Azahara Palomeque (El Sur, 1986) es una poeta, novelista y pensadora española. Ha publicado los poemarios American Poems (la Isla de Siltolá, 2015; Coolgrove, 2021), En la ceniza blanca de las encías (la Isla de Siltolá, 2017), RIP (Rest in Plastic) (RiL Editores, 2019), Currículum (RiL Editores, 2022), y una plaquette bilingüe, El diente del lobo/The Wolf’s Tooth (2014). También es autora de un libro de crónicas, Año 9: crónicas catastróficas en la era Trump (RiL Editores, 2020, 2024), una novela, Huracán de negras palomas (La Moderna, 2023), y del ensayo Vivir peor que nuestros padres (Anagrama, 2023), con el que cosechó un gran éxito de público y crítica. En 2026, vieron la luz su segunda novela, Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire), con la que quedó finalista del Premio Herralde en 2024, y el poemario Febril y lluvia (Cántico). Amante de la escritura en todas sus modalidades, ha colaborado con numerosos medios de comunicación y actualmente es columnista de El País y Eldiario.es, además de conferenciante habitual en universidades y otros espacios culturales. Licenciada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, posee un Máster en Estudios luso-brasileños por la Universidad de Texas en Austin, y es doctora en Estudios culturales por la Universidad de Princeton. Actualmente vive en Córdoba (Andalucía), rodeada de afectos y flores.

 

La poesía siempre se encuentra presente en todo lo que hago

Javier Gilabert: Eres una escritora de amplio registro: ensayista con enorme repercusión social, novelista, analista política y periodista de trinchera. Sin embargo, en tu trayectoria la poesía siempre parece ser la matriz primera o el laboratorio íntimo de tu lenguaje. En este 2026 en el que conviven el impacto de tu novela Pueblo blanco azul y tus columnas diarias sobre el colapso del presente, ¿qué necesidad urgente o qué pulso interior vino a cubrir la escritura de Febril y lluvia?

Azahara Palomeque: Febril y lluvia nació en el verano de 2023 para recoger las primeras impresiones de mi regreso a Córdoba, una ciudad donde nunca había vivido antes. Lo llamo “regreso” porque la cercanía a mi pueblo, Castro del Río –que luego se transformaría en Pueblo blanco azul–, la memoria de los olores, la arquitectura andaluza o el habla de la gente sirvieron como catalizador de esos versos que no podían ser más que versos, pues necesitaba articular un lenguaje del ritmo y la sinestesia, del juego cromático entre la casa encalada y el sol abrasador… condensado en pocas palabras. De ahí que tuviese que ser poesía. Aunque una parte de la escritura de Febril encuentra paralelismos con mi última novela, lo que hice fue dividir los tiempos y reservé para el poemario la temporada de canícula, porque me parecía más propicia, más alineada con las sensaciones que quería contar. En cualquier caso, y como bien has apuntado, la poesía siempre se encuentra presente en todo lo que hago; hasta mis artículos periodísticos o mis ensayos están cuajados de poesía: hay una cadencia, una melodía interna, una manera lírica de mirar que vienen conmigo a todas partes.

 

El poema es también el cuerpo que lo escribe

La génesis del poemario remite a esas noches estivales de calor extremo vividas en una buhardilla sin aire acondicionado. De ese impacto nace un relato lírico donde un cuerpo arde a la misma temperatura que el planeta y donde la espera de la lluvia redentora se convierte en el eje del libro. ¿De qué manera la vivencia concreta de la temperatura pasó de ser una urgencia física a la columna vertebral de la obra?

El poema es también el cuerpo que lo escribe. Creo que ya no estamos en la época de alabar al “genio” aislado en su burbuja intelectual, alejado de las circunstancias que lo configuran, como sujeto ahistórico. Y, además, las mujeres nunca hemos sido consideradas “genias”, así que esos mantras de la Ilustración clásica podemos subvertirlos con mayor facilidad. Por otra parte, el verano –concretamente ese primer verano cordobés– supuso un encuentro con la emergencia climática de nuestros días que me alteró la concepción del cuerpo y de la literatura misma. Y yo no pongo casi nunca el aire acondicionado; no me gusta, es caro, contamina, me provoca dolor de garganta… así que asumí que debía aprender a existir en este termómetro desbocado y observar, casi científicamente, las reacciones de mi anatomía. Me refiero al sudor que cae a chorros, a quitarme los anillos por tener los dedos tan hinchados que ya no caben, a perder la concentración y recuperarla, incluso a lidiar con la falta de sueño. ¿Qué es capaz de producir el cuerpo exhausto? ¿Qué palabras consigue articular y cuáles no? Ése es el mundo de hoy. Probablemente, Febril y lluvia está tan anclado a la tierra y a nuestra supervivencia en ella porque no quise reproducir las condiciones de antaño en el artificio de la climatización. No digo que haya que hacerlo igual en los colegios, pero el arte se mueve con otros parámetros. Si huele a incendio en las cercanías, pues escribamos respirando humo, juguemos con la ceniza. Creo que el imaginario de este libro cumple así una suerte de compromiso moral; es leal a nosotros mismos y a la realidad más tangible.

