Cristina Osuna

Han pasado nueve años desde los atentados de Barcelona y Cambrils del 17 y 18 de agosto de 2017. Nueve años desde que una furgoneta recorrió La Rambla y, pocas horas después, otro ataque en Cambrils volvió a situar a Cataluña frente al terrorismo. Dieciséis personas murieron y más de un centenar resultaron heridas. Aquel día quedó grabado en la memoria de quienes estuvieron allí, de quienes perdieron a alguien y también de una sociedad que en cada aniversario vuelve a recordar lo ocurrido.

Ahora Cronos lleva aquellos hechos a la gran pantalla. Pero lo hace desde un prisma muy concreto: no se centra únicamente en reconstruir los atentados, sino en las 124 horas del operativo policial que siguió a los ataques, desde la activación inmediata del dispositivo hasta la localización final de Younes Abouyaaqoub en Subirats.

La película está dirigida por Fernando González Molina y cuenta con guion de Alberto Marini, a partir de la investigación de los periodistas Nacho Carretero y Arturo Lezcano. En el reparto figuran intérpretes como Enric Auquer, Diana Gómez, Mónica López, Pablo Derqui, Israel Elejalde y Xavi Sáez, entre otros.

Y ahí surge una cuestión de fondo que trasciende a la propia obra cinematográfica: ¿qué ocurre cuando el cine intenta convertir un acontecimiento tan reciente y doloroso en una historia de ficción?

No se trata de una pregunta sencilla. Cuando abordamos sucesos acaecidos hace décadas, el paso del tiempo otorga una distancia que permite observarlos con cierta perspectiva histórica. En cambio, con el 17-A todavía hablamos de víctimas y supervivientes directos, de familias rotas y de profesionales que participaron en aquellos días y que continúan conviviendo con las secuelas de lo vivido.

Llevar un trauma colectivo de esta magnitud a las salas no consiste únicamente en levantar un decorado o reconstruir una cronología de hechos. Implica, sobre todo, una toma de postura moral: decidir qué se cuenta, desde qué lugar se mira y qué elementos deben quedar deliberadamente fuera de campo.

En Cronos, esa decisión se traduce en poner el foco en quienes formaron parte de la investigación y del operativo posterior. Fernando González Molina ha explicado que, desde la escritura del guion, estuvo descartado mostrar de forma explícita el horror por respeto elemental a las víctimas. Su propósito declarado era narrar lo sucedido «más allá del titular» y profundizar en las aristas de unas jornadas que para gran parte del público general quedaron reducidas a un puñado de imágenes televisivas e impactos informativos.

Es una elección que modifica por completo la perspectiva del espectador. El 17-A pertenece a esa categoría de acontecimientos que creemos conocer al detalle, aunque ya haya transcurrido casi una década. Conservamos la memoria visual de La Rambla, la furgoneta, el despliegue de los servicios de emergencia, la persecución de los autores, las ofrendas florales y el lema colectivo «No tinc por». Sin embargo, recordar unas cuantas estampas icónicas no equivale a conocer la complejidad técnica y humana de lo que ocurrió durante aquellas horas críticas.

Ahí es donde cobra sentido el peso de la investigación periodística que sustenta la película. Carretero y Lezcano ya habían abordado estos atentados en la serie documental 800 metros (2022), dirigida por Elías León Siminiani. En Cronos, ese bagaje documental se transforma en un relato de ficción, un paso que altera profundamente las herramientas expresivas.

Un reportaje de prensa reúne documentos, contrasta datos y recopila declaraciones. Un documental trabaja directamente con el material de archivo y la voz de personas reales. Una película de ficción, por el contrario, exige la construcción de personajes, escenas con ritmo dramático, diálogos verosímiles y una estructura en tres actos capaz de sostener la atención en una sala durante cerca de dos horas. Esa traslación implica una responsabilidad mayúscula: incluso cuando se trabaja con hechos contrastados, la dramatización obliga a podar, jerarquizar y elegir qué instante condensa el sentido de una escena y qué parte de la realidad queda omitida.

En el caso de Cronos, el equipo de producción recurrió también al asesoramiento de especialistas vinculados a la atención a los afectados durante la fase de desarrollo. El proyecto contó con la colaboración de la UAVAT (Unidad de Atención y Valoración a Afectados por Terrorismo), además de mantener un diálogo fluido con distintos estamentos implicados en el dispositivo de seguridad de agosto de 2017. No es un apunte accesorio: la película no recrea un suceso abstracto del pasado, sino una herida que aún tiene nombres, apellidos y rostros reconocibles.

Por este motivo cobra valor que la trama se desplace deliberadamente hacia la trastienda de las horas posteriores al atropello masivo, eludiendo la recreación del impacto físico inmediato de los ataques. La atención se centra en la pesquisa, la coordinación y la angustia de un operativo contrarreloj mientras la ciudadanía intentaba asimilar el golpe. Puesto que el espectador entra a la sala conociendo de antemano el desenlace —la localización de los terroristas—, el interés dramático reside en el proceso metodológico y en desvelar los ángulos ciegos que quedaron sepultados bajo la urgencia mediática de aquel momento.

Esta es una de las funciones más valiosas del cine cuando dialoga con la memoria reciente: no puede alterar los hechos, pero sí ofrece la posibilidad de revisitar los acontecimientos desde una mirada reflexiva. Esto no significa que un largometraje deba suplantar la voz testimonial de las víctimas, las sentencias judiciales o el rigor del periodismo de investigación. Cada disciplina cuenta con sus propios límites y herramientas.

Sin embargo, en el instante en que un suceso traumático da el salto desde los telediarios hasta una obra de ficción, se produce una transformación simbólica: pasa a formar parte orgánica del imaginario cultural de una sociedad. El 17-A habita ya en nuestra memoria a través del duelo y los homenajes institucionales. Ahora cuenta también con una película que intenta ordenar y dotar de sentido dramático a una parte de ese relato. Quizá todavía sea pronto para observar aquellos días como un capítulo clausurado, pero sí existe la distancia necesaria para interrogarnos sobre el modo en que deseamos recordarlos. Cronos se suma a esa necesidad colectiva de comprender una tragedia que sigue latiendo muy de cerca.

Instagram