Ainhoa Escarti

The Vanishing (1988) es la promesa de una película que pudo haber sido. Contiene todos los defectos de su presupuesto, de su época y de sus interpretaciones, pero hay algo en su premisa y en la forma en que está construida que la hace prometedora.
Debemos comprender que visionar la película sin las gafas de su época juega en contra, ya que posteriormente podemos ver películas de sociópatas o psicópatas rotundamente mejor rodadas que esta. Pero hay algo que la hace totalmente destacable: su construcción y premisa. Tenemos a un director al que le gusta incomodar, que trata de jugar con el espectador constantemente. Trata de confundirle enviando pistas de cosas que no sucederán. Constantemente, durante la primera parte de la historia, somete a sus personajes a situaciones arquetípicas que hacen decir al espectador, «va a ser ahora», tejiendo cierta tensión que logra mantener hasta que la desaparición se sucede. La narrativa es, precisamente, uno de sus mejores aciertos. La construcción del villano es diferente. George Sluizer, en su claro intento por no resultar cómodo, coloca el mismo peso dramático en el villano que en el héroe. Por cierto, héroe que no termina de resultar lo suficientemente obsesivo para que la historia cuaje mejor.
Sí, el protagonista toma decisiones basadas en su obsesión por la desaparición de su novia, pero esa obsesión no termina de hacerse tangible para el espectador, haría falta mayor profundidad psicológica para justificar las decisiones finales, sobre todo teniendo a un personaje que es totalmente consciente de dónde y con quién está. Aquí la película peca de una ingenuidad que es de difícil digestión para el espectador medio. Pero, aun así, quieres seguir mirando. Porque lo que consigue la historia es esa sensación que ya conocimos en Tesis (1996), de Amenábar, el deseo de, pese a todo, seguir mirando. Y se alimenta de ello, de la necesidad casi voyeur del espectador de saber cuán macabro habrá sido y hasta dónde llegará ese tipo de mediana edad más patético que cualquier cosa.


Es realmente interesante la construcción del psicópata, el uso del flashback para mostrarnos quién es realmente el monstruo: un lobo con piel de cordero, un tipo cualquiera, como se llega a decir durante la película. Entonces hace una jugada tremendamente inteligente. El malo, el terrible, no es alguien que desde fuera parezca peligroso. No es alguien que produzca miedo ni alguien de quien desconfiemos. No. Nos introduce el miedo en un tipo anodino y cotidiano. Es entonces cuando hace un efecto muy propio de la narrativa de Stephen King, siendo el objeto de miedo algo normalizado. Porque no hay nada más normal que un padre de familia trabajador sin mácula. Hay cierta inocencia patética en cómo este tipo se prepara, mostrándonos que no es más que un perdedor, un tipo mucho más simplón de lo que quiere hacer ver y, aun así, capaz de cometer esa atrocidad. El hombre tranquilo con una alimaña viviendo dentro, ese es el auténtico objeto de terror. Lo que supone un acierto total a una película que sobrevive gracias a momentos de lucidez y honestidad, cosas que hacen de ella algo lo suficientemente distinto de la época como para acabar convirtiéndose en un título de culto.


The Vanishing (1993) tuvo su propia versión made in Hollywood dirigida algunos pocos años después por el mismo director, apostando por un elenco que trataba de dar algo más de entidad a una premisa ciertamente buena. El bueno de George Sluizer parece tratar de dinamizar su anterior película, como si sus mayores errores estuvieran en el ritmo, las interpretaciones o en una fotografía demasiado granulada. Pero incluso en esta segunda versión con más dinero seguimos viendo cierto patetismo que hace que los personajes no terminen de cuajar. Trata de revertir ese final no muy creíble dando mayor protagonismo a los personajes secundarios. Pero, en vez de pulir sus errores, cae en el tópico de Hollywood, desvirtuando en cierta manera la película original que si algo intentaba era ser narrativamente diferente.


Y es que The Vanishing y con ello entiendo que fuera una película resaltada por el mismo Kubrick, lo que sabe hacer a la perfección es algo hipnótico, trata de romper ciertos moldes sin pedir permiso, logra ser disruptiva, se atreve a incomodar y ese espíritu beligerante es el que hace que funcione, y que acabe siendo alimento de los cinéfilos de culto gustosos por esa cierta mirada diferente.

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