 

Necesitamos salvar y ser salvados

El libro se articula en tres movimientos emocionales muy definidos: arranca con la “Solastalgia” —la angustia de ver transformarse el propio paisaje sin moverte de él—, atraviesa el colapso social en la despedida y desemboca en las «ruinas de latido». ¿Cómo fue tomando forma esta cartografía del desencanto y la resistencia al estructurar el poemario?

La verdad es que, en un principio, pensé que se iba a ajustar a lo que algunos llaman “ecopoesía” o, de manera más amplia, “liternatura”, por utilizar la expresión acuñada por Gabi Martínez. Yo partía de una base conceptual muy sólida que también está en Pueblo blanco azul: voy a recuperar un territorio después de una década larga de exilio económico; pero ese territorio ha cambiado, no es “mío” ya, y asimilar esa mudanza cuesta. Durante mucho tiempo pensé que mi Sur era una burbuja intocable, un lugar onírico que nadie me podría robar. Desgraciadamente, eso era sólo una ilusión, de ahí solastalgia. Sin embargo, poco a poco fueron apareciendo poemas de amor, incluso eróticos… Y te juro que me sorprendía: ¿qué hago yo escribiendo así?, ¿a qué responde esta pulsión? Nunca había explorado esa temática. Bueno, pues responde a que necesitamos salvar y ser salvados, mucho más si trabajas en la intemperie de las noches tórridas y sintiendo la deshidratación. Por decirlo de otro modo: el humano que acompaña aparece cuando todo lo demás parece derrumbarse. Entendí esa lógica un año más tarde, al ponerme a editar, descartar y ordenar los poemas. En total, fueron tres años –tres estíos largos– de reflexión y creatividad en torno a Febril, con alguna tormenta en medio… la lluvia.

 

Frente a la tentación de intelectualizar el dolor o la crisis ecológica, Febril y lluvia se siente carnal y orgánico. Teniendo un bagaje intelectual tan potente, ¿cuesta mucho trabajo técnico conseguir que el pensamiento no asfixie a la vivencia en la página?

El pensamiento actúa en una fase embrionaria: en la toma de decisión de no encender el aire acondicionado, en la percepción del entorno desde coordenadas científicas, etc. Es decir, la idea primera surge de un proceso intelectual, y yo he leído bastante sobre estos temas en mi faceta de investigadora y periodista climática. Pero luego, todo eso debe quedar atrás o, al menos, en algún lugar latente pero no predominante. Te diría que, cuando ya he acumulado algunas nociones y tengo un esquema riguroso del porqué quiero escribir el libro, simplemente dejo que el poema me dicte a mí, que me cuente su historia, y yo la construyo. Porque el poema no es un tratado filosófico: es un espasmo, un suspiro, un sarpullido en la piel empapada en sudor. Por ponerte una metáfora muy gráfica: tú puedes teorizar mucho sobre la gravedad y entender los mecanismos de una montaña rusa, pero, cuando te montas, cualquier disquisición desaparece. Aquí hay un viaje, con sus caídas en picado, sus loops y sus gritos, también de placer.

 

Mi escritura siempre ha seguido el guion de mi vida

En el poemario, el marco geográfico y afectivo de Córdoba —sus patios, el río, los árboles y la luz— impregna cada verso. Tras trece años en Estados Unidos y tu posterior regreso a Andalucía, ¿cómo ha modulado esta reconexión con la tierra y los afectos cercanos la mirada contemplativa con la que te aproximas hoy a la creación?

