Por Jesús Cárdenas.

Isabel Marina (Avilés, 1968) es periodista, licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra y máster de Radio Nacional de España. Desde 2019 dirige Ítaca, revista de poesía que se edita en papel desde Asturias y se distribuye por suscripción en toda España, se ha convertido en un espacio de difusión y encuentro para la poesía contemporánea. Creadora y presentadora de «Poeta del mes», programa de entrevistas celebrado en la Asociación Culturas, ha participado asimismo en diversas antologías y ha colaborado con poemas y reseñas en distintos medios. Es autora de los poemarios Acero en los labios (2016), Un piano entre la nieve (2018; 2022), Un árbol que tiembla (2022) y Donde siempre es de día (2024). Mujer frente al espejo, su quinta entrega lírica, vuelve a publicarse en la editorial El Sastre de Apollinaire. En su escritura, la experiencia íntima adquiere una dimensión meditativa y terapéutica: lo vivido y lo imaginado se someten a un proceso de decantación mediante el que la poesía se convierte en una forma de ordenar la experiencia, interrogar la propia existencia y buscar, entre las incertidumbres del tiempo, una posibilidad de comprensión.

 

Mujer frente al espejo reúne 140 poemas y, sin embargo, tu poesía ha tendido siempre hacia la concentración, hacia ese despojamiento que parece confiar más en la intensidad que en la abundancia. ¿Qué ocurrió aquí: necesitabas decir más o necesitabas callar de otra manera? ¿En qué momento comprendiste que había un libro y no simplemente una acumulación de poemas? Y una cuestión más incómoda: ¿la extensión de un libro puede ser también una forma de resistencia frente al silencio?

Este libro es extenso, sí. Coincide con una etapa en que escribir ha pasado a ser, desde un punto de vista inmaterial, psicológico y emocional, casi una forma de vida. Justo estos días [de finales de agosto], leyendo los diarios de Miguel Torga, encuentro la frase: “La vida es para vivirla, no para hacer de ella literatura”. Me hace sonreír interiormente, porque tampoco Torga podía evitar vivir escribiendo.

Comprendí que había un libro al releer lo escrito durante los últimos tres años, y sobre todo al percibir esa sensación que no puedo explicar. Suele ocurrir de media cada tres años. La vida transcurrida, los hechos personales, las lecturas, la música, los viajes, el arte que he conocido o he visto en esos años, producen sus frutos en forma de poemas. Siento como una redondez del tiempo, como una etapa concluida que es a la vez vital y literaria, pues ambas se mezclan siempre, y entonces sé que hay un nuevo libro.

Publicar un libro, sea de la extensión que sea, es siempre una forma de resistencia frente al silencio. Escribir es siempre una forma de resistir.

El tiempo es quizá el leitmotiv del libro. «Ya ha pasado / la mayor parte de tu vida», escribes en «Mujer frente al espejo», y en otro poema: «Eres aquella de la que trataste de escapar». No hay demasiada indulgencia en esa mirada. ¿Qué sucede cuando dejamos de contemplar el pasado desde la nostalgia y empezamos a contemplarlo desde la responsabilidad de haber llegado hasta aquí? ¿Escribir sobre el tiempo supone aceptarlo o rebelarse contra él mediante el lenguaje? Quizá todo poema sea, en último término, una pequeña insurrección contra lo irreversible.

Es cierto que mi mirada no es indulgente, pero, si lo piensas, conocer la realidad, la verdad que subyace, por dura que sea, resulta ansiolítica: es un bálsamo. Ver la realidad es hacerse responsable de uno mismo. Y eso vale también para la poesía. Que además creamos una ficción con ella, de acuerdo. Pero no creo en la poesía que se aparta de la autenticidad, que no se escribe desde el corazón, por mucha perfección técnica que demuestre.

Escribir sobre el tiempo supone comprenderlo, es decir, aceptarlo. Y sin duda alguna supone también rebelarse contra él. Tenemos pocos márgenes para la libertad. Estamos constreñidos por una ley vital de la que nadie puede escaparse. Menciono en este libro un verso muy conocido de Joan Vinyoli:

“Tot és irreversible: / viure i morir”. La literatura es para mí el lugar donde ser libre, por un hecho tan simple de que podemos escribir, tachar, reescribir, cancelar… Lo ocurrido en la vida real, sin embargo, no puede rehacerse. No se puede volver atrás. La vida, como dice Vinyoli, es irreversible.

