Víctor Roque González

Ha llegado el día, queridos lectores.

Y para la noche de Halloween, no puedo sino recomendar un clásico.

Hace un par de años elegí La noche de Halloween de John Carpenter, y en 2025 la afortunada resultó ser Scream. Vigila quién llama, del maestro del terror Wes Craven.

Esta vez, habréis notado en las recomendaciones la escasez de un género muy concreto, que solo se dejaba intuir brevemente en Señales del futuro o Underwater, pero que es núcleo central de esta cinta de Ridley Scott, su segunda y mejor película hasta la fecha, aunque los fanáticos de Blade Runner quieran echárseme al cuello ahora mismo; es el día propicio, amigos.

¿Cómo se puede estar tan enamorado de una criatura tan repulsiva como el alien?

Verdaderamente me fascina este monstruo cinematográfico, sin lugar a dudas mi preferido.

Partiendo de un diseño del suizo Hans Ruedi Giger —genio entrañable donde los haya—, y construido por Carlo Rambaldi, el artista italiano tres veces ganador de los Premios Oscar a los efectos especiales, el xenomorfo tarda dos tercios de película en ser presentado, pero cuando lo hace, arrolla como criatura terrorífica surgida de nuestras peores pesadillas.

Once años antes, Stanley Kubrick nos había regalado la que se establecería en nuestro imaginario como la percepción visualmente más realista del espacio, demostrando que la ciencia ficción podía tener una aproximación autoral.

Dos años antes, Star Wa-… —qué narices— La guerra de las galaxias había arrasado con todo, situando en el mapa el subgénero de la space opera como origen del blockbuster moderno.

Si a esto sumamos: el fracaso de la adaptación de Dune por parte del chileno Alejandro Jodorowsky, lo cual impulsó una idea ya gestada en la mente de Dan O’Bannon —guionista de Alien y parte del equipo de preproducción de Dune— cuando su camino se cruzó con el de Giger; y la aportación de Ronald Shusett —colega de O’Bannon— de introducir al alienígena en la nave dentro del cuerpo de uno de sus tripulantes… Bueno, ya tenemos los ingredientes de una obra maestra: Alien, el octavo pasa-…

¡Disculpad!

Que casi se me olvida hablar de la incorporación de Ridley Scott como director (en realidad quería ver si se picaba).

Y por mucho que el ego le esté jugando malas pasadas al cineasta últimamente, nadie puede arrebatarle su implicación en el proyecto, hasta el punto de hacer suya la historia, involucrándose en su estética y mitología para convertir una trama que podía haber encajado en el molde de serie B, en toda una referente en cuanto a un diseño de producción perfectamente cohesionado (la cantidad de talento en sus créditos merecería ríos de tinta), icónico y visceral: por ejemplo, a él debemos que mantuvieran la escenografía del «Space Jockey» cuando 20th Century Fox quiso recortar presupuesto alegando que era un set que los astronautas visitarían solo una vez.

Y todavía nos faltaría comentar el casting, que es simplemente perfecto, la banda sonora de Jerry Goldsmith o, por supuesto, los exquisitos efectos prácticos de absolutamente todo. Pero es que, de tanto escribir sobre Alien, el octavo pasajero, me han entrado ganas de revisitarla, así que creo que lo dejaré aquí.

Nunca se me han dado bien las despedidas.

Me limitaré a decir que ha sido un placer.

 

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