José Iniesta (Valencia, 1962) ha publicado trece libros: Del tiempo y sus castigos (Sagunto, 1985), Cinco poemas (Sagunto, 1989), Arder en el cántico (Renacimiento, 2008, Premio de Poesía Ciudad de València Vicente Gaos), Bajo el sol de mis días (Algaida, 2010, Premio de Poesía Ciudad de Badajoz), Y tu vida de golpe (Renacimiento, 2013), Las razones del viento (Renacimiento, 2016), El eje de la luz (Renacimiento, 2017), Llegar a casa (Renacimiento, 2019), La plenitud descalza (Polibea, 2021), Cantar la vida (Renacimiento, 2021), Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2022, la antología De fuegos y jazmines (OléLibros, 2023), Un tigre sin selva (Renacimiento, 2024), Un montón de piedras (La Garúa, 2025), y por último El alma por la boca (Pre-Textos, 2026).

 

 

Javier Gilabert: El título de tu nuevo libro, El alma por la boca, remite a una conocida expresión popular estrechamente vinculada al esfuerzo supremo, a la fatiga o al instante en que el aliento vital parece pugnar por salir. En el cante flamenco, además, se dice a menudo de quien lo entrega todo en el tercio más agónico. ¿En qué momento de la concepción del poemario sentiste que esta imagen era la que mejor condensaba la necesidad de decir qué cruza estas páginas?

José Iniesta: El hallazgo, como título, de El alma por la boca no me llegó por la búsqueda, fue el azar el que me lo entregó, reescribiendo el libro, y supe que era el título que necesitaba, expresaba con claridad el grito sereno de estos cantares entre la vida y la muerte, este largo viaje al corazón del mundo. Igual nos sucede muchas veces en la creación del poema, no sabemos adónde vamos con la palabra, y del golpe irrumpe un verso desde la misma respiración, desde el sentir el mundo y el deseo de nombrarlo.         El alma por la boca apunta al quejío flamenco, a la facultad de expresar con el cante la verdad que proclama el alma, la pura emoción de la vida convertida en grito y en rosa, en alta creación nacida en las entrañas.         Estas soleares están escritas al ritmo de la respiración en los caminos polvorientos. En una presentación en Valencia, el poeta Manuel Moreno dijo algo que me conmovió hondamente: La respiración viene a convertirse en una especie de intercambio entre el mundo y las entrañas, es el universo que se injerta en la sangre, oxígeno entrañado podríamos decir, es por la boca por donde entra el aire al nacer, lo que nos provoca el primer llanto de nuestra vida, y es por la boca por donde saldrá nuestro último aliento el día que muramos. Nacimiento y muerte son dos de los ejes temáticos de este libro.

 

Tras una larga y fecunda andadura poética vinculada a la editorial Renacimiento, das ahora el salto al catálogo de Pre-Textos, un sello de ineludible prestigio en la poesía en español. ¿Qué ha significado para ti publicar El alma por la boca en esta casa y cómo ha dialogado tu propuesta con la tradición editorial del sello?

Publicar en Pre-textos es un sueño cumplido para cualquier poeta, no os voy a mentir, pero de igual manera os digo que yo me he sentido muy feliz con los siete poemarios que he publicado con Editorial Renacimiento en su bellísima colección Calle del Aire. A ellos me une la gratitud de que siempre creyeron en mi poesía, incluso en los años en que no la conocía nadie y apostaron por ella y la acogieron, es mi casa.          La editorial Pre-textos y su colección La Cruz del Sur constituyen, como dijo el poeta amigo José Luis Zerón en Orihuela una garantía de calidad: desde hace años nos tiene acostumbrados a cuidar los libros con una exquisita combinación de rigor, belleza y mimo. En sus ediciones, el libro no es solamente el lugar donde se imprimen unos poemas En sus ediciones, el libro no es solamente el lugar donde se imprimen unos poemas: también el objeto que los acoge, la sobriedad de su diseño y el cuidado de cada detalle parecen formar parte de la experiencia de la lectura. Y este libro de José Iniesta no podía haber encontrado mejor casa.            La verdad es que estoy feliz con esta edición, no lo puedo estar más, es austera y elegante, y a ello se añade la alegría que sentí cuando vi en las galeradas que cada una de mis soleares, apenas tres o cuatro versos, tendrían su propia página. Una soleá por página es una maravilla porque cada soleá es un mundo, es un poema único que ha intentado cantar desde su brevedad el mundo entero, y esos detalles son importantes, son los que marcan la diferencia.          Respecto al tema de cómo ha dialogado mi propuesta con la editorial, te puedo decir que bien, Pre-textos no es la primera vez que publica libros cercanos a los cantares o libros que transitan por la geografía salvaje del flamenco. Los poetas Juan Peña e Isabel Escudero ya publicaron en esta casa diversas obras que se arriman a este mundo de lo popular. El alma por la boca no inaugura nada, aunque ha buscado trazar su propia estela desde mi mundo lírico, desde mi razón poética.

