Redacción.
Hay mujeres que aparecen en los libros de Historia y mujeres sin las cuales esa Historia habría sido imposible. Mujeres que sostuvieron casas, criaron hijos, trabajaron la tierra, esperaron a los hombres que bajaban a la mina, lavaron su ropa negra, asistieron partos, conocieron las plantas, cosieron, cocinaron, cuidaron y envejecieron sin que nadie considerase necesario escribir sus nombres. A ellas dedica Marina Díez Las que nunca fueron vistas, (BajaMar) un poemario construido como un ejercicio de memoria y, sobre todo, de restitución.
El gesto aparece ya en la dedicatoria. La autora invoca una genealogía con nombres propios: Donatila y Magdalena, sus abuelas; Eudosia, Oliva, Feli y Donina, sus tías abuelas; después, su madre y sus tías. «De vosotras vengo», concluye. Esa afirmación contiene buena parte de la poética que desarrollará el libro: saber de dónde se viene para comprender desde dónde se habla.
Por eso uno de los primeros poemas, El nombre de las sombras, funciona casi como declaración de intenciones. «Ellas fueron las manos que tejieron el mundo, / pero nadie las nombró». Frente a ese anonimato histórico, Díez realiza el movimiento contrario: nombra. Devuelve individualidad a quienes quedaron convertidas simplemente en «las mujeres de antes», «las abuelas», «las del pueblo». Donatila, Magdalena, Eudosia. Porque las sombras, dice el poema, también tienen nombres y pronunciarlos consigue que «el mundo se ilumine». La memoria que propone Las que nunca fueron vistas está profundamente ligada al mundo rural. La tierra, el pan, los delantales, las semillas, la leña, el pilón, la azada, las montañas o el río no funcionan únicamente como ambientación. Constituyen el sistema simbólico del libro.
Especialmente significativa resulta la imagen de las manos. Las manos femeninas trabajan, sostienen, lavan, cosen, plantan, leen y traen hijos al mundo. En Mi abuela tenía las manos rotas, las grietas de la piel se convierten en «mapas secretos» y las cicatrices en «versos invisibles». Pero hay un detalle que evita que esa abuela quede reducida exclusivamente al sacrificio: después del campo, la harina y el fuego, se sienta y abre un libro. La lectura también forma parte de la herencia. Las palabras son semillas y una buena historia, como el alimento, permite vivir. Ese desplazamiento de los objetos cotidianos hacia el territorio poético aparece también en Bajo el delantal, un poema. El bolsillo del delantal guarda llaves, un dedal, un pedazo de pan y, junto a ellos, sueños, libros e incluso un poema que nunca pudo terminarse «porque siempre hubo algo más urgente». Pocas imágenes explican mejor una determinada experiencia histórica femenina: mujeres con mundo interior, deseo y pensamiento cuya creación quedó constantemente aplazada por la obligación de cuidar.
Pero este no es únicamente un libro familiar.
El paisaje leonés amplía esa memoria privada hasta convertirla en memoria colectiva. En La montaña también recuerda, Bodón, el Curueño, el Pico Polvoreda, Valdorria o Vegarada dejan de ser simples coordenadas geográficas. El territorio se transforma en archivo. Las piedras han visto pasar a las mujeres; las montañas conservan sus pasos y el río lleva sus historias hacia otros lugares.
También están las mujeres vinculadas a la minería. Y resulta interesante que Díez no las presente únicamente como quienes esperaban a los mineros. «A veces también bajaban», escribe. Después aparecen lavando «la ropa negra / y el miedo incrustado», sosteniendo las casas cuando los hombres no regresaban y administrando la escasez. El trabajo invisible vuelve así a ocupar el centro del poema.
La escritura de Marina Díez es deliberadamente accesible. Predominan el verso libre, la frase breve, la repetición y un universo metafórico reconocible. Tierra, raíz, semilla, fuego, ceniza y manos reaparecen hasta construir una red simbólica que proporciona unidad al conjunto. El poemario no persigue el hermetismo ni parece interesado en convertir el lenguaje en un obstáculo. Su voluntad es comunicativa y, en algunos momentos, casi oral: estos poemas parecen escritos también para ser dichos y compartidos.
Esa claridad constituye su principal apuesta y, al mismo tiempo, el lugar en el que el libro asume más riesgos. Algunas imágenes y estructuras se reiteran y determinados poemas prefieren la afirmación directa a una mayor ambigüedad poética. Sin embargo, esa insistencia tiene sentido dentro de un libro cuya intención fundamental es precisamente nombrar aquello que durante demasiado tiempo permaneció oculto. Las que nunca fueron vistas no quiere insinuar la existencia de esas mujeres: quiere colocarlas delante de quien lee.
Hay además un movimiento temporal interesante. El libro comienza mirando hacia atrás, pero poco a poco transforma la memoria en herencia y la herencia en futuro. Carta a una hija que aún no nació resulta fundamental en ese tránsito. La voz poética se dirige a una mujer futura para contarle aquello que quizá tampoco aparezca en los relatos oficiales: que procede de mujeres que fueron «el suelo sobre el que otros caminaron», pero también que ella podrá elegir, levantar la voz y recorrer caminos que las anteriores no pudieron recorrer.
Por eso la semilla es probablemente el símbolo que mejor resume el libro. Lo enterrado no equivale a lo desaparecido. Puede permanecer bajo tierra durante generaciones y regresar. En Simiente, aquellas mujeres son «tierra fértil» y «simiente en tiempos de piedra»; las mujeres del presente son, simultáneamente, cosecha y brote.
Algo semejante sucede con la ceniza. Frente a la asociación tradicional entre fuego y destrucción, Díez invierte el símbolo: «La ceniza no es el final, / es el principio». Lo quemado puede fertilizar la tierra; el dolor puede transformarse en fuerza y el silencio, finalmente, en voz.
De ahí que Las que regresan, el poema que cierra el volumen, funcione como conclusión natural. Las mujeres que al comienzo eran sombras vuelven ahora con cuerpo y voz. Ya no son únicamente antepasadas que merecen recuerdo: son una genealogía que continúa en quienes han venido después. «Hoy somos sus manos. / Somos sus bocas», afirma el poema. Y quizá ahí esté lo más interesante de Las que nunca fueron vistas. No es un poemario que contemple el pasado desde la nostalgia. Tampoco pretende idealizar la dureza de la vida de aquellas mujeres. Lo que hace es preguntarse cuánto de ellas permanece todavía en quienes vinieron después.
Las respuestas están en las manos, en las palabras, en las montañas, en las semillas.
Y, sobre todo, en sus nombres.
Porque quizá la primera forma de reparar un olvido sea exactamente esa: mirar hacia donde la Historia no miró y decir, una por una, aquí estuvieron.
Mi abuela tenía las manos rotas
Mi abuela tenía las manos rotas
de sostener el mundo entre los dedos.
Las grietas en su piel eran mapas secretos
de un tiempo que no se detuvo nunca.
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