Por Noni Benegas.

Conozco la obra de María Ángeles Maeso desde su primer libro, Sin regreso, que seleccioné para la antología de poetas españolas Ellas tienen la palabra (Hiperión, 1998; 4.ª ed., 2008). Sin regreso ha sido reeditado en 2025 por Genealogías, asociación de mujeres poetas, con prólogo de Amelia Sanz, de la UCM, y una entrevista a cargo de Diana García Bujarrabal, en la que Maeso desgrana una perla tras otra.

Lo increíble al leerla fue descubrir una voz que manejaba una masa verbal vertiginosa, solo posible de adquirir a través de lecturas en distintas lenguas y tradiciones, propias de una cosmopolita. Recuerdo, también, que me regaló una traducción de Saint-John Perse, premio Nobel francés, cuya obra había sido una lectura de mi infancia. Pero que, al venir de ella, me empujó a releer esa enumeración de oficios que hace Perse en su poema «Exilio», como reivindicación de millones de hombres y mujeres sin los cuales el mundo no funcionaría, en tanto que “prole anónima” que lo sostiene.

Del mismo modo, esa masa verbal suya, presente en Sin regreso, está puesta al servicio de una poesía profundamente social, con un tono que es todo menos florido o decorativo. Un tono “febril, áspero, quebrado”.

En todos estos años tuve el honor de presentar varias obras suyas y siempre entendí que Maeso mostraba lo que nadie ve o dice. Porque verlo se ve, pero nadie se atreve a decirlo. Ella encuentra esa fuerza precisa y contenida de la palabra justa para tirar de la manta y dar a conocer las vergüenzas de nuestra sociedad.

Y es que, si bien todos vemos las cosas, giramos la cabeza para evitarlas porque, previamente, se han ofrecido a nuestra mirada en su desnudez, en su verdad. Por eso, Maeso proporciona una mirada no “sobre” las cosas, sino “de” las cosas mismas, de lo que ellas ven, de las cosas que te saben mirar: “los peces del acuario”. O se dejan oír: “la ronca voz del río”; o, incluso, “la voz de las manzanas desde mantas del desván”. Esa certeza de su presencia —“junto a ellas tiemblo y me pregunto / cómo iniciaría un Dios la conversación”— escribe en El serio ojo de las cosas. Un nuevo materialismo, ya no histórico o dialéctico, aparece cuando la materia se anima, es decir, cobra vida y mira: el yo y el tú dejan de ser el centro, se abren a una continuidad con lo otro —la tierra, el animal— y el “nosotros” surge como respuesta a la orfandad de las ideologías, varias décadas antes de su palpable decadencia.

Como señalé, M.ª Ángeles desgrana perlas en la entrevista final. Aquí van algunas. Es puro Maeso destilado.

La fuerza de un poema es la verdad.

Un poema es del que lo necesita. Un poema lo levantas en sucesivas capas. En un momento te habla de X y el mismo poema, en otro momento, te abre otra capa. Si se agotaran todas en una sola lectura, sería un mal poema.

No me fijo en eso: adónde ir. A veces tiras de un hilo, de un hilo que tienes anotado en un papel, porque estás segura de que algo va a salir de ahí, pero no sabes más, no lo sabes.

Un poema no se escribe con ideas, se escribe con emociones.

El primer libro (Sin regreso) está lleno de imágenes del pueblo, donde tenemos un río que desemboca en el Duero. El Duero es el Duero porque el río de mi pueblo aporta lo suyo.

Un poema se justifica con que te golpee un poquito.

Escribimos con lo que nos quita el sueño.

Tú no puedes hablar como un mendigo. Puedes hablar de muchas cosas, o puedes recoger lo que has experimentado, lo que has visto, lo que has oído de ese mendigo, pero no quitarle a él su papel. No puedes trabajar un yo que no eres, que es lo que hace Espronceda.

El propósito es primero soñar, porque, si no, no tienes fuerza. Lo que quieres esperar no existe todavía.

¿Por qué no puedes llorisquear y causar pena? Porque un poema es un código de lenguaje potente que tiene una finalidad: abrir los ojos, responsabilizarte a ti, a quien sea. No es un lenguaje para llorones.

Para eso está la historia de la literatura o la historia del arte: para que te apoyes, es lo bello que tú aportas. Y lo bello no te hace llorar. Un poema tiene que ser fuerte y no tiene que arrancarte las lágrimas. Porque pesa la composición, que te está dando una satisfacción. Los versos van bien armados, el lenguaje, la musicalidad: todo eso no tiene que ser inferior a las ganas de llorar.

Empecé a escribir de niña. El hábito del cuaderno, el diario, era un hábito de niña de internado. Eso configura un grado de soledad y de desamparo. Escribir a escondidas en la litera y con la manta encima era mi refugio.