 

Mi pasión por el flamenco viene de lejos

En este libro adoptas de manera exclusiva la forma de la soleá, transitando tanto por la estructura clásica del terceto como por las variantes de cuatro versos o soleariyas. Siendo un poeta valenciano y payo [risas], ¿de dónde procede esa querencia tan visceral por este palo flamenco y qué hallaste en su arquitectura estrófica que no te ofrecían otras formas métricas?

Mi pasión por el flamenco viene de lejos, me ha acompañado toda mi vida, desde mis orígenes. Mi madre Juana y mi abuela Pura, que nacieron y vivieron en Vianos, un pueblecito entre Alcaraz y Sierra Morena, me cantaban nanas y otros palos del cante que fueron semillas que germinaron dentro de mí, me donaron el oro de la tradición oral, romances y algunos cantes de trilla. También me contaron que mi abuelo Galo, a quien no llegué a conocer y que era arriero, era un buen cantaor, que lo recordaban clamando coplas al ritmo del paso de los machos en la era o bajo el sol de los caminos, en las ventas o junto al fuego de la casa familiar. Ese es mi origen, de ahí debe de venir todo, también el amor por la poesía, por la vida en las palabras, este poeta payo y valenciano es más flamenco de lo que parece [risas]…         Respecto a la pregunta de, por qué escribo El alma por la boca de manera exclusiva con la forma popular y cerrada de la soleá de tres o cuatro versos te contestaré que, porque me lo debía a mí mismo y a todo lo que me desveló el universo del cante, su grito y su pureza, y la maravilla del compás, la enseñanza de que nuestras vidas sí tienen sentido dentro de una canción muy breve, a mi manera siempre, y desde la libertad. La soleá, sin duda alguna, yo la siento más en armonía con lo que soy y es mi cultura, que el haiku; y, sin embargo, no sé el porqué, se escriben multitud de libros de haikus (yo mismo he publicado La plenitud descalza y Un montón de piedras) y apenas unos pocos en torno a los cantares breves del flamenco. Yo cuando escribí mis dos libros de haikus ya me arrimaba de alguna manera a la soleá, por temática a veces y por forma, desde el yo, y hasta algunas veces los rimaba. Ahora, después de la escritura de El alma por la boca, siento que la soleá es mi haiku, la soleá a mi manera, desde mi voz más íntima.

 

Una forma breve como la soleá es infinita

La nota editorial del volumen destaca que en estas páginas te muestras como un «minucioso orfebre del verso» que proyecta una «voz refinada contra un fondo desgarrado y existencial». ¿De qué modo trabajas la contención retórica para que el rigor formal no apague la vibración o la herida trágica del texto?

