada, sino como una práctica todavía activa que permite conectar generaciones, lenguajes y modos de hacer.
Una feria entre el mercado y la experiencia
ESTAMPA reúne este año más de ochenta galerías y mantiene su voluntad de actuar como un mapa cercano del galerismo español y portugués. Su escala —más concentrada y transitable que la de otras grandes citas internacionales— favorece una relación directa con las obras y con quienes las representan. Esa proximidad continúa siendo uno de sus rasgos más reconocibles.
El recorrido ofrece pintura, fotografía, escultura, instalación, obra gráfica y proyectos difíciles de situar dentro de una única disciplina. Las imágenes de la inauguración muestran esa convivencia: superficies gestuales junto a construcciones geométricas; una rotunda forma roja de Ángela Mena que parece desplegarse fuera del plano; acumulaciones textiles de apariencia orgánica; colores de resonancias populares intervenidos por pequeñas figuras; redes, objetos y estructuras que abandonan el muro para ocupar el espacio.
También permiten advertir algo menos evidente: el suelo marcado del pabellón, la iluminación industrial y la arquitectura provisional de los estands forman parte inevitable de la experiencia. En una feria, cada obra debe negociar su presencia con las demás. Algunas elevan la voz; otras buscan seducir mediante el color, la escala o una materialidad reconocible. Las más interesantes consiguen construir alrededor de sí mismas una pequeña interrupción.
En este contexto, la aportación de Ferrer resulta especialmente significativa porque no persigue neutralizar el mercado desde una supuesta exterioridad. Introduce, más bien, una fisura en sus ritmos. Allí donde todo invita a continuar caminando, su trabajo pide permanecer. Donde la mirada busca una imagen definitiva, ofrece variaciones. Donde el cuerpo del visitante parece reducido a desplazarse por los pasillos, recuerda que ese mismo cuerpo es también una medida del espacio y del tiempo.
Entre las genealogías y el futuro
La edición incorpora además Ensayo Futuro, sección comisariada por Jesús Alcaide y dedicada a galerías y proyectos emergentes, junto con el programa Interferencias. Ambas iniciativas tratan de abrir la feria a espacios de producción y mediación menos consolidados y de evitar que la escena joven quede confinada a un margen meramente decorativo.
La convivencia entre estas nuevas estructuras y una figura como Ferrer permite plantear una genealogía distinta de la innovación. Lo nuevo no siempre consiste en incorporar la última tecnología o en inventar una apariencia desconocida. En ocasiones significa recuperar prácticas capaces de cuestionar las condiciones desde las que miramos, producimos y atribuimos valor.
Ferrer, vinculada desde 1967 al grupo ZAJ y figura esencial del arte de acción, ha construido su trayectoria mediante operaciones deliberadamente elementales: caminar, contar, repetir, medir, escuchar. Su radicalidad reside precisamente en demostrar que no hacen falta grandes medios para alterar una situación. Basta con modificar una regla, desplazar un gesto o sostener una acción durante el tiempo suficiente para que aquello que parecía normal deje de serlo.
Permanecer ante una obra
ESTAMPA nació como una feria vinculada a la obra gráfica y ha evolucionado hasta convertirse en una cita central del mercado artístico de otoño. Sin embargo, todavía conserva cierta vocación de proximidad y de acceso al coleccionismo que la distingue dentro del calendario madrileño. La presencia simultánea de galerías consolidadas, proyectos jóvenes, publicaciones, conversaciones y acciones contribuye a que la feria no sea únicamente un escaparate de objetos disponibles.
La cuestión, en última instancia, no es cuántas obras pueden verse durante una visita, sino cuántas consiguen modificar nuestra forma de mirar después de haberlas dejado atrás.
En medio de la acumulación visual, Esther Ferrer propone una pedagogía de la atención. Nos recuerda que mirar no equivale simplemente a registrar una imagen y que escuchar no consiste en esperar la llegada de un sonido nuevo. Ambas acciones exigen duración, disponibilidad e incluso cierta renuncia a la prisa.
Quizá ese sea el gesto más radical con el que puede inaugurarse hoy una feria de arte: invitarnos a detenernos.
ESTAMPA 2026
Del 24 al 27 de septiembre
Pabellón 5, IFEMA Madrid

