Foto: Inmaculada Reyes Carrión

Carla Friebe (Granada, 1968). Poeta y académica de Buenas Letras de Granada. Es autora de una sólida trayectoria poética (publicada originalmente como Juan Carlos Friebe) en la que destacan volúmenes como Poemas perplejos (1995, accésit del III Certamen Internacional de Poesía Gabriel Celaya); Aria contra coral (2001); Las briznas: poemas para consuelo de Hugo van der Goes (2007); Poemas a quemarropa (2011), traducido al italiano por Paolo Remorini como Poesie a Bruchiapelo (2024); Enseñando a nadar a la mujer casada (2021, finalista del Premio de la Crítica de Andalucía), libro que cierra una tetralogía sobre la identidad, la melancolía, la crueldad y la ignorancia como ejes del sufrimiento humano, recogida parcialmente en Redención de Pandora (2023); el oratorio Mariana Pineda a muerte (2024), y las antologías La esteva (2024) y Escrito en lo que dura una canción de amor (2025). Una amplia selección de su labor poética ha sido traducida al griego por Nancy Angeli en Antagonía/Aνταγονíα (2015), y al alemán por Michael Ebmeyer en Antagonía/Antagonie —Historia Natural de un corazón / Naturgeschichte eines Herzens— (2022). 

Es también autora del libreto Las bacantes: Geometría del desconcierto (2009), junto a Jaime García (Idea original y correlato visual) con partitura del compositor croata Frano Kakarigi, Juan Carlos Friebe (Libreto), y del ensayo Utile dulce: Poética e intermedialidad (2022).

En 2022 recibió el V Premio Internacional de Poesía Dama de Baza, y en 2024 el Premio Francisco Javier de Burgos por el conjunto de su obra y su trayectoria.

 

Lo mejor de mi vida siempre fueron los demás

Javier Gilabert: Con Escrito en lo que dura una canción de amor completas un ambicioso proyecto en tres volúmenes para ordenar y centrifugarte —iniciado con Redención de Pandora (2023) y La esteva (2024)—. Si las entregas anteriores concentraban tu producción poética en torno al dolor, a la afinidad y al diálogo con lo social, este nuevo tomo reúne lo «transversal y paralelo»: colaboraciones interartísticas, epistolarios y piezas inencontrables. ¿Nace este volumen del deseo de rescatar del olvido textos dispersos o responde más bien a la necesidad de cerrar definitivamente una etapa vital y creativa para otear ese horizonte preñado de incógnitas que señala Concha Badía en el prólogo?

Carla Friebe: Mitad y mitad… Antes que rescatar del olvido, que también, reivindico algunos de mis trabajos relacionados con artistas cuyos lenguajes enriquecieron el mío, o lo llevaron a un punto al que no hubiera llegado sin la existencia de sus ideas y de sus obras. Los presento de una forma ordenada, a pesar de la heterogeneidad disciplinar y temática de sus creaciones, no como fragmentos de un mosaico de textos dispersos amontonados en un libro, mediante una narrativa que los clasifica por niveles de colaboración, o por cotas de acercamiento.

Antes que “cerrar una etapa vital y creativa”, como señalas, que de nuevo también, sentí la necesidad de quitarme peso de encima para mi desarrollo personal y emprender otro camino, que tanto en lo vital como en lo creativo no sé dónde me llevará. No lo concebí como una disyuntiva, o una encrucijada, sino como parada y fonda para tomar aire: había llegado el momento de encargarme de mí, sin olvidar que lo mejor de mi vida siempre fueron los demás, o para recordarme que lo mejor de mí fueron los otros. Buen momento para mirar atrás, y agradecer, más que para mirar hacia adelante, y desaparecer.

Antonio Chicharro, en su excelente estudio preliminar de La esteva, ya había destacado por primera vez mis “dualidades vividas”, e incluso mencionaba mi discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada (en adelante ABL), que daba sentido a ambas —la de origen familiar, y la de origen personal—. El hilo narrativo que sostiene Escrito en lo que dura una canción de amor, desde el primoroso, enriquecedor y revelador prólogo de Concha Badía Fraga hasta el bonus track de mi discurso de ingreso en la Academia de Buenas Letras de Granada, hace que este libro sea, por su intención, disruptivo, y por el contenido, complementario de mi vida y de mi obra.

Eso es lo que me llevó a centrifugar mi producción: a separar sus componentes según sus distintas densidades en libros distintos. Redención de Pandora, supuso el cierre de una idea poética sostenida durante treinta años, aunque quedase incompleto, porque no me fue posible incluir Enseñando a nadar a la mujer casada; La Esteva, un proceso de concentración de lo afín; Escrito en lo que dura una canción de amor, de afinidad de lo disperso.

 

Lo que determina ahora mi identidad no es la meta, sino el proceso

Este libro llega a las librerías en un momento de plena transición personal y administrativa, publicado bajo la firma de Juan Carlos Friebe pero leído hoy desde tu identidad y presencia como Carla Friebe. En el prólogo se observa cómo el malestar identitario que latió en la extrañeza de Poemas perplejos o Aria contra coral encuentra una vía de expresión explícita. En lo literario y en la viva experiencia de tu escritura, ¿de qué manera este proceso personal y el paso de Juan Carlos a Carla modifica o reordena la perspectiva desde la que miras hoy todo tu corpus poético anterior?