El vuelo que puede alcanzar un poema, su altura metafísica y su verdad, no dependen nunca de su extensión, sí de su acierto. El misterio lo desvela un no sé bien qué en la manera de cantar, en la manera de entregarse a este loco oficio, en la paciencia que tenemos que tener para que llegue la revelación. Una forma breve como la soleá es infinita, su temblor y su grito en la noche pueden tener la inmensidad del universo que los escucha.         Mi trabajo en la escritura ya es ir buscando, solamente y a conciencia, una música más grande detrás de lo que nombro, la verdadera y única música que le pertenece al poema, y eso es lo que me hace sentir el poema acabado, da lo mismo   su extensión.             La contención de la soleá es un regalo, se graba en la memoria para siempre. La soleá, con su rima asonante, la escribes cantando y pensando en que se cante, y es pura expresión de lo sencillo y lo humilde en expansión, es desgarro y pregunta. Esa contención, esa concentración en El alma por la boca, la expresó muy bien José Luis Zerón en la presentación cuando dijo: …la soleá es el golpe en el pecho, la melodía herida que brota de la tierra para cantar la brevedad y el dolor de nuestra propia existencia. No estamos ante un simple ejercicio de imitación ni ante una utilización decorativa de lo popular. Lo que hace Iniesta es mucho más complejo. Toma una forma vinculada profundamente al flamenco y la convierte en instrumento de una reflexión sobre la existencia, el tiempo, el amor, la pérdida, la soledad y la muerte. Es decir, hace poesía desde el flamenco, pero sin convertirlo en un disfraz de la poesía. La soleá le proporciona algo más profundo: una respiración, un compás, una manera de decir el dolor sin explicarlo demasiado. Porque este aire no necesita discursos. Le basta una imagen, una herida, tres o cuatro versos y ese silencio que queda después.

 

Tradición y libertad para elevar la belleza

La arquitectura del libro queda fijada por tres epígrafes de Antonio Machado («¡Este placer de alejarse!», «Ninguna voz es la mía» y la célebre soleá «Tan pobre me estoy quedando…»). Más allá de la cita devocional, la crítica ha visto en este andamiaje una asunción radical de la filosofía de Juan de Mairena: la poesía no como afirmación del ego, sino como un ejercicio apofático de despersonalización, borrado y despojamiento del «yo». ¿En qué medida concebiste el camino de estas soleares como un aprendizaje para vaciarte y dejar que sea la voz anónima de la condición humana la que hable a través de ti?

Arrimarme, desde mi universo poético, a lo popular intentando no caer en el pastiche o en lo previsible, hizo que me alejara de mí y que al mismo tiempo me sintiera más yo mismo que nunca.         Tradición y libertad para elevar la belleza, para crear una voz que es mía y no es mía, no sé si me explico. A Antonio Machado lo he leído toda la vida, pero lo he llegado a comprender con toda su hondura hace unos pocos años, qué cosas nos suceden. Manuel Machado, José Ángel Valente y José Bergamín también han sido mi luz y guía en este libro, pero Antonio Machado ha significado más en mi aventura, he sentido una firme alianza. Su aparente sencillez expresiva siempre trasciende, sin duda, y a esto se le suma el diamante de una honda metafísica desde la vida y una moral que abraza la ternura por lo otro, su mirada pensativa y el arcano de un camino que se pierde, la claridad de sus paisajes, la transparencia expresiva, el pensamiento y la emoción siempre en equilibrio. Cuando una sola canción es capaz de aunar todo esto, entonces es posible olvidarnos de nosotros mismos, nos somos nada, nos alejamos del sueño del yo, y somos lejanía.

 

No me interesa la literatura como ejercicio intelectual y formalista

En la estrofa inicial, que actúa como poética del libro, afirmas: «Yo escribo para encender / candelas en mis entrañas / y en las prisiones del ser». Frente a concepciones de la literatura más intelectuales o formalistas, ¿es para ti el poema una vía de alumbramiento e iluminación en mitad de las sombras del alma?

No me interesa la literatura como ejercicio intelectual y formalista, mis versos no habitan allí, camino y me detengo en otros paisajes. En la soleá que citas lo digo a las claras, expreso lo que soy y por qué canto, ese es mi legado. Yo no escribo poesía para acercarme a la abstracción, no trenzo versos en soledad como vía de alumbramiento en mitad de las sombras. Yo canto estas soleares para constatar que estoy en el camino, nada más, y para encender una pequeña vela dentro de mí. Soy conciencia y amor y entraña, y persigo iluminar un con mi canción el misterio de mi propia existencia.          En las noches frías del mundo, las palabras tienen su propia luz. Cuando alguien canta solo en el camino todo vuelve a tener sentido, todo significa más, los pájaros y los árboles y las piedras son de nuevo revelación, volvemos a ser un niño. El poeta verdadero es un niño, él va a su sentir, no piensa, bendita ignorancia, está iluminado, él mismo es una llama y no lo sabe. Eso lo sabemos después, más tarde, más cerca de la muerte, por eso escribo poesía.