«Solo los libros son el consuelo. / Solo la escritura alivia esta orfandad». Son versos que no parecen dejar espacio para la ironía. Tú has defendido, además, desde Ítaca, el poder terapéutico de la poesía. Pero ¿no existe un peligro cuando atribuimos a la poesía la obligación de curarnos? ¿Puede un poema fracasar como terapia y triunfar como poema? Y, al contrario, ¿puede una escritura demasiado preocupada por aliviar terminar evitando aquello que precisamente debería mirar de frente?

Creer en el poder terapéutico de la poesía no significa afirmar que ésta tenga la obligación de curarnos. No sólo no tiene la obligación, sino que tampoco tiene la capacidad de hacerlo. Sí es eficaz para aliviarnos, como todo el arte en general, que tiene un gran poder consolador y de compañía, enfocando nuestra mirada a otra dimensión más elevada y enriquecedora. La curación de los problemas psicológicos y emocionales solo es posible con los profesionales y terapias correctos, no a través de la poesía. Por otra parte, escribir poemas puede resultar eficaz como terapia o desahogo, pero eso no tiene nada que ver con su calidad como objeto artístico.

Creo que no debemos escribir pensando en aliviarnos, con el objetivo de aliviarnos, aunque lo consigamos, porque no hace falta.  Escribir es en sí mismo terapéutico, no es necesario buscarlo. Indagar en las propias emociones, conectar con uno mismo, realizar una introspección, expresarlo en palabras, ya es terapéutico. Que luego sea además un objeto bello y artístico es otra historia.

La segunda sección, «Ser», parece avanzar desde la conciencia del pasado hacia una interrogación más radical sobre la identidad y la soledad. En «Casa deshabitada» escribes «No se sabe cuándo amanecerá otra vez», mientras que en «Entre el ayer y la nada» reconoces: «Me he acostumbrado a dudar de mí, / a amanecer con la extrañeza / que va dejando huellas en mi piel». Sin embargo, en «Perfección en el silencio» afirmas: «Cara a cara con el miedo / los fantasmas desaparecen». Parece existir, por tanto, un movimiento desde la incertidumbre hacia una cierta forma de serenidad. ¿Es necesario atravesar la soledad y el miedo para llegar a conocernos? ¿Qué ha cambiado en tu poesía desde aquella mujer que preguntaba hasta esta que se atreve e a responder?

Es necesario atravesar la soledad, desde luego. Estamos acostumbrados a considerar la soledad como algo negativo, y sin embargo es la esencia de nuestro ser: nacemos solos y morimos solos. A la idea común que considera la soledad algo perjudicial o negativo, yo puedo oponer otras ideas.

Estar solos significa estar con nosotros mismos, y eso es algo que no podremos nunca evitar, porque nunca podremos apartarnos de nuestro ser. Por otro lado, estar solos es necesario para llegar a conocerse y a estar en paz. Significa habitarse a uno mismo, a una misma. Es posible pasar por la vida sin conocerse, sin comprenderse, viviendo en un vértigo, a toda velocidad, sin pararse a pensar en quién es uno, esto es, sin habitarse. Lejos de una misma. Esa es una desgracia. No hay nada peor que no tenerse a una misma. Y para hacerlo es necesaria la soledad como introspección, como reflexión, que nos conduce al descubrimiento y a la serenidad.

Este espacio de soledad imprescindible yo lo he encontrado en la poesía, en la lectura y en la escritura de poesía. Fíjate si tiene un valor incalculable que nos permite acceder a nosotros mismos, vernos en el espejo, formularnos preguntas y tratar de responderlas. Permite saber que una existe, que está viviendo. Parece una perogrullada, pero no lo es.

La escritura de poesía me acompaña desde hace muchos años. Es un camino por el que transito, paralelo al de la propia vida. Tiene un ingrediente básico: la reflexión, que me permite hacerme preguntas y tratar de responderlas. Me permite dialogar conmigo misma. Y el que busca siempre encuentra.

«Es nuestra ceniza lo que arde». Hay una paradoja muy hermosa ahí: lo destruido todavía alimenta el fuego. Y después afirmas que «no moriremos nunca, aunque hayamos muerto». ¿Hasta dónde estás dispuesta a llevar esa afirmación? ¿Es la poesía una forma de supervivencia real o solo la más hermosa de nuestras ficciones contra la muerte? Me interesa también el verbo: arder, alimentar, morir. Son palabras físicas, casi materiales. ¿Buscas que el poema piense a través de imágenes concretas antes que mediante conceptos abstractos?