Ya quisiera yo haber alcanzado plenitud de identidad, querido Javier. He conseguido refrendar administrativamente una vivencia compleja. Me he situado en el límite exterior de un poderoso agujero negro, en mi horizonte de sucesos: en el punto exacto de no retorno. De hecho, el libro no lo firma Carla Friebe, por la sencilla razón de que no existía —oficialmente— cuando escribí el noventa por ciento de los textos. Mi contexto social es el mismo, solo he ampliado “el campo de batalla” —dicho sea con permiso de Houellebecq—; mis valores no han cambiado, si acaso se han enriquecido; y mi autopercepción sigue siendo desmoralizadora: la vida sigue igual, en ese sentido. Lo que determina ahora mi identidad no es la meta, sino el proceso, aunque vaya quemando etapas y consiguiendo objetivos. Una meta administrativa, siendo importante, es una meta volante. Al menos, me consuelo, lo intenté antes de morirme. Hay personas que me consideran muy valiente. Si fuera así, sería el resultado de la desesperación, no de esa “serena resolución” de la que hablas. Supongo que la percepción de cierto sosiego tiene mucho que ver con la asunción de lo irremediable, que siento como un cruel triunfo humano y una honorable derrota de mis miedos.

En cuanto al cambio, no afecta ni un ápice a mi percepción de ese corpus. Nunca quise que la cuestión de género, de mi sexo, de mi vivencia, ni de mis circunstancias ocuparan mi obra, al menos, la poética. No más allá de lo estrictamente necesario. A diferencia de mi otro corpus [risas] no existe ningún conflicto: si me permites la osadía, la obra de Friebe no solo es íntegra, sino que me integra. Es más yo que yo: consisto en ella.

 

En todos mis libros hay un hilo narrativo, evidente, y una trama interna encriptada más compleja y difícil de percibir

La cubierta recupera un grabado de Varvara Dmitrievna Mergasova antes de casarse, figura que ya evocaste en Poemas perplejos. Revelas que aquella fue la primera vez que escribiste un poema adoptando la primera persona del femenino. ¿Por qué elegir precisamente esta imagen como el «arte de portada» y qué supuso en aquel momento lejano presagiar en el verso lo que décadas después se encarnaría en tu vida?

Por coherencia con, y a consecuencia de. En todos mis libros hay un hilo narrativo, evidente, y una trama interna encriptada, más compleja y difícil de percibir. Y en aquellas portadas en las se me ofrece la posibilidad de intervenir, como en La esteva y en el libro que ahora nos ocupa, lo hago con una intencionalidad obvia para mí, pero comprensible sólo para un reducido círculo de personas al corriente de mi vida y de los últimos diez años, cuando inicié mis más tímidos intentos de transparencia.

En cuanto al “arte” que citas, evoqué a Varvara en «Madame Rimsky-Korsakov frente a su retrato», al contemplar una obra de Winterhalter. Poemas perplejos era un libro lleno de preguntas especulares: en absoluto retóricas. Podía haber escogido, si esa hubiera sido mi intención, el Narciso de Caravaggio, que inspiraba mi «Adolescencia de Narciso», el mito de aquel muchacho enamorado de sí mismo, que tras morir es convertido en la flor que le da nombre.

Pero esa transformación se produce tras ahogarse en el estanque donde se miraba, lo que tiene mucho de pensamiento mágico, que me retrotraía al final de mi infancia… “cuando despierte me habré convertido en”, o de mi pubertad suicida: “cuando me muera me transformaré en”. Ese poema fusiona la primera persona del masculino y del femenino en mi propia voz de una forma que, incluso para mí, a día de hoy, sigue causándome perplejidad. Y emoción. Sin embargo, a mis años, la parte del mito que me interesa es otra: “reunámonos aquí”. Seamos uno. Ahora. No hay instante que perder.

 

“Lo poeta” me permitió volver adelante: justo adonde la zona de confort se convierte en la zona de conflicto

El poema «Poema sobre una pieza cerámica de refractario de Agustín Ruiz de Almodóvar Sel» (publicado en su día como «Encaje») ha experimentado variaciones significativas en su concordancia de género: del «mismo/entero» masculino de Las briznas, al «misma/entera» femenino de La esteva, para asentarse en Escrito en lo que dura una canción de amor en la fórmula «misma/entero». ¿Responde este ajuste gramatical a esa búsqueda de una concordancia neutra e integradora que teorizas desde la autonomía de «lo poeta»?

Siempre me ha gustado explorar, y no descartar nunca, las variaciones de mis poemas. Lo aprendí de los grabadores: puedo manipular la matriz. La creación del poema es un proceso de exploración del poema. Al final, para un libro concreto, tomas una decisión concreta. La decisión de incluir esa versión es que no se publicó, y que está íntimamente relacionada con Adolescencia de Narciso, que quería que estuviera presente, pero de otra manera.

