José Luis Trullo (ed.), UNA LENGUA PARCA. SENTENCIAS DE LA GRECIA ANTIGUA
Traducción de Anastasia Vakouftsi y J.L Trullo),
Libros del Innombrable, Zaragoza, 2026

 

Javier García Gibert.– Con larga ejecutoria como aforista y estudioso del aforismo, José Luis Trullo es también un especialista bien conocido en el ámbito de la investigación humanística; esta doble condición lo faculta y dispone para llevar a cabo de la mejor manera esta edición antológica de “Sentencias de la Grecia antigua”, feliz acopio de pensamientos breves extraídos de poetas, legisladores, filósofos y dramaturgos (24 nombres en total) de la Grecia Arcaica y Clásica, desde Homero hasta Menandro. El libro deja al margen a Sócrates y Platón, los dos grandes puntales helenos de esa vieja tradición humanista que tuvo su origen en Atenas, Roma y Jerusalén. Esto me parece un acierto del libro, pues así puede verse con mayor nitidez el rico trasfondo de contenido e ideas ya claramente humanísticas que atesoraba in nuce la civilización griega. Así pues, al interés que tiene la obra en sí misma como acopio sapiencial de la cultura helena se añade el que nos hace contemplar algunas columnas y basamentos cruciales sobre los que acabará erigiéndose el edificio de una tradición que ha conformado lo más valioso del pensamiento ético, estético y espiritual de Occidente.

No es, pues, la Grecia de la gran filosofía, de los grandes sistemas, lo que aparece en la antología del libro sino la de la sabiduría práctica, la de la eudemonología, la del saber vivir y el saber estar, la que reflexiona sobre los límites y las oportunidades que la existencia impone y a la vez ofrece a los seres humanos. La impresión es que bebemos de un fresco y rico manantial que procura benéficas y puras sensaciones de prudencia, sensatez, claridad y buen sentido. Las sentencias no buscan ser brillantes ni originales -pues la sabiduría no lo pretende-, pero a menudo acaban siéndolo porque hay muchas maneras de decir las cosas y algunos modos perfilados y eficaces de transmitir las verdades humanas. “El dolor es el único maestro del ignorante” (Homero); “No injuries al inope: nadie sabe lo que traerá el mañana” (Pitaco); “El pueblo seguirá mejor a sus líderes si no está ni demasiado relajado ni demasiado oprimido” (Solón); “Cuando recibas un favor, recuérdalo; cuando lo hagas, olvídalo” (Menandro)…  La crudeza profunda, la estrategia sibilina, la agudeza en el análisis, la delicadeza moral; todo eso, efectivamente, cabe en el relámpago de una buena sentencia.

La maravilla de la Grecia antigua es comprobar que aquella cultura era en cierto sentido mucho más libre intelectualmente que la nuestra, pues carecía de dogmas, de absolutismos, de ideologías, y planteaba los asuntos con franco realismo, a cara descubierta, sin ignorar las tentaciones escépticas y pesimistas, pero confiando siempre en la capacidad y en la voluntad de acción del ser humano. En el fondo se pensaba –y esa es la clave- que todo dependía de la actitud personal y del ajuste inteligente a las variadas circunstancias. Por eso uno de los conceptos que más aparecen en esta antología es el de kairós (kαιρóϛ), referido al discernimiento del momento adecuado para hacer las cosas: no hay más que ver la proyección que cobra esa idea en las sentencias de Píndaro o la maestría que adquiere en Menandro: “¡Qué grande es lo pequeño cuando se da en el momento oportuno!”, escribe.

Otra de las ideas matrices es la constatación de que el hombre está sometido a males que no puede evitar y que son absurdas y perniciosas ciertas rebeldías contra el destino. Es la idea que plasmó admirablemente la tragedia griega, con su permanente denuncia de los peligros de soberbia, de obcecación, de unilateralismo, contribuyendo así a fraguar las ideas de mesura, de sensatez, de justo medio, que acabaron caracterizando a la cultura griega. Y propiciando la filosofía práctica del estoicismo –al que responden muchas de las sentencias del libro- que es la lección que extrajo el pensamiento griego de las desmesuras que el género trágico mostró en los escenarios. Porque, aunque la desgracia forma una parte ineludible de la vida humana, hay modos de lidiar con ella y límites que no deben traspasarse para intentar conjurarla. Esquilo, el primer gran trágico, resume todo esto en algunas de las sentencias presentes en el libro, aunque también se recuerda que la propia desgracia aporta una inestimable dosis de conocimiento (no en vano Aristóteles destacó en su análisis sobre la tragedia los efectos benéficos que reportaba: la catarsis en relación al público, y la anagnórisis en relación al propio personaje trágico).

Porque el pensamiento griego nunca es destructivo y siempre busca una salida, un beneficio, un equilibrio. Incluso cuando las propuestas parecen más radicales. En versos famosos aquí recogidos dice Teognis de Mégara: “Para el mortal, lo mejor sería no haber nacido nunca, ni ver la luz del sol, o, en su defecto, cruzar lo más rápido posible las puertas del Hades y yacer cubierto por mucha tierra”. Pero en otro lugar el propio Teognis escribe lo siguiente: “Mientras uno viva y vea la luz del sol, que venere a los dioses y aguarde con esperanza”. Esa es otra de las claves del raciocinio heleno, muy evidente en las páginas de esta antología: la presencia constante e inmarcesible de los dioses, de las fuerzas divinas, una presencia con la que hay que contar y que define y potencia lo humano a la vez que lo limita a sus justos términos. Es insensato escupir contra el cielo, dado que la vida del hombre está rodeada de misterio. Mucho más sensato es saber convivir con él.

