Irene Gil Giménez

Charles Chaplin, mediante la película Tiempos modernos, ya en 1936 pone sobre la mesa un debate muy interesante sobre el tema de la innovación. El autor, fiel defensor del cine mudo y en pleno auge del cine sonoro, nos regala una lección a todos. Sirviéndose de los mismos avances que él mismo criticaba, se vale del sonido para evidenciar el silencio y hacer así brillar la pantomima. En Tiempos modernos no hablan los personajes, hablan únicamente las máquinas. El vagabundo, personaje mudo en sus orígenes por necesidad, tiene ahora la oportunidad de hablar y, purista de su estilo, mientras el resto del cine pronunciaba sus primeras palabras, se mantuvo en silencio hasta una de las últimas escenas. En esta, el personaje se vale de su voz y la usa para cantar en un lenguaje irreal que carece de significado concreto. Estas palabras, aparte de realzar la pantomima, mandan un mensaje muy claro y es que para comunicar no son esenciales las palabras.

La postura de Chaplin frente al cine sonoro permite además abrir una reflexión más amplia sobre la relación entre innovación y progreso artístico. A la vista está que el sonido en el cine amplió enormemente los recursos narrativos; sin embargo, no podemos pasar por alto que a lo largo de la historia incontables artistas han hecho un uso ingenioso del cambio. Se han valido de él para enriquecer y hacer evolucionar el arte. Aun así, algo que puede llegar a ser tan valioso y que tanto costó aceptar como humanidad se ha llegado a volver en nuestra contra desde que lo vemos como algo inherentemente valioso. Durante el siglo XX el arte experimentó una explosión de nuevas corrientes. Este periodo caracterizado por la obsesión por lo nuevo y la caducidad estética desencadenó un enfoque artístico donde la innovación comenzó a entenderse como un valor en sí mismo.

Claro está que la innovación va de la mano con el cambio y este último con el curso natural de la vida. Nosotros como espectadores deberíamos plantearnos el verdadero valor intrínseco de lo nuevo y si realmente implica una mejora o una mayor riqueza respecto a lo anterior. Sin embargo, durante este último siglo es más que apreciable que prima la renovación sobre la ejecución y la calidad. En todos los aspectos de la vida contemporánea la novedad parece ocupar un lugar central. Nuevas tendencias que serán reemplazadas bajo una lógica constante de renovación tras unos segundos de popularidad inmediata. El arte de nuestra actualidad, el arte que nos define como sociedad, evidencia con claridad un momento para la humanidad en el que la producción masiva no sacia nunca a este espectador voraz del que antes hablamos.

Esta lógica de aceleración y renovación permanente no se limita únicamente al ámbito artístico. Con frecuencia, innovación y progreso han sido entendidos como conceptos inseparables. Si analizamos esta idea, podemos decir que a lo largo de la película se construye la idea de los trabajadores como engranajes de una máquina, reducidos a funciones mecánicas. Chaplin lleva a la pantalla la realidad de muchas de las personas del momento y es que lo que fue presentado como un progreso en pro de la comodidad se acabó convirtiendo en una pérdida de bienestar individual.

Cuando hablamos de progreso en la sociedad actual nos encontramos con un conflicto similar al que planteaba Chaplin, y es que los avances tecnológicos, que guardan un gran potencial, traen con ellos una nueva problemática para el ser humano. La aceleración que Chaplin representa físicamente en la fábrica también afecta hoy a nuestra forma de consumir información y cultura. Estos avances técnicos facilitan el trabajo intelectual hasta el punto de automatizar procesos que anteriormente requerían un esfuerzo. Como resultado, encontramos una juventud que parece tener cada vez más dificultades en la realización de tareas que requieran mantener la atención durante periodos más extensos de tiempo, como, por ejemplo, la lectura prolongada, y es que paulatinamente la concentración se va viendo resquebrajada por las redes sociales y la inmediatez del mundo en el que vivimos.

Si hablamos de la situación del arte desde esta perspectiva, conviene recordar que el impacto tecnológico ha transformado profundamente los medios de creación y, por tanto, nuestra manera de entender el propio hecho artístico. La aparición de innumerables herramientas digitales ha favorecido la automatización de ciertos procesos técnicos y manuales. Con ello, parte del valor de la obra ha sido desplazado hacia su dimensión conceptual e intelectual.

Esta transformación afecta directamente al papel del artista contemporáneo. En muchos casos, su labor ya no se centra únicamente en la ejecución técnica, sino también en la selección, manipulación y reinterpretación de imágenes e información provenientes de un entorno digital saturado. El creador pasa así a convertirse, en parte, en un mediador de estímulos visuales y referencias culturales.

Sin embargo, esta aceleración tecnológica no implica necesariamente una mayor profundidad artística. Cuanto más automatizada se vuelve la técnica, más surge la necesidad de replantear qué lugar ocupan la sensibilidad, la intención y la experiencia humana dentro del proceso creativo. Cuando parte de la creación queda delegada en la tecnología, la obra corre el riesgo de debilitar esa dimensión humana que ha acompañado al arte desde sus orígenes.

Con todo, no podemos catalogar la tecnología como un fenómeno enteramente dañino, y es que, al igual que lo fue la industrialización, la era tecnológica posee un enorme potencial. Dentro del ámbito artístico los avances tecnológicos han abierto un abanico de posibilidades. El acceso a la formación se ha ampliado notablemente, con una gran batería de imágenes, de cursos y de difusión de eventos e información en el ámbito artístico. Además, la tecnología pone a nuestra disposición nuevos medios de creación que, con un uso responsable, amplían el lenguaje artístico y fomentan la combinación de disciplinas y la transgresión de límites.

Así pues, el problema no se encuentra en la tecnología en sí, sino en el uso que hacemos de ella. Si bien es cierto que tenemos la información más cerca que nunca, también nos encontramos con un exceso de ella, proveniente de dudosas fuentes y de personas que no han sido formadas en la materia. Por ello, es necesario hacer hincapié en el desarrollo del pensamiento crítico y en la selección de la información asumida. El constante cuestionamiento de lo aprendido y la consulta de fuentes fiables debe ser nuestro mayor aliado.

Pese a las dificultades que la modernidad puso y sigue poniendo en nuestro camino, Tiempos modernos nos deja un claro mensaje esperanzador y es que el progreso y la innovación no son inherentemente negativos. De ahí que Chaplin no concluya desde el pesimismo absoluto. Tras el caos industrial y la deshumanización mecánica, el vagabundo continúa caminando. La última imagen de la película, en la que el vagabundo y la joven caminan hacia el horizonte, reivindica la permanencia de lo humano incluso dentro de un mundo dominado por el ritmo fabril. El verdadero reto consiste en preservar la profundidad, la capacidad de reflexión y la identidad humana dentro de una sociedad dominada por la aceleración continua.