No deja de ser por ello cierto esa búsqueda, que comentas, de concordancia. Y la expresión “lo poeta”, que aparece en Enseñando a nadar a la mujer casada, fue un hito íntimo dentro del proceso de construcción de mi voz y un primer paso de exposición pública de una cuestión íntima. Enseñando a nadar cerraba una tetralogía en la que usurpaba poéticamente decenas de identidades: ¿desde qué identidad escribiría, a partir de ese momento? ¿Volvería atrás? “Lo poeta” me permitió volver adelante: justo adonde la zona de confort se convierte en la zona de conflicto.

 

No toda la literatura contemporánea es de consumo efímero

Estructuras la antología con la nomenclatura de un vinilo o una casete (Side A. Casa de citas, Side B. Cambio de registro y Bonus track). Dada tu reconocida condición de melómana, afirmas que la duración real de una canción de amor supera con creces sus tres minutos de media gracias a la memoria emocional. ¿Es esta disposición musical una vindicación de la lentitud y de la artesanía poética frente al consumo efímero de la literatura contemporánea?

«La artesanía no quiere durar milenios ni está poseída por la prisa de morir pronto», dijo Octavio Paz. Y no toda la literatura contemporánea es de consumo efímero, del mismo modo que muchas obras que hoy consideramos clásicas nacieron del deseo de entretener, no solo al público.

Hay canciones que no necesitamos escuchar para que toda una época regrese a nuestra memoria, en especial las que relacionamos con un enamoramiento, o con un estado mucho más feliz que ese, que no tiene por qué ser dichoso, de nuestras vidas. Como no necesito ver un cuadro de Valentín Albardíaz para recordarle, ni necesito ver a Agustín Ruiz de Almodóvar para que una parte del pasado retorne a mí cuando veo algunas de sus obras en mi casa. Pero si escuchamos esa banda sonora de aquel pasado, un día cualquiera, por casualidad, resulta imposible no evocar aquel amor apenas escuchamos las primeras notas. La “canción de amor”, en este libro, alude al breve tiempo en que brillantes artistas y “lo poeta” establecieron una relación creativa desde la mutua admiración, desde el amor al arte, al talento, a la inteligencia del otro, en la que fusionaron afinidades personales, disciplinas artísticas distintas, e intenciones intelectuales. Tres, cuatro, cinco minutos… eso es algo aleatorio. La intensidad de esos breves intervalos de tiempo que compartí con ellos es lo trascendente, porque los recordaré toda mi vida. Como una canción de amor.

 

La Poesía es la crujía, determina la forma: el poema es el espacio habitable

Al profundizar en la arquitectura del libro, resulta revelador el juego semántico de los subtítulos que acompañan a cada cara. La Side A se bautiza como Casa de citas, término que oscila entre el espacio del encuentro íntimo y el tejido interdisciplinar donde las voces ajenas se entrecruzan con la tuya, mientras que la Side B, Cambio de registro, remite tanto a la mutación estilística como al giro vital o identitario. ¿Qué intencionalidad poética y conceptual encierran exactamente estas dos etiquetas para articular el conjunto del volumen?

Toda. Para mí, el marco conceptual —títulos, subtítulos, antetítulos, citas…— nunca es caprichoso. Es esencial, ya surja antes, en cuyo caso impulsa e inspira, o después, en cuyo caso resume o insinúa. Hablo de cálculo de estructura, en cierto sentido arquitectónico. La Poesía es la crujía, determina la forma: el poema es el espacio habitable.

“Casa de citas”, como lugar de encuentros, lo es de referentes y de referencias. “Cambio de registro” sugiere un procedimiento administrativo para dar un paso en un proceso, pero también un cambio en la forma de trabajar una disciplina, en mi caso, literaria. Intenciones poéticas, ninguna, suponiendo que te refieras a un propósito de crear belleza, o despertar emociones, o provocar una reflexión estética en quienes se adentren en el libro. Si acaso, la de dejar constancia de una gratitud razonada a la poesía, al arte y a la amistad. Puesto que sólo soy una persona rota en dos grandes pedazos, el de un pasado horrible y el de un futuro aterrador, esos tres pilares me han sostenido hasta aquí. Aunque quienes lean esta obra podrán preguntarse, lícitamente, para qué [risas].

 

En la Side A rescatas la correspondencia en verso que mantuviste con el maestro Antonio Carvajal a propósito de tu cuarenta cumpleaños, titulada retóricamente con los pasos de la oratoria ciceroniana (Exordio, Narratio, Refutatio…). Frente a la solemnidad que suele atribuirse a la alta poesía, estos textos rezuman complicidad, ironía y humor. ¿Reivindicas con ello que la poesía es también un espacio de celebración festiva, juego rítmico y fraternidad entre iguales?