Es una cuestión de creencias personales lo que hará que algunos piensen que vamos a seguir o no después de la muerte existiendo de alguna manera. Yo no puedo llevarlo hasta ningún extremo porque no puedo probar que exista o no algo después de la muerte, pero mi intuición me dice que no sabemos nada, que nadie ha podido demostrar que haya algo después, pero tampoco que no lo haya. Y el corazón me muestra todo lo que los grandes poetas y artistas muertos nos han dejado. Algunos podrían llamar despojos a las obras de arte, a las sinfonías, a los libros de poemas. Son restos de personas fallecidas, ¿no? Entonces son incluso menos que despojos: solo ceniza. ¡Pero cuánto ilumina esa ceniza, cuánto nos nutre, cuánto nos ayuda a seguir! Resulta que esa ceniza está viva, arde, está incluso más viva que la mayor parte de nosotros, que solo habitamos un momento. “La vida es un relámpago entre dos largas noches”, decía Amado Nervo. De algunos, muy pocos, quedará la ceniza de ese relámpago, ardiendo eternamente.

Es cierto que mi poesía está llena de imágenes. Pienso a través de imágenes. También a través de sonidos. El mundo del arte y de la música es cercano para mí, es mi mundo, en el sentido de que crecí escuchando música, viendo cuadros, pues mi madre me acercó a todo esto desde muy pequeña. Entonces todas estas imágenes y sonidos se mezclan con la lectura, con los textos, forman un todo. Son inseparables. Por eso, sí, tienes razón. Tiendo a pensar a través de imágenes concretas antes que de conceptos abstractos. De estas imágenes surgen intuiciones, ideas, reflexiones, versos.

El aparato de lecturas que acompaña tu poesía resulta extraordinariamente amplio: Ángeles Mora, Angelina Gatell, Sara Teasdale, Joan Vinyoli, Eloy Sánchez Rosillo, César Simón, Vicente Gallego, Rosario Castellanos, Xuan Bello, Ángeles Carbajal, Dionisia García, Rafael Guillén, José Corredor-Matheos, José Luis Hidalgo, Efi Cubero…, además de las referencias a Valéry o Borges, entre otros. En tu caso, lectura y escritura son dos actividades simbióticas. Como directora de Ítaca, además, has hecho de la difusión de la poesía una parte esencial de tu actividad. ¿Qué debería exigirle un lector a un poema antes de entregarse a él? ¿Puede existir un poeta verdaderamente sólido sin una tradición de lecturas detrás o, por el contrario, la poesía también necesita conservar una zona de ingenuidad y descubrimiento? Y hay una cuestión tal vez más radical: ¿la originalidad consiste en decir algo que nadie ha dicho o en volver a decir lo antiguo con una música que solo puede ser nuestra?

Creo que leer poesía exige de antemano entregarse al poema que se esté leyendo. La actitud como lector o lectora tiene que ser a priori de absoluta entrega. Ahora bien, se debe exigir un mínimo de oficio, de respeto por este arte, de esfuerzo. Se nota cuando un poeta ha leído en su forma de escribir. Intento tener siempre, como poeta y como directora de una revista de poesía, una mente muy abierta, que admita todo tipo de lecturas que implican todo tipo de formas de entender la poesía. Desde la poesía de la experiencia hasta la poesía de tintes surrealistas o irracionales, creo que de todas se puede aprender, con todas se puede gozar de forma íntima y estética. Ahora bien, hay un mínimo exigible, y es una calidad básica, que puede reconocerse fácilmente al leer un poema. Podemos comprobar rápidamente si el poeta ha leído o no.

No creo que pueda existir un poeta verdaderamente sólido sin una tradición de lecturas detrás. En una ocasión, escuché decir a alguien que no leía para no ser influido. Eso me hizo sonreír. Este es un arte milenario. Una cosa es considerarlo una afición, sin más. Otra es sentir que es nuestra vida, que forma parte de nuestro ser, como explica Rilke en sus famosas cartas a un joven poeta.

Si la poesía es nuestra vida, hay que ser humildes y respetuosos con nuestro arte. Hay que leer y releer a todos los que han hecho grande a la poesía. Y también a los pequeños. Hay que leer desde una entrega y una humildad absoluta. Hay que entregarse a él como si fuera un sacerdocio. ¿Por qué digo esto? Porque la poesía, la musa, está muy por encima de nuestras pequeñas vidas. Continuará sin nosotros iluminando a los que vengan, dando sentido a su existencia.