Del conjunto de sentencias que nos brindan los 24 autores que se incluyen en el libro se deduce que a las alturas del siglo VI a. de C. la inteligencia griega tenía ya muy claro que la vida debía ser un camino de formación virtuosa (esa paideia que estudió Jaeger), un camino que no termina hasta el fin de la existencia. “Envejezco adquiriendo sin cesar nuevos conocimientos”, dice Solón. La importancia de esa formación es superior al linaje y a la riqueza (véase Focílides) y debe llevar al conocimiento y dominio de sí mismo (véase Quilón). Esta paideia se hace aún más inequívoca y perfilada en los dos siglos siguientes, a los que pertenecen los tres autores más ampliamente antologados: el poeta Píndaro, el filósofo Demócrito y el comediógrafo Menandro.

Píndaro, autor de una celebérrima intimación humanista de realización personal traducida de diversos modos (aquí en la versión “conviértete en quien eres realmente”), es con justicia el autor más profusamente representado. Su punto de partida sería el siguiente: no todos los hombres son excelentes (muchos “tienen ciego el corazón”), pero todos llevan dentro de sí la posible excelencia (“unos son grandes en unas cosas y otros en otras”), algo que se traduce inevitablemente en jerarquías de toda índole: atléticas, estéticas, morales, o intelectuales (“En la práctica se demuestra en qué es cada cual realmente superior”). La consideración de estas premisas le hace pensar a Píndaro en una suerte de destino personal (πότμοϛ) que sale a la luz mediante el autoconocimiento y que, si ponemos el esfuerzo necesario y actuamos en consonancia con las instancias divinas, nos permite encontrar las respuestas en nosotros mismos: “El hombre es el sueño de una sombra. Pero cuando llega el resplandor que otorgan los dioses, una luz brillante incide sobre los hombres y su vida se vuelve dulce”.

Demócrito no será aquí el filósofo atomista ni el pensador de la risa floja, sino, como ya diagnosticó Hipócrates, un hombre de absoluta sensatez: noble, ejemplar, amante de la virtud y del esfuerzo, con una gran habilidad para separar en sus reflexiones el grano de la paja   (“Muchos eruditos carecen de entendimiento”), advertir las erradas prioridades (“Es mejor corregir los errores propios que los ajenos”) o reprobar los desvíos con eficaz contundencia (“Desear sin medida es propio de un niño, no de un hombre”). Por lo demás, tal como aquí se recoge en una de las sentencias, es el primero autor conocido que incide en la idea del “theatrum mundi” en función de la dramática transitoriedad de esta vida: “El mundo es un teatro; la vida un tránsito; viniste, viste, te fuiste” (Platón y los estoicos le darían luego otros matices a esa misma idea).

El comediógrafo Menandro cierra la selección del libro. No en vano se le ha considerado uno de los referentes del humanismo antiguo. Dos de sus sentencias bastarían para acreditarlo: “Recuérdate siempre a ti mismo que eres humano” y “Antes de reprender a otros, examínate a ti mismo”. Destaca en él la cordura y la elegancia moral, íntimamente relacionadas.  Por un lado, la importancia concedida a la razón, máximo tesoro del ser humano y fuente de su verdadera dicha: “la mente (νoûϛ) es Dios; cultívala como merece”; “La razón (ʎογισμός) es el único remedio para la tristeza”. Por otro lado, la capacidad y estilo para afrontar la desgracia: “Soporta el infortunio y el agravio con dignidad”, dice Menandro. El término griego “εύσχημόνωϛ” normalmente entendido como “decencia” o “decoro”, se traduce aquí muy propiamente como “dignidad” porque anticipa ese concepto de dignitas romana que Cicerón elevaría a piedra angular de su concepción humanística. Y esa dignidad hace contraste inevitable con la miseria, que también forma parte consustancial de nuestra condición humana: dignitas hominis, miseria hominis. “La mayoría de los males proviene de nuestras propias elecciones”, dice Menandro; pero también: “¡Qué sublime es el hombre, cuando es plenamente hombre!” Con esta inequívoca ponderación humanista se cierra el libro.

“Dejo al lector a solas con las palabras de los clásicos, para que dialogue con ellas según su saber y entender” dice en su Nota previa el antólogo y editor de estas sentencias. Efectivamente, la mediación exegética no es necesaria para su aprehensión y disfrute. Con todo, hay dos cosas imprescindibles que dan solidez y fiabilidad a esta antología: la cita en su lengua original griega y la fuente precisa de la que proceden los textos. Respecto a la traducción, a cargo del propio José Luis Trullo junto con Anastasia Vakouftsi, se logra una convincente elocución actual que retiene y conserva, sin embargo, el sabor del espíritu antiguo.