Mi escritura siempre ha seguido el guion de mi vida, que ha estado cargada –tal vez demasiado – de una intensidad ajena a otros escritores. Hay quien publica por encargo, se deja persuadir por las tendencias que sugieren editores o agentes… a mí todo eso me da igual. Me oriento según experiencias vitales, ya que éstas corresponden también a procesos colectivos –el auge del autoritarismo, la emigración, el clima–, pero, al anclarlas a una biografía, creo que ganan en humanidad y profundidad psicológica. El caso del retorno es muy significativo: alude a un anclaje a la infancia, una dignificación del origen, una búsqueda de identidad… o el robo de los paisajes que te contaba antes. Y, Córdoba, específicamente, me ha dado más cosas: los afectos y las flores. A veces, me preguntan: ¿Por qué no te mudas a Madrid? Pues porque no es mi casa, porque estoy buscando una singularidad que tiene que ver con la provincia después de una larga trayectoria internacional (el contraste es mucho más fuerte), porque no me interesa escribir los libros que ya se hacen desde Madrid. Me parece bien que otros lo hagan, pero yo añado una diversidad necesaria en tiempos de homogeneización del pensamiento y el discurso. Además, desde el Sur escribo más calentita, y no sólo por la temperatura: el colchón de cariño, la compañía… hacen que la palabra brote más libre, despojada de angustia.

 

Tu libro de crónicas Año 9 o tus ensayos han dejado constancia de tu profunda inmersión en la sociedad estadounidense durante la era Trump y el auge del capitalismo feroz. Al confrontar aquella experiencia migratoria marcada por la despersonalización con tu cotidianidad actual en el Sur, ¿qué grietas de esa memoria o del exilio voluntario siguen resonando al fondo de tus versos?

Año 9 fue un libro muy importante para mí, porque representa mi primera incursión en la prosa después de años y años escribiendo poesía. Pequeñito, pegado a la crónica –pero con toques ensayísticos–, me dio reparo empezarlo y, sin embargo, creo que fue el comienzo de mi salida del ensimismamiento, de la depresión autorreferencial, para contemplar el mundo con ojos analíticos. Le guardo mucha ternura a ese librito, que ha acabado siendo casi un volumen premonitorio: sólo hace falta comprobar en qué momento político nos encontramos. Ahora bien, ¿queda algo de todo aquello? Por supuesto. De tudo ficou um pouco, decía el poeta Carlos Drummond de Andrade. Sin aquella emigración, nunca habría logrado valorar tanto la cotidianeidad compartida de ahora; los favores de mis vecinos; las noches en que, a la misma mesa de un bar, van acudiendo amigos y amigos sin necesidad de haberlo planeado antes… Nos encontramos. Digamos que EE.UU. configura el polo negativo de la electricidad, es el antagonismo que me aporta perspectiva. ¿Por qué habría de escribir versos sobre la tranquilidad de una calleja o el florecer de un geranio? Tal vez se debe a que no estoy preocupada por la posibilidad de que se desencadene un tiroteo…

 

El placer nos vuelve locos, pero también cuerdos al desconectarnos de la cadena de montaje

Tras entregas poéticas de marcado sesgo sociopolítico como RIP (Rest in Plastic) o Currículum, en Febril y lluvia el amor que resiste y el eros sanador toman el centro del escenario. ¿Nace este libro como una tregua o concibes la afirmación de la belleza y del deseo como la forma más radical de resistencia frente a la hostilidad exterior?

RIP es un libro aún muy intimista. En Currículum ya se nota la conversación sociopolítica, es cierto; de hecho, lo escribí más o menos cuando Remedios Zafra estaba preparando El entusiasmo… Y Remedios acabó siendo, casi por casualidad, mi prologuista. Andábamos ambas pensando en el trabajo, desde distintos formatos. Después de eso, el amor de Febril y lluvia viene a contarnos muchas más cosas: cómo necesitamos la atención de otras personas en mitad de la destrucción cognitiva y emocional que generan el trabajo y las pantallas; de qué forma el cuerpo se vuelve una fiesta cuando no es productivo; qué tipo de proceso de humanización se desata cuando nos fundimos con el otro… En ese sentido, sí que puede pensarse como resistencia. Para amar hace falta tiempo, empatía… El placer nos vuelve locos, pero también cuerdos al desconectarnos de la cadena de montaje. Eso lo ha articulado muy bien Annie Ernaux, por ejemplo. Con Febril y lluvia, ya desde la portada, da la sensación de que el reloj se ha detenido y sólo importa el relato de la piel: ardiente, exhausta, suplicante de agua. Fue un gran acierto de la editorial colocar ese ventilador.