En el último poema inédito de un gran poeta, Vicente García, que tuve el privilegio de publicar en Ítaca, él lo decía claramente: en un mundo de pesadilla, la poesía, la palabra poética puede salvarnos, la propia y la ajena. Por eso hay que leer con una actitud abierta y humilde.

Todo ha sido escrito, por supuesto. Lo único que podemos aportar es nuestra propia música, una voz propia y reconocible, una forma propia de escribir.

El paisaje supone una coordenada importante. Getafe, Arija, el Roto, una plaza vacía, un pueblo, el mar: los lugares conservan una memoria que las personas ya no pueden conservar. «Estos pueblos reflejan / el silencio de todos los relojes». ¿Es el paisaje una manera de hablar del tiempo sin nombrarlo? ¿Qué ocurre cuando un lugar deja de ser geografía y se convierte en memoria? Y, sobre todo, ¿cuándo sabes que un paisaje ha entrado realmente en el poema y no sigue siendo simplemente un paisaje?

La poesía es un intento de ordenar el mundo y nuestra propia vida. No en vano lo decía Alejandra Pizarnik: “Necesitas orden. Necesitas poesía”. Los paisajes que visitamos, tanto si se descubren o no, encuadran el tiempo, ordenan el tiempo. Al mencionarlos, hablamos del tiempo en que formaron parte de nuestra vida.

Los lugares se convierten en memoria porque vienen a nuestra mente asociados a una emoción y a un recuerdo. Como bien dijiste y confirmo, mi pensamiento se basa muchas veces en imágenes. Son las imágenes de todos esos lugares que mencionas las que evocan y producen ideas, emociones. Se funden con ellas y por eso entran en el poema metamorfoseados. Ya no son solo paisajes externos, desprovistos de emoción, imágenes sin más. Forman parte del poema, que es una destilación de la propia vida.

Uno de los poemas que más claramente expone tu concepción de la soledad es «Has elegido la soledad»: «Estar solo no significa tristeza, / pues los libros, la música y el arte / ofrecen a tu corazón desde siempre / la luz y el calor necesarios». Y después aparece una imagen bellísima: «Una auténtica casa, / un templo a lo Fernando Khnopff / te has construido». El arte se convierte en una forma de habitación interior. Enlazando con «I locked the door upon myself», ¿dirías que la soledad que reivindicas es una elección estética y vital, una manera de proteger una intimidad necesaria, o existe siempre el riesgo de que esa casa que construimos para defendernos termine convirtiéndose también en una forma de aislamiento?

Como ya comenté antes, defiendo una idea positiva sobre la soledad, como una elección donde realmente uno no está solo o sola, sino acompañado por uno mismo y por aquello que nos nutre: los libros, la música, el arte. Es una habitación interior donde protegerse de la inclemencia, donde seguir creciendo y ser feliz a salvo de las turbulencias de la vida. Como la casa- taller de Fernand Khnopff en Bruselas, que desgraciadamente desapareció.

La soledad es una elección estética y vital que no solo protege una intimidad, sino que propicia la cercanía con uno mismo, el ser del que nunca podremos escapar y donde están todas las respuestas. Conocerse a uno mismo, a una misma, es imprescindible. Significa habitarse, como he dicho. Eso no es una forma de aislamiento, no, es atreverse a mirarse en el espejo y, aún más allá, atreverse a ser, como digo en alguno de mis poemas.

Pintura y música aparecen en el libro como lenguajes que acompañan o incluso sustituyen al lenguaje verbal. Bach, Schumann, Einaudi, el gregoriano; Delvaux, Tanguy, Kandinsky, Schjerfbeck, Khnopff… ¿Qué buscas exactamente cuando llevas una obra musical o pictórica al poema: una atmósfera, una estructura, una emoción que no sabes nombrar, una tradición? Y si la música organiza el tiempo mediante ritmo y repetición, ¿has pensado alguna vez tu poema como una partitura? ¿Hay versos que deban ser leídos por lo que evocan?

La música es para mí la más elevada de las artes, porque su lenguaje es universal, pues no necesita palabras para alcanzar su emoción. El objetivo de todo arte es emocionar, y considero que la poesía no es estrictamente un género literario. En realidad, no es literatura. Forma parte del arte en general.