 

Soy un poeta caminante

El primer tramo gira en torno a la marcha y la huida de la propia identidad. Sin embargo, en tus versos el andar nunca es un mero desplazamiento geográfico. ¿De qué forma el gesto de «alejarse de uno mismo» se transforma en un modo de acercarse a lo esencial?

La vida es extraña, sin duda. Caminar no es ir de un lugar a otro, es ir en busca de la luz y la quietud. Yo soy un poeta caminante, muchos de mis poemas nacen en el camino, al ritmo de los pasos y del corazón, contemplando los bosques y los páramos, los mares a lo lejos, la nieve en una cumbre, la lección en mi mano de una piedra. En mi juventud creía que caminaba para encontrarme a mí mismo, pero eso no es verdad, así lo siento ahora. Cerramos la puerta de casa y salimos a caminar para respirar más hondo, no más, y para que se diluya nuestro ser y se derrame sobre las cosas y los seres que pueblan la tierra, sobre la luz y los paisajes, sobre las aguas de una fuente. Andamos, no sabemos dónde, para alejarnos de nosotros mismos.           ¿Y quién me lo iba a decir/ que después de tantos pasos// me alejaría de mí?            Salimos al camino y callamos porque somos la encrucijada, y porque nuestros días son breves frente a la eternidad de una piedra, porque es siempre más real nuestra oración que la memoria, porque los pasos y las caídas siempre son ejercicios de desaparición y un alejarse del origen.          No soy nadie al caminar.// Ni mi gente me conoce.// El dolor cambió mi rostro,/ el amor borró mi nombre.

 

Cada soleá es única y pretende su infinito

En entregas anteriores exploraste la síntesis del haiku (La plenitud descalza, Un montón de piedras) o la polifonía de sesgo dramático (Un tigre sin selva). ¿Qué exigencias estéticas y de contención te ha planteado la soleá al obligarte a condensar toda una vivencia existencial en apenas tres o cuatro versos asonantados?

En la larga creación de El alma por la boca tenía por anticipado cerrada la forma del poema, un terceto o una cuarteta asonantada de versos octosilábicos que me regalaban su música y una tradición que venía de muy lejos. También era mío grito del cante guardado como un tesoro en mi corazón desde niño, su alta conmoción escuchada durante toda mi vida. Y esta forma cerrada no supuso un límite para mí, no había lindes ni fronteras, me dio de alguna manera la libertad para llegar a algo que no había hecho jamás: escribir cantando, y no os miento.            Cada soleá es única y pretende su infinito, pero su música y su compás me pertenecían anticipadamente, mi búsqueda discurría como un río eterno en su cauce, como el rumor del viento que solo canta cuando llega a su arboleda.  

 

Eso es la poesía, ese no saber sabiendo

Quienes frecuentan tus libros reconocen la huella viva de la naturaleza y el magisterio de poetas de tu entorno como César Simón o Francisco Brines. ¿Cómo se transforma la mirada sobre el paisaje al someterla a la cadencia métrica, a la rima asonante y al remate sentencioso de la copla flamenca?

La mirada no se transforma, no cambia en las soleares de El alma por la boca, creo, es la misma de siempre. Formalmente no se explaya, desaparecen las enumeraciones, se abraza a lo esencial, a lo puro. Los paisajes y las plantas y las criaturas que lo pueblan se aprietan en un solo grito, en un ay, extravían muchos de sus adjetivos, pero conservan lo esencial en un clamor puro, en un compás antiguo que vienen de muy lejos y es de todos.         Por otro lado, aunque es cierto que en la copla flamenca se da la sentencia, creo que en mi libro no es así, hay lugar para la ignorancia, para las preguntas siempre, para los pasos perdidos que no saben dónde van, para la mirada atenta sobre la naturaleza de las cosas.                 Hay una nube en el cielo/ que se va y se desvanece/ al alcanzar las montañas/ azules de un oro verde.          No todo lo sé contestar. ¿Qué quise cantar, y a qué lugar llegó mi vida cuando escribí esta soleá que es más que una mirada?  No lo puedo explicar, pero sé bien que en esa nube esta mi vida entera, están todas mis vidas, y tal vez la vuestra, y todas nuestras vidas están amparadas por el cántico. Eso es la poesía, ese no saber sabiendo.

