JOSÉ LUIS MUÑOZ
Para los que minusvaloran el papel de los guionistas en las películas y los supeditan a los directores, el caso de la filmografía del mexicano Alejandro González Iñarritu es un paradigma claro de que eso no es así. Cuando el director de la deslumbrante Amores perros filmaba sus películas con los guiones de Guillermo Arriaga, un narrador poderoso, el tándem alumbró sus mejores películas. Cuando rompieron su relación cinematográfica y Guillermo Arriaga empezó a filmar por su cuenta (con éxito escaso, también hay que decirlo), el resultado fue muy decepcionante salvo en el espectacular western El renacido. Digger, la última película del director mexicano en Estados Unidos, es una obra fallida como lo fue Birdman en su momento y casi por el mismo pecado: la hipérbole desmedida.
El último artefacto cinematográfico del realizador mexicano tiene buenas intenciones —la crítica a la sed extractiva de recursos de Estados Unidos, principalmente el petróleo, protagonizada por Digger Rockwell (un Tom Cruise envejecido), un magnate al que el cambio climático le importa muy poco, y provoca una catástrofe ecológica en Alaska que tiene como consecuencia una hecatombe en el mundo—, pero falla estrepitosamente en sus resultados.
Las expectativas del director de 21 gramos quedan seriamente mermadas por el tono esperpéntico pasado de vueltas de su sátira política. Iñarritu parece haberse inspirado en Dr. Strangelove, volamos hacia Moscú de Stanley Kubrick, pero su ejercicio de denuncia social le sale mal por una acumulación de capas narrativas innecesarias —la introducción de la pieza teatral, hacia el final de la película, es un recurso tan tramposo como artificioso—, y su película resulta una matrioska confusa y poco efectiva en la que las escasas dotes que el mexicano tiene para la comedia se evidencian. Risas las justas y en dos momentos precisos: un consejo de ministros absolutamente masculino que acaba con todos los presentes rezando y los rostros de esos mismos políticos cuando contemplan en pantalla los desastres que causa su ilimitada avaricia extractiva.
Digger es un recital de las dotes histriónicas de Tom Cruise, productor de la película, que parece divertirse mucho en su papel de ese Elon Musk sediento de petróleo, en donde brilla un irreconocible, por delgado, John Goodman en el papel de presidente de Estados Unidos, y se desaprovecha absolutamente a la alemana Sandra Hüller (Anatomía de una caída, La zona de interés) en el papel irrelevante de hermana del magnate. González Iñarritu no acaba de encontrar su lugar en Estados Unidos y se agota en sí mismo en géneros que no domina cuando lo suyo es el drama desopilante. Bueno sería que firmara la paz con Guillermo Arriaga.

