Por Jorge de Arco.
Hay libros que convierten la experiencia de existir en una incesante pregunta donde el dolor, las deshoras, la acordanza y la conciencia de la muerte se tornan materia de una misma inquietud. ¿Qué significa esta residencia en la tierra cuando sabemos que la vida se nos escapa? ¿Qué hacer con nuestra persistente fragilidad? ¿De qué forma un espíritu sometido al sufrimiento puede llegar a intuir la bondad? Haz un mar que tengo sed, de Amalia Moreno Restrepo (Vaso Roto, 2026), apuesta por acercarse a estos interrogantes y darles forma de conocimiento.
La trayectoria de la poeta colombiana —nacida en Medellín en 1988— halla en este volumen una arquitectura de sumo interés. Sus cinco secciones —Canto por mí mismo, Del sufrimiento y sus formas de angustia, Del tiempo y su nostalgia, De la miseria humana y De la luz y sus formas de bondad— condensan un itinerario que remite a un proceso de indagación de la condición humana. Un único poema extenso por apartado, concebido como un canto, impone al par de su lectura una temporalidad propia: la de una escrupulosidad que vuelve sobre sus obsesiones, las desdobla y las supedita a nuevas variaciones. El libro exige, pues, una atención sostenida, dispuesta a reconocer que el pensamiento lírico supone, en ocasiones, que comprender consiste en regresar a una misma tristura:
en todos los hombres hay una sed igual
un hambre un dolor y una necesidad
de consuelosomos testigos de todos los crímenes
que se han cometido sobre la faz de la tierra
y también somos testigos de todos los milagrosla vida necesita más atención
más calma más paciencia
más mano más de mi mano
suavidad en los pensamientos
tiempo a tu herida
y servirte un vaso con agua
Desde su pórtico, se establece de inmediato la tensión fundamental del conjunto: «La libertad no es un anhelo / es el principio». Una aseveración concisa que posee el bordón de un axioma filosófico. La libertad deja de ser una promesa situada en el horizonte para convertirse en una condición desde la cual es preciso actuar. Por ende, el sujeto poético deja entrever una exigencia de cumplimiento y, casi sin transición, la afirmación lo confronta con su propio límite: «sólo tengo una vida / sólo tengo esta vida».
Al cabo, esa repetición cifra una de las virtudes más hondas del libro. La conciencia de la finitud no es una conclusión abstracta, sino una experiencia que necesita reafirmarse para duplicar su verdad.
querer cambiar
querer seguir siendo
el que siempre cambiacon un centro
que gira sobre sí mismo
con ligereza
Y es aquí, precisamente, donde el poemario parece alcanzar un diálogo fecundo con el humanismo cartesiano. Porque, en Descartes, la certeza del razonamiento constituye el punto de partida de un examen sobre el yo; en Moreno Restrepo, la conciencia de sí misma parece incitar a inquirirse de manera más vulnerable: ¿puede ese yo con su propia existencia? Dicho acercamiento cartesiano debe entenderse, por supuesto, como una vía interpretativa donde el intelecto puede reconocer el límite, mas no abolirlo:
para qué seguir
por dónde adelante cómo
dónde estaba yo ayer en mi otra vida
y en qué momento se quebró todo esto
y no hay casa ni estás tú
no hay razones ni raíces ni futuro
ni un solo aliento
El desplazamiento hacia la niñez y los paisajes que giran en derredor —las «mañanas de mi infancia», las «nubes de neblina»— restituyen, a su vez, un universo donde lo cotidiano participa todavía del asombro. Amalia Moreno Restrepo posee una delicadeza particular que permite a la memoria brindar una zona de apertura donde el pasado se recupera intacto. Recordar es también comprobar la distancia que separa lo vivido de aquello que el alma puede conservar; de ahí que tanto sepa ella misma «del tiempo y su nostalgia» y afirme sin ambages: «de un punto a otro punto / no hay una distancia / hay un tiempo / para nosotros los hombres / es pasado».
En sus diversos fragmentos aparece también una reflexión moral que desplaza el centro de gravedad del sujeto hacia los otros: «Las oportunidades que tuviste para la crueldad / son las mismas que perdiste para la ternura». Aquí y ahora, la poeta colombiana formula con clarividencia la relación entre libertad y responsabilidad. Cada posibilidad de dañar contiene —al menos en potencia— la alternativa de cuidar. La ética, pues, surge de las decisiones concretas mediante las cuales nos relacionamos con los demás. Todo esto lleva a sedimentar una condición terrenal que adquiere su sentido más hondo: responder por el modo en que nuestra presencia afecta a otras vidas. La ternura deja de ser un sentimiento accesorio y aparece como una ocasión que la crueldad desperdicia:
los seres humanos somos golpeados y golpeamos
unas veces en el pecho
otras veces por la espalda
por cada miedo humano
alguien es asesinado
la realidad son estos vidrios rotos
(…)
una hoja para cubrirme del sol y la tempestad
una hoja para cubrirme el cuerpo
En suma, el decir de Amalia Moreno Restrepo formula el reconocimiento de nuestro lado más vulnerable, el mismo que no debería nunca conducirnos a la indiferencia, ni clausurar los afectos, ni alejarnos de la amatoria certidumbre. Porque Haz un mar que tengo sed es una defensa de la búsqueda de una conciencia honesta, de una independencia que acepte sus consecuencias y consienta «aprender a ver las estrellas / durante el naufragio / aprender a imaginar / el fondo del mar / no perder la fe».