 

La poesía nos puede ayudar a desvelar y reunir los pedazos rotos de ese ser poliédrico que somos

En una de las soleares del poemario aludes a la expresión «el viaje de las vidas». Al modo en que Quevedo definía la existencia desde la pluralidad temporal («Soy un fue, y un será, y un es cansado»), ¿te refieres en ese verso a las sucesivas capas o metamorfosis de un mismo yo o a una fraternidad más amplia con las vidas ajenas?

No es la primera vez que en mi poesía hablo de mis vidas, del viaje de las vidas. Esto es una certeza poética, tampoco es algo nuevo, otros lo han escrito antes, pero yo la he sentido en mis carnes a conciencia y lo he escrito como algo nuevo que nace, eso nos pasa en la escritura.          Somos múltiples, por eso el yo desaparece y se aleja de sí mismo, dentro de nuestra vida caben muchas vidas, muchas maneras de ser y de sentir, muchos heterónimos, algunos de ellos con sus vidas secretas que jamás contamos a nadie, lo inconfesable.         No somos la apariencia, lo que se ve. Somos lo oculto también, lo que solo nos decimos en soledad, y somos también lo otro, eso sí que es algo grande, la vida de una nube o una piedra, la existencia de un granado en un patio. Todo eso lo podemos sentir en el tiempo que vivimos, y la poesía nos puede ayudar a desvelar y reunir los pedazos rotos de ese ser poliédrico que somos y que solo tiene un alma, un alma que se le sale por la boca, no sé.

 

Sólo nos puede salvar el amor y la belleza

La crítica ha subrayado que El alma por la boca aborda la muerte y el paso del tiempo como una presencia casi física, como una «marca que queda en cada instante de la respiración». ¿En qué medida la poesía se convierte en el contrapeso capaz de celebrar la belleza a pesar de la fragilidad del presente?

Creo, desde el desvalimiento y la fragilidad, que sólo nos puede salvar el amor y la belleza, y la belleza existe, eso no es un sueño. La conciencia es la constatación del dolor y la alegría, del caos y la belleza, y la belleza siempre es la verdad capaz de alcanzar la música secreta del mundo.         La poesía, en ese sentido, nos ayuda a caminar en la oscuridad, a conocer lo sagrado en el mundo, entre las dos orillas de la vida y la muerte.

 

El tramo central del libro sitúa al lector «Entre el amor y la nada». En un volumen cruzado por el despojamiento y la conciencia del límite, ¿sigue siendo la vivencia amorosa el único refugio capaz de hacer habitable la intemperie?

Entre el amor y la nada, son un canto a lo más cercano, a lo cotidiano, desde el amor siempre.         Por una parte, está el amor que me une a mi mujer, como en todos mis libros, pero también existe el amor a la casa y su jardín, a la parra y al granado y a las rosas y al hermano gorrión, a la memoria del invierno, a mis padres ausentes, a la herida y la pérdida.          José Luis Zerón escribe lo siguiente: En estas páginas, el poeta parece hablar desde un eco que no le pertenece en exclusividad: en su canto resuenan los muertos, los ausentes, los afectos perdidos, el recuerdo familiar, la naturaleza y esa honda tradición literaria y musical que viene desde el fondo de los siglos.

 

 

Tal vez el oficio de poeta esté más cerca de esa voluntad por dejar constancia y memoria del camino

En la sección final, «Maneras de ser del viento», el elemento aéreo y la ligereza adquieren un peso simbólico fundamental. ¿Es el verso una manera de amoldarse al tránsito efímero de las cosas o un esfuerzo por fijar algo duradero en la polvareda del camino?