Sin duda. Escribo poesía, a menudo, sólo para divertirme, para jugar con ella, y a veces ella juega conmigo y me lleva adonde no esperaba. Antonio, que sé que es dado a hacerlo en ocasiones, me escribió en verso, cariñosamente, por mi cuadragésimo cumpleaños. Me fijé en la forma, se la copié y le respondí… así iniciamos una correspondencia, para mí maravillosa, aunque breve, o por breve más encantadora. Se produjo esa fraternidad que mencionas, deliciosa, aunque no entre iguales, en este caso. Relacionar una hormiga con un elefante sólo se puede hacer en un chiste. Y que me perdone Antonio, si me lee, por la comparación grosera. Pero valga para decir que su altura poética es de la talla de un coloso, mientras que yo pertenezco al subsuelo.

 

Hasta las intenciones más espurias pueden producir nobles beneficios

En los apuntes previos admites con fina ironía tus incursiones en certámenes poéticos por necesidades pecuniarias y rescatas el poema «De mí disponga el cielo a su capricho» (originalmente «Sic transit gloria mundi»), descartado en su día por jurados. ¿Deconstruyes con la inclusión de estas piezas la falacia de que el valor estético de un texto depende del dictamen de un fallo institucional?

En efecto. Pero también al revés: por mi casi siempre frustrante relación con los premios literarios, terminé llegando a lo conclusión de que “lo mío” no era tan malo, solo que los libros premiados eran, indefectiblemente, mejores, y que no había trabajado lo suficiente en la obra que había presentado: sobre todo no me había concentrado en escribir poesía, sino en una utilidad práctica. A todos esos proyectos frustrados los llamo “los libros del cuento de la lechera”. Sin embargo, por consecuencialismo, hasta las intenciones más espurias pueden producir nobles beneficios: participar en certámenes me sirvió, por cuestiones de plazo, para impulsar obras enquistadas.

Así que mea culpa. ¿Que hay ganadores y ganadoras que sólo por el nombre ya te tumban, porque existen intereses alrededor? Apuesto al rojo. ¿Que en ciertos concursos a los que se presentan mil, mil quinientos, dos mil originales, ya sería un milagro que tu libro llegase al jurado? Doble al rojo. ¿Que alguna vez, al leer la obra ganadora piensas que la tuya era mejor? Triple al rojo. ¿Que hay una notabilísima cantidad de poetas excelentes, con talento y oficio, que escriben poemarios claramente mejores que el tuyo? Todo al rojo.

Pero en cada naufragio algo se salva. El poema con el que ejemplifico las circunstancias que has explicado es la demostración de que el jurado, por regla general, es justo. Mi idea era, es y sigue siendo, desde mi humilde punto de vista, magnífica. Pero cuando presenté el resultado a concurso mi poema era cualquier cosa, menos perfecto, y el jurado acertó plenamente al no tomarlo en consideración. «De mí disponga el cielo a su capricho» no es perfecto aún, ni siquiera en esta tercera versión de «Sic transit gloria»: mi capacidad de empeorar lo ya escrito es una de mis mayores virtudes. Pero hay poema, y eso es lo único que debería importarle a quien pretende escribir una poesía, cuando poco, digna: que haya una basa firme y un fuste ambicioso: ya llegará el capitel. Y habrá quien llegue más lejos.

 

En la relación con los artistas aprendes a tener y a mantener una relación intelectual

En tu ensayo Utile et dulci indagaste sobre las conexiones intermediales entre la poesía y otras disciplinas. En la Side B incorporas textos nacidos del trabajo directo con pintores, fotógrafos y compositores. Sugieres que estas incursiones fueron «subsidiarias» pero «necesarias» para tu aprendizaje. ¿Qué le otorga la mirada de un escultor como Díaz de Almodóvar o de un pintor como Valentín Albardíaz al verso que la literatura por sí sola no puede proporcionarle?

Valentín partió en Un kílim para Rimbaud de una anécdota mínima, que surgió durante el montaje de la exposición dedicada al poeta francés en la Huerta de San Vicente –un pequeño trozo de tela, una época concreta de la vida de Rimbaud– para construir un espectacular kílim pictórico de tramas, texturas e intensidades cromáticas. En mi texto «Harar», utilizando un detalle versal mínimo, una constante, quise conseguir lo mismo: convertir un hilo en un tapiz. Más que la mirada de los artistas, o su perspectiva, es el discurso intelectual y el resultado plástico que consiguen, según una técnica específica, lo que me fascina. También me sucede con algunos científicos, que conste. Nunca podré resolver una ecuación, pero sí traducir a mi lenguaje el significado de sus términos, incluso la cuestión que plantea una función o subyace en su expresión.

Sin embargo, dado que cada discurso diferente produce resultados distintos, me obligaría a desgranar una aplicación poética concreta, elegir un caso concreto, cuando, en realidad, me sirvo del marco teórico de sus planteamientos, de su retórica conceptual, para desarrollar mi propia intuición.

