Por Rosa Campos Gómez.
El nuevo poemario de Javier Mateo Hidalgo, Cajón de-sastre (Búho Búcaro Poesía, 2026), posee arquitectura de plaquette, ventanal desde el que nos llega la frescura de las ilustraciones de Elena Minematsu Elvira, sustancioso prólogo del poeta Gonzalo Laborda —«en su conversación, al igual que en sus poemas, las cosas nunca aparecen aisladas. Cada uno de los elementos tiene algo del anterior. Como si el mundo estuviera compuesto de correspondencias silenciosas ocultas que atraviesan el tiempo», palabras con las que convergemos—, algunas imágenes de la obra de Chagall, una pintura de la portada del propio autor*, versos de Ángel Guinda y José Luis Morante, más el poema de Luis Ramos de la Torre de la contraportada. Publicación cuya estructura no es amplia pero sí profunda y conexa por una bien trazada urdimbre de las naturales singularidades de los dieciocho poemas.
Una plaquette suele ser un espacio bien conjugado de palabras literarias, y Javier Mateo ya lo antecede en la nota de autor con la que abre fuego, relatando el precedente de este título e introduciéndonos en su universo poético con frases imperdibles que nos acercan la mirada hacia lo que se guarda en su cajón, que pasa a ser nuestro como lectores: «No hace falta que en él se atesoren objetos trascendentes, pues cada elemento ya lo es en sí y puede hablar, desde su mudez, de muchas cosas», y entendemos que seremos, gustosamente, parte de esa conversación sigilosa que se nos adviene.
Nos sumergimos en sus páginas. Desde el principio se pone ante nuestra mirada un enfoque no recurrente en lo que suelen escribir los hombres: narrar desde lo cosido o por coser, con un excelente, acertado y nutrido vocabulario. Partiendo de un pasado del que desprenderse no es solo que cueste, sino que se comprende que su permanencia es necesaria.
Y con esa «aguja de cobre» que ahora enhebra para coser los jirones que el tiempo le ha ido suministrando inicia «Historia de un cajón», le saldrá una colcha donde los diferentes fragmentos vividos se enlazan para juntar una pieza que no resulte ajena ni extraña, y sí variada, asimétrica, en la que, vista en su conjunto, todo encaja. «Enhebrar la aguja» porque «desde la trastienda / de un viejo comercio desaparecido, / se resiste quien cose / al abandono de sus fantasmas».
Entramos en ese cajón que guarda las cosas valiosas que coleccionó en la niñez, donde «Un día» pensó que se dejaría la cabeza: «Desde su soledad / ya liberada del cuerpo / esta testa tratará de dialogar / con “cosas” de esa colección», mientras él, con ese sentido del humor gratamente ácido tan suyo, comunica cómo sigue sin ella por la vida.
Cajón «habitación pequeña» donde tiene cabida la enorme belleza de lo mínimo en «Canicas»: «Es esta música de las esferas / la que desencadena el universo / con el que ahora juego», y el poder, reconocido ya desde la infancia, de lo femenino donde se sabe a resguardo: «Estoy en la casa de mi abuela. / Es por la tarde, tumbado en el pasillo…», protegido y fuerte, adueñado del presente y del futuro, de la vida que promete: «soy el dueño del mundo»; y junto a ellas el «Soldadito de plomo» que expresa el dolor indeleble: «el juego y la enseñanza / siempre universal, / que edifica la crueldad / educando, moldeando y curtiendo / en su verdad siempre oculta», aprendizaje que le lleva a ser «El desertor», echando consolidadas raíces pacíficas, / porque prefiere «inventar, desde la soledad del hijo único / un mundo ajeno a toda confrontación», a pesar de las arengas recibidas; decisión tomada desde una valentía no aparente y sí efectiva en resultado: «En ella me muestro (no insistáis) / no de plomo, ¡si no de acero, rediós!», en este juego de tronos de metales hay mucho simbolizado, basta con acudir al DLE y leer algunas de las acepciones de plomo —«bala de las armas de fuego»— y de acero —«aleación de hierro y carbono (…) y que, según su tratamiento, adquiere especial elasticidad, dureza o resistencia» y «ánimo, brío, denuedo, resolución»— para entender.
La fuerza de las cosas con su lenguaje inherente está en Javier Mateo, desde su percepción está desterrada la inercia, a través de la visión de ese ayer que no se ha ido siguen dialogando con él para dejar claro que pertenecen a lo que construye, objetos que humaniza y ante los que no escatima tiempo para reconocerlos y reconocerse, partes que con su sombra aportan el segmento que necesita su luz y que son su libro abierto, como dejó escrito Manuel Altolaguirre: «Yo y mi sombra, libro abierto».
