Magdalena Otsu del Río

Este proyecto original de Netflix es un thriller psicológico creado por Gabe Rotter y con Howard Gordon como showrunner, quienes antes coincidieron en la mítica serie Los expedientes X. Además, cuenta con Jodie Foster y la propia protagonista, Claire Danes, como productoras ejecutivas. La serie tuvo una buena recepción por su gran calidad narrativa y técnica. En la 78.ª edición de los premios Emmy obtuvo nueve nominaciones y dos premios: mejor actor principal en una miniserie o serie antológica para Matthew Rhys y mejor composición musical para una miniserie o serie antológica para Sean Callery y Sara Barone. Matthew Rhys también se llevó otro galardón a mejor actor en la misma ceremonia por su actuación en la comedia de terror La maldición de Widow’s Bay.

La historia transcurre en Nueva York, donde la renombrada autora Aggie Wiggs (Claire Danes) se encuentra en un limbo de su propia creación, atormentada por un duelo crónico por su hijo. Esta situación, en una casa que necesita obvias reformas, constituye el ambiente perfecto para retroalimentar un bloqueo de escritora que parece no tener fin. La llegada de su nuevo vecino al recluido barrio de Oyster Bay, un magnate acusado de haber asesinado a su primera esposa, se le presenta como una oportunidad creativa y una fuente de profundo infortunio.

La figura de Nile Jarvis (Matthew Rhys) es incómoda y fascinante; si algo queda claro desde su introducción, es que solo es capaz de comprender el mundo bajo sus propios términos. Él habla el lenguaje del poder y el dinero, lo que genera fricción con la reticente Aggie. Esto cambia cuando el joven involucrado en el accidente en el que perdió a su hijo desaparece y ella sospecha que Nile está implicado. La escritora estrecha relaciones con el presunto culpable bajo la premisa de escribir su versión de los hechos.

La dupla de Danes y Rhys tiene una química instantánea: son un incendio al que se le echa parafina. El aparente altruismo de la protagonista se da la vuelta; por cada acción que emprende, hay un deseo egoísta e indulgente que apela a su ego, su éxito y su seguridad. Todo lo que representa Nile Jarvis constituye su perfecto contrapunto. Él no oculta su esencia: su naturaleza implacable, incapaz de suprimir su instinto y su sed de violencia. La interpretación del actor logra seducir al espectador y tentarlo con su sociopatía, poniéndolo en jaque ante la duda de si se está humanizando a la bestia o encontrando lo humano en lo bestial.

Si bien hay guiños literarios evidentes que apuntan a una versión actualizada de A sangre fría, también se aprecia la crítica eat the rich, que ha experimentado un auge en los últimos años y expone sin atenuantes la codicia y la soberbia del 1 % más pudiente.

También destaca un comentario sumamente pertinente sobre la crisis de la vivienda y la especulación inmobiliaria. El grupo Jarvis representa el deseo de dejar un legado que los inmortalice cuando abandonen este mundo. En sus términos, eso se traduce en un complejo de lujo con ladrillos labrados por la demagogia y el cohecho. Sin embargo, sus cimientos empiezan a agrietarse y los métodos de siempre están perdiendo su eficacia.

El ritmo se construye mediante una cinética constante que va escalando y tomando fuerza conforme aumenta el riesgo. La serie consigue mantener la red narrativa que despliega y desarrolla las tramas de forma satisfactoria, hasta llegar a una conclusión que, a pesar de ser predecible, presenta una progresión lógica y bien estructurada. El manejo del suspense es lo que robustece la narración y mantiene la expectativa, no tanto por lo que va a pasar como por la forma en que ocurrirá a lo largo de ocho capítulos. Sin embargo, el momentum se descalibra en algunos momentos al prometer plot twists que, si bien son efectivos, se veían venir. Su impacto se reduce, aunque no lo suficiente como para perder el interés, ya que todos los elementos están en sincronía.

La subtrama del FBI podría tener su propia serie y constituye la mayor fuente de suspense de la historia. El agente Brian Abbott (David Lyons) y su jefa y amante, interpretada por Hettienne Park, aportan esa esencia de neo-noir que contrasta con la amistad de la trama principal. La obsesión por un caso cerrado, los problemas con los estupefacientes y la culpa por las promesas incumplidas hacen que el personaje de Abbott peque de cliché. La ofuscación lo lleva a perder el criterio: es un cuento con moraleja, y su jefa no se queda atrás, pues también guarda un par de esqueletos en el armario.

Aun así, la dicotomía de sus acciones enternece de la misma forma en que Nile Jarvis logra resultar encantador; detrás de cada decisión desafortunada hay un anhelo justificado.

La mirada femenina resulta altiva y sumamente humana. Claire Danes encarna conflictos típicamente masculinos a través de su éxito laboral, su sexualidad y su refugio en la ira y el aislamiento. Algo similar ocurre con Olivia Benitez (Aleyse Shannon), una prometedora política y principal opositora al proyecto inmobiliario del grupo Jarvis que, además de tener claros sus principios, representa una amenaza de peso para el statu quo. Ambas llegan a ejercer poder sobre la familia Jarvis, moviéndose en una balanza que cambia de lado y mostrándose como dignas adversarias del poder establecido, aunque al principio no sean vistas como tales.

"A woman with a concerned expression stands outdoors in a sunlit urban setting, surrounded by blurred figures and architectural columns, creating a dramatic and tense mood."

Por otro lado, Natalie Morales y Brittany Snow encarnan a parejas comprensivas que son subestimadas y relegadas a la sombra de un ego exorbitante. Esto contrasta con la figura de la primera esposa de Jarvis, que se construye como una presencia errante, una suerte de Rebeca que guarda la clave para comprender la diferencia fundamental entre Aggie y Nile: él es un animal desenfrenado.

La mujer, en calidad de pareja, se presenta como una extensión del otro antes que como una entidad independiente. La serie toma nota de esta dinámica y no la esconde, al tiempo que expone las culpas y las consecuencias de ese tipo de trato, tanto en las buenas como en las malas.

La bestia en mí toma elementos actuales y construye una crítica con el telón de fondo de una ciudad que atraviesa una crisis inmobiliaria. Sobre todo, es seductora: cada personaje cumple su función, cada historia tiene un propósito y ninguna pieza sobra en este sólido proyecto. La serie cala en esos lugares enfermos donde la negación consume la cordura y juega con la inseguridad, donde el impulso de romper el contrato social y dejar que los sentimientos más primitivos tomen el volante amenaza con dejar de ser una tentación constante.

Su conclusión, aunque predecible, deja una nota reflexiva que explora la autoconciencia y los temas que aborda en torno a la culpa y las distintas maneras de sobrellevarla. Todo ello se apoya en una puesta en escena alimentada por una banda sonora que penetra en la fibra.

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