 

Hay una clara filiación entre tu propuesta y la tradición de la poesía ecológica española. De hecho, en el prólogo Juan Antonio Bernier señala cómo conviertes el mundo físico en un asunto moral sin reducirlo al alegato, mientras que Jorge Riechmann celebra en el epílogo esa defensa de los lugares de encuentro aun si están secos y convulsos. ¿Qué ha significado para ti que dos poetas y amigos a los que tanto lees y admiras firmen el pórtico y la salida de este libro?

Jorge [Riechmann] es un amigo al que llevo leyendo muchos años, tanto sus ensayos sobre ecología como en su faceta de poeta; ha influenciado mi pensamiento, y no diría tanto en cuanto a la llamada “ecopoesía” –pues yo también hago novela, periodismo–, sino de una forma más holística: no es que hablemos de “salvar el planeta” o la naturaleza, es que somos naturaleza misma, tierra y agua, ecosistemas llenos de bacterias. Para mí Jorge encarna una ética y, por eso, era importante hacerle un hueco en este libro. Respecto a Juan Antonio Bernier, la historia es ligeramente diferente. Fue una de las primeras personas que conocí en Córdoba, me abrió las puertas de la ciudad, y su poesía, que parte del minimalismo extremo y una aparente desvinculación de lo social, me ha ayudado a comprender la belleza de lo más pequeño, la calidad del tiempo que transcurre y también del suspendido, y el poder del silencio. Son dos estilos que se complementan, y quizá este libro mío se encuentre a caballo entre ambos. Por eso, tiene lógica este “sándwich”, que representa la amistad tanto como la compenetración intelectual. Además, los dos contribuyeron a mejorar el manuscrito original. Les debía esas páginas y, al mismo tiempo, estoy profundamente agradecida.

 

Intento estar siempre atenta a las injusticias que se cometen

En tus columnas periodísticas en El País denuncias a menudo la tiranía de la productividad, la hiperconexión y las violencias contemporáneas. En el volumen, por el contrario, aparece una compasión que busca reparar el daño. ¿De qué manera dialogan en tu día a día la indignación ética de la periodista y el abrigo reparador de la poeta?

Trabajo en una suerte de movimiento pendular: intento estar siempre atenta a las injusticias que se cometen, documentar los derechos que perdemos, denunciar las carencias del mundo que nos atraviesa, y para eso sirve leer mucha prensa y ensayo; pero, cuando sólo me dedico a este tipo de labor crítica, llega un momento en que me empieza a faltar el sentido estético de la vida –y yo soy muy esteta–, tanto como la emoción, el reconocimiento de la vulnerabilidad, el sentimiento… También sucede al contrario: si paso temporadas largas encerrada en la belleza y las entrañas, me culpo por el ensimismamiento y salgo a buscar la noticia. Y así voy. No creo que haya elegido esta fórmula, simplemente me persigue su vaivén, las tripas me van diciendo hacia qué lado dirigir los ojos. Y voy construyendo, claro, compartimentos porosos: Febril y lluvia es un poemario muy sensorial, pero no podría haberlo escrito sin toda la información contenida en mi periodismo climático; al igual que Pueblo blanco azul es mejor novela porque antes defendí una tesis doctoral sobre la guerra civil, que no aparece en la ficción, pero cuya documentación forjó las bases de la fábula.

 

Quienes siguen tu trayectoria lírica recuerdan el pulso confesional de En la ceniza blanca de las encías o la ironía mordaz de American Poems. ¿Qué continuidad o qué ruptura reconoces entre la voz que escribió aquellos primeros libros al otro lado del Atlántico y la que hoy firma Febril y lluvia?