Te pondré un ejemplo gráfico, elemental, consciente de que hago trampa en la respuesta, pero que puede valer tanto para obra gráfica –una serie– como musical –una variación–. Como vimos antes con «Encaje», hay tres versiones distintas, cada una con una razón propia, de tal manera que, aunque no se presenten “en serie” sí se constituyen en una serie de variaciones. En un libro, afortunadamente inédito, que empezó llamándose Escenas de interior —que luego utilicé como antetítulo de una de las secciones de Poemas perplejos, que mereció un accésit y la publicación— me propuse indagar en la serialidad de ciertas escenas cotidianas respecto a un tema principal, en concreto “el regreso”, idea lejanamente inspirada en La Odisea: cómo distintas personas-personajes se preparan para volver a un sitio, qué esperan encontrar y qué encuentran, en realidad. Una premisa de trabajo: al final el tema se bifurca y ramifica hasta convertirse en un viaje de ida, hacia lo desconocido, no de vuelta.

Y hasta tal extremo se ramificó que, entre tanta fronda, y tan confusa, me quedé con una sola de las ramas, y así Escenas de interior se transformó en Diecisiete variaciones sobre el tema del regreso, que mereció el accésit del premio Gustavo Adolfo Bécquer, hacia 1993, y permanece afortunadamente inédito.

Quiero decir con todo ello que, al menos en la poesía y poetas que conozco, el proceso es invisible: el resultado, la obra final, es un sólido platónico que aparece ante mí: me es dado. Sin embargo, en la relación con los artistas aprendes a tener y a mantener una relación intelectual, un discurso con tu propia creación más profundo; una paciencia infinita a la hora de lograr frutos; a poner atención en la herramienta con la que vas a expresarte —en mi caso la adecuación del lenguaje a una finalidad— y una visión global sin la que, por poner un ejemplo, los cuatro libros que componen Redención de Pandora —aunque sólo contenga tres, en la edición actual— no hubieran sido, salvo Poemas perplejos, una construcción sostenible durante tres décadas.

 

En la adaptación teatral de Las bacantes de Eurípides —presente en este volumen en su versión como libreto operístico inédito— suprimes la figura de Tiresias, dejando a Penteo y Dionisos solos ante el conflicto entre el Orden de Estado y el Orden Natural. Además, acentúas el deseo de Penteo al vestirse de mujer. ¿Constituye esta reescritura del clásico un reflejo de la imposibilidad de conciliar la norma social con la fuerza irrefrenable de la propia naturaleza identitaria?

No fue una decisión mía, sino del director artístico y autor de la idea original, mi admirado Jaime García. ¡Yo me hubiera quedado con Tiresias! ¡Era perfecto! Por castigo de Hera, y subrayo la idea de “castigo”, fue convertido en mujer durante siete años, de modo que experimentó plenamente las vivencias masculina y femenina, lo que, simplificando mucho el mito, que da mucho de sí, le llevó a ser castigado de nuevo por Hera con la ceguera, mientras Zeus le concedía la visión interna. ¡Sólo con eso hubiera escrito tres tragedias más! No obstante, de Penteo entendía bien el temor a la transgresión, más aún cuando él representaba el orden y la razón de estado. Jaime, por razones de concepto, diseño y producción de obra, quiso centrarse solo en cuatro personajes, coro aparte. La intervención de un personaje tan jugoso en la obra de Eurípides es pequeña. Se ciñe al encuentro con Cadmo y al breve cruce dialéctico con Penteo, en el que Tiresias ejerce de mediador, advirtiendo al rey de las consecuencias de oponerse a la voluntad de los dioses.

 

Hay ciertos sentimientos que contengo hasta reducirlos a su mínima expresión

Entre las colaboraciones dispersas figuran las Canciones de la vereda, letras concebidas ex profeso para la voz del cantaor Manuel Heredia en las que adoptas la sintaxis y la dicción del andaluz. ¿Cómo se ajusta un poeta caracterizado por el rigor métrico y la elegancia clásica a la desnudez expresiva y al pellizco flamenco?

Bueno, te agradezco el piropo, pero fallo más que las escopeticas de feria. De todos modos, durante aquella “excursión poética” al mundo del flamenco estudié la métrica de cada palo, sus variaciones o, en directo, la estructura del cante, la dicción del cantaor y el catálogo completo de los metaplasmos, más extenso que el de las naves de la Ilíada, sus aféresis, síncopas, epéntesis, apócopes… Cada barrio tiene su acento propio y, además, cada cantaor sigue su oído y atesora una dicción. En mi caso, como quizá hayas observado, tiendo al hipérbaton, pero hay ciertos sentimientos que contengo hasta reducirlos a su mínima expresión.  Así que los sentimientos que se cantan en el flamenco, y que no me permitía en mi poesía, terminaron saliéndome por peteneras (o por alegrías, según me diera) con una exageración natural maravillosa. Incluso inventé una serie de signos –una influencia de las artes plásticas– para que las letras cuadraran con el número de versos de los cantes solo si eran “leídas-cantadas” de una forma específica. Disfruté muchísimo en aquellos tiempos, aunque buena parte de mi salud la dejé allí, «Camino del Sacromonte», que es como comienzan las Canciones de la vereda, incluidas en Escrito lo que dura una canción de amor, acompañadas con el precioso prólogo que escribió Jorge Fernández Bustos, en su día.