La memoria vigente en «Fotografía en blanco y negro» dice que somos historia concatenada incluso en el film más arcaico del recuerdo: «pasan, como fotogramas de película, / estas blancoinegrinas instantáneas. No hay quien no conserve / como mejor de las herencias / una caja con estas imágenes / que hablan de la propia estirpe», retratos que invitan a indagar en el «Imposible origen», poema que empieza con una pregunta que parte de la curiosidad de los primeros años y que desearía hallar respuesta sobre el devenir ancestral y de sus derivadas.
«Yoyó» trae resonancias a un Telémaco aprendiz de lo que hacía su madre, tejer de día para destejer de noche, «ascendiendo y descendiendo», en espera del reencuentro consigo mismo. Por su parte, las «Monedas», reliquias en el cajón, exponen la dignidad que habita en ellas, porque no son un objeto sin más referencias, ellas remiten a lo sagrado del trabajo y el fruto de la remuneración: «Así, el sastre come con lo que cose». Y entre «Lapicero o bolígrafo», ambos ahí guardados, uno es el elegido para narrar el paralelismo entre la vida y lo que se apunta de ella, mejor con bolígrafo, que siempre deja productiva huella incluso de lo tachado: «No hay que tener miedo / al poder errar. / En el yerro aprendo / más que en el acierto». Más las imprescindibles «Tijeras» con las que recortar el patrón del propio traje que se va vistiendo, y podar las ramas que un día fueron imprescindibles, pero de las que ya es necesario liberarse: «Un traje hecho a medida para un nuevo dueño / con sus propias costuras, cicatrices y remiendos».
Saber del «Acerico», «almohadilla en que se ensartan distintos alfileres, diversas agujas», sentirse como él y no querer que así sea, aunque el tiempo cierre los agujeros de tan perforado alfiletero. Valorar los «Botones»: «por sus cuatros agujeros pasaron / todo tipo de hilos enhebrados / formando siempre múltiples cruces, / cortando el paso al frío en telas» que, con sus diferentes calidades y pertenencias de estatus, cubren «a mendigos, papas y emperadores». Objetos que son «Retales» con los que «confeccionar un mapa», traje bordado con hebra de tiempo. También guarda en ese espacio encajonado una «Goma de borrar», ojalá que eficaz para desvanecer las heridas que no terminan de cauterizar.
En «Poema desdoblado» se sigue tejiendo con el hilo que tendió Homero hacia Ariadna y pasó a Penélope, de ahí a Ovidio, a Aracne, hasta ser recogido por Velázquez… Filamento que llega hasta «Unidos» donde surge la indefensión kafkiana, tan difícil de esquivar.
Y «el sastre cierra su pequeño negocio», el cajón de las cosas no olvidadas, estamos en la metáfora que mejor define su conocimiento certero de lo que conlleva la costura de lo que el camino depara: «Pespunteando almas», el más bello poema de la plaquette, «dos figuras conteniendo dos almas. / Una pespuntea a la otra y así se refuerzan», donde se respira la suerte del que se sabe amado y el gozo de tener un encuentro que reúne y oxigena: «Llego presto a casa. / Allí, quien vive conmigo me salva».
Dejó dicho León Felipe: «La poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no nos olviden», concepto que también se descifra en la introspectiva y diferente obra de Javier Mateo Hidalgo, por algo lo leemos con significativa atención.
* Doctor en Bellas Artes, profesor, crítico cultural y artista visual. Libros publicados de poesía: El mar vertical (Ayuntamiento de Madrid, 2019; Accésit del Certamen Literario Leopoldo de Luis), Ataraxia (Almadenes, 2022), La imagen sonora (Vitruvio, 2023), Arquitectura del sueño (Huerga y Fierro, 2024), Novela (La Tortuga Búlgara, 2024), Exposición permanente (Huerga y Fierro, 2025), Sinfonía para un solo músico (El sastre de Apollinaire, 2025); de Investigación: De la llegada en tren a la salida en caravana: 126 hitos de la historia del cine (1895-2021) (Editorial NPQ, 2022); y la Antología poética Miguel Hernández. Contra la Piedra hostil del desaliento (Árdora, 2026), con selección de poemas del poeta oriolano. Colabora en diferentes periódicos y revistas culturales.