En mi sentimiento, todas las artes se mezclan, se retroalimentan, se trasmutan. Por eso, en mis poemas hablo de música, de pintura, de escultura. Cada obra de arte encierra su emoción y, sí, algunas expresan una emoción que no se puede identificar con palabras. Por ejemplo, Caspar David Friedrich, en su inolvidable El caminante sobre el mar de nubes, expresa una emoción que debería poder decirse con palabras, pero estas palabras no existen. Por eso, cuando me viene a la mente este cuadro, lo menciono expresamente. En su título y en su evocación están los conceptos y emociones que expresó el pintor y no pueden encerrarse en palabras. 

Sí, he pensado a veces los poemas como partituras. La música es esencial en la poesía. Cada poema es una música particular. Hay músicas hermosas y completas. Hay músicas machaconas y vulgares. Depende de la pericia y del talento de su compositor lograr una partitura inolvidable con altura y calidad. Sustituye “compositor” por poeta y “partitura” por poema. En la poesía, no solo evaluaremos la música, también el significado de las palabras, el mundo al que nos llevan. Es algo complejo y sí, cada poeta debe crear una música que debe de ser propia, original y reconocible.

Me ha llamado especialmente la atención el crecimiento de los poemas metapoéticos en Mujer frente al espejo. En «Material literario», «Vida y muerte», «Más allá» o «Poesía» ya no solo hablas desde la experiencia, sino que interrogas el propio instrumento con el que intentas comprenderla. En uno de los momentos más rotundos escribes: «Con lo poco que tengo, escribo este poema. / Con lo poco que soy, voy ardiendo en la llama», para terminar afirmando que esas palabras «sobrevivirán cuando todos, / incluida yo misma, / hayamos muerto». Hay una poética de la precariedad en ese «poco». ¿Es una renuncia a la retórica, a la grandilocuencia, incluso a la idea romántica del poeta inspirado? ¿Escribir consiste para ti en descubrir que tenemos menos palabras de las que creíamos, pero que algunas pueden decir mucho más? Y cuando afirmas que esas palabras sobrevivirán a todos, ¿estás hablando de fe en la poesía o de una necesidad humana de imaginar que algo nuestro permanecerá?

Sí, renuncio a la retórica, a la grandilocuencia…El poema tiene que estar hecho de verdad, de autenticidad. Si no es así, puede convertirse en un ejercicio vacío de contenido, en una escultura bella y fría. La emoción que suscita tiene que provenir de algo verdadero, y en mi opinión no debe escribirse con el objetivo de emocionar. Si se busca ese objetivo al escribir, se está cometiendo una impostura, se está traicionando a la propia poesía.

El dominio técnico, la gran erudición, la maestría en el lenguaje, tienen que estar al servicio de una emoción verdadera. No pueden ser solo un espectáculo hecho para impresionar. Por eso, creo que el poeta, con lo poco que tiene, con lo que de verdad es, escribe. Y con lo poco que es, arde.

Sí, tenemos menos palabras de las que creíamos, pero algunas de ellas significan muchas cosas, tienen varios significados. Viene a mi memoria el poema de César Vallejo donde habla de esa casa “donde vive / con su inscripción mi cucharita amada, /  mi querido esqueleto ya sin letras, / la navaja, un cigarro permanente”. ¡Cuántas connotaciones tiene esa cucharita amada! Indudablemente, tienes razón, algunas palabras pueden decir mucho más.

Las palabras de los grandes poetas nos sobrevivirán a todos. Por eso, tengo tanta fe en la poesía.

En la última sección, «Epifanía», parece dar un giro en el tono; a toda la angustia del laberinto, la incertidumbre, la soledad y la memoria le sigue -ahora sí la hay- una voluntad más positiva de vivir. «Hacia el mar» habla de quienes escriben «guiados […] por un desasosiego existencial». La expresión encaja perfectamente con Kierkegaard, Camus o incluso de María Zambrano: escribir porque el hecho de existir ya no termina del todo ser asumido. ¿Es este desasosiego el origen de tu poesía? ¿Qué pasaría si un día desapareciera? ¿No habría poema si llegara la calma o también puede la quietud ser un paréntesis poético? O sea, ¿necesita el poeta una herida abierta para continuar escribiendo?

