Por David Farré /

Hay discos que te gustan y discos que, sin saber muy bien cómo, se quedan a vivir contigo. Everything All the Time, el debut de Band of Horses, publicado en 2006, pertenece claramente al segundo grupo. Veinte años después, Ben Bridwell y los suyos aterrizan en Razzmatazz, en una cita promocionada por Live Nation, para celebrar el aniversario de aquel disco que nos enseñó que se puede estar un poco triste, mirar al infinito y, aun así, pasárselo estupendamente.

Porque si algo saben hacer Band of Horses es convertir la melancolía en una fiesta. Una fiesta sin confeti, eso sí, pero con muchas guitarras, voces que parecen llegar desde algún lugar remoto y canciones que te hacen sentir protagonista de una película independiente en la que, probablemente, no pasa gran cosa, pero todo parece importantísimo.

“The Funeral”: aquí hemos venido a emocionarnos

La celebración de Everything All the Time es una excusa magnífica para reencontrarse con canciones que ya tienen edad suficiente para pagar una ronda en el bar. El viaje por el disco recupera temas como “The First Song”, “Our Swords” y “The Great Salt Lake”, con ese sonido tan característico del grupo.

Y entonces aparece “The Funeral”. Esa canción, mi canción de Band of Horses. La de las guitarras que van creciendo hasta que parece que se va a acabar el mundo, pero de una manera bastante bonita. Si alguien ha conseguido escucharla sin sentir ganas de mirar por la ventana mientras recuerda decisiones vitales discutibles, que nos explique cómo lo hace.

Veinte años después, sigue siendo uno de esos himnos que convierten una sala llena de gente en una especie de terapia colectiva, aunque aquí nadie tenga que contar sus problemas ni pagar la sesión. Basta con dejarse llevar y cantar lo que se pueda entre guitarra y guitarra.

El recorrido por el álbum continúa con “Weed Party”, “Monsters” y “St. Augustine”, entre otras, confirmando que el debut de Band of Horses tenía bastante más que una canción afortunada. Hay un universo entero ahí dentro, entre la épica de andar por casa, la tristeza elegante y ese talento para hacer que una melodía aparentemente sencilla termine ocupando mucho más espacio del previsto.

Por suerte, la historia de Band of Horses no termina con su primer álbum. Su repertorio posterior aporta otras dosis de guitarras expansivas y melodías reconocibles, con canciones como “Is There a Ghost”, “No One’s Gonna Love You” o “Laredo”, que permiten comprobar que el grupo ha sabido mantener su personalidad sin quedarse atrapado en la nostalgia.

“No One’s Gonna Love You” merece capítulo aparte. Es una de esas canciones que empiezan con aparente tranquilidad y terminan pidiéndote que te pongas la mano en el pecho y mires al techo. Una maravilla para cantar a pleno pulmón, especialmente si uno se sabe la letra a medias y completa los huecos con vocalizaciones de dudosa precisión.

Y ahí está parte de la gracia de Band of Horses: sus canciones tienen algo de himno de estadio, pero conservan el encanto de una banda que parece estar tocando para ti y para otras cuatro personas que también necesitan ordenar un poco sus sentimientos. Aunque en Razzmatazz seamos unos cuantos más.

Celebrar los veinte años de Everything All the Time es reencontrarse con una época en la que descubríamos grupos por recomendación de algún amigo melómano, por una canción escuchada en una serie o porque alguien nos pasaba un disco asegurando que aquello nos iba a cambiar la vida. A veces exageraban. Con Band of Horses, no tanto.

La visita de Band of Horses a Razzmatazz, en esta gira conmemorativa impulsada por Live Nation, sirve para recordar que no hace falta reinventar la rueda cada cinco minutos. A veces basta con unas buenas canciones, unas guitarras bien puestas y Ben Bridwell cantando como si tuviera que contarnos algo importante antes de que se cierre el bar.

Y si entre medias suena “The Funeral”, pues mejor que mejor. Que para cumplir veinte años están muy bien las tartas y las velas, pero pocas cosas celebran mejor el paso del tiempo que cantar un himno con desconocidos y descubrir que todos nos sabemos, al menos, el estribillo.

Veinte años de Everything All the Time. Y todavía nos queda cuerda para rato.