 

El placer sólo es una apariencia de placer que, en realidad, solo expone una de las máscaras del dolor

En el «Díptico de Erígone» —texto en curso para un proyecto de Jaime García— haces convivir el erotismo galante del cuadro El columpio de Fragonard con la trágica soga del mito griego. El vaivén del columpio parece simbolizar el balanceo entre el placer y el dolor. ¿Es esa oscilación pendular el esquema definitivo sobre el que descansa tu visión de la existencia humana?

Desde luego se le parece mucho. Aunque, por matizarlo, considero que el placer sólo es una apariencia de placer que, en realidad, solo expone una de las máscaras del dolor. Eros y Tánatos. Si quieres, nada nuevo bajo el Sol. Pero, aunque no quieras, una realidad aplastante, consustancial a la experiencia humana. No obstante, el trabajo de Jaime García va y ve más allá: en ese díptico, de momento, actúo como él me pidió: como relatora, con plena libertad de actuación, pero desde un punto de vista descriptivo del hecho. Este se escenificó en una nave industrial, con la fantástica interpretación de Celestino Luna de la composición musical para trombón escrita por Juan Cruz-Guevara. No hubo más público que quienes participábamos directa o indirectamente en la producción. El planteamiento no podía ser más minimalista. El resultado no pudo ser más grandioso.

 

La fuerza coercitiva del lenguaje del poder reside en su capacidad de sugestión hipnótica

Cierras la antología con el discurso leído en 2022 ante la Real Academia de Buenas Letras de Granada como Bonus track, un acto en el que acudiste desobedeciendo el código de vestimenta binario de la institución y expresaste públicamente tu condición transgénero. Planteas allí el carácter plástico, pero también falaz del lenguaje. ¿De qué manera la poesía puede convertirse en una herramienta de subversión frente al uso coercitivo de la palabra por parte del poder?

En el discurso aludo a esa cuestión, creo, con cierto tino y extensión bastante, partiendo de las Contribuciones a la crítica del lenguaje, de Mauthner. El título me parece revelador: Lenguaje, silencio, poesía y acción: el jardín de los senderos que confluyen. Creo que es un discurso muy bonito. Y cosa rara en mí, intenté ser consecuente, como bien cuentas, con mi declaración de principios protocolaria. Esta contó con la anuencia de la Academia, no con la de mis amigas, que se opusieron de forma tajante a que apareciera con el vestido que me regaló una de ellas, cuyo escote me llegaba casi hasta el ombligo [risas]. Al final, con motivo de mi cumpleaños, que había sido en enero, un maravilloso grupo de amigas y amigos me regalaron un traje de chaqueta sencillo, y dejé las osadías para el maquillaje, la peluquería y los complementos. Fue una acción, sin duda, pero no una acción revolucionaria, como propugnaba Mauthner.

La poesía actual, al menos la que me llega, y de la que me llega la que alcanzo a leer, carece de capacidad de transformación del mundo: sencillamente, no es su función. Transformar el mundo se puede intentar mejor con un martillo, si lo que queremos es desguazarlo. La poesía no es la herramienta, aunque puede ser una trinchera de resistencia de la devastación del lenguaje: sí puede serlo, precisamente, el lenguaje, pero el lenguaje actual o es romo, o se ha pancartizado.

 

La educación es el mayor bien de cualquier sociedad

 

En cuanto al uso coercitivo del lenguaje por parte del poder, debo matizarlo. En la actualidad, la fuerza coercitiva del lenguaje del poder reside en su capacidad de sugestión hipnótica, en el embrujamiento a través de la demagogia, en la desarticulación del pensamiento crítico individual mediante la inoculación en las sociedades, a gran escala, de conceptos fabricados en laboratorios políticos de frases hechas para que el poder no necesite, ni siquiera, desgastarse en la represión. Si consigues que un dragón viva feliz paciendo palabras-césped, no necesitas reprimir. Basta educar a través de la consigna y la divisa para estabular. Sólo albergo ya la esperanza de que regrese el Humanismo al mundo, quizá de manos de la ciencia, no de la tecnología, que acaba siempre en manos del poder. Al menos que triunfe una razón sin sesgo ideológico frente al dogma, y asistamos al renacimiento de una educación integral e íntegra. Ojalá los estados velen de veras por la felicidad de la ciudadanía en lugar de reducirla al analfabetismo, la incultura y la ignorancia: sería el ejército más peligroso del mundo. La educación es el mayor bien de cualquier sociedad. Educa en ciencia, en ingeniería, en filosofía, en artes, en salud y deporte, en valores cívicos, en humanidades, y tendrás científicas, ingenieros, filósofas, artistas, ciudadanos… tendrás verdaderos seres humanos. Faltan Sócrates, filósofos, sabiduría. Sobra cicuta, demagogia, maldad.

 

Quienes divulgan, coordinan u organizan cualquier actividad cultural son mis héroes y heroínas

A lo largo de tus notas dedicas palabras de hondo reconocimiento a agitadores culturales, editores y amigos como José Vallejo, Gerardo Martín o los miembros de la Asociación del Diente de Oro. En un panorama literario dominado con frecuencia por la prisa y el mercadeo, ¿qué importancia ha tenido la amistad para mantener viva la llama de tu exigencia poética?