Esta es una pregunta muy compleja. El poeta sangra por una herida, por un desasosiego existencial, eso me parece claro. Recuerdo que José Cereijo, cuando le entrevisté en mi espacio de entrevistas (Asociación Culturas, Avilés), lo decía también claramente. Hay un desasosiego primigenio que nos mueve a escribir, una incomprensión. Alejandra Pizarnik ahondaba en esta idea cuando decía:

«Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura”.

Y Rubén Darío, en su soneto inolvidable, se refería al meollo, al quid de la cuestión: “¡Y no saber adónde vamos, / ni de dónde venimos!”.

Creo que este desasosiego existencial, esta disociación que experimenta el poeta, incluso hacia sí mismo, esta otredad, es el origen del acto de escribir en muchas ocasiones.

Después, ocurre que la poesía y la escritura forman parte de la vida, nos acompañan, y en estados de calma y de quietud son compañeras que hablan. También el equilibrio y la serenidad pueden expresarse y transmitirse. Aquí recuerdo algunos versos de José Corredor-Matheos: “Meditemos ahora en torno a este silencio: / nuestra callada patria”.

En «Qué sería de mí», mencionas aquello sin lo que, según parece, no conseguirías seguir: una buganvilla, un abrazo, un lied de Schumann, una luz que la ruina todavía no ha alcanzado. Todo frente al deceso, sobreviven mínimas epifanías. Pero quizá haya aquí una paradoja: ante el esplendor debemos afirmar que puede perderse.. ¿Es precisamente la fragilidad lo que hace valioso aquello que amamos? ¿Y qué hace el poema con esos instantes: los conserva, los embalsama o los transforma en otra cosa? Porque tal vez escribir sobre la felicidad sea una forma secreta de escribir sobre su desaparición.

Una de las grandes virtudes de la escritura es su poder para rescatar momentos, para almacenarlos, para guardarlos como recuerdos. Es como tener una cámara fotográfica, en la que guardamos imágenes también asociadas a la emoción que las acompañaba. Todas esas cosas que mencionas: la buganvilla, el abrazo, el lied de Schumann…forman parte de mis poemas porque no quiero olvidarlas, y mi memoria y la memoria humana es frágil. A veces, cualquier tarde, abro los ojos y miro a mi alrededor y me pregunto: ¿me acordaré de todo esto en dentro de unos años? Sé que no. Escribir es luchar contra el olvido, una lucha que siempre perderemos, por supuesto, pero al menos podremos en nuestros poemas recordar que se ha vivido.

Hay un poema que introduce una perspectiva aparentemente sencilla, pero que termina adquiriendo una considerable profundidad: «Perros», donde atribuyes al animal una sabiduría de la presencia: «Apuran cada instante / y no conocen los subterfugios. / No mienten». El ser humano vive dividido entre lo que recuerda y lo que espera; el animal parece vivir entero en el presente. ¿Hay en ese poema una crítica de nuestra conciencia, de nuestra tendencia a interpretar demasiado la vida? ¿Podría la poesía devolvernos algo de esa atención animal o estamos condenados a perder el instante precisamente porque necesitamos convertirlo en palabras?

Si lees a los estoicos, comprendes que la mayor parte del tiempo estamos fuera de nuestro momento presente. Vivimos en el pasado, que, como su nombre indica, ya terminó, o pensando en el futuro, que nadie sabe si existirá. Los perros no tienen ese problema, porque ellos están siempre aquí y ahora. Podrían darnos clases sobre eso.  Sí, tendemos a interpretar demasiado la vida, a pensar demasiado.

Eso no tiene mucha cura, me temo, pero la poesía, desde el momento en que implica una concentración en el poema que leemos, o en el que escribimos, si puede ayudarnos a enfocarnos en el ahora.

Creo que más que condenados a perder el instante, las personas que escriben están condenadas a sentirse lejos de sí mismas, por eso escriben, para conocerse, para saber que están ahí. Recuerdo las palabras de ese inolvidable escritor y poeta, Juan Gil-Albert, en Breviarium vitae, que comienza exponiendo sus intenciones al escribir: “Configurar mi alma: ir calándome a mí mismo, paso a paso, hasta poder decirme: te voy conociendo”.

Y así llegamos al espejo. Mirarse en él implica aceptar una imagen, pero también desconfiar de ella: todo espejo devuelve pero también deforma y al mismo tiempo engaña. En el poema «Mujer frente al espejo» se presenta una mujer que, finalmente, acaba reconociendo que «eres hermosa» y que «algunos cuentos / eran solo una mentira». ¿Hay en ese gesto una reconciliación con el cuerpo y con la edad, pero también una demolición de los relatos que nos enseñaron cómo debía ser una mujer? ¿Qué lugar ocupa aquí la poesía: mirarse, aceptarse, o bien aprender a mirarse de otro modo?