Se puede rastrear esa voz desde el principio de los tiempos, de mis tiempos. En American Poems decía: “Olivo, como amanecer nostalgia… una luz de que es otro verde”. Son los mismos olivares de Pueblo blanco azul y los que se otean desde la buhardilla de Febril y lluvia, esta vez partiendo de la presencia y no la nostalgia. En mi obra hay una continuidad de temas, de figuras retóricas (aliteraciones, hipérbatos, encabalgamientos…); el desgarro primero, lo vemos sanar después, pero queda la cicatriz. Me parece que se puede hablar de evolución más que de ruptura, y todo, además, lo podemos ubicar en la línea cronológica de mi biografía, que actúa como mapa. De todas formas, a partir de Currículum (2022), creo que ha habido añadidos importantes; especialmente, la introducción del humor y la ironía. Ahora puedes reírte y llorar con mis libros, no sólo llorar. ¡Es un gran avance! Estoy pensando en el poema “los turistas”, de Febril y lluvia, donde se cuenta la llegada de unos guiris empeñados en protagonizar una escena de canibalismo… Jamás se me habría ocurrido semejante trama poética hace unos años; está cargada de ironía, eso no era capaz de concebirlo en Estados Unidos.

 

La oralidad andaluza se cuela por las rendijas de mis páginas

A lo largo del libro se percibe también un diálogo sutil con la gran tradición poética andaluza. ¿Qué maestras, maestros o lecturas te acompañaron de forma más constante durante la composición de estos textos?

Es curioso, el otro día hablaba con una amiga, la escritora Virginia Mendoza –que está leyendo Pueblo blanco azul–, y ella me preguntaba: “¿de dónde viene esa música?; te sale lo andaluz, ¿no?”. No quiero tirar de estereotipos, pero tal vez haya un pelín de duende lorquiano que tiene que ver con toda una vida escuchando flamenco, leyendo y canturreando coplillas, u oyéndole a mi madre y a mi abuela chascarrillos varios. La oralidad andaluza se cuela por las rendijas de mis páginas. Aparte de Lorca –inigualable e inimitable–, nuestra tradición barroca me ha acompañado siempre; por ejemplo, Góngora, y cómo se transforma en América Latina, en una figura como César Vallejo. Y bueno, no quiero olvidarme de una andaluza indispensable en mi forma de pensar: María Zambrano. Barroca, mística, filósofa, con un sentido de la moral anclado al corazón sin renunciar al raciocinio, y exiliada. Zambrano es mi biblia cuando ando perdida y no sé por qué camino transitar, tanto en cuestiones estilísticas como en la comprensión del mundo contemporáneo. Leerla es difícil y, quizá por eso, jamás se haya valorado demasiado su obra fuera de los círculos académicos, pero es una imprescindible.

 

En cada rincón hay algo que merece la pena, y suele ser lo más simple

En una época dominada por el cinismo, el cansancio generacional y el pesimismo sobre el futuro, ¿requiere una valentía especial apostar por una poesía que canta a la persistencia del gozo en medio de las ruinas?

Mmm… requiere una inmunidad previa. Yo no me considero una persona valiente, pero los varios infiernos vividos me han vuelto muy alegre, muy vitalista, muy amante del placer –sin llegar al escapismo nihilista–. Y ahí, en mitad de las ruinas, como tú dices, se alza el gozo. Les ocurre a muchas personas que han sufrido depresión: cuando, por fin, sales del pozo, lo haces con una energía y una fuerza renovadas. Y relativizas el sufrimiento: no es que te apetezca, pero se trata de un lugar donde ya has estado y conoces las herramientas para dominarlo. Si eres escritora, pues eso se traduce en tu literatura. Te voy a contar una anécdota: cuando puse los cimientos para Febril y lluvia, me preocupaba no saber escribir poesía desde un estado de ánimo estable, sereno… feliz hasta cierto punto. ¿Y si he perdido la profundidad que me regalaba el dolor? ¿Cómo voy a hilar los versos sin el apoyo de la carne desollada? Pues sí se puede, con la carne recompuesta y, esta vez, empapada. Simplemente, surge otra cosa; ni mejor ni peor, diferente. Dicho esto, soy consciente del momento histórico en que nos ha tocado vivir, sus complejidades y dificultades, pero también de que en cada rincón hay algo que merece la pena, y suele ser lo más simple. Fíjate, el otro día volvía en avión desde Sao Paulo, adonde fui como invitada para la Bienal del Libro, y abrí la ventanilla en medio de la corta madrugada que permitía el viaje, nada, un instante: sobrevolábamos el Atlántico y, allí arriba, la contaminación lumínica era prácticamente inexistente. Pensé: qué maravilla, por Dios, ¿cuándo voy a tener la oportunidad de observar otro cielo así, tan lleno de estrellas? Es eso. Estamos jodidos, pero aún nos queda enamorarnos mil veces: del paisaje, del pájaro, de las buenas personas.