Toda. Pero no tanto de mi “exigencia poética”, sino de mi vida entera, aunque quiero y debo apuntar que su amistad, su talento, y su constancia en difundir el arte ajeno fueron y son un ejemplo para mí.

En algún momento de mi proceso de aprendizaje, abordé actividades puntuales y ciclos en la Biblioteca de Andalucía, o no hace mucho en el Ateneo… Incluso antes de que existieran las redes sociales yo utilizaba el correo electrónico para difundir exposiciones, conferencias o presentaciones de libros, aunque coincidieran con la puesta de largo de alguno mío. Quienes divulgan, coordinan u organizan cualquier actividad cultural son mis héroes y heroínas porque, a mi escala, sé cómo y cuánto quema ese trabajo titánico que parece tan sencillo como decir: hay cartel, hay sitio, hay micrófono, y hay artista: no hace falta nada más. Me parece sumamente injusto que no se aprecie en lo que vale, por lo que cuesta, la acción cultural desde el ámbito privado.

Pienso en Alfonso Salazar, Javier Benítez, Marta Badia, Carmen Córdoba, en tantos y tantas otros… Hace muchos años, demasiados, que el Diente de Oro se merece un reconocimiento en esta ciudad por todo lo que ha hecho, a pulmón, dejándose la piel y a pie de calle, durante décadas, haciendo virguerías con las cuotas trimestrales de los socios. Lo de Gerardo Martín Rodríguez y el extraordinario equipo de voluntarios y amigos del Aula de Pensamiento de Motril es épico: doscientas actividades sólo el último año, recaudando fondos casi puerta a puerta, negocio a negocio, un trabajo que al menos sí tuvo su reconocimiento por parte de la Academia de Buenas Letras de Granada. José Vallejo, en el ámbito privado, sin entrar en sus años en la concejalía de Cultura, se ha dejado media vida en la programación y en la producción cultural de una pequeña capital de provincias con una altura de miras y una calidad de tratamiento encomiables en cada producción, que ya quisieran para sí muchísimas grandes capitales. Que todos hayan contado conmigo en numerosas ocasiones es mi mayor orgullo personal.

 

Mis cribas nunca obedecen a la posible excelencia de lo escrito

Sabiendo que esta obra es el cierre de una trilogía de antologías donde ya has sometido tu propia producción a una criba minuciosa, pedirte que cribes lo ya cribado roza el sadismo editorial. Aun así, si tuvieras que poner al lector en el dilema de detenerse con lupa en solo tres piezas de todo este volumen, ¿cuáles elegirías para sintetizar la arquitectura de este reencuentro y qué razón, estética o afectiva, justifica semejante elección?

Mis cribas nunca obedecen a la posible excelencia de lo escrito, sino a la función que les asigno a un proyecto concreto. Aparecen los textos que considero más significativos para su utilidad, al servicio de la idea general de la antología. ¿Especialmente queridos? Sin duda «Encaje», «Harar» y «El hotel ilustre», por su íntima conexión conmigo, y con la importancia de mi relación con el arte y de la literatura para mí. Pero creo que los pocos lectores que hayan sobrevivido a mis respuestas agradecerán cierta brevedad ahora: así que «Encaje», y dos piececitas breves de Las canciones de la vereda, sin apenas metaplasmos… un cante a palo seco, la «Carcelera», y una cantiña, la «Copla de panaderos».

 

Ninguna editorial ha acertado tantas veces en la diana de mi alma como Hiperión

El volumen se abre con la sentencia: «La pena llega y llaga cuanto libas / y todo lo demás es impostura: / la más honda verdad es la alegría». Habiendo centrado gran parte de tu producción previa en la indagación del dolor histórico y la tragedia colectiva, ¿cómo se conquista esa «honda verdad» de la alegría en el tramo actual de tu vida y de tu obra?

Así lo quiso la prologuista, y el soneto que glosa ese verso de “Lo que no es sueño”, de Claudio Rodríguez, es uno de mis poemas preferidos. La alegría, en el tramo actual de mi vida, es llegar a mediados de mes sin haber consumido la totalidad de mi exiguo salario. En cuanto a mi obra, mi mayor dicha fue La esteva, por la editorial y por la exhaustiva introducción de alguien tan admirado por mí como Antonio Chicharro. No es frecuente que Hiperión publique una antología, como novedad, menos aún de alguien a quien no se conoce más allá de la vuelta de la esquina. Sentimentalmente, esa editorial que ha cumplido medio siglo, ha sido y es para mí uno de los grandes amores de mi vida. Apenas terminé COU me hice con Hiperión, o el eremita en Grecia, en la traducción de Jesús Munárriz, y los Poemas de Nietzsche, en la de Virginia Careaga y Txaro Santoro: esos fueron mis dos primeros flechazos. Les siguieron muchísimos más. Ninguna editorial ha acertado tantas veces en la diana de mi alma como Hiperión. Como mis más queridos amigos, sus libros salvaron mi vida.

