Por Jorge de Arco.
Los avatares vitales de Marina Tsvietáieva condicionaron por entero su estilo y su identidad literarias. Nacida en Moscú en 1892 y de familia noble, escribía versos desde los seis años. A los veintiuno, ya había editado cuatro poemarios y obtenido, a su vez, un notable reconocimiento.
Al hilo del estallido de la Revolución comenzarán sus desgracias: confiscados sus bienes, verá morir de inanición a su primera hija. En 1922, consigue exiliarse a Praga con su marido. En aquella época, pergeñará buena parte de sus más importantes composiciones. Regresa a Rusia en 1939 y, allí, sobrevive a la noticia de que su marido ha sido fusilado y de que su hija está internada en un campo de concentración. Desterrada a la aldea de Yelábuga, se suicidará en el verano de 1941:
Pensando en otra cosa distinta,
y sin encontrarla, como un tesoro,
paso a paso, amapola tras amapola,
he decapitado todo el jardín.
Así, algún día, es un árido verano,
en la linde de un campo,
la muerte, con mano, distraída,
decapitará mi cabeza.
La oportuna edición de Es ligera mi marcha (Pre-Textos. Col. La Cruz del Sur. Valencia, 2026) devuelve la oportunidad de aproximarse a una obra personalísima y plena de humanismo.
La traducción al castellano ha estado a cargo de Reyes García Burdeus, quien anota en su introducción: “La antología que presentamos se compone de setenta poemas que han sido escogidos, de manera totalmente arbitraria, entre la extensa producción poética de Marina Tsvietáieva, quien junto a Boris Paternak, Ósip Mandelshtam o Ana Ajmatova, está considerada una de las poetas más relevantes de la literatura rusa del siglo XX. La selección está hecha con la intención de dibujar un mapa de las diferentes etapas creativas de la autora, y de ese modo, conocer la versatilidad de su acento lírico, la paleta infinita de su genio. Tsvietáieva fue una mujer que no se dejó encasillar en ninguno de los círculos establecidos, una transgresora en todo, en la vida y en la escritura”.
Leer a la autora rusa supone ingresar en un universo atravesado por la historia, pero en el que la historia no termina de agotar el significado de una existencia. Reducir su lírica al testimonio de una época sería, tal vez, traicionar aquello que en ella resulta más singular: la manera en que transforma lo empírico en materia íntima, casi física, hecha de deseo, soledad, desafío y palabra.
Marina Tsvietáieva escribe desde una incesante tensión. En su decir conviven la fragilidad y la fiereza, la necesidad de amar y el anhelo de perdurar, la indómita voluntad de sostener una honda conciencia de extranjería. Frente a un mundo que se derrumba, su voz se yergue de manera intensa, tornando sus poemas en un espacio de lucha y, también, de libertad:
No me arrebatarás el rubor de mis mejillas,
es intenso, ¡como la crecida de los ríos!
Eres el cazador, pero no me dejaré atrapar.
Eres la persecución, pero yo soy la carrera.
¡No me arrebatarás mi alma viva!
Así, a todo galope, en plena persecución,
el caballo árabe se encorva
y se muerde las venas.
Su yo lírico se construye desde una arquitectura regida por una peculiar confrontación: todo cuanto gira en derredor de sí misma pareciera conducir hacia escenas extremas en las que la existencia se mide con la amenaza: vulnerabilidad vs resistencia. Claro que, bajo esa singular imaginería, surge algo más hondo y tierno: no se trata tan sólo de vencer a un enemigo, sino de posicionarse al frente a la inmensidad de lo real, en una suerte de desafío absoluto. La poeta conoce la pérdida, conoce el exilio, y convierte el desarraigo en una forma de conciencia que torna su discurso en territorio de encuentro.
La presente antología permite recorrer ese universo múltiple y exigente de una escritora que se consideró, ante todo, poeta, mas su quehacer se extendió también hacia el ensayo, el teatro y la narrativa. En sus páginas, aparece una voz profundamente arraigada en la convulsa historia rusa del siglo XX y, al mismo tiempo, extrañamente irreductible a ella. Tsvietáieva escribe desde su tiempo, pero también contra él; desde la experiencia concreta de una vida desgarrada y hacia ese lugar más difícil de nombrar donde la poesía convierte la herida en forma, el exilio en lenguaje y la ausencia en cántico.
Acercarse a su obra exige, por ello, atender a sus espacios de mutismo, a sus huecos de violencia verbal: detrás del grito hay una interioridad indefensa; detrás del desafío, una necesidad de ser escuchada:
El poeta crea desde lejos la palabra.
Al poeta lejos le lleva la palabra.
(…)
Pues el camino de los cometas…
Es el camino de los poetas: abrasa, pero no calienta.
recoge, pero no siembra -estallido y desgarro-.