 

Paralelamente a este poemario, tu novela Pueblo blanco azul ha tenido una calurosa recepción. ¿Cómo conviven en tu mesa de trabajo la disciplina narrativa que exige levantar el universo de una novela con la síntesis instantánea y el ritmo de la palabra poética?

Pueblo blanco azul ha supuesto un bálsamo de cariño después períodos muy tortuosos, y creo que Febril y lluvia ha llegado para hacerle compañía en ese abrazo colectivo. Pero, ¡ah!, los tiempos de creación de ambos libros han estado muy diferenciados, aunque las fechas de publicación se encuentren próximas. La novela la escribí en tres meses, encerrada durante el invierno de 2024, después de una investigación bastante disciplinada de otros seis, aunque la idea llevaba fraguándose media vida. En el caso de Febril, los primeros versos datan del verano de 2023, y luego fui interrumpiendo y retomando el flujo según hiciese o no calor; es decir, nunca se me juntaron en la mesa. Lo curioso es que terminé el poemario antes, pero decidí postponer su publicación para que fermentase un poco, como el vino; también por ganar seguridad en mí misma, al ser un proyecto tan diferente de los libros anteriores. La poesía no sale perjudicada de esa fragmentación en la elaboración ni penaliza las esperas; la novela, en cambio, creo que obedece a la disciplina y, si no la riegas a diario, se te muere en el disco duro. Ahora, me parece, ambas continúan latiendo.

 

Todo pasa por los bares y la charla informal

Febril y lluvia ve la luz en la Editorial Cántico con la confianza de Raúl Alonso en tus versos más arraigados. ¿Qué ha significado para ti incorporar esta obra a su catálogo y cómo ha sido el proceso de edición y acompañamiento del volumen?

Raúl y yo ya nos habíamos cruzado ocasionalmente, pero comenzamos a hablar del poemario hace un año, cuando él me invitó a dar una serie de recitales en institutos con un programa que dirige junto a la Diputación de Córdoba. Yo había leído a autores de su catálogo y me gustaba la manera de editar, la distribución… conocía a otros editores de Almuzara (el sello donde se engloba Cántico), pero, tú sabes cómo son estas cosas… hasta que no te sientas a conversar tranquilamente no brotan las ideas. Así que, tras los actos en aquellos institutos, fuimos a comer, y con un vino y un buen menú los detalles fueron tomando forma. ¿Ves lo que te decía del gozo? [Risas] Después, todo fue rodando de manera muy orgánica: lo leyó, le encantó, y corrigió algunos errores, pero pocos, porque el manuscrito ya había pasado por las manos de Bernier, Riechmann, el profesor Javier Mohedano y el poeta Alejandro López Andrada. Iba muy pulido de casa, vaya. Ahora estoy en contacto con su departamento de prensa, y Raúl sigue disponible para solucionar pequeñas dudas por teléfono o, si coincidimos en Córdoba, pues en persona. En general, el trato ha sido exquisito y esa confianza me ha permitido añadir otra amistad a la plaza de los afectos. España es un poco así, ¿no? Todo pasa por los bares y la charla informal. En Estados Unidos, te ficha una editorial y te convierte en producto de marketing antes de que hayas aprendido el abecedario (lo he visto en los departamentos de escritura creativa, por ejemplo); aquí, creo que la cosa es más sencilla y dicharachera, parte de unos vínculos muy terrenales. Lo ideal para un poemario como Febril y lluvia.

 

Te pongo en el clásico aprieto de la sección: si tuvieras que seleccionar únicamente tres poemas de Febril y lluvia, ¿cuáles serían y por qué razones elegirías esos y no otros?

