Ainhoa Escarti

The Irish Times

“It wouldn’t be terrible if you reiterated the plot three or four times in the dialogue, because people are on their phones while they’re watching.”

«No estaría de más que repitierais la trama tres o cuatro veces en los diálogos, porque la gente está mirando el móvil mientras ve las películas.»

Matt Damon

En enero de 2026, Ben Affleck y Matt Damon andaban promocionando su película The Rip. En una de las múltiples entrevistas que dieron, apareció esa frase.

Netflix sabe exactamente cómo se comporta su consumidor, al igual que conoce los productos que desea. Y para ellos los espectadores necesitamos escuchar muchas veces la trama por nuestra incapacidad de mantener la atención, de estar focalizados en algo únicamente.

¿Hace esto que las tramas estén en plena decadencia porque estamos ante un espectador que no mira? Un espectador que nos tiene de fondo, pero aun así quiere un producto visual cuyo guion sea lo suficientemente sencillo para ser retomado con velocidad.

Lo que nos lleva no a que el espectador sea más tonto, sino a que estamos ante alguien que nos mira sin mirar. El espectador Schrödinger, podría decirse.

Es curioso que esto suceda justamente cuando las series de las diversas plataformas están alcanzando el lenguaje cinematográfico, y que incluso directores provenientes del cine vengan con su virtuosismo a realizar productos con un acabado diferente a la idea que originariamente tenía una serie.

Si ahora que tenemos el presupuesto, tenemos los autores y poseemos la posibilidad… nos encontramos con un espectador que no sostiene.

Un plano de Tarkovski, Wong Kar-wai, Kubrick, Béla Tarr… exige mirar. Pero incluso determinadas series actuales parecen poder consumirse con un ojo en la pantalla y otro en Instagram. ¿Hace ello que incluso la entrada de grandes nombres del cine tenga que menguar la complejidad para adaptarse a la insuficiente concentración de la no mirada?

Las series, el cine, el lenguaje cinematográfico visual traen consigo un peso en los detalles, que pueden significar mucho… pero cuando tienes que estar recordando la trama constantemente, estamos facilitando al espectador que no deba hacer ese esfuerzo para consumir.

Porque quizá el problema no sea que el espectador pierda la trama, sino todo aquello que sucede cuando la trama deja de ser lo único importante. Un gesto que ocurre al fondo del plano, una mirada que dura un segundo más de lo necesario, un silencio, una imagen que no explica nada y que, sin embargo, permanecerá en nuestra cabeza. El lenguaje cinematográfico está lleno de cosas que no necesitamos para entender qué está ocurriendo, pero sí para comprender qué estamos viendo. Si estamos mirando el móvil mientras una película nos habla, quizá no perdamos la historia, pero sí perdamos la película.

Pero quizás esa es la respuesta: Netflix hace material para ser consumido, devorado, que no es lo mismo que para nutrir artísticamente. Y eso lo podemos ver cuando en su plataforma coexisten series como Adolescencia, que necesitan justo lo contrario que ese espectador distraído… Es una serie que necesita ser digerida poniendo tu atención en ella.

Y ahí aparece una contradicción que me resulta especialmente curiosa. Las plataformas han conseguido que la ficción televisiva tenga presupuestos, directores, actores y recursos que hace unos años asociábamos exclusivamente al cine, pero al mismo tiempo parecen asumir que una parte de su público no va a concederle toda su atención. Es como si hubiéramos construido una sala de cine cada vez más sofisticada para un espectador que permanece dentro de ella mirando hacia otro lado. Adolescencia es precisamente el reverso de esa idea: una serie que no parece querer acompañarnos mientras hacemos otra cosa, sino obligarnos a estar allí.

¿Podríamos así diferenciar para el espectador el formato que necesita atención del que no?

Las redes sociales nos han acostumbrado a lo inmediato, a lo veloz, que pasa cual relámpago. Nuestro cerebro, acostumbrado a esa inmediatez, la pide en todo, y debe ser muy obvio cuando basas tu producto audiovisual en ello.

¿Qué ocurre con una forma artística cuando empieza a asumir que su espectador está ausente?

Probablemente deje de ser arte para ser simplemente un producto de consumo. Justamente eso, un producto del consumo. Ese que podemos poner de fondo mientras la vida a una palma de mano decide sucederse. Esa vida etérea, volátil, pero que nos consume la vida, ocupando tanto espacio que, cuando vemos una serie o una película, somos incapaces de separarnos.

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