 

Musicalmente sufro periódicas recaídas en Brahms y en Mahler

Como poeta caracterizada por una vasta cultura clásica, tus referentes han nutrido de forma constante la textura de tu verso. ¿Qué lecturas o descubrimientos musicales te acompañan en este periodo de mudanza? Por otro lado, sabemos de la existencia de una novela en ciernes que busca su cauce editorial; sin desvelar más de lo prudente, ¿supone esta incursión en la narrativa una prolongación del universo friebeano o el salto definitivo a una voz radicalmente nueva?

Mi queridísimo y llorado amigo Enrique Ortiz, cuando me prestó el primer libro de Jenaro Talens, me dijo: «Este tío es Dios». Tenía razón. Pero no solo por su propia obra. Hace poco terminé la tercera vuelta a sus traducciones de Oficio de Babel (Versiones y palimpsestos 1970-2025), y qué delicia volver a su “otra obra”. Así que mis vacaciones se las he dedicado a él, y a un montón de libros pendientes, de la última Feria del Libro de Granada, entre ellos la de Poema de Yavé (y otros poemas) de Gerardo Rosales Camacho, un libro publicado por la ABL, a la que pertenezco, y por el que sentía una viva curiosidad. Musicalmente sufro periódicas recaídas en Brahms y en Mahler, por el flanco clásico, o en New Order y Cocteau Twins, por el frente de mis nostalgias. Pero me tropecé con “The unforgiven”, inesperadamente, en un programa de radio, con motivo del 35º aniversario de la publicación del álbum negro de Metallica, y les dediqué, y me dieron, muy buenos ratos.

En cuanto a Prólogo de un suicidio, siempre me ha divertido escribir narrativa. Por ahí tengo, además, una entretenidísima Crónica de vidas improbables, en un cajón. Nada de una voz nueva. De hecho, la poesía “me sucedió” por accidente, a los doce años. Antes de aquel atropello yo intentaba escribir novelas de misterio, tan enrevesadas que cuando terminaba el primer capítulo no sabía cómo seguir. Prólogo de un suicidio fue el primer intento serio de construir una novela. Empecé a escribirlo entre los dieciocho y los veinte años, y lo terminé —en su primera versión definitiva, de setecientas páginas, o así– en la primavera de 2024, cuando esperaba los resultados de la biopsia de un tumor de páncreas: no quería morirme sin saber cómo terminaba. Al final, gracias a Dios, la cosa no fue catastrófica, y por ahora, aquí sigo. Durante estos dos últimos años he conseguido, no sin pesar, reducirlo a cuatrocientas. Quienes la han leído me han animado mucho a valorar muy positivamente el artefacto, pero por el camino de la narrativa, salvo que escriba un spin-off a partir de las trescientas páginas que descarté, dudo que me convierta en novelista.

 

Llegamos al final de esta conversación. Como es tradición en esta sección, nos gusta que sean los propios autores quienes tiendan puentes hacia otras voces esenciales. Como lectora, ¿de quién te gustaría conocer su “Primera impresión”?

De José Carlos Rosales, ya que lo mencioné… que acaba de publicar en Renacimiento Montañas de arena, después de Vidas aparte, además, siempre ha estado atentísimo al mundo artístico. Él hubiera acometido Escrito en lo que dura una canción de amor con una altura intelectual que le envidio.

 

 

 

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Tres poemas de Escrito en lo que dura una canción de amor

 

 

POEMA SOBRE UNA PIEZA CERÁMICA DE REFRACTARIO

DE AGUSTÍN RUIZ DE ALMODÓVAR SEL

 

Existo porque tú me hiciste ser yo misma,

porque tú decidiste que yo tuviera forma,

porque me alzaste entero, de la nada,

y sólo tú me viste antes que fuera.

 

Antes que de mi carne me arrancaras un cuenco,

fui tan sólo un puñado de tierra entre tus manos

del mismo fango informe que los sueños

que el fuego funde en el crisol del alba.

 

Si tú me decidiste, ya no me decidieras:

heme aquí conforme a un rescoldo oculto

bajo un espeso manto de ceniza,

una vida invisible encerrada en un puño,

 

igual que un corazón en suave porcelana

un latido latente enterrado en la piedra.

 

 

 

 

Copla de panaderos

 

Las que sembraron semillas,

las que segaron la mies,

las que le hicieron la trilla,

las del cedazo al cerner.

 

Las del tamiz de la harina

en un cuenquico con sal,

las que echaron levadura

y mimaron su amasar.

 

Benditas to´as las manos

que lo hicieron hornear,

y llevaron a tu boca

este trocico de pan.

 

 

 

 

 

 

 

Carcelera

 

De haberte querí´o tanto

me tienes preso de pena,

igual que el reo en la cárcel

esperando su condena.

 

Como un canario en su jaula

cautivo en la zorzalera,

cantándote a palo seco

se me vie´n´cima las rejas.

 

Tus labios son eslabones,

tus besos son mis ca´enas,

tus brazos son mis canda´os,

tú de mi amor carcelera.