Ay, la emboscada… Te diría que “La lluvia”, porque es uno de los primeros poemas de la nueva etapa vitalista en Córdoba, desbordada por ese milagro en que puede convertirse ver (y oler, y escuchar) llover después de meses de sequía. Luego vendría “El molino de agua”. Se trata de una composición que parte del descubrimiento de la palabra “aceña” (que aprendí de Jorge Riechmann), y la epifanía de encontrarme varias mientras paseaba por la ribera del Guadalquivir. Las aceñas encarnan las verdaderas energías renovables, aquéllas que no precisan de minería previa –al contrario que las baterías solares, por ejemplo– a la hora de dar resultados, pues se alimentan del movimiento del caudal. Tanto en mi pueblo (blanco azul) como en Córdoba capital, hay sendas calles llamadas “Mucho trigo” que van a parar al río, pues allí se molía el grano, que luego se transportaba para hacer pan. Esos modos arcaicos de supervivencia reflejados en el callejero nos hablan de un conocimiento perdido que, en el poema, se entremezcla con el giro de los cuerpos al hacer el amor. Por último, me gusta mucho “La noche previa”, porque relata el erotismo de la expectación antes de que el ser querido acuda a la cita; o sea, no me interesaba tanto la consumación de algo como el elucubrar fantasioso del encuentro que ya predispone al cuerpo y lo moldea para que se ajuste al deseo. El motivo es bastante conocido, y la poesía andalusí lo ha cultivado desde las jarchas, pero aquí se efectúa una revisión contemporánea, obviamente.

 

Arcillo palabras

Tu prolífica labor te lleva de la tribuna de prensa al aula universitaria, de la ficción narrativa al ensayo sociológico y de ahí a la poesía. En medio de esa vorágine de lenguajes, ¿en qué registro sientes que Azahara Palomeque se reconoce con mayor desnudez y verdad?

Azahara Palomeque es poeta de corazón; eso está más claro que el agua de la aceña. Aunque, de niña, empecé escribiendo relatos, muy pronto me pasé a la poesía, y el libro que me convenció de que debía ser escritora fue Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, que leí allá por mis doce años. Quizá provenga de ahí mi gusto por el verso y la prosa al mismo tiempo, pero una prosa muy poética. El periodismo llegó mucho más tarde: lo que mejor se me daba era escribir, así que, cuando me vi en la obligación de elegir carrera, entre mis profesores y mi madre me convencieron de que podría dedicarme a la prensa. Es fastidioso esto, ¿no? Porque ninguna carrera universitaria te abre a las puertas hacia la “profesionalización” de la literatura; por lo tanto, una debe llevar una doble vida hasta estabilizarse. Y luego, como novelista soy muy lírica también, incluso como columnista y ensayista. ¡Pero es que la misma materia! Digamos, pues… que arcillo palabras.

 

Para finalizar, como lectora y observadora atenta de nuestro panorama cultural, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su «Primera impresión»

Juan Antonio Bernier saca ya mismo poemario; se titula En la noche mediante. Y Jorge Riechmann está a punto de salir con Holobionte, que lleva un prólogo mío. Valga la “Primera impresión” para ellos; así cerramos el círculo.

 

 

 

 

 

***

Tres poemas de Febril y lluvia

 

La noche previa

 

La noche previa al amor

se derritieron las campanas, el alminar

adquirió el pulso de una bala y demolió los guijarros,

la ciudad se hizo miel

y la libaron los cuerpos desnudos.

La noche previa a nuestro amor

se besaron los escombros y la luna alumbró la piel

de los desamparados.

Nidífugos, los pájaros pasearon su ala rota; tibio,

un augurio oliendo a flor

venció a la guerra y, cuando amaneció, no éramos sino dioses

volcados al fuego. ¿Qué me quieres, amor?

Responde y dona.

Responde y respira.

 

La lluvia

 

¿Lloverá mañana?

Prepara los párpados para el diluvio, recoge la ropa, sitúa

cada tiesto en el centro del patio que así

esponjará el lagrimal la hoja agotada, y escucha

la voz que grita:

siempre fue el lugar aquí, aquí amabas siempre

la validez del corazón dispuesto

a esta cartografía de arena.

¿Lloverá mañana? Como ayer,

sacaron a los santos untados en anhelos y hoy

vibra apenas el sudor de una garza muerta.

Asómate a los balcones,

canta, grazna, aúlla, guiña la visión al planto, gime

para que caiga la voluntad de escampar

todo lo que callamos,

todo lo que mecimos, todo

hay que suspirarlo muy despacio.

 

El molino de agua

 

En el río hay una aceña y mis lágrimas, de tanto mirar,

ya giran su latido redondo.

Las lame un hombre de mediana edad, de mediana estatura,

de gran amor templado y sin ambiciones de cielo.

Rueda

por mi sexo, valiente rastrillo de ararme calma, mecanismo para regar

estas ganas de morir junto al molino.

Sabes que antes orábamos, cantábamos la era y anudábamos la hebra en alpacas.

Sabes que antes tanta agua no semejaba un reloj y la prisa no existía.