Entre las dos opciones de tu pregunta, tal vez el oficio de poeta esté más cerca de esa voluntad por dejar constancia y memoria del camino, siempre que la gracia de las palabras nos asista. En esta parte final del libro, Maneras de ser del viento, están las soleares escritas a cielo abierto, en la intemperie de la vida. En estas soleares yo ya no quiero existir, deseo ser lo que contemplo, disolución yo mismo en la naturaleza, aire que respira el mundo o nube en su fuga, el petirrojo en el espino o la rosa eterna del cardo.         La poesía que se canta puede obrar ese milagro, que no cante uno, que cante por nuestra boca lo que está fuera de nosotros, cuanto vive y crece a nuestro alrededor, que hablen las hormigas y el romero y las cumbres.         Al final de la vida no somos nadie, nada, somos, con qué certeza, lo que miramos.          Yo soy como un árbol solo/ deshojándose en un páramo/ cuando llueve en el otoño.

 

Si tuvieras que elegir tan solo tres soleares de El alma por la boca, ¿cuáles serían y por qué razones las destacarías del resto?

No es nada fácil elegir entre todas tus criaturas. Cada una de mis soleares conforman parte de un todo, y a un tiempo son ellas mismas elevando su voz única. No es nada fácil elegir, pero si lo tengo que hacer voy a elegir dos, la primera y la última, y la otra será al azar, abriré ahora mismo mi libro, aquí, ante nadie, y la que salga será vuestra.

 

La poesía, aquí y ahora, es mi cuna en la vejez

Mirando el arco trazado desde Del tiempo y sus castigos (1985) hasta esta entrega en Pre-Textos (2026), ¿qué certidumbres poéticas y qué mirada sobre el mundo sientes que han permanecido inalterables a lo largo de estos más de cuarenta años?

Para contestarte a esta pregunta voy a hacerte el regalo de una creación, más bien un montaje de fragmentos de un texto nuevo que se ha incorporado a la segunda edición de El alma por la boca, se trata de Prólogo al quebranto y la ternura.                Cantar es un acto de rebeldía, crecemos hacia la libertad. Lo absoluto es eso, ya ves, un abrazo y mi oído niño pegado al pecho de mi madre, un cántico elevando la belleza.         No tengo nada más, sólo aquel rayo puro de sol y mi nana, por eso canto yo también y digo, ¡ayúdame!, por eso la poesía, aquí y ahora, es mi cuna en la vejez.      Quisiera ser una piedra y un hombre bueno en el camino, mis padres me lo enseñaron. Antes de desaparecer cojo las flores del campo y no temo a las fieras, derribo credos y murallas. Al cantar no muero y sí tengo sentido, repudio la usura y la maldad.         Yo habito en una cueva, soy una nube y su fuga, evoco las cosechas de mi única vida, constato los oficios bajo el sol, y palpo con mi mano vieja un muro de adobe y el silencio de Dios.         ¿Qué río salvaje nace en mi boca, di, si hablo con las piedras del camino, y todo es lejanía? Estas rimas se asoman al acantilado y nunca mienten, merecen crecer más, como un roble en primavera, hacia la luz.           Qué sé yo, quién. Qué sabrá nadie dónde estamos, ni adónde llegaremos si nuestra casa ardió, cuándo. Sólo es posesión el canto, qué destino, la llama en la noche que acoge el aire, la memoria del agua en un cauce seco.          Eso quise hacer yo al escribir estos versos ciegos de El alma por la boca, repetir aquel acto que evoco y entregarme, borrar mi nombre para existir, crear una sola canción bella, muy bella, que pertenezca a todos, no más. 

 

 

Como lector, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su «Primera impresión»?

Tendré el atrevimiento de deciros dos, porque tengo un dilema y no puedo elegir uno de ellos sin pensar que dejo de lado al otro. Dos libros de poetas amigos, a los que creo que no se les presta la atención que su alta escritura merece. El primero es Luis Miguel Sanmartín, y su libro es ¿Qué canción escuchamos más al fondo?, Editorial OléLibros, 2026. El segundo es el de Francisco José Cruz, y su poemario recién publicado se titula Entre una orilla y la otra, Editorial OléLibros, 2026.

 

 

 

***

Tres poemas de El alma por la boca

 

 

 

Yo escribo para encender

candelas en mis entrañas

y en las prisiones del ser.

 

 

 

Miré la flor del granado

y sólo yo comprendí

la hermosura de su daño.

 

 

 

Qué poca importancia tengo.

Estoy mirando en los bosques

maneras de ser del viento.