Por Isabel Rezmo.
Podríamos entender la poesía como la visión o la mirada del poeta ante la condición humana: una visión entremezclada con las emociones. La emoción, en sí misma, no consiente una actuación concreta, sino una actitud, una retroalimentación entre razón, instinto, emoción, valores… ¿Realmente existe una contradicción, una dualidad, una oposición en el ser poético entre lo que vivimos y sentimos? ¿Dónde reside la raíz que da forma a nuestro ser, a nuestra identidad? ¿Dónde se encuentra el germen de la naturaleza humana, la genealogía de toda la existencia? El ser humano se sitúa en esa dualidad, que se refleja en la manera en que nos posicionamos frente al mundo y en otros elementos que inciden a la hora de enfrentarnos a la realidad y movernos en la sociedad: la vida, la muerte, la memoria, el olvido o el amor. Todos ellos inciden en nuestra manera de pensar, de vivir e incluso de morir. El poeta se encarga de dirigir esa mirada hacia esos elementos, y el lector, de extraer su enseñanza para su propia vida. La emoción es una fuente de conocimiento de uno mismo y de trascendencia, una fuente de virtud y de introspección. Hay un diálogo interno entre el yo individual y el entorno, y viceversa: todo gira entre sí. Todo tiene su causa y su consecuencia.
Hablamos, entonces, del cosmos que vamos a encontrar en El viento en las raíces, de la poeta Sandra Bruno (Editorial Dalya, 2025). La poeta presenta nuestro universo cercano como un bosque animado, una jungla repleta de elementos que conviven entre sí. Como en la película de José Luis Cuerda (El bosque animado, 1987), El viento en las raíces presenta el símbolo de una sociedad como la de un ser vivo, con alma propia. Todo es un ecosistema: la vida y la muerte conviven y marcan los entresijos de sus moradores.
La muerte, en este libro, se presenta como un final esperado que no termina con el hábitat, sino como algo natural que se espera: «Es lógico amar la tierra, porque tierra somos», Manuel Francisco Reina. Amar la tierra como principio y fin. Dentro de esta simbología, el libro se divide en tres partes: «Raíces», «Arañar el tronco» y «Morder la savia».
En la primera parte, «Raíces», la memoria es el elemento más importante. La memoria como juez, como inquisidor, como raíz primera que conforma nuestra personalidad (identidad propia) y existencia; la memoria como valedora de cicatrices, habitáculo de sensaciones y emociones que sentimos y que se quedan en nosotros. La poeta no es protagonista de sus versos; lo es el lector, para quien, ante sus ojos, la vida salta del papel y se hace carne. La levedad del verso trasciende, impregna los sentidos y acaricia el pensamiento. La sabiduría reside en no olvidar de dónde venimos, qué somos y hacia dónde vamos.
«Crecerás del fuego que te vio nacer y cuestionarte casi siempre. Lograrás aceptar que las raíces son de Junio, y que ese sol abrasador de agosto, nunca conseguirá arrancarte su sabor a cenizas».
La obsesión por la pertenencia, la idea de clase, la tradición, el cuestionamiento del rol femenino, la idea del matriarcado y la perfección —el cuerpo perfecto— son los elementos que destacan en esta parte. Son significativos sus poemas «Familia» y «Barbie»: nos enseñan que la sociedad se alimenta de la imposición de lazos, estereotipos y prejuicios de generación en generación.
En la segunda parte, «Arañar el tronco», la identidad no solo está conformada por una herencia genética y social; también la erosión nos moldea. Vivir es conciencia, sed, derrota, dolor, amor… Nuestro cuerpo está hecho de cenizas, de azote, del viento, de la tormenta, del encuentro y del desencuentro. Nos arañan y nos moldean el latido, los besos, todo: «Decidir romper el cristal del miedo y traspasar la sombra que oscurece los sueños»; «No siempre la luz arroja sombra, créeme».
«Morder la savia» es, para mí, la parte más simbólica del libro. La más sinfónica, la más pausada. El viento ha llegado para observar y captar la luz ante tanta oscuridad, ante tanta tormenta. La savia que recorre las raíces y emana del tronco (nuestro ser, no solo nuestro cuerpo) impregna el universo cercano y último. La quemazón ya no existe; los avatares han perdido la batalla. Nos liberamos en la palabra y en el amor; en la aproximación de nuestros cuerpos, en el espacio, en una unidad cósmica y perfecta que conduce a la libertad como individuos y como sociedad: a través del amor y del deseo (poemas «Tu cuerpo» y «Labios rojos»); a través del tiempo y de cómo este genera en nosotros estados de ánimo (poema «Primavera»); en la cercanía del otro (poema «De tu mano»); en la aceptación de la ausencia (poema «Cenizas en los ojos»); con la palabra y la poesía como ejes vertebradores de nuestras emociones (poemas «Diluvio» y «Día del libro»): «El poeta no habla el idioma del apocalipsis, solo empuña el metal helado de sus entrañas».
Este es el universo de este libro, que ha sido un placer desgranar y presentar en Úbeda (Jaén), junto a su autora. Un gran libro y una poeta que se consagra con una voz poética genuina, madura y trascendente. Gracias.