Las mujeres hemos vivido una invisibilización histórica en muchos ámbitos. Hay que repasar un poco la historia para comprender cuántas mujeres llegaron a formar parte del canon en las distintas artes, también en la poesía. El esfuerzo tuvo que ser mayor. Pero, con todo, la mayor invisibilización, según yo pienso, no provenía de la sociedad, sino de nosotras mismas.

Debemos demoler los relatos que nos enseñaban cómo debía ser una mujer, debemos indagar en lo que nosotras queremos ser, en lo que somos y llevamos dentro. Todas hemos sido en cierto sentido víctimas de las ideas arraigadas sobre lo que es una mujer en nuestra sociedad. Tomar el propio camino exige valentía. Mirarse a los ojos, al cuerpo, indagar en la propia mente, cuando ya no se tienen veinte años, reconocer la propia belleza, la propia identidad, sin dejarse influir por las opiniones ajenas, es algo urgente. Irrenunciable.

La poesía es terapéutica para todo el mundo. Para una mujer, y hablo en primera persona, puede ser esencial, porque contribuye a forjar nuestra identidad, nuestro ser y estar en el mundo. Releer lo que una ha escrito nos permite conocernos. Conocernos, conocer a esa persona, a esa mujer que escribió esos versos, es una forma de fijar su existencia. “Yo soy la que escribe”, digo en un poema. Para releer nuestros versos, corregirlos, idear un libro y llevarlo a término, hay que efectuar ese desdoblamiento que nos permite mirarnos a los ojos a través de nuestra obra. Es luchar contra la peor de las invisibilizaciones, la que se produce dentro de nosotras mismas. Es contribuir a la forja de nuestra identidad a través de la escritura.

A lo largo de cinco libros, tal vez ya no sea pertinente la pregunta qué has querido decir, sino qué has aprendido a callar. ¿Cuáles son algunas de las palabras que has dejado de necesitar? ¿Qué certezas ya no lo son? Y, sobre todo, ¿qué tendría que ocurrir para que dentro de unos años pudieras mirar Mujer frente al espejo y pensar: ahí terminó un modo de escribir y comenzaba otro? ¿Hacia qué lugar, sin nombre todavía, empieza ahora a conducirte el poema?

Escribo como hábito, a veces de forma torrencial. No me callo nada. Otra cosa es publicar. Cada vez selecciono más los poemas que considero publicables. De hecho, la labor de selección es ardua y larga en el tiempo, pues la poesía se parece a esas recetas de nuestras abuelas: necesitan reposo.

No hay palabras que haya dejado de necesitar, pero sí creo que mi poesía va dirigiéndose de forma lenta pero segura hacia la luz, hacia la contemplación y el canto.

En este último libro, y también en el anterior, he empezado a indagar en asuntos filosóficos y metafísicos. Siempre, por supuesto, está el mundo del arte y la literatura, que siguen nutriéndome y haciéndome escribir nuevos poemas. Creo que esos dos asuntos, junto con la escritura intimista, ligada a mi propia trayectoria vital, serán los asuntos más importantes en mi futura poesía.

 

Selección de poemas

 

BORGES

De entre todos los errores
que en la vida podemos cometer,
este es irreparable:
no haber sido uno mismo.
Equivale a la más alta traición,
a la total inexistencia,
a no haber vivido.

 

 

DESDE EL MIRADOR DEL ROTO (I)

Sentarse allí, en el mirador de El Roto,
a observar el baño de oscuridad
que va consumiendo el sol
de un día de verano
equivale a observar
lo poco que somos:
sólo un paso entre dos mundos.
Algo más duraderos que un vencejo
y también más soberbios,
seres extraños que ni siquiera
en este momento de absoluto fulgor
llegan a comprender su futura inexistencia.

 

 

LA QUE ESCRIBE

Cada gota de tinta
es una gota de mi sangre.
Renuevo el silencio con mis palabras,
me doy nombre y esencia,
me bautizo a mí misma y así empieza
mi contestación al mundo,
mi réplica al cielo.
Soy la que he decidido ser,
soy esta que escribe,
la que sueña dormida
con encontrar su nombre.