JOSÉ LUIS MUÑOZ

Italia tuvo a los hermanos Taviani: Vittorio y Paolo. Estados Unidos a los Coen: Joel y Etham. España tiene a José Mari Goenaga y Aitor Arregi (Loreak, Handia, La frontera infinita, Marco, Maspalomas), y a los Javis, Javier Calvo (Murcia, 1991) y Javier Ambrossi (Madrid, 1984), que hacen películas al alimón —la bastante infumable y tontorrona La llamada— y, sobre todo, series para televisión, con lo que el salto cualitativo que hacen en La bola negra, una producción de El Deseo de los hermanos Almodóvar que es su segundo largometraje, es sencillamente espectacular.

Tres historias y media: la del músico Sebastián de una banda de pueblo enrolado a la fuerza en las tropas facciosas que se enamora, platónicamente, del actor malherido de la Barraca Rafael Rodríguez Rapún que custodia; la del historiador gay Alberto, en conflicto permanente con su madre Teresa, que recibe en herencia cuatro páginas de un texto misterioso que su abuelo fallecido custodia en su casa de Cantabria; la de La bola negra, con Carlos, ese muchacho granadino que quiere ingresar en el casino de su ciudad pero le vetan sus socios con la bola negra por su homosexualidad; y la media historia, por su longitud, en blanco y negro, la de García Lorca, a punto de dejar Madrid e ir derecho a su dramático destino, que escribe un poema de amor a su amante y esas cuatro hojas de lo que iba a ser su única novela, conforman esta película intensa y pasional firmada por los Javis que llega en buen momento, cuando esa España que hiela el corazón hace acto de presencia en una multitud de escenarios para decir en voz alta que el conflicto sigue abierto y sangrando.

La bola negra enseña sus cartas desde la primera e impresionante secuencia, esa escena pueblerina que parece un homenaje al Berlanga de Bienvenido Mister Marshall, que espera a los italianos, pancarta de Viva Benito Mussolini incluida y banda desafinada de músicos que tapa la proclama rebelde que suena por los altavoces, y es bombardeado por error por la aviación italiana en un Guernica bis que no deja piedra sobre piedra, y Sebastián (el músico Álvaro Lafuente Calvo, conocido artísticamente como Guitarricadelafuente, en su espectacular debut cinematográfico), un trompetista infame de la banda del pueblo, trepa por la escultura aflechada de un San Sebastián, su santo e icono gay, entre los escombros de la iglesia alcanzada por las bombas al son del pasodoble militar de Jacinto Guerrero Soldadito español: así empieza esta historia lorquiana de barro, sangre y deseos homosexuales.

Los tres y medio planos narrativos se van entrecruzando a lo largo de esas más de dos horas y media: el pretérito de la incivil guerra —esa escena estremecedora de las monjas de la Cruz Roja hurgando en un camión de cadáveres recién llegados del frente y haciendo el triaje de los moribundos que serán recompuestos en quirófanos para más tarde ser fusilados—; el presente de ese historiador que se encuentra, entre sus manos, con un tesoro que le retrotrae a su propia historia familiar que desconoce porque su madre la oculta; la de la ficción lorquiana de esa novela inacabada del poeta universal de la que solo se guardan cuatro páginas; y la del propio Lorca, enamorado del futbolista y actor santanderino Rafael Rodríguez Rapún, componen ese puzle en el que todo, felizmente, encaja para desentrañar historias de amor y muerte en tiempos de barbarie que permanecen escondidas bajo el barro. La estructura fragmentada del film, sus continuos saltos narrativos, es quizá uno de los mayores atractivos de una película que, en su estructura, recuerda mucho a la excelente Las horas de Stephen Daldry. Allí era Virginia Woolf el eje; aquí es Lorca.

Hay bastantes destellos de buen cine, ramalazos potentes de virtuosismo cinematográfico subrayados con la música solemne de Raül Refree como ese largo plano secuencia envolvente y perfectamente coreografiado en el que Carlos (Milo Quifes), el personaje de ficción de La bola negra, que es el alter ego de Lorca, es llevado en volandas sobre una mesa en una taberna granaína mientras bailarines zapatean y cantan, una madre enloquecida le habla del hijo que le ahogaron en una acequia otros niños y guitarristas rasguean sus guitarras sobre un escenario. La película de los Javis nos ofrece una versión gay de una guerra que aún supura pus por sus heridas no curadas. Hay duelos interpretativos de alto voltaje dramático como el de Alberto (Carlos González, el actor de la serie Maricón perdido) y su madre Teresa (una Lola Dueñas, sublime, firme candidata a un Goya como mejor actriz de reparto) en ese restaurante cántabro con fabada por medio y luego en esa casa del abuelo que está rehabilitando, soberbios. Y miradas furtivas de deseo, sobre pechos, nalgas masculinas y penes en pleno baño cántabro, más ningún beso, ninguna fornicación salvo esa en Turquía del historiador que liga por una aplicación telefónica con un amante local.

Los Javis ponen pasión en este empeño ambicioso, repasan el imaginario gay en más de dos horas, narran con eficacia sobrada la virulencia de ese enfrentamiento fratricida entre españoles y sacan conejos de su chistera con una Penélope Cruz inmensa y arrebatadora como la cupletista Nene Romero, que enardece a la tropa como Marilyn Monroe en Corea; Glenn Close hablando perfecto español como la hispanista norteamericana Isabelle Durand que autentifica la letra de ese manuscrito misterioso (¿y por qué no se lo ofrecieron a Ian Gibson?, se pregunta uno); un Alberto Sanjuan como padre de Carlos que lo anima a insistir pese a las bolas negras de rechazo, un Antonio Dechent de voz grave como presidente del casino de Granada y un Albert Pla metido a teniente coronel faccioso que dispara el tiro de gracia a los ajusticiados.

No es un film perfecto La bola negra, porque prima lo desmedido en todo él, ese  subrayado incesante, también musical, que obliga al espectador a sumergirse en la historia y no ser neutral. Sobran algunos tramos, ese final en Sierra Nevada, nevada, valga la redundancia, con voz femenina impostada que se alarga en demasía. Llama la atención la ausencia de personajes heterosexuales en el bando republicano, como si la España del 36 fuera una nación gay, una opción reivindicativa de los realizadores. Javier Calvo y Javier Ambrossi, pareja en la vida real en una relación sentimental de años que acaba de romperse, pero no la artística, eso aseguran, ganaron con La bola negra el premio a la mejor dirección del festival de Cannes de este año y se posicionan muy bien para acariciar el Oscar. O los Oscar, porque hay voces que los señalan para firmes favoritos en varias candidaturas. El cine español vuela cada vez más alto, aunque de todos los filmes que se han hecho sobre nuestra incivil guerra yo siga teniendo en el Parnaso cinematográfico el ¡Ay, Carmela! de Carlos Saura que me removió más por dentro y no era tan histriónico. Hay que dar la batalla cultural frente a la barbarie ahora más que nunca y la película de los Javis es un grano de arena que para algunos será un grano en el culo.